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Inicio / Lista de Foros / General :: Anuncios / EL RINCÓN DE LOS CUENTOS LARGOS - [F:12:10088]


alipuso,22.02.2008
Alejandrocasals y yo abrimos este foro exclusivo para cuenteros de largo kilometraje. Esos raros especímenes que comienzan con una hoja y de pronto ya tienen siete, repletas de garabatos, tachaduras, signos intraducibles y hasta manchas de café; o sea, un CUENTO LARGO.

Ojalá se nos unan más cuenteros de esta clase, con el único fin de intercambiar lecturas propias; no buscando estrellitas amarillas ni comentarios por cortesía, sino el simple gusto de leernos sin que importen las 3000 o 5000 palabras implícitas.

Sin más por el momento, y antes de que me de por llenar esta hoja, esperamos propuestas, invitaciones, ideas o lo que se les ocurra.
 
kuroq,22.02.2008
genial... yo me he visto forzado a partir un solo cuento en mas de siete partes... pero lo mío fue codicia de la pura... me gusta que me lean y me comenten... después de todo es la única forma de saber...
 
hammill,22.02.2008
Yo solía escribir textos largos. Dejé de hacerlo quizás por motivación. Aquí en el sitio solo tengo uno de unas 7.000 palabras, "La Moneda". Lo más largo que escribí fue una novela que quedó inacabada, con 22.000 palabras. El problema es que ese tipo de textos esta destinado a pasar desapercibido aquí y afuera, estamos en la cultura Mc'Donald. Comida y literatura rápida.
 
Esdrelon,22.02.2008
Yo nunca publico los cuentos largos porque sé que casi nadie los lee.
 
hammill,22.02.2008
Te apoyo esdrelon!
 
zumm,22.02.2008
Mis cuentos son casi todos kilométricos, pero los divido en capítulos de aprox. 500 palabras que es la única manera que los lean.
Es incómodo leer en la pantalla algo muy largo.
 
rodeadodemalosescrotores,23.02.2008
Osea que es un foro de escrotos largos
 
rodeadodemalosescrotores,23.02.2008
quice decir escritos
 
Esdrelon,23.02.2008
Yo no confío mucho en que la gente vaya a leerlos por entregas tampoco. Supongo que leen una parte y luego se olvidan de ver si continúa o no. Tal vez, si uno dijera "la segunda parte será publicada tal día", volverían para leer si estuvieran interesados.
 
alejandrocasals,23.02.2008
Hammill, Esdrelon:
Es precisamente esa la razón por la cual pensamos con Alipuso de crear este foro "exclusivo". NO NOS LEE NI LA FAMILIA. Pero si logramos reunirnos, o por lo menos identificarnos, la cosa será más facil, posiblemente tengamos la posibilibidad de leer verdaderas obras de artes dispersas o no publicadas en la página por miedo a la no-lectura.
Amigo Zumm:
Con los cuentos largos uso un sistema particular, los imprimo, los meto en una carpeta y me los leo como un libro cuando no tengo la pc. a mano. Con este sistema me he creado mi "antología de cuentos largos", mi "top ten" de escritores de la página.
 
margarita-zamudio,23.02.2008
Lo que dices, Alejandro es una BUENÍSIMA IDEA. Como soy miope, me cuesta mucho trabajo leer en vertical. Así que haré lo que dices: imprimirlos y leerlos despacio.
 
margarita-zamudio,23.02.2008
Ahí va el mío. Ya me diréis:

LAS ARCAS DE NOÉ



Camino por las calles de mi ciudad natal. Han pasado muchos años desde que la vi por última vez. La recordaba limpia y oliendo a sal marina bajo un cielo de un azul luminoso, pero ahora, cuando recuerdo aquellos años, el corazón se me encoge. Hay suciedad y basura por todas partes, y el cielo, antes azul, se encuentra nublado, a pesar de que el sol aprieta con fuerza. El aroma a mar abierto que antes impregnaba los rincones, las placitas y las callejuelas, ha sido sustituido por una mezcla nauseabunda de gas, monóxido de carbono y desperdicios que exhalan sus cientos de chimeneas, como válvulas de escape de furias del averno contenidas en los corazones de sus fábricas.

El mar está sucio. Una repugnante grasa brilla sobre la superficie. La arena, con la que mis manos infantiles, arquitectas de sueños, construyeron castillos desafiando a la realidad, se encuentra cubierta por una capa negruzca, como el fruto de una maldición. Las marismas. Mi espacio libre por donde tantas veces galopé sobre mi caballo, sintiendo la embriaguez de la libertad, hoy sólo encuentro desolación. No podría caminar por este barro sin manchar mis tacones, sin tropezar con algún hierro mohoso.

¿Adónde fue la belleza de las marismas? Ya no quedan sino barracones de metal, herrumbre, hongos, fábricas destartaladas, naves comerciales, rechinar de hierro, trenes mugrientos de mercancías, ruido, basura, sirenas estridentes y humo, mucho humo... y ni un solo pájaro, ni una sola gaviota, pero sí mosquitos, miles de mosquitos.

Huyo de la ciudad y me voy al campo. Subo a un montecito desde el cual se divisa, mejor dicho, se divisaba la ría, que envuelve a mi hermosa ciudad del sur. Se divisaba, porque ahora el humo y las lágrimas me impiden verla. El cielo se va oscureciendo poco a poco hasta llegar la noche, sin casi darme cuenta. Un oneroso silencio lo inunda todo, como si la naturaleza presintiera algo.

Una formidable sacudida hace temblar el suelo Un unánime grito de terror llega hasta el otero donde me encuentro. El cielo, negro ya, queda iluminado con las ráfagas de luz que producen las explosiones. Caen los edificios envueltos en llamas. El suelo tiembla. Alaridos de terror. El mar se ha teñido de rojo. El agua de una cascada se ha vuelto roja también. Es sangre, lo sé. Quiero huir, pero no puedo. Fluyen ríos de sangre. Edificios que se derrumban. Grietas enormes que se lo tragan todo. El cielo, mientras, ha tomado un bellísimo color azul. Lo cruzan infinidad de ráfagas multicolores. El color del cielo se va haciendo cada vez más claro al par que la tierra se calma. Amanece. Ya es de día, pero el Sol no sale por donde siempre, sino por el lado opuesto: !Por occidente! y más deprisa que de costumbre, desaparece por donde antes salía, es decir, por el éste, tan deprisa, que podría decir que sólo ha tardado media hora en recorrer su camino habitual.

El cielo se oscurece de nuevo. La noche se acerca rápidamente, demasiado rápidamente. Ya es noche cerrada. Sale la Luna. Corre. Corre vertiginosamente por el cielo. Desaparece. Vuelve a salir el Sol. Es de día otra vez. Otra vez de noche. De día. De noche. Día. Noche. Dia. Noche...Pasan los astros por el cielo como ramalazos de luz, como enloquecidos meteoritos, mientras el día y la noche se suceden a velocidad increíble. Las llamas de los edificios se han ido apagando poco a poco. Sólo quedan ruinas. Frío. Siento frío, mucho frío. Las noches cada vez son más largas y los días más cortos, más cortos, más cortos, hasta quedar reducidos a momentáneas ráfagas de luz, efímeras chispas azules. También cesan las ráfagas del día. Ya no hay luz. Ya no existe el día. Sólo la negrura total de la noche eterna, sin tópico, noche eterna, porque ya no existe el día. Las estrellas pasan rápidamente por el negro firmamento, firmando con su rúbrica un destino incierto, dejando estelas de luz continua, entrecruzándose sobre el negro espacio exterior porque el azul también se fue.He comprendido por fin: !La tierra huye!

La Tierra se ha desprendido de su órbita alrededor del Sol y gira como loca abandonando a la Luna, como un barco a la deriva por el inmenso mar del universo ¿Hacia dónde? El corazón gastado de la Tierra ha dejado de latir. Ya no tiembla. Está muerta. El mar, los ríos y las cascadas se han convertido en masas de hielo rojo y brillante. Estoy helada, como estatua de hielo, mujer de Lot, espectadora horrorizada y añorante de una nueva ciudad bíblica.

Después del silencio inquietante que sucede a toda tragedia, puedo percibir algunos sonidos. Luego, in crescendo, una sinfonía de ayes, lamentos, rezos y maldiciones vibra en el gélido aliento de la noche. Seres humanos con aspecto de fantasmas, destrozadas sus ropas, cubiertos de sangre, emergen de las ruinas, de los automóviles, destrozados, llorando, gritando, pidiendo clemencia. Perros que aúllan entre los escombros buscando a sus dueños y yo aquí, en mi otero, sin poder hacer nada. Unas luces potentes cruzan el cielo. Son luces cegadoras, multicolores. No son estrellas. Son naves enormes que se posan suavemente sobre el helado y rojo mar. Y en medio de un clamor unánime, por encima de tanta muerte y desolación, una poderosa voz resuena atronadora:

“!Terrestres! Esta hecatombe os la habéis buscado vosotros mismos. El Mundo se ha vuelto loco. Contamina. Destroza la naturaleza, roba y mata. Varios ingenios nucleares han estallado a la vez en diferentes partes de la Tierra. Las explosiones han sido tan tremendas, que han desviado a vuestro planeta azul de su órbita marcada por Dios desde el principio de los tiempos, y por eso, vuestro hogar marcha hacia su destino inexorable: el impacto con una enorme estrella que la atrae con su fuerza gravitatoria. La atmósfera también está escapando de la superficie de vuestro globo. Os quedan tan sólo unas horas para morir asfixiados o helados.”

“Sin embargo, el Altísimo, una vez más, ha tenido misericordia de vosotros. En todas las ciudades, aldeas y pueblos del mundo, en los desiertos, en altamar o en la montaña, en todas partes, os aguardan naves como éstas, en las que podréis embarcar rumbo a otros planetas deshabitados, puros y salvajes. Allí podréis emprender una nueva vida, desde cero, sin las comodidades de la tecnología. Pero, todos no vais a embarcar. No hay suficiente sitio. Las plazas son limitadas. Por lo tanto, hemos hecho una selección...”
!!!Yo!!!, fue el grito que salió de todas las gargantas."

“!Silencio! Los elegidos son: los niños, algunos animales, los pobres, los pacíficos, los marginados, los generosos, los que hicieron algo bueno para la humanidad, médicos de conciencia, inventores de ingenios para la paz y por último, aunque no todos se lo merecen, los poetas, para que canten y cuenten a las futuras generaciones lo que habéis presenciado, para que la escriban en las rocas y se guarde en la memoria colectiva.”

La nave en forma de círculo se encuentra posada sobre el mar helado. Un torbellino de focos multicolores se refleja en la superficie. Todo el mundo quiere subir a la nave o a otras más pequeñas que ahora distingo. Se empujan, se pisotean, se atropellan en su desesperación. Unos consiguen subir. Otros no. Una invisible barrera les impide acercarse a las naves. Chocan contra ella, caen hacia atrás, resbalan y patinan.

Me despierto bañada en un sudor frío, sin hacer ruido para no despertar a mi familia que duerme feliz sobre unas confortables pieles, descorro las cortinas que cubren la entrada de la cueva para que el frío de la noche serene mi espíritu y contemplo el cielo sereno. A pesar de que estamos en el decimocuarto mes del año—al que he llamado Esperanza—no hace frío. Allí arriba, como siempre, están mis tres queridas lunas, Selene, Isis y Diana.

M Carmen Guzmán (margarita-zamudio)





 
alejandrocasals,23.02.2008
Muchas gracias Margarita por ser la primera en aceptar nuestra invitación. No lo leí aún pera ya lo pase por la imresora, lectura obligada pre-sueño.

Mis 5 besos
 
justine,23.02.2008
Bueno, me alegra este foro. Participaré con gusto de vuestras lecturas y os dejaré las mías. Saludos.
 
alejandrocasals,23.02.2008
EL BARRILETE DE MANUCHO

Como todos los años, desde hace ya catorce, la comisión de padres y la asociación cooperadora de la escuela primaria, organizan el “Concurso de remonta de barriletes”. Para la realización de dicho certamen, el club “Los Merinos” ofrece gratuitamente sus instalaciones, a realizarse el 2° domingo de abril de cada año.
La competencia es en horas de la mañana (si el tiempo lo permite) y en la tarde, posterior al “almuerzo a la canasta”, se entregan los premios a los vencedores.

Con el ánimo de aumentar la participación de alumnos, se decidió contribuir con un incentivo en dinero destinado a la compra de materiales para la construcción de los barriletes, asegurando de esa manera la participación de un apreciable número de colegiales. La fiesta debería ser para todos; no sería de manera alguna el dinero un factor determinante para privar al pueblo de su más exitoso evento popular.
La inscripción superó las expectativas.

Las bases del concurso, eran bastante flexibles: Estaba reservado para alumnos de la escuela entre 6 y 10 años (garantizaba el interés y la participación de los mayores).
El barrilete debería ser de construcción artesanal. El tamaño, la forma, los colores y los materiales a usar, de libre elección. Estaba permitida la ayuda en la construcción por parte de hermanos, padres, abuelos, etc. Por último se permitía la colaboración inicial para remontar los barriletes por parte de chicos más grandes, considerada la falta de experiencia de los más pequeños.
A pesar de que los barriletes debían ser “inéditos”, estaban autorizadas las pruebas de vuelo (en privado) para ajustarlos y garantizar la eficiente participación.

El jurado estaba compuesto por:
Las cinco maestras de 1° a 5° grado; dos miembros de la comisión de la cooperadora; el delegado municipal y Doña Celina, portera histórica de la escuela, ya jubilada y entusiasta animadora, fue miembro del jurado, en todos los concursos anteriores.
La Sra. Directora de la escuela oficiaba de fiscal, sin derecho a voto.

Se premiaban cinco categorías o disciplinas, por consiguiente cinco vencedores de;
1- forma y color del barrilete. 2- tiempo de permanencia en vuelo. 3- destreza en distintas acrobacias. 4- altura máxima alcanzada. 5- trabajo y fantasía (de reciente inclusión) que premiaba el esfuerzo y la creatividad en la construcción.

El voto era secreto, unitario e independiente entre disciplinas. En caso de empate, se votaba nuevamente, solo por los concursantes elegidos en una primera instancia.
El vencedor podría serlo de una o más disciplinas. Si lograba vencer en todas sería declarado “Campeón” y condecorado con una medalla de plata, sumadas a las medallas de latón otorgadas como premio a las distintas categorías.
El reglamento autorizaba el uso voluntario de dicha medalla (una o más), prendida en el guardapolvos durante todo el año. Los días festivos también se podía usar junto a la escarapela o al moño con los colores de la patria.
El derecho caducaba el lunes próximo siguiente al domingo de la competencia; se otorgaba ese derecho a los flamantes vencedores.

Abril, desde sus comienzo garantizaba calidos y ventosos días de sol.
Era un delicioso espectáculo, ver, durante la semana anterior, en campos cercanos al pueblo, las “pruebas de vuelo”, no tan en privado.
Decenas de barriletes, realizaban las más inverosímiles piruetas surcando el aire. Pintaban el límpido cielo otoñal con dinámicas y coloridas manchas multiformes.

La mañana del 2° domingo de abril se presento hermosa, a las siete y media, en medio de una gran algarabía, los casi cincuenta chicos y talvez más de un centenar de mayores, se preparaban para remontar “su barrilete” en el campo de deportes del club.
Estaba previsto que el jurado deliberaría y daría su veredicto durante el transcurso del “almuerzo a la canasta” que se realizaría en el tinglado adyacente a las canchas de bochas. El resultado estaría en manos del fiscal, la sra. Directora, hasta la finalización del almuerzo donde se entregarían los premios a los vencedores en el escenario estable debajo del tinglado. A continuación se procedería a la subasta de tortas, donadas por las madres de los alumnos. La finalidad de dicha subasta era de recaudar fondos para la asociación cooperadora.
La fiesta continuaba con espectáculos artísticos preparados por los alumnos hasta ya entrada la noche. Era la primera fiesta del año que reunía las familias de Loma Verde.


La señorita Rafaela, nueva maestra de quinto grado e integrante del jurado, original de Villanueva. Casada con el Dr. Fórmica, flamante veterinario del matadero municipal, residentes en Loma Verde desde enero del corriente año.
Recorrió paciente y objetivamente la sede del concurso toda la mañana, desde el comienzo, anotando en una libreta sus observaciones con el fin de emitir un voto justo. Charlando animadamente con los concursantes, con sus padres, sus hermanos mayores y con un sin fin de personas. Se enteró de pormenores y las técnicas de la construcción de barriletes, para ella inimaginables. Todos eran hermosos, sería difícil determinar un vencedor en la categoría forma y color.
Le llamó atención el N° 23 perteneciente a Manuel Suárez alumno de 2° grado, acompañado de su abuelo y de su hermano mayor Rodrigo. El barrilete era enorme, conformado por dos alas abiertas y una especie de larga cola de sustentación de color banco y gris-celeste clarísimo, se notaba un minucioso trabajo de elaboración; pero a su criterio demasiado pesado como para elevarse.
Entre gritos, risas, barriletes enredados y bastante confusión, comenzó la remonta.

Grande fue la sorpresa de Rafaela al ver con la facilidad que se elevaba el barrilete de Manucho. Describiendo círculos se iba enroscando serenamente en el cielo, como si una ráfaga de viento lo impulsase, solevándolo desde abajo hacia arriba.
Rodrigo y Manucho le daban más y más hilo y el barrilete subía más y más alto, altísimo, se asemejaba a un ángel de pie con las alas abiertas, parado sobre las escasas nubes del límpido cielo de otoño. Los jurados recorrían el “campo de vuelo”, determinar el vencedor sería una tarea sin duda muy difícil este año, la competencia era muy pareja. La calidad de los barriletes era sin duda excepcional.
Mientras se tomaba un descanso y unos matecitos dulces con su marido, Rafaela observo en un costado del campo algo que le llamó poderosamente la atención.
Rodrigo estaba sentado en el pasto y Manucho entre sus piernas, recostado en el pecho de su hermano mayor en una entretenida conversación, señalando el casi invisible barrilete. El abuelo, de pie, también participaba de la charla.
Todos con grandes sonrisas, mientras la abuela iba y venía con el mate en la mano.
Esta escena de conmovedora ternura familiar no le fue indiferente.

La mañana y el concurso terminaron. Todos a comer bajo el tinglado.
Los comentarios irónicos, las tomadas de pelo, las discusiones técnicas de la remonta; eran los temas principales de las conversaciones que aumentaban proporcionalmente con la ansiedad de conocer el resultado del certamen, que ya estaría en manos del fiscal. Cuando la algarabía y la confusión eran totales, la Directora, acompañada de todo el jurado subió al escenario. Llegó el gran momento.
No fue necesario pedir silencio, todos callaron para prestar atención a las palabras del locutor, que después de un breve discurso de introducción y agradecimiento a todas las familias presentes y la participación al evento (calurosos aplausos), cede la palabra a la señora Directora; dará a conocer el resultado y posteriormente premiar a los vencedores del concurso.

En las disciplinas:
2.- tiempo de permanecía en vuelo
3.- destreza en distintas acrobacias
No se pudieron determinar vencedores. El jurado decidió conceder un premio simbólico a todos los participantes. La fantasía, el colorido y las técnicas de vuelo eran tan buenas, depuradas y equilibradas que fue imposible determinar un vencedor.

La disciplina: 4.- Altura máxima alcanzada.
Su vencedor, imbatible; el Nro. 23 Manuel Suárez. Fue precisamente Rodrigo el que prendió en el pecho la medalla al vencedor. En medio de la ovación del público, emocionado, agradeció con gestos y saludó con una manito.
Manucho bajó del escenario escondiendo las lágrimas, en brazos de su hermano, que le deba ánimos besándolo y acariciando su cabecita.
Esta segunda escena conmovió profundamente a Rafaela.
Las disciplinas:
1.- forma y color del barrilete
5.- trabajo y fantasía
Fueron otorgadas (por voto unánime) y con la aprobación total del público al participante Nro. 6 Carlos Woo Lee.
A recibir el premio junto con el pequeño Carlos, subió al escenario toda la familia. Los Woo Lee originarios de la China, era propietarios de una tienda, residentes en el pueblo desde hacia algunos años. El fantástico y colorido dragón, era sin duda alguna el barrilete mas hermoso jamás construido y visto en Loma Verde.
A turnos, toda la familia, incluso la abuela, corrieron durante toda la mañana de punta a punta el campo deportivo tratando de elevar el pesado dragón; pero no lograron remontarlo a más de seis o siete metros del suelo.
Alguno de los presente comentó risueñamente que el premio también era por la fatiga de los Woo Lee, -tratando de domar esa extraña bestia salvaje desconocida por estos pages-. Con solemnes saludos a la manera oriental, bajo un estrepitoso aplauso saludaron todos, en un castellano un poco confuso. Se fueron en fila india, tomados de la cintura y cantando una especie de carnavalito Chino, llevando a Carlitos en andas.
En un ángulo del tinglado continuaron viviendo intensamente su alegría.
Un hermoso espectáculo familiar fuera de programa.

La subasta de tortas tuvo un éxito rotundo, las tortas se vendieron a precios exorbitantes. La fiesta estaba de lo mejor; las familias se fueron acomodando en dirección al escenario para deleitarse con el espectáculo artístico con la actuación de alumnos y maestras del establecimiento.
Mientras se aguardaba el comienzo del espectáculo, se tomaba mate y se charlaba del concurso, de sus vencedores y de los posibles vencedores. Pero no había caso, el dragón chino era el mejor de todos, el jurado había dictaminado con justicia.
La srta. Rafaela aprovechó la oportunidad de tan agradable reunión para conocer a las familias de sus alumnos, iba de mesa en mesa presentándose y hablando un poquito con cada una de ellas. Era su primer encuentro con la gente de Loma Verde.
Un poco apartados, en el fondo del tinglado se encontraba Manucho y Rodrigo con sus abuelos. Rafaela pensó por primera vez que no había detectado a los padres de los hermanos Suárez y un poco por curiosidad y otro poco por gusto se acercó a saludarlos.

Se presentó a Don Darío y a su esposa, entrecruzándose recíprocos y cordiales saludos. Manucho y Rodrigo jugaban a las cartas un poco apartados. Después de charlar un ratito, y felicitar a los abuelos por tan buena perfomance en el concurso, preguntó cual era el motivo por el cual ese fantástico barrilete remontaba tan alto. Además, agregó, teniendo la posibilidad de mostrarse y hacer infinidad de piruetas para deleite del público, no las había realizado.
El señor Darío miró fijamente por algunos segundos a la señorita Rafaela y no dijo nada.
Sólo le entregó una hoja de papel que extrajo del bolsillo de su chaleco.
Ante la sorpresa, abrió la hoja y se encontró con una carta escrita por un niño:

QUERIda mAmita y papito EsTA ES Una carTITa QUE escRIBI YO de a poQUIto y QUiero deSirte QUe me aYudo Rodrigo pero QUiero deSIRTE QUE POQUIto POrQUe ROdrigo YA esta EstuDIAndo para doTOr ya estA EN 2AÑO del BachiLier Y YO aprendi ALeer Y escribir solO anTEs de Enpesar la esQUUela y el me COrriJE LaS FALtas y me enSenia letras nuEvaS y tanbien te QUUento que eNpese EL seGundo GRADO Y tanbien a ir A CAteSISmo Y EL PAdre PEDRO me dijo cuAndo LE preGUnte si Vos Y papá abian desaparecido QUe SI era ciERto lo QUe me desIA la ABUeLa QUe me estAN miraNdo deSde el CIelo deSde QUe se fuERon de viaJe y QUe pasaRia mucho tienpo EN poder esTar con eyos Y QUe eyos no VolveRAN Ala tiERRa y YO estaVA espeRAndo saber escRIBir para mAndArte esta cARtita con mi baRRilete Y el abUElo me aYudo mucho para acerlo Y no se porQUe yoraba Y me aVRrasaba cuando le DIje que tenia QUe volar muY alto Asta LLegar al CIElo para DarTE esta carTITA Y me dijo QUe la escriVIEra Y QUe entre el Y Rodrigo arian un baRRilete QUe seguro yegaria al Cielo EL baRRilete es muI lindo pareSE un Angelito Y bueno lo EStas BIEndo y diSE la aBUEela QUe la kuky siempre duERMe al lado MIo desde QUUe se fuERon a ese ViaJE Y Me acoNpaniA A LA esQUUela y me esPEra echaDa aVAjo del pino en FRente a la esQUUela asta QUe BUelvo a CAsa Y No Me ladra NIMe Me MUErDe a beSEs me saLTa enSima Y me PASa la LENgua por la cara Y QUiero deSIRte QUe me dijo Rodrigo QUe me disen Manucho porQUe aSi Me desian vos Y papá Y bueno aora me deSPido con muchos besos porQUE no se cuando buELbo A EScriviR beSOs para vOS Y para papá PoRque Los QUIero MuchO MANUCHO

Manucho y Rodrigo, su hermano mayor, vivían con sus abuelos maternos desde que desaparecieron sus padres, en 1978, un mes antes de comenzar el mundial de fútbol. Informados por la CONADEP, ya no albergaban ninguna esperanza de hallarlos con vida. Manucho aún no caminaba cuando quedó huérfano de ambos padres.

Rafaela levantó la cabeza, pasándose las manos por los ojos, como si pudieses correr el velo que los empañaba. Sin pronunciar una palabra; mirando, preguntándose, tratando de llegar a un diagnóstico, observaba a Manucho que le regalaba una enorme sonrisa de felicidad y una inmensa tristeza en los ojos de Rodrigo, sin un solo gesto en su cara.
Quedó así durante esos instantes en que se detiene el tiempo y que dan acceso a la eternidad. Luego, cuando su conciencia volvió a entrar en las tres dimensiones, como despertando de un sueño; saludo cordialmente y se retiró casi corriendo.

Loma Verde no era ajena al convulsionado momento político y social que estaba viviendo la Argentina. El gobierno de Raúl Alfonsín debió enfrentar el problema de la transición a la democracia en un país con una larga tradición de gobiernos militares que había llegado a la tragedia del terrorismo de estado, desde el golpe militar del 24 de marzo de 1976 hasta la Guerra de las Malvinas el 2 de abril de 1982.
El 20 de septiembre de 1984 la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP) produjo su famoso informe titulado “Nunca Más”. El 9 de diciembre de 1985 se dictó la sentencia condenando a las juntas militares a reclusión perpetua, que por las características y realizada por un gobierno democrático, constituyó un hecho sin precedentes en el mundo. En 1986 Congreso sancionó la “Ley de Punto Final” imponiendo un plazo de 60 días para procesar a acusados de delitos de lesa humanidad cometidos durante el gobierno militar.

El Honorable Consejo Deliberante del Partido de General Paz se reunió en asamblea extraordinaria en la Municipalidad de la ciudad de Ranchos. Se trataría y votaría la moción propuesta por el único concejal del Partido Independiente, avalada por casi 1500 firmas de los ciudadanos de la localidad de Loma Verde.
En pocos minutos y con una votación a mano alzada; el veredicto fue 12 a favor, cero en contra. La aprobación unánime, algo inusual entre peronistas y radicales, provocó algarabía, saludos y hasta algún emocionado abrazo entre los concejales.

Por ordenanza municipal Nro. 324/86, se declara el 2do. domingo de abril de cada año “Día del Amor Fraterno” en el partido de General Paz, a festejarse en la localidad de Loma Verde con una “remonta de barriletes” (si el tiempo lo permite).

Alejandro Casals
09-09-2007

 
clepsidra,23.02.2008
Gracias por la invitacion. Es obvio decir que los autores esperan un comentario, observacion, sugerencia o cualquier concepto sobre el trabajo colgado. De todas maneras, con leer textos largos no solo se hace el esfuerzo (yo los leo directamente en la pantalla de la P.C.) por los autores, sino por el lector mismo:La lectura a consciencia y con tiempo, agudiza el sentido critico, luego expuesto en un comentario.
Como observaran ya me anote en vuestra idea y los felicito. Un abrazo.
 
margarita-zamudio,23.02.2008
Yo prefiero copiarlo, aunque siendo de Alejandro sé que me gustará.
 
clepsidra,23.02.2008
Margarita, siento que es el cuento que siempre se quiere escribir, ya sea por lo atrapante del tema, las conexiones biblicas que de forma automatica aparece en la mente, la idea de la situacion del fin del mundo, etc.

En forma general, humilde mente pienso,que es un cuento bien escrito, cuidado en el lenguaje. Hasta llama la atencion, una cierta serenidad con que se cuenta un hecho tan catastrofico, complejo, en donde reina de forma definitiva el caos.

En cuanto a las sugerencias serian minimas: encuentro al principio algunas repeticiones que se podrian obviar y alguna frase hecha.

Por lo demas, tu narracion me ha entusiasmado, la lei como una hermosa y angustiante aventura donde yo tambien gritaba:¡Yo tambien quiero ir en la nave!
Un cuento que ha conmovido mi espiritu, gracias por traerlo.


 
compromiso,23.02.2008
Antes de abrirse este foro, ya opinaba que en mi caso personal, y siempre que cuente con algo de tiempo, las distinciones no están entre cuentos cortos o largos. Para mí un cuento es atrapante por su calidad de escritura independientemente de la extensión del mismo. Si supo tomarme de la mano desde sus primeras palabras es difícil que me suelte hasta llegar al final. Al fin y al cabo de un placer se trata para mí la lectura y ...¿Quién se priva de un verdadero placer cuando se siente inmerso en él?

Querida Margarita Zamudio

Tu cuento, como lo presentí al verlo editado fue de éstos que me llenan de plenitud. y por supuesto como lo anticipo, en el párrafo anterior, no tiene nada que ver con su longitud sino con su calidad.

Es un tema actual, de verdadera profundidad, que nos hace reflexionar, al menos yo soy muy consciente del tema. A veces cuando he visitado países que parece que vivieran de espaldas al mundo, sin preocuparse por el planeta global, en cuánto a la contaminación y depredación de tierra, clima, aguas, desperdicios; pienso si no se dan cuenta que la nave que habitamos es la misma para todos.

Espero poder seguir leyendo cuentos de calidad similar al tuyo, sean cortos o largos.

¡Muchas gracias!

Susana



 
margarita-zamudio,23.02.2008
Seré sincera. ese cuento lo escribí hace años. El caso es que ganó un concurso, pero sí, tendré que arreglar algunas cosillas.
Muchas gracias, amig@s.
 
ninive,23.02.2008
Apoyo la idea y les deseo suerte. He publicado cuentos largos sin ningún éxito. No creo que publicarlos aquí cambiará mucho las cosas.Debemos reconocer que la lectura en Internet es muy agobiante. Yo en general no puedo dedicar mucho tiempo a la lectura "larga" de la página porque le quitaría tiempo a la lectura de la pila de libros que esperan turno. Reconozcamos que no es posible pasarse el día leyendo. Es verdad. lostextos largos y los breves no LOS LEE NI LA FAMILIA.
 
alipuso,23.02.2008
Alejandrocasals ha dicho algo lógico y sensato, imprimir un cuento largo e ir leyéndolo sin ninguna prisa en la semana; que a final de cuentas equivale a leer cinco o seis cuentos cortos, además de ahorrarse la visita al oculista cada año para aumentar la graduación de los anteojos.

Este fin de semana leo lo que subiste, margarita-zamudio, también subiré algo, y ojalá que este foro se convierta poco a poco en alternativa de cuenteros kilométricos.

Compromiso también tiene toda la razón. Si un cuento corto no nos engancha desde la primera línea, aunque no pase de diez, no lo terminamos de leer. Al contrario, si nos hace voltear la mirada un fajo de hojas, incluso contra nuestra volutad lo devoraremos, tarde o temprano.
 
quilapan,23.02.2008
buena idea
 
alipuso,23.02.2008
Compadre Quilapan, anímate, sube uno de esos cuentos alucinantes...
 
alipuso,23.02.2008
Compadre Quilapan, anímate, sube uno de esos cuentos alucinantes...
 
kuroq,23.02.2008
El Gallo

El General, llegó por fin a su casa. Caminó hasta el pórtico, tiró de la puerta cancel y entró. Dejó el bastón apoyado contra la mesa pequeña del recibidor y sin vacilar se dirigió hacia el dormitorio, escaleras arriba. Con agitada respiración, se fue quitando el saco de gala. Lo tiró sobre el banco del descanso. Empujó la puerta del dormitorio, caminó hasta la cama y se dejó caer. Los únicos signos de vida eran su chirriante respiración y el movimiento desatinado de sus pies, en un intento de sólo sacarse los zapatos. Agotado, se adormeció enseguida, su último pensamiento fue sobre el calamitoso estado del techo, mañana lo arreglaría él mismo. Nunca más volvió a despertar.

Don Cruz Tarrazo, nació en el triste pueblo de Santa Cruz de Lojeña. Su nacimiento no fue un presagio, ni una maldición, ni siquiera su madre lo esperaba. En un convento, a sus siete meses de existencia, vio la luz del mundo. Ana Tarrazo, una veinteañera de inmadurez notoria, madre por violación de un capataz de la hacienda donde su familia peonaba, estaba pupila al cuidado de las hermanas, desde hacía cinco meses al momento del parto. Las hermanas Terra y Diana se hicieron cargo del endeble pequeño, acudiendo en secreto a las parteras del pueblo y en especial a una vieja curandera desterrada al bosque por bruja. Sobrevivió y la Madre Superiora decidió que era un milagro local, y lo nombró Cruz, pero por sospechar de las andanzas de sus pupilas con la impía mujer del bosque, decidió dejarle su apellido. El convento entero se alegró por el nacimiento, pero Ana no comprendió que había pasado. Su pancita ya no estaba, su retraso mental le impedía comprender quien era ese pequeño ser que le dejaban ver pero no tocar. Entró en una depresión de la que nunca más salió, no murió de cuerpo pero sí de alma. Todos los días se despertaba y con precisión recitaba la Biblia, hasta la hora de comer, en la que silenciosamente salía de su cuarto para a la media hora volver. La infancia de Cruz se debatió entre el amor y devoción a su madre, a quién pasaba horas abrazado de la pierna mientras ella recitaba con indiferencia. Y entre el amor de sus tías Terra y Diana, quienes le enseñaban los santos y non santos pasajes de la vida, aunque asistía a diario a la escuela que las mismas monjas del convento dirigían. A pesar de todo Cruz tuvo una infancia feliz, rodeado de mucho cariño y con un sentimiento de unicidad que rayaba en lo ególatra.

Al cumplir los catorce años, la Madre Superiora, haciendo grandes esfuerzos lo colocó en un Monasterio en Hadián, para ordenarse como sacerdote. Pero el joven Cruz no tenía madera de religioso profeso, y sus tías habían hecho buen hincapié en las maravillas del mundo bajosanto. Él quería conocer, conocer todo lo que su buena Madre Superiora le prohibió, quien, inocente, plantó en él la semilla de la curiosidad.
La llegada al puerto fue todo un suceso para Cruz. Jamás había salido de Santa Cruz, salvo alguna vez, acompañado por Terra o Diana, a ver a la Bruja del Bosque. La anciana mujer le había anunciado que pronto vería el mar, sin embargo él, como con todas las cosas que ella le auguraba, no le había creído. Desde el muelle, miraba la mansa sábana oceánica con una maravillación inconmensurable. No creyó jamás poder superar ese sentimiento. Se equivocó y dio temprana cuenta de su error cuando su corazón saltó de su pecho, emoción aún mayor, al subir al barco “Siren” y ver chiquito el pueblo desde arriba.
Las tías lo despedían con lágrimas en los ojos y Ana, llevada a empellones, embelesada por el espectáculo, al ver a sus hermanas hacer el gesto, tomó su pañuelo y comenzó a agitarlo y a gritar. Cruz, por primera vez solo, se llevaría esa imagen hasta el último de sus días: “Mis Madres”.

Hadián, se elevaba desde el horizonte y el sol desaparecía. En un viaje placentero, breve y sin mayores complicaciones, Cruz se ambientó al trabajo de grumete. No por obligación, mas por diversión. A la hora de la cena prefería comer con la tripulación que con los pasajeros. Se entretenía con los relatos de amoríos en pueblos perdidos y en continentes lejanos, y en intercambio los curtidos hombres escuchaban los relatos de un jovenzuelo que espiaba entre vestidores de las mujeres dedicadas a la castidad, en especial los cuentos sobre la hermana Gemma, rubia extranjera, llegada al final de su estadía y que acostumbraba bañarse desnuda. El contacto con la hombría, no ya de un olvidado pueblo sin jóvenes, sino con ejemplares de la más rancia virilidad, hicieron en Cruz desear escaparse al llegar a puerto. Y así fue, cuando al divisar un ensotanado personaje oteando entre la gente, hizo uso de su corta estatura y se escabulló entre los marineros que enfilaban para los bajos de la ciudad.
El capitán le negó una y otra vez su permiso para quedarse. Le escuchó la primera vez, pero sin meditar demasiado se dio cuenta que estaría en un problema mayor si dejaba al pequeño alojarse en la posada con su tripulación. Cruz, sin más remedio, se escondió en el establo de la posada, haciendo pequeñas guardias de minutos para ver que no lo dejaran. No tenía idea de cuando partirían, pero él quería viajar como sus nuevos amigos lo hacían. El sueño lo venció. Durmió toda la noche hasta que un gallo intruso, despacito se introdujo en la caballeriza y oteando al visitante, despedazó el silencio con su estridente canto. Cruz, del susto, saltó de repente y corrió sin terminar de despertarse, hacia el fondo del granero, refugiándose en una montaña de heno. El gallo ante tal violenta reacción huyó despavorido (o desgallado, más bien) hacia la casa principal. Pasado el sobresalto y más despabilado, Cruz se animó a salir del establo, sigilosamente. Su intriga era mucho mayor ahora, sintiendo que lo habían dejado atrás, se inmiscuyó por el costado del edificio, esquivando las ventanas. Entró por la puerta principal disimulando ser un alojado, subió por las escalinatas hasta los cuartos. Se sorprendió cuando descubrió todos los cuartos vacíos y ordenados. Pensó que talvez se habían mudado de posada. Salió, como entró. Nadie preguntó por él. Y se inmiscuyó en el bullicio de una ciudad llena de vida. Los mercaderes de los puertos gritaban su mercancía en precios y valores de cambio, un hombre con una carretilla repartía hortalizas y verduras en puerta y un voceador anunciaba el arribo de un Duque en una semana. Agitaba un papel escrito, que al parecer vendía. Se acercó a él y le preguntó por el “Siren” y su tripulación. El muchacho se encogió de hombros y aún mirándolo continuó gritando su noticia. La sensación: inmensa soledad. En una ciudad llena de gente, era un sentimiento que manaba de los desagües, de las chimeneas y de las bocas de todos. Como es lógico, Cruz se perdió. Desesperado comenzó a correr, chocando con todos. Y así llegó al punto de embarque, y una vez más, superado en asombro anta la magnitud y majestuosidad, vio al Siren anclado en el puerto. Estupefacto, se apoyó sin darse cuenta en la pared. Un alivio ahora le recorría las piernas. Quién lo divisó fue el
Capitán, el único tripulante que la noche anterior había vuelto a dormir al hotel. Todos los demás todavía yacían en curda abrazados a postes, en callejones o aún en la enfermería del lugar con algún hueso roto por peleas nocturnas.
-Ay niño, me ha tirado las orejas el cura jefe de aquí- le dijo mientras caminaba hacia él, -que no te has aparecido todavía y que tendré problemas si no apareces-. Se sentó en el suelo y Cruz se sentó junto a él.
-Mira, me recuerdas a mí cuando comencé de grumete, pero no puedo hacer nada. Soy capitán de un barco de pasajeros y pertenezco a la empresa de Hadián- el hombre hablaba mirando la enorme galera, con cierto cansancio. – y el cura ese tiene mucha influencia en mi jefe, no puedo llevarte- hizo una pausa, incómodo, como dándose cuenta de la sinceridad que estaba dejando escapar, -así que tendrás que arreglártelas solo.- Se puso de pie, el muchacho continuó sentado con cara seria.
-Nos marcharemos al amanecer, antes de partir llamaré al cura y le diré que te he visto por los muelles, ten cuidado, es una ciudad peligrosa para los niños.- dio media vuelta y se dirigió al barco.
Cruz se levantó indignado, él no era niño. Se fue del puerto y caminó por unas callejas pequeñas. Subió unas escalinatas de piedra y se encontró con la plaza principal. Una enorme campana en el centro de ella, rodeada de tres gruesos árboles. Pero, al contrario de la plaza de mercado, aquí no había casi gente. En uno de los bancos bajo los cipreses, descansaba un hombre con bonete. A un costado tenía una caja embutida en una estructura de hierro, con una rueda de bicicleta. Sobre ella un mono pequeño. Cruz se acercó hacia el banco de enfrente. Se sentó mientras miraba fijamente al hombre del bonete. Estaba dormido y nunca notó su presencia, pero el mico sí. El animal dio unas vueltas por el banco, saltó hacia delante y comenzó a caminar en dirección al muchacho. Cada tanto frenaba su andar y volvía unos pasos mirando a su dueño, preocupado, sabiendo el reproche. Pero al final llegó a Cruz. Lo estudió, caminó a su alrededor y saltó a su lado, mirándolo fijamente. El joven, con su lógica mezcla de curiosidad y pánico, estaba duro. El animal extendió una manita con la palma hacia arriba haciendo unos suaves sonidos vocalizados. Cruz metió la mano en el bolsillo y encontró una medallita con la Santa Cruz. El mico se la arrebató y con una ágil maniobra volvió hasta su dueño. Se sintió estafado y estuvo a punto de pararse para ir con el hombre del bonete, a reclamar por el robo del mono, que le saltó encima y gritando, con rabia colgándole de la boca, le asaltó los bolsillos y... . Una mano lo tomó del hombro y lo sacó de sus cavilaciones. Un hombre se sentó a su lado. Olía a ron, a mucho ron. Llevaba una barba descuidada de días, el pelo enmarañado y unos ropajes oscuros. Cruz, instintivamente, se hizo a un lado y lo miró sorprendido. –No eres de aquí muchacho, hasta hueles raro- le dijo mientras sacaba una pipa y un cerillo. La encendió, pitó, lanzó el cerillo todavía encendido hacia delante y acomodó lo que hasta ese momento parecía un palo entre sus piernas. Una espada, larga y enfundada, con el cinturón enrollado en la empuñadura. La mirada boba de Cruz se clavó en el arma. –Veo que tampoco sabes hablar muchacho, mi nombre es Kuroq- Pitó la pipa una vez más y extendió el brazo derecho en señal de saludo. –yo... soy... Cruz...- la voz tímida del joven era un chillido entrecortado, y le hizo sentirse un niño asustado. El hombre volvió a pitar se recostó y estiró las piernas. –Oye, ¿tienes hambre?- y lo miró a los ojos una vez más. Cruz
asintió con la cabeza. Kuroq revolvió un bolso en el suelo y sacó un pan unos trozos de carne envueltos en papel. Se lo entregó al muchacho y éste lo devoró ansiosamente. Su última comida había sido la media tarde en el Siren.
-¿De dónde vienes, qué haces aquí?-inquirió en señal de pago el hombre -Vine en el Siren, pero para ordenarme como sacerdote... no quiero-contestó. Kuroq lanzó una carcajada, -lo sé, la sotana sobresale de tu bolso, pero no entendía que hacías en plaza del pueblo. Escucha, te propongo algo. Te propongo que trabajes conmigo y a cambio te daré dinero para que comas. Te veré mañana, al amanecer por aquí- Se paró, hizo un saludo con la mano, puso su espada al hombro y se marchó. Cruz, no terminaba de comer todavía.

Cuando hubo terminado de comer, Cruz decidió caminar de nuevo hacia el puerto. El hombre del mono se había marchado en algún momento sin que lo notara. En vez de volver por las callejuelas por las que vino, decidió tomar una calle principal que bajaba como ladera. Caminó unas cuadras y al ver dos curas caminando en su dirección, se ocultó en una herrería. Un robusto hombre estaba apoyado en un mostrador de hierro. Lo miró levantando una de sus tupidas cejas. El joven preguntó por una espada, una lanza y una ballesta. El reacio hombre contestó, sin moverse, todos lo precios con acento muy particular. Se hizo un pequeño silencio, Cruz preguntó por un pequeño sable, colgado en la pared detrás del herrero, sobre el dintel de la puerta. –Eze ez un zable corvo no lo he hecho yo, lo trajeron unoz eztranjeros haze un tiempo. No ez barato hijo- le dijo mientras lo sacaba de la pared. -zon 30 monedaz, ¿tienez el dinero?-. Cruz bolsiqueó un poco y solo sacó una. El hombre sonrió y le preguntó: -¿Para qué quierez un arma?, tu tienez que eztar en la ezcuela o trabajando en el campo niño, ahora ve para tu caza para que no enojez a tu madre- le dijo bromeando. Cruz indignado le prometió que conseguiría el dinero para el arma y salió del local, no sin antes recordarle que no era un niño. Se había olvidado por completo del porqué había entrado en la herrería. Caminó enfurecido unas cuadras y de a poco fue volviendo en sí. Cuando llegó al puerto ya era de nuevo el asustadizo extranjero en una enorme ciudad llena de gente. Intentó recordar para donde quedaba la posada, era el único lugar donde dormir, sin que los sacerdotes vieran a buscarlo. Caminó todo lo que quedaba de día. Era temporada estival en Habián, por lo que no fue poco. Cuando ya caía la noche, el azar lo ayudó a divisar la casaca de marinero de uno de sus amigos y lo siguió de lejos. No tenían que verlo, el capitán seguramente ya habría avisado al monasterio. Llegó a la posada y volvió a escurrirse hasta las caballerizas. Se recostó en el pajar. Pero el hambre no lo dejaba dormir. Daba vueltas. Hurgó en todos lados, hasta en los comederos de los caballos sin éxito. Ya pasada la media noche oyó una voz fuerte que llamaba a un tal Gurián a darle de comer a los perros y a las gallinas. Era su momento, se agazapó detrás de la puerta del establo, vio como unos pies arrojaban unos panes y carne en un gran tronco ahuecado y volvían a entrar. Esperó unos segundos y vio que los perros se abalanzaban sobre el tronco. Alcanzó a tirar de la puerta del establo y en el momento en que salía escuchó la puerta cancel y se arrojó hacía un costado. El tal Gurián tenía que darle de comer a las gallinas también y el gallinero estaba dentro del establo. Con mucha suerte para Cruz, aflojó la segunda puerta de las caballerizas y pasó. El posadero ocultó con la segunda puerta al joven maltrecho en el suelo. Arrojó la comida en el suelo del gallinero salió y trancó las puertas. Ahora la comida
de los perros estaba muy lejos, sólo podía robarle lo que pudiera a las gallinas. Entró al gallinero y comenzó a recoger los pedazos de pan, carne y otras cosas indescifrables ni por el color o el sabor. Las gallinas comenzaron a armar un alboroto, por lo que se apresuró y salió corriendo hacia el heno del fondo. Había embolsado la comida en la remera. Y fue donde ocurrió la escena más curiosa. Cuando ya había comido bastante de lo llevado, oculto detrás de un montículo de heno, ya con un poco más de tranquilidad, vio una silueta a contraluz, el gallo. Lo había encontrado y amenazaba con denunciarlo a gritos si no compartía algo de comida. Cruz, con un asustado misticismo, pensaba en que talvez era un espíritu reencarnado en este animal o algo y le ofrendo los restos. Los arrojó, pero no muy lejos de él. El animal, se acercó muy despacio, picoteó lo que quedaba, con un ojo puesto en el ladrón. Cuando hubo terminado lanzó unos “cot cot” y se fue rápidamente por donde vino. Pasmado y cansado, Cruz se durmió como se quedó. Lo despertó su encrestado amigo con su canto, en su último amanecer, en la posada hoy se serviría de plato principal Gallina Asada o mejor dicho Gallo Viejo Asado. El reemplazo, un semental comprado hace un tiempito, estaba llegando junto con las provisiones del día. El muchacho ya despabilado, esperaba que corrieran la tranca para salir, cuando escuchó movimiento afuera. La puerta se abrió para sacar a los animales a comer afuera, gallo, gallinas, y caballos. Cruz aguantó hasta que a lo lejos oyó la puerta cancel cerrarse y salió de su escondite. Oteó por la puerta y se escurrió por el costado del establo. Justo en el momento en que sacrificaban a su amigo con un machete. La cabecita rodó y a Cruz le dieron ganas de vomitar. Corrió rápido, se escapó de la posada de la muerte, sintiendo que en cualquier momento seguiría él. Una vez más llegó al puerto, pero esta vez no había nadie en ningún lado, recién despuntaba el sol. Mejor ubicado esta vez. Llegó donde el enorme barco y se sentó para ver como el resplandor del sol teñía todo de color. Estaba descompuesto y horrorizado. Y el hambre le atormentaba el estómago con dolor. Fue cuando recordó a Kuroq y su propuesta.

Unos meses después, la ciudad de Habián era azotada por un nuevo miembro de la Hermandad del Oso, la temeraria banda de ladrones. Este nuevo integrante era el más joven de todos, tan solo catorce años. Manejaba certera y mortalmente un sable corvo, y su especialidad eran los barcos de pasajeros y sus equipajes. Tenía mucha habilidad para escapar al momento de zarpar, al momento del desembarque o mientras los miembros de la tripulación se relajaban con el ron. Pero era un sujeto dado para el oficio de robar por su agilidad y su facilidad para pasar desapercibido. Su maestro y jefe de la banda, un caminante de pueblos era oriundo de otro continente, y había aprendido las debilidades de estos pueblos, pueblos sin generación, que reutilizaban los conocimientos de quienes venían de otros países y creaban posadas y negocios con nombres de sus ciudades natales. Su debilidad era su individualismo, solo se rodeaban de los suyos y con suerte algún paisano solitario a quien ayudaban como a su propio hermano. No se interesaban en sus vecinos ni por los demás. Esto hacía de carne para la daga de los ladrones, cayendo en barrios por las noches y madrugadas, transformándolos en zonas peligrosas, para después apuntar a las zonas más tranquilas y asediarlas hasta convertirlas en sufridas.
La banda estaba compuesta de cuatro miembros, un jefe y un novato o aprendiz. Cuando algún miembro se separaba o moría, el aprendiz tomaba su lugar y buscaban
integrar a uno nuevo. Todos debían, al entrar a la banda, cambiar su nombre, el jefe Kuroq, los cuatro integrantes, Tibio, Carmón, los primos Ponto y Pato y el novato Gallo. Este último era el nombre de Cruz, elegido en honor a su último amigo, muerto por la crueldad de su amo en una forma brutal y de quien se vengaría algún día, o eso fue, por lo menos, lo que les dijo a ellos. Ya no pasaba hambre ni dormía en graneros, ahora descansaban de día y trabajaban de noche, comían todos juntos en las afueras del pueblo al amanecer, y se iba a su propio cuarto a dormir. Su escondite era una posada abandonada en el bosque por donde pasaba la vieja ruta que se dejó de utilizar por los bandidos y porque las nueva carretas y carruajes no pasaban entre los árboles y las enormes ruedas se atoraban con las raíces. Los mitos citadinos acerca de los espíritus del bosque, asustaba aún a la guardia de la alcaldía y los mantenía alejados de la arboleda.
Pero desde que el Duque partió, las cosas se estaban complicando. El noble prometió solucionar el problema de la inseguridad creando un pequeño ejército remunerado, un ejército de jóvenes de la ciudad, que la conocieran bien y que conocieran a los vecinos y a los turistas. Por más que fuera una promesa de un noble que vivía lejos, fue útil a la ciudad para que ya empezaran a juntarse algunos vecinos y propietarios de negocios para protegerse entre todos. Y eso ponía las cosas más difíciles para cualquier atraco en la ciudad. Kuroq ya había anunciado que si las cosas se complicaban, la única solución era irse de la ciudad, a un pueblo más inocente. Lo que Cruz nunca imaginó, fue lo próximo de tal vaticinio.

El obeso alcalde caminaba con fatiga por la calle principal. Su corta estatura, conjugada con su peso hacían de su caminar un bambolear constante, un de aquí para allá que recordaba al andar de un pingüino. Subió agitado las escalinatas de la alcaldía, hurgó en sus bolsillos hasta encontrar el llavero. Abrió el enorme candado y empujó el portón con todo su cuerpo. El crujir de los goznes era su bienvenida matutina. Quince años ya de gobierno y en la época más próspera de la ciudad, por más que no todo andaba como hubiera querido.

-Pss, que sería de este hueco si no fuera por mí- meditó en voz alta. -en este tiempo he creado el puerto más grande de toda la costa este, he creado empresas de transporte de pasajeros, de cargas, los comerciantes tienen satisfechos los bolsillos.- se sentó tras su escritorio, mientras seguía vociferando.

- Maldito ese Duque y su falsa preocupación... poner en duda mi cargo... yo que he...- su cara se transformó, una ráfaga de preocupación se instaló en sus ojos, el temor de ser escuchado lo hizo olvidar su enojo y temer, temer como siempre en su vida. Esta reacción dejó ver un rostro regordete y casi sin facciones propias, años y años de comidas poco sanas y poco mesuradas impedían contemplar la sabiduría de las líneas de la vejez. Su respiración silbaba producto de la agitación de dos cuadras cuesta abajo desde su casa hasta la oficina.

Firmaba unos papeles, cuando ruidosamente un hombre se estrelló de cabeza contra su escritorio.

-Hombre, pero qué es lo que haces...- el sobresalto lo espantó, y se echó contra el respaldo de la silla.

- Disculpe, senio’ alcalde- dijo un hombre vestido de chaqueta y gorra azul, tomándose la cabeza. Le faltaba uno de los dientes del frente y al parecer no era muy lúcido tampoco.

- ...eso’ ejcalone’, siempre me hacen tropieza’, ¿me mandó a llama’ senio’?- el hombre tomó una repentina forma solemne, llevándose la mano a la sien, enseñando la palma. Este era Gualberto Fuentez, nacido afuera pero criado dentro, su familia vino en el primer barco en llegar al puerto de Hadián. Como hombre joven y fornido, fue el primero en presentarse al requerimiento del alcalde para formar la Guardia de Hadián, de la que ahora era su flamante Jefe, con sus cinco subalternos y sus seis iniciados. Al mirar fijamente al estoico hombre, el alcalde comprendía de a poco algunas palabras del Duque, especialmente cuando dijo aquello sobre un “Capitán especializado“. Si bien Gualberto no iluminaba con su inteligencia, era el anillo en el dedo del alcalde, por su extremada obediencia, sin demasiadas preguntas. Hacía tiempo ya que lo utilizaba para presionar a ciertos comerciantes a pagar el impuesto o para apretarle el cogote a más de un “capitansucho de barco” prepotente que se negara a cumplir tal o cual encargo.

-Fuentez, estará al tanto de la visita del Duque,...- Gualberto intentó contestar, pero un gesto del funcionario le indicó que aún no era el momento, -no está conforme y nos ha amenazado de quitarnos nuestro trabajo. El mío, y por ende el suyo Fuentez. Me ha conminado a ordenar la inseguridad en la ciudad y hasta se ha atrev... - el sentimiento de temor volvió a ocupar su lugar en el pensamiento del alcalde y recomenzó con voz calma, pero dejando su asiento- y hasta me ha anunciado que mandará un Capitán venido de la Guardia del Rey. No son buenas noticias, ni para usted ni para mí. Este capitán de seguro será un espía del Duque en nuestra ciudad- Se pasó una mano por la nuca, secando la traspiración bajo los últimos pelos blancos de su cabeza.

- Y qué vamo’ a hace’ senio’ alcalde- El recio hombre se hamacaba en su posición firme para un lado y para el otro. El alcalde se detuvo en él un segundo, se dio media vuelta y mirando por la ventana dijo muy suavemente, talvez para que nadie lo escuchara ni siquiera el otro hombre en el salón: -Quebrarlos-

Al otro lado de la ciudad, llegando al mediodía, Gurián, hijo del posadero del puerto, prendía en el suelo una fogata, para cocinar el almuerzo. La posada estaba repleta, un barco partía hacia la ciudad del Rey y comensales de todas partes se reunieron en el comedor. El plato era una delicadeza del lugar, Vacuno a las Brasas, y no era cualquier animal, sino uno comprado al mayor ganadero de la zona, Don Balio Rosen, también Alcalde de la ciudad, quién estaría presente para la comida. Cuando el fuego consumió la leña, Gurián esparció las brasas sobre un mantillo de hierro puesto sobre dos maderos, dibujó con ellas un gran círculo, y colocó una enorme rejilla con cuatro patas sobre el círculo. Con lo que quedaba de brasas inició otra fogata, más abultada pero menos intensa.

Alrededor de ella clavó cuatro enormes estacas, tan inclinadas que en el extremo más alto se juntaban las cuatro. Los cortes más delicados y las menudencias del animal fueron colocados en la gran reja, mientras que los cortes más grandes y los costillares se colocaron en las estacas. Fue un banquete espectacular lleno de carcajadas y alegrías, tanto para los comensales quienes degustaron el plato de la casa junto con vino fino traído de las montañas, tanto para el posadero, el viejo Hernando que disfrutaba de los precios inflados para la ocasión. Pero no lo fue para Gurián. El muchacho tenía planes para después del banquete. Se había enterado de boca de uno de los escoltas reales que el Duque iba a formar un pequeño ejército y sería capitaneado por Ruño de Uriz, el mítico héroe de los ejércitos del Rey, que ahora andaba por estas tierras descansando y eligiendo su premio. Y el final del banquete sería ideal para hablar con el alcalde, convidándolo a degustar un añejo vino que el padre guardaba para las celebridades, en una bodega escondida en el sótano.

La comida finalizó y el muchacho se acercó por detrás del funcionario y al retirar el plato le musitó algo al oído. El gordo hombre se excusó y fue en dirección al baño. En el patio y aún caminando habló en voz alta,

-Más vale que no sea una tontera niño, porque no quiero perder el postre, mi mujer ya no cocina manzanas al almíbar y es una delicadeza de tu madre...-, una mano le tomó del brazo y lo trajo por detrás de la pared del establo. Gurián tiró de una cadena escondida por la tierra, y de un montículo arenoso surgieron unas puertas al suelo.

-Ahh muchacho, que delicia... muy buena cosecha... pero esto seguro te traerá problemas con tu padre...- dijo el funcionario, colorado por la ingesta y el exigido esfuerzo de bajar por la escalerilla.

- Usted no se preocupe yo...- comenzó a decir el muchacho y el alcalde le impidió seguir hablando.

- Hijo, estaré bebido pero no ido... qué quieres de mí...-

-Un puesto en la Guardia, quiero salir de aquí, quiero recorrer el mundo, quiero hacer carrera y algún día llegar a general.- Gurián estaba arrebatado, levantaba los brazos al hablar y respiraba sonoramente. El alcalde lanzó una risita.

-Tranquilo hijo, cuenta conmigo, pero no debes ir tan deprisa, yo me encargaré de que llegues lejos...- apoyó una mano en el hombro del muchacho y empinó la botella una vez más.

-Pero tendrás que regalarme esta botella, jeje- su cara ya estaba desfigurada.

Un par de días después, Don Balio hacía un llamado público para crear la milicia local, que él mismo llamó, Ejército Hadiano. Pero como era de esperarse, el reclutamiento primero fue de vagos, borrachos, polizones del último barco y algún forastero llegado sin razón al pueblo.

-Con un ejército de chusmas y alfeñiques seremos aún más carnada del Duque- protestaba el alcalde cada vez que Fuentez le traía las listas de voluntarios.

Pero las coincidencias existen. Una disputa en una de las tabernas principales de la ciudad terminó con la vida de uno de los parroquianos en disputa y con la de dos de los subalternos de la guardia. El ebrio violento resultó ser un nativo indignado por la muerte de su familia en una de las conquistas del sur en nombre de su majestad y al vociferar en contra del Rey, un obsecuente lo retó sin imaginar tal despecho y habilidad. Esa misma noche el alcalde, informado de la pérdida de un importante contribuyente y peor aún, de dos de sus pocos hombres entrenados, decidió no esperar más. La conscripción comenzaría a la mañana siguiente, peones de campo, herreros, marineros en vacación fueron obligados a prestar juramento bajo el filo de una espada.

Y el panorama cambió bastante. Fuentez fue el encargado de organizar los entrenamientos con un muñeco de paja, el cual sólo duro cuatro enfrentamientos, la fortaleza de algunos reclutas y la amplia destreza de otros, lo hacían ver como un juego. La paga al principio fue buena, en especial cuando se organizaron guardias para los más adinerados que gustosos pagaban un sobre impuesto y esto acallaba un poco la protesta de los conscriptos y sus familias. La Guardia de Hadián incrementó su número de doce a treinta y en especial su calidad y sus funciones. Comenzaron las salidas al bosque, en busca de bandidos para los informes y de algún animal exótico para las cenas del alcalde. Pero en general el clima era de tranquilidad y los robos, si bien habían disminuido seguían existiendo, casualmente en aquellas zonas en que el vecindario se resistía al sobre impuesto.

Entre los mejores reclutas estaban el hijo del herrero, el hijo del posadero, dos extranjeros que llegaron en busca de trabajo, un soldado retirado del ejército real que no encontraba el rumbo de civil. Tal revuelto de personalidades daba su tono de vez en cuando, pero era útil para que Fuentez reafirmara su rol de Jefe de Guardia. Propinaba gritos y órdenes y le daba uso a la cárcel local con los castigos a sus subordinados. La disciplina fue mejorando, así como la costumbre a las tácticas militares, por lo menos a las que conocía el jefe. Pero cuando iniciaban los operativos no entendían bien las órdenes y el alcalde se impacientaba con cada queja. En las redadas, rompían lo que encontraban a su paso y más de un vecino terminaba en el calabozo con severas heridas en la cabeza, hasta que se daban cuenta que era el propietario de la casa robada.

Tibio entró corriendo, comenzaba a caer la noche en el bosque y en la ciudad y era hora del cambio de guardia.

-¡Viene una patrulla, viene una patrulla!- gritó cuando llegó a la segunda planta del viejo edificio. Todos salieron de sus cuartos a medio vestir, algunos bostezando y otros angustiados. Kuroq, aún en cueros, pero más despabilado que los demás dio orden a Ponto y Pato de apostarse en las ventanas del ático con las ballestas y a los demás de buscarse sus lugares en la planta baja con sus armas listas. Tibio fue el primero en enlistarse, su puesto habitual era una gran repisa ubicada sobre la puerta principal, para poder atacar por la retaguardia, Carmón se agazapó en la escalera que baja al sótano, encapuchado de negro nadie alcanzaría a verlo ni aún a pesar de su gran porte. El Gallo se ubicó tras el largo mostrador, su altura y velocidad le ayudarían a asestar un golpe en cualquier extremo del salón sin que nadie percibiera sus movimientos. Kuroq, con mucha tranquilidad, terminó de vestirse, se colocó su capa y capucha, desenvainó su espada, se sentó a la mesa principal de la sala, su perfil izquierdo quedaba a la vista desde la puerta, colocó su arma junto a su pierna derecha.

Bebió de un jarro que estaba en la mesa, fue un trago largo, bajó su brazo cuando escuchó un chistar de ave que provenía del techo. Se colocó su capucha, y apoyó su mano derecha sobre el mango de la espada y la izquierda en el cinturón. Llevaba un par de guantes de cuero negro con incrustaciones de plata, seguramente de algún rico funcionario real, que ahora se lamenta no haber cabalgado con su guardia personal aquel día. Unos ruidos apenas perceptibles comenzaron a escucharse afuera de la posada abandonada. Luego unas voces, suaves y quejosas.

-Jefe, no tenemos que venir a estas horas...- dijo una voz más bien aguda.

-Sí jefe, no es inteligente, seremos cinco pero los espíritus...- comenzó a decir una voz ronca pero fue interrumpida por un chistar seguido de un reto.

-Cáiese la boca, Herme’, o también quiere decirle a lo maleante que arma traemo- todos dentro reconocieron la inconfundible dicción del Jefe de la Guardia, Fuentez y más de uno sonrió. Llevaban tiempo haciéndolo rabiar con los atracos, se aprovechaban de su inocencia y hasta se divertían asustándolo. Pero el problema grave era Hermes, el hijo de herrero, hábil con los mandobles y de gran fortaleza. Esta tendría que ser una jugada estratégica. El chirrido de la puerta terminó con los pensamientos de todos. En el pórtico Fuentez esgrimía un sable y una antorcha. Pasó la antorcha dos veces antes de percibir al hombre de negro sentado. Se pasmó al instante. Unos sonidos ululantes comenzaron a subir desde la puerta del sótano, un crujir de los muebles de la barra y un pájaro siniestro gritaba desde las alturas. Uno de los hombres empujó al jefe para ver que pasaba, Fuentez dio un paso involuntario hacia el centro de la sala. Tibio lanzó una vasija de cerámica contra el piso y el Gallo hizo rodar una botella por el mostrador. Los soldados estupefactos, unos por las ventanas cambiaron la vista hacia la botella. Cuando se estrelló contra el piso, una ráfaga de viento rozó la cara de Fuentez, un cuchillo se clavó en el marco de la puerta. Dos hombres que oteaban desde afuera salieron corriendo dando gritos, Hermes tiritaba escondido tras la ventana y Fuentez y su segundo no se despegaban del piso, paralizados por el miedo. Kuroq se levantó lentamente, sin mostrar todavía su arma y sin voltear a mirarlos, sacó una voz de ultratumba.

-...¿Quién agita mis dominios?...- levantó su mano izquierda y el resplandor de las incrustaciones del guante le dieron aún más místico a sus palabras.

El jefe balbuceó unas palabras y un grito agudo y aterrador subió desde el sótano. Una figura oscura y enorme saltó por la puerta y comenzó a brincar de un lado a otro dando aullidos. El segundo al mando se arrodilló, juntó ambas manos en señal de plegaria, se las apoyó en la frente y empezó a llorar. Este movimiento inesperado hizo que Tibio se lanzara sobre el Jefe dándole un culatazo de espada en la cabeza. Kuroq arremetió contra el segundo dejándolo fuera de combate con una patada. El Gallo saltó de su escondite para ayudar, pero no fue necesario, el mayor de los problemas estaba desmayado bajo la ventana. Llevaron a los tres hombres y los tiraron sobre el camino no sin antes dejarles señales del mal, cruces rotas, esqueletos de animales y otras señales.

-Esta estuvo cerca, Carmón qué mierda te pasó, ensayamos esto antes, qué fue esa locura- Kuroq reprendía al robusto hombre tirado en el suelo.

-Una rata me mordió el tobillo- dijo apenado mientras se sobaba la zona lacerada. Esa noche rieron un rato pero tuvieron una reunión importante, escaseaban los víveres, la Guardia estaba en todas las casa ricas y en los comercios y ya no eran tan burlables como antes. Muchos de los reclutas eran violentos hasta con los ciudadanos.

-Ésta ha sido una noche con suerte, la próxima no sé si podremos repetirlo. En cuanto el alcalde se entere de que ha fracasado esta misión mandará más hombres- Kuroq estaba de pie y hablaba en voz grave. El Gallo lo miraba con una especie de extrañamiento y admiración, desde su unión al grupo no le encontraba un parecido con nadie que conociera, sino a fragmentos de muchos visitantes de su pueblo natal. El cabello oscuro y largo le recordaban a un mendigo que vivió un tiempo en la capilla del convento, la barba rala y el mentón pronunciado a un venido de las montañas del este y el cuerpo desgarbado pero atlético al marinero moreno del Siren, el que más atención le prestaba cuando relataba sobre las damas castas. Era un hombre hábil con la espada pero nada que los maravillara, de hecho el más diestro con los filos era Tibio, su agilidad y precisión con la espada corta y el puñal le daban una reacción mortal. Pero la característica del grupo no era matar, sino más bien robar sin ser reconocidos para después poder inmiscuirse entre los pobladores y abastecerse.

Facundo Rini
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Ok, gracias chicos por el espacio. Acá les subo uno mío, sin terminar (ni corregir). Me faltan cuatro partes pero me quede sin cpu. Si alguien lo quiere comentar, muy agradecido las acepto aquí: El Gallo - 7° Parte

Un saludo.
 
kuroq,23.02.2008
son como 7k de palabras...
 
replicante,23.02.2008
(Muerte cerebral).
 
madrobyo,23.02.2008
Le voy a subir uno, aguanten que lo encuentré en mi Pcioteca.
 
madrobyo,23.02.2008
bEl final/b
Samuel Beckett

Me vistieron y me dieron dinero. Yo sabía para qué iba a servir el dinero, iba a servir para ponerme de patitas en la calle. Cuando lo hubiera gastado debería procurarme más, si quería continuar. Lo mismo los zapatos, cuando estuvieran usados debería ocuparme de que los arreglaran, o continuar descalzo, si quería continuar. Lo mismo la chaqueta y el pantalón, no necesitaban decírmelo, salvo que yo podría continuar en mangas de camisa, si quería. Las prendas—zapatos, calcetines, pantalón, camisa, chaqueta y sombrero—no eran nuevas, pero el muerto debía ser poco más o menos de mi talla. Es decir que él debió ser un poco menos alto que yo, un poco menos grueso, porque las prendas no me venían tan bien al principio como al final. Sobre todo la camisa, durante mucho tiempo no podía cerrarme el cuello, ni por consiguiente alzar el cuello postizo, ni recoger los faldones, con un imperdible, entre las piernas, como mi madre me había enseñado. Debió endomingarse para ir a la consulta, por primera vez quizá, no pudiendo más. Sea como fuere, el sombrero era hongo, en buen estado. Dije, Tengan su sombrero y devuélvanme el mío. Añadí, Devuélvanme mi abrigo. Respondieron que lo habían quemado, con mis demás prendas. Comprendí entonces que acabaría pronto, bueno, bastante pronto. Intenté a continuación cambiar el sombrero por una gorra, o un fieltro que pudiera doblarse sobre la cara, pero sin mucho éxito. Pero yo no podía pasearme con la cabeza al aire, en vista del estado de mi cráneo. El sombrero era en principio demasiado pequeño, pero luego se acostumbró. Me dieron una corbata, después de largas discusiones. Me parecía bonita, pero no me gustaba. Cuando llegó por fin estaba demasiado fatigado para devolverla. Pero acabó por serme útil. Era azul, como con estrillas. Yo no me sentía bien, pero me dijeron que estaba bastante bien. No dijeron expresamente que nunca estaría mejor que ahora, pero se sobreentendía. Yacía inerte sobre la cama e hicieron falta tres mujeres para quitarme los pantalones. No parecían interesarse mucho por mis partes que a decir verdad nada tenían de particular. Tampoco yo me interesaba mucho. Pero hubieran podido decir cualquier cosita. Cuando acabaron me levanté y acabé de vestirme solo. Me dijeron que me sentara en la cama y esperara. Toda la ropa de cama había desaparecido. Me indignaba el hecho de que no hubieran permitido esperar en el lecho familiar y no así de pie, en el frío, en estas ropas que olían a azufre. Dije, Me podían, haber dejado en mi cama hasta el último momento.
Entraron hombres con batas, con mazos en la mano. Desmontaron la cama y se llevaron las piezas. Una de las mujeres les siguió y volvió con una silla que colocó ante mí. Había hecho bien en mostrarme indignado. Pero para demostrarles hasta qué punto estaba indignado por no haberme dejado en mi cama mandé la silla a hacer puñetas de una patada. Un hombre entró y me hizo una seña para que le siguiera. En el vestíbulo me dio un papel para firmar. ¿Qué es esto, dije, un salvoconducto? Es un recibo, dijo, por la ropa y el dinero que ha recibido usted. ¿Qué dinero? Dije. Fue entonces cuando recibí el dinero. Pensar que había estado a punto de marcharme sin un céntimo en el bolsillo. La cantidad no era grande, comparada con otras cantidades, pero a mí me parecía grande. Veía los objetos familiares, compañeros de tantas horas soportables. El taburete, por ejemplo, íntimo como el que más. Las largas tardes juntos, esperando la hora de irme a la cama. Por un momento sentí que me invadía su vida de madera hasta no ser yo mismo más que un viejo pedazo de madera. Había incluso un agujero para mi quiste. Después en el cristal el sitio en donde se había raspado el esmalte y por donde en las horas de congoja yo deslizara la vista, y rara vez en vano. Se lo agradezco mucho, dije, ¿hay una ley que le impide echarme a la calle, desnudo y sin recursos? Eso nos perjudicada, a la larga, respondió él. No hay medio de que me admitan todavía un poco, dije, yo podía ser útil. Útil, dijo, ¿de verdad estaría dispuesto a ser útil? Después de un momento continuó, Si le creyeran a usted realmente dispuesto a ser útil, le admitirían, estoy seguro. Cuántas veces había dicho que iba a ser útil, no iba a empezar otra vez. ¡Qué débil me sentía! Este dinero, dije, quizá quieran recuperarlo y cobijarme todavía un poco. Somos una institución de caridad, dijo, y el dinero es un regalo que le hacemos cuando se va. Cuando lo haya gastado debe procurarse más, si quiere continuar. No vuelva nunca aquí pase lo que pase, porque ya no le admitiríamos. Nuestras sucursales le rechazarían igualmente. ¡Exelmans! exclamé. Vamos, vamos, dijo, además no se le entiende ni la décima parte de lo que dice. Soy tan viejo, dije. No tanto, dijo. ¿Me permite que me quede aquí un momentito, dije, hasta que cese la lluvia? Puede usted esperar en el claustro, dijo, la lluvia no cesará en todo el día. Puede usted esperar en el claustro hasta las seis, ya oirá la campana. Si le preguntan no tiene más que decir que tiene usted permiso para guarecerse en el claustro. ¿Qué nombre debo decir?, dije. Weir, dijo.
No llevaba mucho tiempo en el claustro cuando la lluvia cesó y el sol apareció. Estaba bajo y deduje que serían cerca de las seis, teniendo en cuenta la época del año. Me quedé allí mirando bajo la bóveda el sol que se ponía tras el claustro. Apareció un hombre y me preguntó qué hacía. ¿Qué desea? eso dijo. Muy amable. Respondí que tenía permiso del señor Weir para quedarme en el claustro hasta las seis. Se fue, pero volvió en seguida. Debió hablar con el señor Weir en el intervalo, porque dijo, No debe usted quedarse en el claustro ahora que ya no llueve.
Ahora avanzaba a través del jardín. Había esa luz extraña que cierra una jornada de lluvia persistente, cuando el sol aparece y el cielo se ilumina demasiado tarde para que sirva ya para algo. La tierra hace un ruido como de suspiros y las últimas gotas caen del cielo vaciado y sin nubes. Un niño, tendiendo las manos y levantando la cabeza hacia el cielo azul, preguntó a su madre cómo era eso posible. Vete a la mierda, dijo ella. Me acordé de pronto que había olvidado pedir al señor Weir un pedazo de pan. Seguramente me lo hubiera dado. Lo pensé, durante nuestra conversación, en el vestíbulo. Me decía, Acabemos primero lo que nos estamos diciendo, luego se lo preguntaré. Yo sabía perfectamente que no me readmitirían. A gusto hubiera desandado el camino, pero temía que uno de los guardianes me detuviera diciéndome que nunca volvería a ver al señor Weir. Lo que hubiera aumentado mi pesar. Por otra parte no me volvía nunca en esos casos.
En la calle me encontraba perdido. Hacía mucho tiempo que no había puesto los pies en esta parte de la ciudad y la encontré muy cambiada. Edificios enteros habían desaparecido, las empalizadas habían cambiado de sitio y por todas partes veía en grandes letras nombres de comerciantes que no había visto en ninguna parte y que incluso me hubiera costado pronunciar. Había calles que no recordaba haber visto en su actual emplazamiento, entre las que recordaba varias habían desaparecido y por último otras habían cambiado completamente de nombre. La impresión general era la misma de antaño. Es verdad que conocía muy mal la ciudad. Era quizás una ciudad completamente distinta. No sabía dónde se suponía que debía ir lógicamente. Tuve la enorme suerte, varias veces, de evitar que me aplastaran. Estaba siempre dispuesto a reír, con esa risa sólida y sin malicia que tan buena es para la salud. A fuerza de conservar el lado rojo del cielo lo más posible a mi derecha llegué por fin al río. Allí todo parecía, a primera vista, más o menos tal y como lo había dejado. Pero mirando con más atención hubiera descubierto muchos cambios sin duda. Eso hice más tarde. Pero el aspecto general del río, fluyendo entre sus muelles y bajo sus puentes, no había cambiado. El río en particular me daba la impresión, como siempre, de correr en el mal sentido. Todo esto son mentiras, me doy perfecta cuenta. Mi banco estaba aún en su sitio. Se le había excavado según la forma del cuerpo sentado. Se encontraba junto a un abrevadero, regalo de una tal señora Maxwell a los caballos de la ciudad, conforme la inscripción. Durante el tiempo que me quedé allí varios caballos sacaron provecho del regalo. Oía los hierros y el clic clac del arnés. Después el silencio. Era el caballo quien me miraba. Después el ruido de guijarros arrastrados en el barro que hacen los caballos al beber. Después otra vez el silencio. Era el caballo quien me miraba otra vez. Después otra vez los guijarros. Después otra vez el silencio. Hasta que el caballo hubo acabado de beber o el carretero consideró que había bebido suficiente. Los caballos no estaban tranquilos. Una vez, cuando cesó el ruido, me volví y vi el caballo que me miraba. El carretero también me miraba. La señora Maxwell se hubiera puesto muy contenta si hubiera podido ver a su abrevadero prestar tales servicios a los caballos de la ciudad. Llegada la noche, después de un crepúsculo muy largo, me quité el sombrero que me hacía daño. Deseaba estar otra vez encerrado, en un sitio hermético, vacío y caliente, con luz artificial una lámpara de petróleo a ser posible, cubierta con una pantalla rosa preferentemente. Vendría alguien de vez en cuando a asegurarse que me encontraba bien y no necesitaba nada. Hacía mucho tiempo que no había tenido verdaderas ganas de algo y el efecto sobre mí fue horrible.
En los días siguientes visité varios inmuebles, sin mucho éxito. Normalmente me cerraban la puerta en las narices, incluso cuando enseñaba mi dinero, diciendo que pagaría una semana por adelantado, o incluso dos. Ya podía yo exhibir mis mejores maneras, sonreír y hablar con toda precisión, no había acabado aún con mis cumplidos cuando me cerraban la puerta en las narices. Perfeccioné en esta época una forma de descubrirme a la vez digna y cortés, sin bajeza ni insolencia. Hacía deslizar ágilmente mi sombrero hacia delante, lo mantenía un momento colocado de tal forma que no se podía ver mi cráneo, después con el mismo deslizamiento lo volvía a poner en su sitio. Hacer esto con naturalidad, sin provocar una impresión desagradable, no es fácil. Cuando consideraba que bastaría con tocarme el sombrero, naturalmente me limitaba a tocarme el sombrero. Pero tocarse el sombrero no es fácil tampoco. Más tarde resolví el problema, de capital importancia en las épocas difíciles, llevando un viejo kepí británico y saludando a lo militar, no, falso, en fin, no lo sé, conservaba mi sombrero después de todo. Jamás cometí la falta de lleva medallas. Ciertas mujeres tenían tanta necesidad de dinero que me dejaban pasar en seguida y me enseñaban la habitación. Pero no pude entenderme con ninguna. Finalmente conseguí alojarme en un sótano. Con aquella me entendí rápidamente. Mis fantasías, ese término empleó, no le daban miedo. Insistió si embargo en hacer la cama y limpiar la habitación un vez por semana, en lugar de una vez al mes, como yo le había pedido. Me dijo que durante la limpieza, que sería rápida, podría esperar en el patinillo de al lado. Añadió, con mucha comprensión, que nunca me echaría con mal tiempo. Aquella mujer era griega, creo, o turca. Nunca hablaba de sí misma. Yo tenía en la cabeza que era viuda o al menos abandonada. Tená un acento extraño. Y yo también, a fuerza de asimilar las vocales y suprimir las consonantes.
Ahora ya no sabía dónde estaba, tenía una vaga imagen, ni siquiera, no veía nada, de una enorme casa de cinco o seis pisos. Me parecía que formaba cuerpo con otras casas. Llegué al crepúsculo y no presté a los alrededores la atención que quizá les hubiera dedicado de sospechar que iban a cerrarse sobre mí. No debía por decirlo así esperar más. Es cierto que cuando salí de esta casa hacía un tiempo radiante, pero yo no miraba nunca hacia atrás al irme. Debí leerlo en alguna parte, cuando era pequeño y todavía leía, que valía más no volver la cabeza al marcharse. Y sin embargo me sorprendía haciéndolo. Pero incluso sin contar con esto me parece que debí ver algo al irme. ¿Pero el qué? Recuerdo solamente mis pies que salían de mi sombra uno tras otro. Los zapatos se habían resquebrajado y el sol acusaba las grietas del cuero.
Estaba bien en esta casa, debo decirlo. Aparte algunas ratas estaba solo en el sótano. La mujer observaba nuestra convivencia lo mejor posible. Traía hacia mediodía una bandeja llena de comida y se llevaba el de la víspera. Traía al mismo tiempo una palangana limpia. Tenía un asa enorme por donde metía el brazo, conservando así las dos manos libres para llevar la bandeja. Después ya no la veía sino por azar cuando asomaba la cabeza para asegurarse de que no había ocurrido nada. No necesitaba afecto afortunadamente. Desde mi cama veía los pies que iban y venían por la acera. Ciertas tardes, cuando hacía buen tiempo y me sentía con ánimos, me iba con la silla al patinillo y miraba entre las faldas de las que pasaban. Más de una pierna se me hizo así familiar. Una vez mandé a buscar una cebolla azafranada y la planté en el patinillo sombrío, en un bote viejo. Debía ser por primavera, no eran las condiciones óptimas probablemente. Dejé el bote fuera, atado a un cordel que pasaba por la ventana. Por la tarde, cuando hacía buen tiempo, un hilo de luz trepaba a lo largo del muro. Me instalaba entonces frente a la ventana y tiraba del cordel, para mantener el bote a la luz, y al calor. No debía ser muy cómodo, no acabo de entender cómo me las arreglaba. No eran las condiciones óptimas probablemente. Reverdeció, pero nunca tuvo flores, apenas un tallo macilento provisto de hojas cloróticas. Me hubiera alegrado tener un azafrán amarillo o un jacinto, pero la cosa es que no iba a cumplirse. Ella quería llevárselo, pero yo le dije que lo dejara. Quería comprarme otro, pero le dije que no quería otro. Lo que más me crispaba eran los gritos de los vendedores de periódicos. Pasaban corriendo todos los dias, gritando el nombre de los periódicos e incluso las noticias sensacionales. Los ruidos que venían de la casa me crispaban menos. Una niña, ¿o era un niño? cantaba todas las tardes a la misma hora en algún lugar encima de mí. Durante mucho tiempo no consegui coger las palabras. Extrañas palabras para una niña, o un niño. ¿Era una canción de mi espiritu, o venía sencillamente de fuera? Era una especie de nana, me parece. A mí me dormía a menudo. Era a veces una niña la que venía. Tenía largos cabellos rojos que colgaban en dos trenzas. No sabía quién era. Correteaba un poco por la habitación, después se iba sin haberme dirigido la palabra. Un día recibi la visita de una agente de policia. Dijo que estaba bajo vigilancia, sin explicarme por qué. Equívoco, eso es, me dijo que yo era equívoco. Le dejé hablar. No se atrevía a detenerme. O quizá fuera buena persona. Un cura también, un día recibí la visita de un cura. Le informé que pertenecía a una rama de la iglesia reformada. Me preguntó qué clase de pastor me gustaría ver. Se condena uno, en la iglesia reformada, sin remedio. Era quizá buena persona. Me dijo que le avisara si alguna vez necesitaba un servicio. ¡Un servicio! Se presentó y me explicó dónde podría encontrarle. Debería haberlo apuntado.
Un día la mujer me hizo una proposición. Dijo que tenía necesidad urgente de dinero en metálico y que si yo podía proporcionarle un adelanto de seis meses me reduciría el alquiler del cuarto durante este período. No creo que me equivoque mucho. Esto tenía la ventaja de hacerme ganar seis semanas (?) de estancia y el inconveniente de agotar casi todo mi pequeño capital. Pero ¿se podía llamar a esto un inconveniente? ¿No me iba a quedar de todas formas hasta el último céntimo, y más allá aún, hasta que ella me echara? Le di el dinero y me hizo un recibo.
Una mañana, poco después de la transacción, me despertó un hombre que me sacudía por el hombro. No podían ser más de las once. Me rogó que me levantara y abandonara su casa inmediatamente. Era muy pulcro, debo decirlo. Me dijo que su extrañeza sólo encontraba parangón con la mía. Era su casa. Su patrimonio. La turca se había marchado la víspera. Pero si la he visto anoche, dije. Debe estar usted en un error, dijo, porque me llevó las llaves, a mi oficina, ayer por la mañana lo más tarde. Pero si acabo de entregarle un anticipo de seis meses de alquiler, dije. Que se lo devuelva, dijo. Pero si ignoro su nombre, dije, por no hablar de sus señas. ¿Ignora usted su nombre? dijo. Debió creer que mentía. Estoy enfermo, dije, no puedo marcharme así sin previo aviso. No es para tanto, dijo. Propuso ir a buscar un taxi, o una ambulancia, si prefería. Dijo que necesitaba la habitación, inmediatamente, para su cerdo, cogiendo frío en una carretilla, ante la puerta, y vigilado únicamente por un chaval que ni siquiera conocía y que estaría probablemente haciéndole picias. Pregunté si no me podría ceder otro sitio, apenas un rincón donde poder tumbarme, el tiempo de sobreponerme y de tomar mis disposiciones. Dijo que no podía. No es que sea mala persona, añadió. Podría vivir aquí con el cerdo, dije, me ocuparía de él. ¡Largos meses de calma, deshechos en un instante! Calma, calma, dijo, no se abandone, ale, hop, de pie, basta. Después de todo aquello no le importaba. Había sido realmente paciente. Debió visitar el sótano mientras yo dormía.
Me sentía débil. Debía estarlo. La luz resplandeciente me aturdía. Un autobús me transportó, al campo. Me senté en un prado, al sol. Pero me parece que esto era mucho más tarde. Dispuse hojas bajo mi sombrero en círculo, para procurarme sombra. Acabé por encontrar un montón de estiércol. Al día siguiente reemprendí el camino de la ciudad. Me obligaron a bajarme de tres autobuses. Me senté al borde de la carretera, al sol, y me sequé la ropa. Me gustaba. Me decía, Nada, nada que hacer ahora hasta que esté seca. Cuando estuvo seca la cepillé con un cepillo, una especie de almohaza me parece, que encontré en un establo. Los establos me han resultado siempre acogedores. Después me llegué hasta la casa en donde mendigué un vaso de leche y pan con mantequilla. ¿Puedo descansar en el establo? dije. No, dijeron. Yo apestaba aún, pero con una fetidez que me agradaba. La prefería con mucho a la mía, que se ocultaba ahora bajo la nueva hediondez, sintiéndola sólo a vaharadas. En los días siguientes traté de recuperar mi dinero. No sé exactamente cómo sucedió, si es que no pude encontrar la dirección, o si la dirección no existía, o si la griega ya no estaba allí. Busqué el recibo en mis bolsillos, para intentar descifrar el nombre. No estaba. Ella lo había recuperado quizá mientras yo dormía. No sé durante cuánto tiempo circulé así, descansando unas veces en un sitio, otras en otro, en la ciudad y en el campo. La ciudad había sufrido cambios. El campo tampoco era ya como lo recordaba. El efecto general era el mismo. Un día vi a mi hijo. Con una cartera bajo el brazo apresuraba el paso. Se quitó el sombrero y se inclinó y vi que era calvo como un huevo. Estaba casi seguro de que era él. Me volví para seguirle con la mirada. Avanzaba a toda marcha, con sus andares de pato, ofreciendo a derecha y a izquierda saludos con el sombrero y otras muestras de servilismo. El insoportable hijo de puta.
Un día encontré a un hombre que conociera en época anterior. Vivía en una caverna al borde del mar. Tenía un burro que trotaba por el acantilado, o en los minúsculos senderos agrietados que descienden hacia el mar. Cuando hacía muy mal tiempo el burro entraba con su amo en la caverna y allí se abrigaba, mientras duraba la tempestad. Habían pasado muchas noches juntos, apretados el uno contra el otro, mientras el viento bramaba y el mar azotaba la playa. Gracias al burro podía abastecer de arena, de algas y de conchas a los habitantes de la ciudad, para sus jardincillos. No podía transportar mucha cantidad de una vez, porque el burro era viejo, pequeño también, y la ciudad estaba lejos. Pero ganaba así un poco de dinero, lo suficiente para comprar tabaco y cerillas y de vez en cuando una libra de pan. Fue en una de sus salidas cuando me encontró, en los suburbios. Estaba encantado de volver a verme, el pobre. Me suplicó que le acompañara a su casa y pasara allí la noche. Quédate todo el tiempo que quieras, dijo. ¿Qué le pasa a tu burro? dije. No le hagas caso, dijo, es que no te conoce. Le recordé que no tenía costumbre de quedarme con nadie más de dos o tres minutos seguidos y que me horrorizaba el mar. Parecía abrumado. Entonces no vienes, dijo. Pero ante mi propia extrañeza me monté en el burro y arre, a la sombra de los castaños que brotaban con furia de la acera. Me agarré a las vértebras de la cerviz, una mano luego otra. Los niños nos abucheaban y nos tiraban piedras, pero apuntaban mal porque sólo me alcanzaron una vez, en el sombrero. Un guardia nos detuvo, y nos acusó de turbar el orden público. Mi amigo le recordó que éramos tal y como la naturaleza había acabado por hacernos y que los niños estaban en el mismo caso. Era inevitable, en esas condiciones, que el orden público resultara turbado de vez en cuando. Déjenos continuar nuestro camino, dijo, y el orden se reestablecerá automáticamente, en su sector. Atajamos por los caminos apacibles de la antiplanicie, blancos de polvo, con los matojos de espino y de fucsia y los linderos franjeados de hierba silvestre y de margaritas. Cayó la noche. El burro me llevó hasta la boca de la caverna, porque yo no hubiera podido seguir, en la oscuridad, el sendero que bajaba hacia el mar. Después volvió a subir a sus pastizales.
No sé cuánto tiempo me quedé allí. Se estaba bien en la caverna, debo decirlo. Me traté mis ladillas con agua de mar y algas, pero un buen número de larvas debieron sobrevivir. Me curé el cráneo con compresas de alga, lo que me hizo un bien enorme, pero pasajero. Me tumbaba en la caverna y a veces miraba hacia el horizonte. Veía por encima una gran extensión palpitante, sin islas ni promontorios. Por la noche una luz iluminaba la caverna, a intervalos regulares. Fue allí donde encontré mi frasquito, en el bolsillo. No se había roto, el cristal no era auténtico cristal. Creía que el señor Weir me lo había quitado todo. El otro estaba fuera la mayor parte del tiempo. Me daba pescado. Es fácil para un hombre, cuando lo es de verdad, vivir en una caverna, lejos de todos. Me invitó a quedanme todo el tiempo que me apeteciera. Si prefiriera estar solo me acondicionaría encantado otra caverna, un poco más lejos. Me traería comida todos los días y vendría de vez en cuando a asegurarse que marchaba bien y no necesitaba nada. Era buena persona. Yo no necesitaba bondad. ¿No conocerás por casualidad una caverna lacustre? dije. Soportaba mal el mar, sus chapoteos, temblores, mareas y convulsividad general. El viento al menos se calma a veces. Las manos y los pies me hormigueaban. El mar me impedía dormir, durante horas. Aquí pronto me voy a poner enfermo, dije, y ¿qué habré conseguido entonces? Te vas a ahogar, dijo. Sí, dije, o me arrojaré al acantilado. Y yo que no podría vivir en otra parte, dijo, en mi cabaña de la montaña era muy desgraciado. ¿Tu cabaña en la montaña? dije. Repitió la historia de su cabaña en la montaña, la había olvidado, era como si la oyera por primera vez. Le pregunté si la conservaba todavía. Respondió que no la había vuelto a ver desde el día en que salió huyendo, pero que la creía aún en el mismo sitio, un poco deteriorada sin duda. Pero cuando insistió para que cogiera la llave, me negué, diciéndole que tenía otros proyoctos. Siempre me encontrarás aquí, dijo, si alguna vez me necesitas. Ah la gente. Me dio su cuchillo.
Lo que él llamaba su cabaña era una especie de barraca de madera. Había arrancado la puerta, para hacer fuego, o con cualquier otro fin. La ventana ya no tenía cristales. El techo se había hundido por varios sitios. El interior estaba dividido, por los restos de un tabique, en dos partes desiguales. Si había tenido muebles nada quedaba ya. Se habían entregado a los actos más viles, en el suelo y sobre las paredes. Excrementos poblaban el suelo, de hombre, de vaca, de perro, así como preservativos y vomitonas. En una boñiga habían trazado un corazón, atravesado por una flecha. No ofrecía sin embargo una perspectiva armónica. Descubrí vestigios de ramos abandonados. Vorazmente arrancados, arrastrados durante largas horas, acabaron por tirarlos, pesados, o ya marchitos. Esta era la habitación de la que me habían ofrecido la llave.
En su conjunto la escena era la ya familiar de grandeza y desolación.
Era a pesar de todo un techo. Descansaba sobre un jergón de helechos que yo mismo recogí con mil trabajos. Un día no pude levantarme. La vaca me salvó. Aguijoneada por la niebla glacial venía a cobijarse. No era sin duda la primera vez. No debía verme. Traté de mamarla, sin mucho éxito. Sus tetas estaban cubiertas de excrementos. Me quité el sombrero y me puse a ordeñarla dentro, acudiendo a mis últimas fuerzas. La leche se derramaba por el suelo, pero me dije, No importa, es gratis. La vaca me arrastró por la tierra, deteniéndose tan sólo de vez en cuando para propinarme una coz. No sabía que nuestras vacas podían también portarse mal. Debieron ordeñarla recientemente. Agarrándome con una mano a la teta, con la otra mantenía el sombrero en su sitio. Pero acabó por hartarse. Porque me arrastró atravesando el umbral hasta los helechos gigantes y chorreantes, donde me vi obligado a soltar la presa.
Bebiendo la leche me reproché lo que acababa de hacer. Ya no podría contar con la vaca y ella pondría a las demás al corriente. Con más control sobre mí mismo hubiera podido hacerme amigo de ella. Hubiera venido todos los días seguida quizás de otras vacas. Hubiera aprendido a hacer mantequilla, queso. Pero me dije, No, todo se andará.
Una vez en la carretera no tenía más que seguir la pendiente. Carretas pronto, pero todas me rechazaron. Si hubiera tenido otras ropas, otra cara, se me hubiera admitido quizá. Debí cambiar desde mi expulsión del sótano. La cara en especial había debido alcanzar un aspecto decididamente climatérico. La sonrisa humilde e ingenua ya no me aparecía, ni la expresión de miseria cándida, penetrada de estrellas y cohetes. Las llamaba, pero ya no venían. Máscara de viejo cuero sucio y peludo, no quería ya decir por favor y gracias y perdón. Era una lástima. ¿Con qué iba yo a bandearme, en el futuro? Tumbado al borde de la carretera me dedicaba a contorsionarme cada vez que oía venir una carreta. Para que no imaginaran que dormía, o descansaba. Trataba de gemir, ¡Socorro! Pero el tono que brotaba era el de la conversación corriente. Ya no podía gemir. La última vez que había necesitado gemir lo había hecho, bien, como siempre, y eso en la ausencia de cualquier corazón susceptible de ser partido. ¿En qué iba a convertirme? Me dije. Volveré a aprender. Me tumbé de un lado a otro del camino, en un sitio donde se estrechaba, de forma que las carretas no podían pasar sin pasarme por encima, con una rueda al menos, o con dos si tenía cuatro. Al urbanista de la barba roja, le habían quitado la vesícula biliar, una falta grave, y tres días después moría, en la flor de la edad. Pero llegó el día en que, mirando a mi alrededor, me encontré en los suburbios, y de aquí a los viejos ámbitos no había más que un paso, más allá de la estúpida esperanza de calma o de dolor más tenue.
Me tapé pues la parte baja de la cara con un trapo y fui a pedir limosna en un rincón soleado. Porque me parecía que mis ojos no se habían apagado del todo, gracias quizás a las gafas negras que mi preceptor me diera. Me había dado la Ética de Geulincz. Eran gafas de hombre, yo era un niño. Le encontraron muerto, desplomado en el W. C., con las ropas en un desorden terrible, fulminado por un infarto. Ah qué calma. La Ética llevaba su nombre (Ward) en primera página, las gafas le habían pertenecido. El puente, en aquella época, era de hilo de latón, de la clase que se emplea para sujetar los cuadros y los grandes espejos, y dos largas cintas negras servían de baranda. Las enroscaba alrededor de las orejas y las abatía bajo la barbilla, donde las ataba. Los cristales habían sufrido, a fuerza de frotarse en el bolsillo uno contra otro y contra los demás objetos que allí se encontraran. Yo creía que el señor Weir me lo había cogido todo. Pero yo ya no necesitaba esas gafas y no me las ponía más que para suavizar el resplandor del sol. No debería haber hablado de ello. El trapo me hizo mucho daño. Acabé cortándolo del forro de mi abrigo, no, ya no tenía abrigo, de mi chaqueta entonces. Era un trapo más bien gris, o incluso escocés, pero me daba por satisfecho. Hasta la tarde mantenía la cara levantada hacia el cielo del mediodía, después hacia el de poniente hasta la noche. El platillo de madera me hizo mucho daño. No podía utilizar el sombrero, por mi cráneo. En cuanto a tender la mano, ni pensarlo. Me procuré pues una lata de hierro blanco y la sujeté a un botón de mi abrigo, pero qué me pasa, de mi chaqueta, al nivel del pubis. No se mantenía derecha, se inclinaba respetuosamente hacia el transeúnte, no había más que dejar caer la moneda. Pero esto le obligaba a aproximarse mucho, se arriesgaba a tocarme. Acabé procurándome una lata más grande, una especie de gran lata, y la coloqué sobre la acera, a mis pies. Pero las gentes que dan una limosna no les agrada tirarla, ese gesto tiene algo de desprecio que repugna a los sensibles. Sin contar con que deben apuntar. Quieren dar, pero no les gusta que la moneda se escape dando vueltas bajo los pies de los transeúntes, o bajo las ruedas de los vehículos, donde cualquiera puede cogerla. En resumen: no dan. Los hay evidentemente que se agachan, pero en general a la gente que da una limonsa no le agrada que ello le obligue a agacharse. Lo que realmente prefieren es ver al mendigo de lejos, preparar el penique, soltarlo en plena marcha y oír el Dios se lo pague debilitado por el alejamiento. Yo no decía eso, yo no he sido nunca muy creyente, ni nada que se le parezca, pero lanzaba de todos modos un ruido, con la boca. Acabé procurándome una especie de tablilla que me sujetaba con cordel al cuello y a la cintura. Sobresalía precisamente a la altura justa, la del bolsillo, y su borde estaba lo suficientemente apartado de mi persona para poder depositar el óbolo sin peligro. Podía verse a veces en ella flores, pétalos, espigas, y briznas de esa hierba que se aplica a las hemorroides, en fin lo que encontraba. No las buscaba, pero todas las cosas bonitas de este tipo que me caían a la mano, las guardaba para la tablilla. Se podía creer que yo amaba la naturaleza. Miraba al cielo, la mayor parte del tiempo, pero sin fijarlo. Era una mezcla normalmente de blanco, azul y gris, y por la tarde venían a añadirse otros colores. Lo sentía pesando con suavidad sobre mi cara, frotaba la cara balanceándola de un lado a otro. Pero a menudo dejaba caer la cabeza sobre el pecho. Entonces entreveía la tablilla a lo lejos, borrosa y abigarrada. Me apoyaba en la pared, pero sin el menor relajo, equilibraba mi peso de un pie al otro y me agarraba con las manos las solapas de la chaqueta. Mendigar con las manos en los bolsillos, da mal efecto, indispone a los trabajadores, sobre todo en invierno. No hay nunca tampoco que llevar guantes. Había chicos que, simulando darme una perra, arramplaban con todo lo que había ganado. Para comprarse caramelos. Me desabrochaba, discretamente, para rascarme. Me rascaba de abajo arriba, con cuatro uñas: Me hurgaba en los pelos, para calmarme. Ayudaba a pasar el tiempo, el tiempo pasaba cuando me rascaba. El verdadero rascado es superior al meneo, en mi opinión, y puede durar mucho, hasta los cincuenta, e incluso mucho después, pero acaba por convertirse en una simple costumbre. Para rascarme no tenía bastante con las dos manos. Tenía en todas partes, en mis partes, en los pelos hasta el ombligo, bajo los brazos, en el culo, placas de eczema y de psoriasis que podía poner al rojo con sólo pensar en ellas. Era en el culo donde más satisfacción obtenía. Introducía el índice, hasta el metacarpo. Si después debía defecar, me hacía un daño de perros. Pero apenas defecaba ya. De vez en cuando pasaba un avión, poco rápidamente me parecía. Me sucedía a menudo, al acabar la jornada, encontrar los bajos del pantalón mojados. Debían ser los perros. Yo ya apenas meaba. Si por azar me entraban ganas, las calmaba introduciendo un trapito en la bragueta. Una vez en mi puesto, no lo abandonaba hasta la noche. Yo ya apenas comía, Dios cuidaba de mi sustento. Después del trabajo compraba una botella de leche que bebía por la noche en la cochera. En realidad le encargaba a un chico que la comprara, siempre el mismo, a mí no querían servirme, no sé por qué. Le daba un penique por el servicio. Un día asistí a una escena extraña. Normalmente no veía gran cosa. No oía gran cosa tampoco. No me fijaba. En el fondo no estaba allí. En el fondo creo que no he estado nunca en ninguna parte. Pero ese día debí volver. Desde hacía ya algún tiempo me incordiaba un ruido. No buscaba la causa, porque me decía, Va a cesar. Pero como no cesaba no tuve más remedio que buscar la causa. Era un hombre subido al techo de un automóbil, arengando a los transeúntes. Al menos fue así como entendí la cosa. Berreaba tan fuerte que retazos de su discurso llegaban hasta mí. Unión... hermanos... Marx... capital... bifteck... amor. No entendía nada. El coche se había detenido junto a la acera, ante mí, yo veía al orador de espaldas. De repente se volvió y me cuestionó. Mirad ese pingajo, ese desecho. Si no se pone a cuatro patas es porque teme el vergajo. Viejo, piojoso, podrido, al cubo de la basura. Y hay miles como él, peores que él, diez mil, veinte mil—. Una voz, Treinta mil. El orador continuó, Todos los días pasan delante de vosotros y cuando habéis ganado a las carreras soltáis una perra gorda. ¿Os dais cuenta? La voz, No. Claro que no, continuó el orador, eso forma parte del decorado. Un penique, dos peniques—. La voz, Tres peniques. No se os ocurre nunca pensar, continuó el orador, que tenéis enfrente la esclavitud, el embrutecimiento, el asesinato organizado, que consagráis con vuestros dividendos criminales. Mirad este torturado, este pellejo. Me diréis que es culpa suya. Preguntadle a ver si es culpa suya. La voz, Pregúntaselo tú. Entonces se inclinó hacia mí y me apostrofó. Yo había perfeccionado mi tablilla. Consistía ahora en dos trozos unidos por bisagras, lo que me permitía, una vez acabado el trabajo, plegarla y llevarla bajo el brazo, me gustaba hacer chapucillas. Me quité el trapo, me metía en el bolsillo las escasas monedas que había ganado, desaté los cordones de mi tablilla, la plegué y me la puse bajo el brazo. ¡Pero habla, pedazo de inmolado! vociferó el orador. Después me fui, aunque fuera aún de día. Pero en general el rincón era tranquilo, animado sin ser bullicioso, próspero y conveniente. Aquél debía ser un fanático religioso, no encontraba otra explicación. Se había quizá escapado de la jaula. Tenía una cara simpática, un poco coloradota.
No trabajaba todos los días. Apenas tenía gastos. Conseguía incluso ahorrar un poco, para los ultimísimos días. Los días en que no trabajaba me quedaba tumbado en la cochera. Situada al borde del río, en una propiedad particular, o que lo había sido. Esta propiedad, cuya entrada principal daba sobre una calle sombría, estrecha y silenciosa, estaba rodeada por un muro, menos naturalmente por el lado del río, que marcaba su límite septentrional, sobre una longitud de treinta pasos más o menos. De frente, sobre la otra orilla, se extendían aún los muelles, después un apelmazamiento de casas bajas, terrenos baldíos, empalizadas, chimeneas, flechas y torres. Se veía también una especie de campo de maniobras donde soldados jugaban al fútbol, todo el año. Sólo las ventanas —no. La propiedad parecía abandonada. La verja estaba cerrada. La hierba invadía los senderos. Sólo las ventanas del piso bajo tenían persianas. Las demás se iluminaban a veces por la noche, débilmente, unas veces una, otras la otra, tenía esa impresión. Podía ser cualquier reflejo. El día en que adopté la cochera encontré un bote, la quilla al aire. Le di la vuelta, lo rellené con piedras y pedazos de madera, quité los bancos y me hice la cama. Las ratas se las veían negras para llegar hasta mí, por la inclinación de la quilla. Muchas ganas tenían sin embargo. Fíjate, carne viviente, porque yo era a pesar de todo carne viviente, hacía demasiado tiempo que vivía entre las ratas, en mis alojamientos improvisados, para que tuviera una vulgar fobia. Tenía incluso una especie de simpatía por ellas. Venían con tanta confianza hacia mí, se diría que sin la menor repugnancia. Se hacían la tualet, con gestos de gato. Los sapos, sí, por la tarde, inmóviles durante horas, engullen moscas. Se colocan en sitios en donde lo cubierto pasa al descubierto, les gustan los umbrales. Pero se trataba de ratas de aguas, de una delgadez y de una ferocidad excepcionales. Construí pues, con tablas sueltas, una tapadera. Es formidable la de tablas que he podido encontrar en mi vida, cada vez que tenía necesidad de una tabla allí estaba, no había más que agacharse. Me gustaba hacer chapuzas, no, no mucho, así así. Recubrí el bote completamente, hablo ahora otra vez de la tapadera. Lo empujé un poco hacia atrás, entraba en el bote por delante, gateaba hasta la parte de atrás, levantaba los pies y empujaba la tapa hacia delante hasta que me cubría del todo. El empuje se ejercía sobre un travesaño en saliente fijado tras la tapa a este efecto, me gustaban las chapucillas. Pero era preferible entrar en el bote por detrás, sacar la tapa sirviéndome de las dos manos hasta que me cubriera del todo y empujarlo en el mismo sentido cuando quisiera salir. Como apoyo para mis manos coloqué dos grandes clavos, allí donde hacía falta. Estos pequeños trabajos de carpintería, si es posible llamarlos así, ejecutados con instrumentos y materiales improvisados, no me disgustaban. Sabía que acabaría pronto, y representaba la comedia, verdad, la de—cómo llamarla, no lo sé. Me encontraba bien en el bote, debo decirlo. Mi tapadera se ajustaba tan bien que tuve que hacerle un agujero. No hay que cerrar los ojos, dejarlos abiertos en la oscuridad, esa es mi opinión. No hablo del sueño, hablo de lo que se llama me parece estado de vigilia. Por otra parte yo dormía muy poco en aquella época, no tenía ganas, o tenía muchísimas ganas, no lo sé, o tenía miedo, no lo sé. Tumbado de espaldas no veía nada, apenas vagamente, justo por encima de mi cabeza, a través de los minúsculos agujeritos, la claridad gris de la cochera. No ver nada en absoluto, no, es demasiado. Oía solamente los gritos de las gaviotas que revoloteaban muy cerca, alrededor de la boca de los sumideros. En un hervor amarillento, si tengo buena memoria, las inmundicias se vertían al río, los pájaros revoloteaban por encima, chillando de hambre y de cólera. Oía el chapoteo del agua contra el embarcadero, contra la orilla, y el otro ruido, tan diferente, de la ondulación libre, lo oía también. Yo, cuando me desplazaba, era menos barco que onda, por lo que me parecía, y mis parones eran los de los remolinos. Esto puede parecer imposible. La lluvia también, la oía a menudo. A veces una gota, atravesando el techo de la cochera, venía a explotar sobre mí. Todo abocaba a un ambiente más bien líquido. El viento añadía su voz, no hay que decirlo, o quizá más bien las tan variadas de sus juguetes. ¿Pero qué es todo esto? Zumbidos, alaridos, gemidos y suspiros. Yo hubiera preferido otra cosa, martillazos, pan, pan, pan, asestados en el desierto. Me tiraba pedos, es cosa sabida, pero difícilmente seco, salían con un ruido de bomba, se fundían en el gran jamás. No sé cuánto tiempo me quedé allí. Estaba bien en mi caja, debo decirlo. Me parecía haber adquirido independencia en los últimos años. Que nadie viniera ya, que nadie pudiera ya venir, a preguntarme si marchaba bien y si no necesitaba nada, apenas ya me dolía. Me encontraba bien, claro que sí, perfectamente, y el miedo de encontrarme peor se dejaba apenas sentir. En cuanto a mis necesidades, se habían en alguna medida reducido a mis dimensiones y, bajo el punto de vista cualitativo, tan super-refinadas que toda ayuda resultaba excluida, desde ese ángulo. Saberme existir, por muy débil y falsamente que fuera, por fuera de mí, tenía en otra época la virtud de conmoverme. Se convierte uno en un salvaje, forzosamente. A veces se pregunta uno si estamos en el buen planeta. Incluso las palabras te dejan, con eso está dicho todo. Es el momento quizá en que los vasos dejan de comunicar, ya sabes, los vasos. Se está aquí siempre entre los dos rumores, sin duda es siempre el mismo pedazo, pero cáspita nadie lo diría. Me ocurría a menudo querer correr la tapadera y salir del bote, sin conseguirlo, tan perezoso y débil estaba, y muy en el fondo donde me encontraba. Lo sentía todo cerca, las calles glaciales y tumultuosas, las caras aterradoras, los ruidos que cortan, penetran, desgarran, contusionan. Esperaba entonces que las ganas de cagar, o de mear al menos, me dieran fuerzas. ¡No quería ensuciar mi nido! Lo que me sucedía sin embargo, e incluso cada vez más a menudo. Me bajaba los pantalones arqueándome, me volvía un poco de lado, lo justo para despejar el agujero. Labrarse un reino, en medio de la mierda universal, para después cagarse encima, era muy mío. Eran yo, mis inmundicias, es cosa sabida, pero aún así. Basta, basta, las imágenes, aquí estoy abocado a ver imágenes, yo que nunca las vi, salvo a veces cuando dormía. Creo que no las había visto nunca, en puridad. De pequeñín quizá. Mi mito lo quiere así. Sabía que eran imágenes, puesto que era de noche y estaba solo en mi bote. ¿Qué podía ser aquello si no? Estaba pues en mi bote y me deslizaba sobre las aguas. No tenía que remar, el reflujo me llevaba. Además no veía remos, habían debido llevárselos. Yo tenía una tabla, un trozo de banco quizá, que utilizaba cuando me acercaba demasiado a la orilla o cuando veía acercarse un montón de detritus o una chalupa. Había estrellas en el cielo, grato. No veía el tiempo que hacía, no tenía frío ni calor y todo parecía tranquilo. Las orillas se alejaban cada vez más, lógico, ya no las veía. Raras y débiles luces marcaban la separación creciente. Los hombres dormían, los cuerpos recuperaban fuerzas para los trabajos y alegrías del día siguiente. El bote no se deslizaba ya, saltitos, zarandeado por las olitas del alta mar incipiente. Todo parecía tranquilo y sin embargo la espuma se colaba por la borda. El aire libre me rodeaba ahora por todas partes, no tenía más que el abrigo de la tierra, y poca cosa es, el abrigo de la tierra, en esas condiciones. Veía los faros, hasta un total de cuatro, pertenecientes a un barco-faro. Los conocía bien, de pequeñín ya los conocía. Por la tarde, estaba con mi padre sobre un promontorio, me cogía de la mano. Hubiera deseado que me atrajese hacia sí, en un gesto de amor protector, pero en eso estaba pensando. Me enseñaba igualmente los nombres de las montañas. Pero para acabar con las imágenes, veía también las luces de las boyas, parecían llenarlo todo, rojas y verdes, incluso ante mi extrañeza amarillas. Y en el flanco de la montaña, que ahora desgajada se alzaba tras la ciudad, los incendios pasaban del oro al rojo, del rojo al oro. Yo sabía muy bien lo que era, era la retama que ardía. Yo mismo cuántas veces habría encendido el fuego, con una cerilla, siendo pequeño. Y mucho más tarde, de vuelta a casa, antes de acostarme, miraba desde mi alta ventana el incendio que había prendido. En esta noche pues, plagada de débiles parpadeos, en el mar, en tierra y en el cielo, bogaba a merced de la marea y las corrientes. Noté que mi sombrero estaba atado, por un cordoncillo sin duda, a mi botonadura. Me levanté del banco, en la parte de atrás del bote, y un enérgico campanilleo se hizo oír. Era la cadena que, fijada a la parte de alante, acababa de enrollarse alrededor de mis caderas. Debí desde el principio practicar un agujero en las tablas del fondo, porque aquí me tenéis de rodillas intentando soltarlo, con la ayuda del cuchillo. El agujero era pequeño y el agua subiría lentamente. Todavía una media hora, en total, salvo imprevistos. Sentado de nuevo en la popa, con las piernas estiradas y la espalda bien apoyada contra el saco relleno de hierba que me servía de cojín, me tragué el calmante. El mar, el cielo, la montaña, las islas, vinieron a aplastarme en un sístole inmenso, después se apartaron hasta los límites del espacio. Pensé débilmente y sin tristeza en el relato que había intentado articular, relato a imagen de mi vida, quiero decir sin el valor de acabar ni la fuerza de continuar.

 
la-negra-chilena,23.02.2008
Yo no escribo, pero soy de las que disfruto de un buen cuento, más que otros tipos de escritura, si uno me tinca, lo imprimo, subrayo las frases que me gustan, leo tranqui, la neta que un buen cuento, es un agasajo, pero me gusta a la antigua, en "hoja tocable".

 
CalideJacobacci,24.02.2008

bColitoro/b

iEfímera columna de ventiscas,
veloz duende en la blanca llanura.
Tu paso alimenta las leyendas,
cuando el miedo de la noche va llegando...
y el ruido que produces cubre el llanto.
En el rostro de mi gente
siempre te encuentro, aunque sigas volando./i


Los matorrales de algarrobillos no se levantan mucho del suelo, entre la arena caliente. Sí, se agarran con las raíces, sus manos gigantes, al desierto, estrujándolo. Con fuerza imposible. Y ahí, estallan hacia el cielo en ramaje espinoso, rasguñador. Salvaje.
Las plantas se encuentran tan cerca entre sí, que se entrelazan, se enredan unas con otras. Tejiendo la vida en los faldeos. Lo cubren todo, de horizonte a horizonte. Hasta donde dan los ojos.
Finitos los tallos se dejan doblar por el viento, y vuelven. Porfiados. Verdes las vainas arqueadas enguirnaldan las ramas, y tiemblan. Abajo la parte enterrada levanta la tierra, inventa médanos. Amontona arena.
Entreverándose con las matas, busca sombra la chivada. Algunos animales de a ratos se acercan haraganes a la aguada, lentamente. Otros dormitan echados.
La distancia, al fondo, toma el azul aéreo de los cerros cada vez más altos.

Ahí esta el viejo, con la pala y el hacha. En la media mañana. Y el sudor le corre en la cara.
Descuartizó laboriosamente una zarza más alta que él, cavando con capricho. Desprendiendo uno a uno los tentaculados dedos, los nudos que la fijan a la tierra.
Los fue apilando prolijos, trabados entre ellos. Abrazados bajo el sol.
Como en un ritual, luego de recorrer la antigua senda india, arrastra el palo herido de hacha, hasta el reparo de la barda.



El algarrobillo yace, ahora, vencido entre las astillas, mezclado con la arena, junto al pozo donde pertenecía al suelo.
El viejo se sienta, descansa, en la sombra que da una planta más chica. Y el sudor le brilla en la cara y en el cuello.

El sol fulgura en el sudor que cubre la piel de Casimiro Millaqueo, se saca la gorra. Le pasa el dorso de una mano al bigote entrecano, lo moja la humedad que allí acumula, y al enfrentarla oteando, ve como el viento seca la piel cuarteada.
Mira la pila, que subió lentamente. Ya le llega al pecho.
Lejos, por encima de su cabeza, algunas nubes ágiles, persiguen a la luna que se quedó en el día. Pálida, inmutable.


Una caterva de cascarudos cruzan veloces, quemándose las patas, sobre el rastro que el viejo fue haciendo al acarrear la leña.
Extrae un trapo blanco, arrugado del bolsillo, lo despliega entre los dedos y se seca con cuidado el sudor del ojo sano. Con tiempo. Lo aprieta en la nariz y lo guarda.
El otro, el que no ve, se lo llevó el astillaje disparado al reventar un hachazo en la madera. Se fue achicando con los años, y se puso amarillo. Ya no sirve. Solo lagrimea a veces.
En el cielo con escasas nubes, en el silencio que busca el mediodía, se dibuja el volar tranquilo de las grandes aves.
Un pájaro se proyecta hacia arriba, corta el celeste. Luego baja en picada, grita.
El viejo esfuerza el ojo, le hace visera con la zurda. Lo contenta su libertad. Y extraña el tiempo en que podía ver mejor.


Vuele, ñanco, vuele. Que el día sigue.



Hacia el crepúsculo, orientado por el humo del rancho, apenas sostenido sobre el recado, avanza el jinete. Es un punto en la meseta, entre el polvo que forma el matungo al arrastrar las patas. De parejero lleva una mula con dos alforjas que se le abultan titubeantes en el lomo.
Las crenchas rubias tremolan en el aire y la barba crecida apelmaza tierra de días. La boca con sed de labios llagados, de lengua espesa. En las manos, mataduras de raspones, pegados a un vendaje de trapo. En las tripas, bramante, el hambre.
Encorvado se aferra a las riendas. Las riendas flojas, en el puño apretado.
Lleva un arma larga cruzada en la espalda, la correa de cuero le ciñe el pecho en bandolera. El doble caño de vez en cuando le ladea el sombrero, al caminar desparejo del caballo sobre el terreno escarpado.
Los ojos claros, entrecerrados de mirar la blancura de los salitrales, de enfrentar el sol y el viento, son piedras opacas. Se esconden esquivos en la sombra del ala del sombrero. Va orillando el monte, por un sendero de animales.
Un castrón de cuernos larguísimos se espanta al pasar el jinete, gasta sus fuerzas en escapar trepando por una grieta entre el basalto. Se arrepiente pronto y lo queda mirando.
El polvo que levantan las bestias al avanzar se mete en su boca abierta.
No es de estas tierras. Huye.

El viejo había carneado, y asaba al reparo de la ruca.
Remueve brasas con una vara larga, y de a ratos la humareda lo envuelve. Cierra el ojo, suspira.
Agrega un palo grueso a la fogata.
Ensartado, un costillar con paleta se ofrece a las llamas. El fuego crece y al arder, dibuja nuevas sombras. Proyecta duendes. Y crece, y crepita. Y suena, y le pinta espíritus al voladero. Espectros.
El día, que se muere, mitiga los reflejos finales del sol. En bermeja desbandada tras los cerros.
Atolondrado, el cuzco se acerca olfateando la carne, famélico. Observa con detenimiento mientras alarga el pescuezo, con la cabeza al ras del piso. Un pisotón en el suelo lo espanta.
Gruñe y se aparta.
La pava se caldea entre las brasas. Azabachada en tizne y años. Silbadora.
La levanta con los dedos sin quemarse, en el hueco de la otra mano tiene el mate. Ceba con un chorro mansito, apuntando con cuidado junto a la bombilla. Preciso.
Sorbe y escucha.
Entre el viento, reconoce la presencia del jinete.
La mano libre que descansa sobre la rodilla cierra los dedos. Aprieta. Los labios sueltan la bombilla.
Se alza, alerta.

El perro embiste la oscuridad a la carrera y desaparece un poco más allá de hasta donde ilumina la fogata.
Ladra.
El mancarrón relincha y se encabrita, la mula se para, el jinete no se mueve.
Mordida en una pata, la bestia tiende un galope corto, patea al aire. El forastero rueda por encima de su cabeza y cae, sin traslucir escudarse, impacta feamente con la arena.
Da con el rostro haciendo un leve ruido sordo. Gime. Pierde el sombrero en la caída. El golpe lo despierta, lo espabila.
Resopla ahogado. Lentamente intenta erguirse entre sueños, lo logra. Limpia con los vendajes de una mano la nariz, gotea roja. Mira sin orientarse, hasta que da con el resplandor del fuego.
El cuzco ahora ladra alternativamente hacia el jinete que se acerca oculto aun por las sombras y hacia la casa, protegido por la noche.
El hombre camina deteniendo su andar a cada paso, aun sin ver al viejo, acomodando el arma que cuelga en su espalda. El pelo blanco de tierra y la barba espantan, mugrientos en sangre.
El anciano en la ruca penetra la negrura con su ojo bueno. Sin ver nada. Llama al perro y su sombra se alarga, ahora con la luz de la fogata detrás.
Se toca el verijero que lleva en la faja. El nunca tuvo armas, ni tuvo miedo.
La carne al cosquillear del calor cruje dorándose.
Brillan, reflejan la luz en las tinieblas, los ojos de las bestias de carga que sedientas resuellan.
El gringo avanza cobarde, cauteloso, arrastrando sus pasos. Al ver al viejo se sorprende y grita, alardea, pidiendo agua.
Suplica.
El cuzco ladra sin parar y Casimiro Millaqueo lo calla con su voz tranquila, en idioma pampa.

Un zorro grita cerca, del lado de la aguada, y enciende los rubíes de sus ojos al detenerse a observar entre coirones. Los animales en el corral se inquietan. Atropellan, se mueven, y ahí quedan.
No hay viento y el silencio reina, absoluto.

El forastero bebe largamente de una lata con manija de alambre. El agua lo chorrea. Lava su rostro y sus manos, que envuelve con los mismos trapos mugrientos que las cubren. Muestra gestos de dolor y con esfuerzo descuelga el arma de su espalda, luego la apoya en la pirca del corral.
Dice como que sí, y traga el agua. Y el agua lo revive.
Cuando termina recibe de la punta del cuchillo del indio viejo un trozo de carne asada, la acepta sonriente.
La ataca brutal, con los dientes. Respinga, se quema, y vuelve a empinar la lata con agua, aliviándose.
Devora, no habla. El viejo parado lo mira comer también sin palabras, después de mucho tiempo tiene la sensación de no estar solo.

El asador va quedando limpio, fijo, entre el braserío. Aún vivo.
El asador es una cruz negra, clavada en las cenizas. Una cruz sitiada por brasas, del color de las sombras.
Entre ellas humea un charquito junto a la cruz hundida en la tierra, es grasa que fue goteando.
El cuzco gruñe, desconfiado, sin dejar de fisgar al recién llegado. Y pela su hueso.
Millaqueo busca entre los vicios bajo el alero. Encuentra en el tanteo la botella a medio llenar, cubierta por cueros secos.
Le saca el corcho y la ofrece.
Su último poco de vino.
El gringo taimado acepta – ahora encendido –, y le da un trago largo, angurriento. Le gorgotea el sorbo en el gañote, que lo embucha con ruido.
Sonríe y devuelve el frasco, ahora casi vacío. Al pasarlo, contra el resplandor del rescoldo, ve que le resta solo un traguito.
Lo devuelve sin un gesto de descargo.
Aún sangra, entre la barba.
El viejo recibe la botella y la deja en el suelo. Se prende mordiendo una lonja de carne que corta pegada a los labios. Mastica, fijando el ojo bueno en las brasas. Busca la botella y empina el resto del vino, demorándolo en la boca. Por disfrutarlo mejor.
Se arrepiente del convite.


El hombre rubio se pone de pie.
De las crenchas, resbalando por las sienes, le corren chijetes de sudor espeso que se frenan en las esquirlas de arena que tiene pegadas a la piel, y siguen. Para llegar al bigote y la barba engrasada, brillando, y ahí sí, gotear al polvo del suelo, y terminar rodando como una lágrima de mercurio envuelta en talco.
Camina hacia las sombras, tomando el arma al pasar. La sostiene sobre el antebrazo. El caño cuelga hacia delante y la culata se le calza en la axila.
Con la otra mano se abre el pantalón. Hará sus necesidades.
El viejo, presto, sigue la ruindad de sus pasos.
El perro, al verlo moverse, lo acecha gruñendo.
Corre tras él.
Luego ladra con furia muy cerca de las botas. Esquiva una patada ridícula que da en la tierra.
Los ladridos crecen en ferocidad, tras el ataque. El esfuerzo por espantar al cuzco hace al gringo orinarse en las ropas. Trastabilla. Maldice.
Al afirmarse, apunta al perro con el arma.
El viejo se para, padece.
Y la noche estalla en el estruendo de la pólvora. La bocanada de fuego, el chisperío, el ruido seco. El aullido.
Vuela hacia atrás, en pedazos, el cuzquito.
El criminal, ahora con tiempo, se acerca y orina los restos masacrados del perro. Jadea al orinar, con alivio. Sonríe y algo dice. Solo él lo entiende.
Jadea y sonríe. Tiene el arma en la mano.
Casimiro Millaqueo no cabe en su cuerpo. Se estremece, con una mano en la boca. Una náusea lo ahoga.
Mira sin moverse los restos humeantes de su amigo muerto. Se le doblan las rodillas, y la noche se le cae en pedazos.

El viento, naciendo de la nada, comienza a mover las pilchas, el ramaje del monte, los cueros colgados. El pelo blanco del indio, que suspira.
Su silbo enluta el silencio, como un gemido.
Un derrumbe de luna se pinta en la aguada.

El forastero desensilla el pingo, desmañado, y arrastra el recado junto a la fogata. Con esfuerzo. Huele a orín y a pólvora quemada.
Huele a muerte.
Se sienta, apoyado en los aperos. De una petaca bebe a sorbos. Hostil, mira sin ver.
Se duerme con el arma abrazada.
El viejo, entre las sombras, es un espectro. Abatido, grita un lamento de su raza a este espacio oscuro del mundo. A este espacio desolado y suyo. Una queja. Un responso al amigo.
La brisa mezcla el gemido con la noche y lo lleva a vagar por los mallines.

El hombre que huye al poco rato ya duerme profundamente. Agotado. Un resoplo le revienta en la boca, quejoso, y se acurruca contra el recado.
El indio viejo ya no ve en las penumbras.
Lo cubre la bóveda del cielo, minado de estrellas. La lumbre de las brasas aun sigue con vida y se amontona sin llamas, enfriándose.
La cruz del asador clavado en el rescoldo. Espera, muda.
Camina a duras penas, sin saber adónde. Sus pasos lo llevan hacia el rancho. Hacia su ruca.
Millaqueo pasa junto al hombre que duerme, que resuella durmiendo y huele a pólvora.
Huele a muerte intensamente.
Tropieza, casi ciego, con los restos del fuego. Sin querer, las manos se le aprietan al hierro engrasado, al hierro negro del asador. Clavado, firme en la tierra. Lo mueve hacia un lado y hacia el otro, se afloja, y se suelta.
En el tirón, sus brazos lo elevan a la noche cerrada.
Blande el arma imprevista y le crece la furia.
Se acerca al que huele a muerte, al forastero, que indefenso duerme con la cara hacia la luna. Y resopla, y sueña su último sueño.
Y baja, en el envión de los brazos leñeros, de los brazos arrancadores de raíces, de los brazos viejos, la barra afilada del asador, al centro del pecho del forastero. El que huele a pólvora.
Justo encima de donde abraza el arma con que mató a su perro. Del hombre que huele a muerte y que huye.
Del hombre que ahora abre los ojos y la boca, sorprendido. Del hombre que ya no resuella dormido, del hombre al que se le escapa la vida en un bramido, del hombre que tose su propia sangre, y grita, del hombre que ahora ve la muerte frente a él.
Y el rostro del indio viejo. En el ahora feroz rostro de Casimiro Millaqueo, se ve la muerte.
Del indio viejo que mantiene las manos encrespadas en el hierro, en el arma casual, en la lanza que lo atraviesa. Del indio viejo que lo clavó contra la tierra.
El hombre con olor a muerte, que ahora huele la suya, intenta erguirse y en estertores agónicos cae, ya tieso, y para siempre, sobre el braserío que escupe chispas, y vuelan cenizas.
Sobre el braserío, que al contacto con sus crenchas apelmazadas se despierta y crece en humo, en humo espeso, y en olor a muerte y a pólvora, y el aire se inunda con el hedor del pelo que arde.
Y el hombre con olor a muerte queda inmóvil, quemándose.

E inmóvil el viejo, vuelve a enviar hacia la noche su lamento. Su lamento en lengua pampa, que es una queja, un sonido de su boca cerrada, que le nace en el pecho. Y lo larga apretando los dientes.
Ahora es un alarido de guerra.



Despertó en la madrugada.
Sin querer, se descubrió mirando el alba. Se le mezclan las imágenes de la noche violenta. Se le mezclan las figuras de la muerte, y los sonidos. Y respira jadeante. Y el olor lo impregna, el olor de la muerte.
La muerte, que apareció de la nada.
Manso el día empujado por el sol, se ilumina. Celestea, sin nubes y se lleva entre sus garras la noche violenta.
Aun afiebrado por los sueños, con el torso desnudo, el viejo se moja la cabeza, junto al tanque.
El hombre que huía yace con el rostro quemado entre cenizas. Es carbón pegado al hueso, hasta el cuello. Hasta el cuero de la chaqueta que aún humea. La cruz del asador lo atraviesa, lo pasa del pecho a la espalda.
El viejo se agacha, le quita el asador. De un tirón. Lo limpia en la arena.

Arriba, a enorme distancia, sin que lo advierta, algunos ñancos, gráciles, aguantan flotando en lo alto. Planeando en la nada. Como papeles quemados, que escapan de una hoguera.
Rutilan.

El indio viejo arrastra desde los pies calzados con botas altas al forastero que apareció de la nada, al gringo de largas crenchas claras, al hombre que huía, al hombre que huele a muerte y a pólvora, al de la boca abierta y pastosa, al que perdió el rostro entre las brasas en la noche, lo arrastra, desde las botas, como a una raíz de algarrobillo hachado, como a un tronco muerto de madera roja, de madera roja con vetas amarillas, como a una rama muerta de ese bosque subterráneo, interminable, y por el mismo sendero, lo lleva a la pila.
Y los brazos del muerto se extienden hacia atrás, como elevándose, y el rostro es carbón indescifrable, y los dientes blanquean, y la chaqueta se traba en la arena, y la piel de la panza del hombre que huía queda al aire, la piel lechosa, rosada, del forastero con olor a muerte, y los brazos dejan una larga huella en la arena.
Una huella que cruzarán pronto los cascarudos, esa peste de bichos veloces, esa turba negra, apenas el sol comience a calentar.

Y el indio viejo lo arrastra hasta la cresta de la barda que repara el montón de leña apilada. La parva de raíces abrazadas, secándose. Que ya le llega al pecho. Y en la cima suelta sus botas, y sus piernas caen pesadamente en la arena. Y le mira el rostro que no existe, al hombre que trajo la muerte.
Y le dice que morir es malo cuando se tarda mucho tiempo en hacerlo.
Le dice, en rogativa, al muerto que huele a pólvora y a cuero quemado. Le dice que la muerte es mala cuando tarda, le dice que el dolor y el daño de la muerte cuando tardan, acobardan, y humillan.
En su lengua.
Y lo vuelve a remolcar desde las botas, desde las botas de montar gastadas, hasta el borde de la barda, hasta el filo mismo de la barda, y lo empuja, y el hombre que trajo la muerte ahora vuela, girando, desnudándose en el aire, y cae con un crujido sobre la parva de leña apilada.
Y nada más, y el silencio.
Y Casimiro Millaqueo arriba, en la cresta de la barda, cercano al cielo, invoca, mirando el horizonte, mirando el sol que ya aparece, su aullante conjuro.

Le dice, al hombre que huele a cuero y pelo quemado, al muerto, al forastero que apareció de la nada, que tuvo una buena muerte. Una muerte rápida.
Y que eso es digno.


Se adentró caminando al centro de la aguada, con pisadas livianas, por no mover el barro que descansa en el fondo. Con la lata en la mano.
El viejo fue cruzando hasta donde el agua es más clara.
En las orillas la aguada está pisoteada por los animales, y el agua es lechosa por la greda. Es barro líquido.
El viejo descalzado, con la lata de manijas de alambre en la mano, llegó hasta el centro del charco, hasta el ojo de agua. Qué diáfano observa, desde bajo las rocas y es el agua inicial, que brota de la tierra sobre un lecho de piedras. Miró en la transparencia y se quedó esperando que el fondo removido se asentara. Ahí, el agua ya es buena.
Cargó en la superficie más vecina del cielo, y allí apuró los pasos para llegar al tanque.
La lata con manijas de alambre, henchida por el viejo, al avanzar le deja una marca a la arena. La marca de chorritos que brotan de la lata, y la arena los chupa con su hábito sediento.
Luego el sol los remata, y el paisaje es el mismo. Se confunde, muriendo.

Una lagartija, una sombra en el suelo, se pierde entre coirones que amarilleando crecen al borde del sendero.
Después otra sombrita diminuta la sigue, con igual derrotero. Se detiene y lo mira, sin hacer movimientos.

Un enjambre de moscas se pegan a las tripas, se chupan a la sangre, se mezclan en la muerte del cuzquito del viejo.
Un hervidero zumbador de moscas, repugnante, se prenden a la sangre de lo que fue su amigo. Su hermano.
Deshecho por el disparo.
La cabeza apartada, oliendo a perdigones, arrancada del resto del perro.
Se muerde la lengua. Se la aprietan los dientes, en su último gesto.


Millaqueo enterró al animalito entre la sampa, en una lomada frente a su rancho. Una loma pelada. Lo cubrió con la tierra y con tres piedras grandes. Pesadas.
Y se quedó parado mirando, en silencio. Mirando las piedras que cubren la tumba de su amigo.

Y caminó, juntando las pertenencias del jinete que vino de la nada, del hombre muerto, del que ahora yace sobre la leña apilada, y fue tapándolo con sus aperos, su recado, su recado manchado de sangre, con el arma asesina que estalló en la noche, con las alforjas que cargó la mula, con su sombrero mugriento, su sombrero caído y oloroso, y cubrió así el cuerpo del muerto, sobre la pila.
Y juntó leña seca, caminó pausadamente, y juntó ramas finas, resecas, ramas pinchudas, con espinas como púas, lastimadoras, y las acarreó con paciencia, cargó gruesos troncos de algarrobillos, sacados con esfuerzo desde bajo la tierra, y los llevó a la pila donde yace el hombre que trajo la muerte, el del rostro quemado, y lo cubrió con la leña, hasta no verlo.
Hasta desaparecer, y quedar el forastero que vino de la nada, el hombre que huía, cubierto y en el centro de la parva. Y el olor, solo por el olor descubrir su presencia, el hedor de la muerte y carne quemada.
El olor, que lo revela en el centro de la leña.
Y el viejo, el indio que jamás atacó a otro hombre, el indio viejo que jamás tuvo una guerra, una guerra propia, y su hazaña fue siempre contra el desierto, contra la tierra, contra el viento, contra las raíces gigantes, para hacer la leña salvadora de los inviernos, ahora la tiene. Tiene su guerra.

Y encendió un coirón reseco, y lo alzó en la mano creciendo en llamas. Lo dejó que agarre, con ganas.
Y le acercó el fuego a la base de la parva de leña, que oculta el cuerpo y los bienes del forastero que vino de la nada y ahora está muerto, y el fuego creció, y aumentó gritando llamas, crujiendo, en un infierno.
Y la columna de humo trepó en el cielo. Humo blanco. Albo.
Y Casimiro Millaqueo miró las llamas creciendo, con su ojo bueno miró la hoguera gigantesca, y las lenguas implacables del fuego que llegan tan alto que pasan la barda, que tocan el cielo, y se pierden en el humo que sube.
El calor lo espanta y lo aleja, y se cubre el rostro con la mano, amparándose.
Se aleja, y contempla su creación. El ocaso de su guerra.

El fuego no deja nada.
El fuego, ahora, limpia la muerte, la muerte que trajo el jinete que vino de la nada, y se adueñó del rancho del viejo Millaqueo. Y el viento que sopla desde el norte lo enfurece, y el fuego ruge, crepita, y estira sus llamas buscando quemar si se le acercan. Y arde todo un día. Y alumbra toda una noche.
Las ramas verdes al quemarse estallan, gritan, y ese crepitar entre las llamas se asemeja al ruido del viento cuando furioso le pega al desierto, ese ruido de siempre.
Y el viejo lo contempla, adormilado. Y el fuego se consume, y el humo sube, y es cada vez menos. Y el humo blanco que sube parece no terminar nunca, y dura días. Y luego, el fuego se muere, se consume, hasta ser solo un montón de cenizas.
Cenizas que se enfrían, y el viento desparrama, impasible. Eterno. Y las devuelve al desierto. A la arena. A los matorrales impenetrables de algarrobillos. A las matas resecas de los molles, que en sus ramas pinchudas muestran greñas blancas de chivos, flotando en el viento.
Y en los días que siguen, como siempre, de verano a verano en Colitoro, Casimiro Millaqueo, a puro pie, cargando el hacha y la pala, deshace las distancias. Saca leña. Vivaquea en riales. Junta sus animales.
Lo acompaña el viento.
El viento que mece las ramas, y se arrastra por la arena que blanquea, lo acompaña el viento que mece las ramas con largas espinas y mece su pelo de viejo, que también blanquea.
Y el viento de soplar como siempre, remolineando, no deja nada.

Para Laurita (2003)


Cuento "larguito" para el que tenga ganas de imprimirlo...





 
alipuso,24.02.2008
EL BLUES DE BAUDELAIRE




-¡Riiiiiiing!

-Bueno –el viejo sillón rechina al estirar su brazo para contestar el teléfono; coloca el puro en el cenicero.

-… … … -respiración entrecortada.

-¡Bueno! ¡Quién habla! –grita las palabras con ese timbre de quien a primera impresión parece un ogro; a la vez que baja los zapatos del escritorio, enderezándose sobre el sillón crujiente hasta la bocina.

-Hola –se escucha al fin, a manera de queja, la respuesta en una voz aguda con cierto aire astuto, distante-. ¿Es el 7-18-42-95?

-Sí, aquí es… ¿a quién busca?

-¿Usted puso ese anuncio en el periódico solicitando un loco?

-¡Sí! ¡Yo soy! –brincando hasta la orilla del sillón, remueve infinidad de papeles en busca de un bolígrafo y sus anteojos- Eh… ¿cuál es su nombre?

-¿Para qué quiere saberlo? Los locos sólo poseemos un número; otras, ni eso. Dígame, ¿usted también está loco?

-¿Por qué lo preguntas? –dándole una fumada nerviosa al puro; se anima a tutearlo por su desenfado al hablar; pero precavido a la vez, al intuir cierta marrullería en la intención de sus palabras; calculándole alrededor de treinta años quizás: “Buena edad”, piensa; al menos comparada con la suya.

-Porque si no estás loco tendré que tomar mis reservas contigo desde un principio –devolviendo la confianza al hablarle de tú; mientras el interlocutor tira torpemente la ceniza en el mosaico de la oficina en total penumbra, al descubrir la sagacidad del tipo-. Y dime, ¿cuánto pagas?

-¿Cuánto pago?

-¡Claro! ¡No voy a desprestigiar ni a malbaratar mi locura así nada más! Me ha costado mucho trabajo lograr este estado para que cualquier mequetrefe de al traste con él.

La argumentación del loco confunde al hombre maduro; además de no encontrar por ningún lado su bolígrafo; colocándose al fin sus gafas redondas. Alcanza a vislumbrar la hora en el reloj de pared barato al extremo opuesto del cuarto: 3:05 PM marcan las manecillas.

-¿Cuándo colocaste el anuncio? –pregunta el loco.

-¿Por qué quieres saberlo? – dibujando una siniestra sonrisa.

-Tengo curiosidad por saber cuántos supuestos locos te han llamado; ya sabes, hay muchos charlatanes capaces de desacreditar al gremio con tal de ganarse unos pesos.

-¿Y que tal si en lugar de ser un verdadero loco eres un simple furioso, o un atolondrado e irreflexivo, o un imprudente, o un aturdido, o un obsesionado?

-¿O un juicioso, lógico y ordinario disfrazado?

-Tal vez también apático e indiferente –vuelve a sonreír sarcástico el hombre.

-¿Normal para ti?

-Común para todos.

-Te diré una de mis características principales: soy equilibrado; y me molestan las personas que tienen al lado un diccionario de sinónimos para burlarse de la gente. Reflejas mediocridad.

-Soy siquiatra; mi intención no es burlarme de ti.

-Más bien pareces un burdo seleccionador de personal. Los siquiatras siempre guardan silencio esperando a que el cliente… ¡perdón!, el enfermo –en tono burlón- desembuche la palabra clave para empezar a escribir la receta fatal.

-Se ve que tienes experiencia con ellos –afirma el siquiatra-. Eres muy perceptivo.

-No cambio mi opinión –llevándose el loco el auricular a la otra oreja.

-Me gusta… me gusta –desliza su cuerpo de nuevo en el sillón subiendo los zapatos al escritorio; olvidándose ya del bolígrafo.

-A mí no. Te advierto que no quiero volver a tener un jefe, ni un horario, ni una maldita tarjeta por checar cuatro veces al día como si fuera un robot.

-¿Cuatro veces?

-… No sé si estés enterado, pero los locos también solemos salir a comer a mitad de la jornada de trabajo. Quizás a esto se deba mi trastorno.

-¿A comer?

-¡No te hagas el tonto! ¡A checar tantas tarjetas!

-Yo nunca he tenido necesidad de eso.

-¡Aaah! ¡un burgués!... ¿O acaso tengo el honor de estar conversando con cierto miembro de alguna extraña ralea sin reino en este pútrido país?

-¿Eres sicólogo? –pregunta el siquiatra en tono divertido.

-¡Ja ja ja ja ja! Eso me sonó como si el médico cirujano me preguntara: “¿eres enfermero? ¿de segunda o de tercera?”

-Si te provocó tanta risa esta simpleza, debes ser un loco prosaico.

-Si no sabes reír no podrás preciarte nunca de ser un loco; independientemente de todo lo demás.

-¿Y si no sabes rezar? – avienta inesperada la pregunta el siquiatra.

-¿Rezar?... explícate –duda el loco.

-No… -los ojos del siquiatra se abren al máximo, pareciendo comprender algo.

-¡Ja!... interesante.

-Inteligente –responde al instante el siquiatra, refiriéndose al loco; quien acomete:

-Te hago una pregunta. Para la siquiatría, ¿la inteligencia puede convivir de manera cotidiana con un loco?

-Un chango demuestra inteligencia desde que pela una banana.

-Mediocre respuesta. Ya llevas dos.

-¿Te parece?... ji ji ji –acomodándose confortable en el sillón que vuelve a crujir.

-El mediocre siempre se refugia en la risilla ilusa.

-¡Oh Dios! ¡Me has desenmascarado!

-Mmm… no me la trago. Actúas, y actúas como principiante.

-¿Te parece? –indaga el siquiatra.

-Pregúntaselo a las gordas y celulíticas que seguramente provocan que te corras en las hotlines.

-No me decepciones –se defiende el siquiatra.

-“No me decepciones”… esta frase la recuerdo en “El Silencio de los Inocentes”. Hannibal Caníbal; seguro la has visto infinidad de veces.

-No tiene nada que ver.

-¿Te gusta el hígado humano con garbanzos? –pregunta el loco- ¿lo sabes sazonar bien? ¿lo partes con cuchillo o se corta fácil con el tenedor?... Al menos el mío, creo que tendría que usar una sierra eléctrica.

-Prefiero la langosta.

-¡Ja!, buen gusto. Buen provecho; yo sólo aspiro a sardinas con galletas y agua del grifo.

-Loco y pobre, mala combinación.

-Para un genio suele ser al contrario. Perfecta mezcla al trabajar.

-¡Lotería! –exclama el siquiatra- ¡ya encontré la palabra clave del cliente; ¡perdón!, del paciente; ¡perdón!, del enfermo, según tus propias palabras.

-¡Lotería! ¡Caíste en la trampa! Ahora tienes duda sobre mi genio; además de haber desenmascarado tu supuesta profesión.

-Interesante conversación… muy interesante –afirma el siquiatra.

-¿Te parece? A mí no.

-… … …

-Dudas… ¿te llevé a tu límite?

-Tú conoces la respuesta.

-¡Vaya! ¡Ya era tiempo!... Al fin brilla tu cerebro.

-¿A qué te dedicas? –vuelve a interrogarlo el siquiatra, dando cierto giro a la conversación.

-¿Te refieres a lo que mejor hago, y que hago con el alma? ¿o a la actividad que simplemente me deja dinero?

-Responde lo que gustes –lo invita el siquiatra.

-¡Ah! Regresa el científico… es una pena; lo estabas haciendo bien.

-Qué quieres. Yo soy el patrón.

-¡Puuuaaafff!

-¡Ja ja ja!

-¡Hey! ¡También sabes reír abiertamente! –se mofa el loco- ¡Eso es bueno! ¡No me decepciones Hannibal Cannibal!

-Responde lo que gustes –repite el siquiatra, en verdad interesado en la charla.

-Soy un artista frustrado. He respondido por ambas partes.

Un silencio pesado se convierte en único cómplice por varios segundos; cada cual inmóvil a los extremos de la línea, esperando a que el otro tome la iniciativa ante lo que los dos saben es el parteaguas en la conversación. El siquiatra se atreve, tendiéndole una red al loco:

-Los artistas generalmente nunca son dados a ser coleccionistas; los coleccionistas casi nunca son capaces de crear algo.

-¡Vaya contigo! ¿O sea que eres un coleccionista de locos?

-¡Ja ja ja! –explota el siquiatra- ¡Buen chiste! ¡Muy bueno! ¡Me gusta tu anarquismo!

-¿No te has puesto a pensar que existen artistas cuerdos y artistas chiflados? Sólo a un artista chiflado se le ocurriría, además, ser coleccionista; a menos que coleccione fracasos.

-Los fracasos los tenemos todos –afirma el siquiatra-; lo importante es saber si estuvo fuera de nuestro alcance el evitarlos o no.

-¡Ya te me estás poniendo retórico! Ahora tú eres quien parece sicólogo. ¿Además del diccionario tienes una botella de ron al lado?

-A mi lado sólo ten…

-Tengo el periódico de ayer aquí –interrumpe el loco; mientras el siquiatra apaga su puro en el cenicero; extrayendo de su saco un encendedor antiguo, muy bello, dándole vueltas en su mano-: “Solicito loco para trabajo fácil. Teléfono 7-18-42-95”… Dime, ¿en qué consiste ese trabajo fácil?

-Por qué lo preguntas en ese tono tan irónico y mordaz?

-¿Sigues consultando tu diccionario?

-Simple práctica –responde escueto el siquiatra.

-Sinceramente, cuando leí el anuncio por primera vez no podía creerlo, me provocó mucha risa, y a la vez intriga. ¿Qué pretendes? ¿formar un sindicato de perdedores?

-Te estás proyectando –indaga el siquiatra-; yo no he utilizado la palabra “perdedor”.

-Pero el tono de tu voz te refleja. ¿No te das cuenta? Sólo expreso lo que intuyo.

-¿Qué edad tienes?

-¿Por qué preguntas si ya lo sabes? Creo que lograrías adivinar también mi signo zodiacal y hasta mi número de seguro social; y no solo el mío, el de todos los tontos que te han llamado y que te seguirán llamando cuando cuelgue el teléfono.

-“Tonto”… interesante… ¿Hijos?

-No. Y no te molestes en preguntarlo, tampoco soy casado. Cuando tengo ganas de echarme un polvo simplemente marco el teléfono de mi querida.

-¿Qué opinas sobre el arte actual? –intenta averiguar más el siquiatra, girando de nuevo la conversación.

-Me tiene sin cuidado.

-¿No será que te has obligado a no querer comprenderlo?

-No hay nada que comprender al respecto. No indagues por ahí… Hace muchos años que todo viene siendo una imitación burdamente matizada… … … Mira, esta agradable plática se está prolongando mucho; ya debo regresar a la plancha. Mejor dime en qué consiste el trabajo y cuánto pagas. Estoy harto de las entrevistas inútiles.

-El trabajo es lícito. Ganarás lo suficiente para no volver a trabajar nunca. ¿Alguna otra pregunta?

Al fin el siquiatra logra que el loco vuelva a dudar unos instantes:

-Eh… Sí, ¿por qué…

-Si haces un buen trabajo –ahora es el siquiatra quien lo interrumpe- yo mismo me encargaré de que el mundo conozca tu nombre… Por cierto, ¿qué es eso que “mejor haces y que además haces con el alma”?

-Escribo –responde el loco, indiferente.

-¿Cuento? ¿novela? ¿poesía? ¿ensayo?

-Poesía, sobre todo poesía. La desparramo con verdadero arte en puertas y paredes de baños públicos, por toda la ciudad. Cada semana renuevo mi trabajo.

-¿Y cuál es esa actividad que simplemente te deja dinero?

-Te lo diré –responde sin titubeos el loco-, es la verdad: soy asesino bajo encargo.

La declaración toma por sorpresa al siquiatra, retirándose los anteojos; clavando su mirada en ese círculo borroso que parece marcar las tres y tantos de la tarde.

-Creo que tienes miedo, siquiatra –se está mofando; retornando el auricular a la otra oreja-. Mira, no siempre mato gente; es más, es raro cuando realizo un trabajo así. Mi labor más bien consiste en deformar rostros; las mismas víctimas son quienes pagan el servicio; ya sabes, para acelerar un divorcio, para vengarse de alguien…

-… … …

-Y bueno, a manera de pasatiempo, también tengo un grupo de rock.

El siquiatra comprende que debe entrar en la conversación para evitar ser evidenciado en su estupor:

-Y… ¿han hecho alguna grabación? –recordando un lúcido diálogo en su oficina, meses atrás.

-Mmm… evitas el tema que en verdad te interesa; interesante.

-Simplemente responde si te place –baja de nuevo los zapatos del escritorio, pausado, en actitud de quien es avisado de que se ha ganado el primer premio de la lotería.

-No. Lo hemos intentado con un demo, pero nos dicen que no venderíamos un solo disco.

-¿Tan malos son? –pregunta por puro reflejo el siquiatra; a la vez que en su mente se fraguan varias incógnitas y posibilidades que él mismo duda si se atreverá a exponer.

-Nosotros componemos música por el gusto de crear; ¡y no somos coleccionistas de discos! –en son de mofa- Como ya te imaginarás, las letras son mías. Digamos que el dinero no nos interesa, aun cuando te parezca estúpido.

-No me lo parece –afirma el siquiatra, consecuente.

-No te creo… en fin. Tenemos una propuesta que va más allá, por ponerte un ejemplo, de la disfrazada monotonía de cuerdas en U2.

-Ajá –el siquiatra no sabe gran cosa de rock; responde mientras comienza a fraguar el plan.

-Pero no es decir mucho –sigue el loco-, las masas carecen de memoria musical. El rock es vasto en originalidad y calidad de primer nivel, incluso comparando a sus creadores e intérpretes con un Brahms o un Stravinski. ¡Cómo olvidar a Rick Wakeman en esos solos de órgano con su banda que lindaba el rock sinfónico a principios de los setentas! ¡Pero el mediocre comercialismo ha provocado que la grandiosidad del rock se adormezca en las mentes débiles!... Nueve de cada diez personas son actualmente mentes débiles; aunque ejerzan cualquier profesión.

El siquiatra reacciona, prestando atención solamente a la última frase de la ponencia que oyó, mas no logró escuchar.

-Ajá… eh… dime una cosa…

-Tenemos montada una adaptación en español a cierta poesía de Baudelaire, a ritmo de blues ligero. Digamos al estilo de John Mayal en su segunda época, con algunos pasajes de flauta transversal.

-¿Qué poesía es? –se concentra de nuevo el siquiatra en la conversación, al reconocer que difícilmente llevará a cabo el cometido oculto detrás de su anuncio en el periódico.

-El título no lo recuerdo –responde el loco-; alguien dijo alguna vez que el título es lo que menos importa. Es aquella en la que se pregunta por qué los genios prefieren a las prostitutas en lugar de cualquier otra mujer.

-¿Tú por qué crees que las prefieran?

-Vamos, es sencillo. Al genio no le interesa el dinero; en cambio, el tiempo es muy valioso para ellos, no les alcanza para andar por ahí seduciendo mujeres.

-Ajá… y dime, ¿cuál es el nombre de tu grupo?

-La Mostaza. Ya tenemos ocho años. Somos un trío.

-¿Y quién los escucha? ¿cuál es su público?

-Nadie… Nadie entiende nada nunca.

-¡Bueno, bueno!... Respóndeme: ¿alguna vez has estado en la cárcel?

-¡Vaya! ¡Retomas el tema que en verdad te interesa! –afirma excitado el loco.

-Ahora parece que yo soy el paciente y tú el siquiatra.

-No te esfuerces, no muerdo tu anzuelo; aunque de buena gana te asignaría una receta.

-… … …

-Ni con tu silencio muerdo el polvo, siquiatra.

-Al menos responde mi pregunta.

-Nunca he estado en la cárcel. Soy un profesional; lo mismo con el cuchillo, con la jeringa, con mi requinto.

-¡Oh! Además eres el requintista de La Mostaza… Pero, según entiendo, un profesional es el que cobra por su trabajo, y tú no cobras por tocar la guitarra.

-Esa es la idea consumista del concepto. Un profesional simplemente es quien domina su arte; y bueno, el mismo concepto también incluye a quienes dominan sus aburridas profesiones.

-¿Quieres decir que… también dominas el arte del cuchillo y la jeringa? –pregunta el siquiatra, intrigado.

-Mira, ya tengo que regresar a la plancha.

-¿A qué plancha?

-Acaba de llegar una clienta; ¡perdón!, una paciente –jocoso-. Antes de marcarte le descubrí el rostro: creo que logrará inspirarme algunas líneas… No pasa de cincuenta años. Comprende que también tengo que estudiar su cuerpo para ver dónde será prudente pincharla; si dejo que pasen los minutos, mañana su venganza no pintará la pared de un teatro que ya he seleccionado en el centro; y con un poco de suerte, si me acepta un café al rato…

-¡Hannibal Cannibal! –grita el siquiatra.

-No seas vulgar. No me decepciones.

-¡Yo nunca te decepcionaré! ¡Dime! ¡en qué baños públicos puedo leer tu obra!

-Preferiría que escucharas a La Mostaza, mañana, en vivo, como único espectador. De esta manera podrás conocer mis poesías sin necesidad de pujar desesperado en un WC –afirma divertido el loco.

-¡Bien! ¡Dime dónde!

-No. No te atreverás a venir –responde el loco, pareciendo ocultar algo en sus palabras.

-¿Me estás provocando? ¿Acaso tienes planeado deformarme el rostro con tu guitarra?

-Mi guitarra vale más que tu cara abotagada. Te voy a tirar tus dientes flojos, uno por uno; no sin antes arrancarte la barba y el bigote; el día que llegues aquí, donde ahora estoy, ni antes ni después, tenlo por seguro.

-¿Y cuánto me vas a cobrar por el servicio? –pregunta el siquiatra, un tanto desconcertado.

-Será un genuino y transparente trabajo por amor al arte. ¡Al arte contemporáneo! –burlón- No te cobraré nada. Y si se me pasa la mano, confía en mí en que te dejaré tirado en un basurero, con tu cartera intacta.

-Sólo te pido un favor –añade el siquiatra, haciendo énfasis en la frase.

-Dime…

-Cuando termines conmigo, no se te vaya a ocurrir invitarme un café.

-¡Ja ja ja ja ja! No te preocupes siquiatra –con desprecio-, yo no te invitaría ni a tu velorio.

-¡Oye! –grita de nuevo el siquiatra- ¡Dime dónde leo tu poesía!

-Mejor explícame de una vez en qué consiste ese trabajo fácil.

-No creo que te interese. Siempre será más emocionante un trabajo como el tuyo.

-Me interesa más no volver a trabajar nunca.

-¿No dices que el dinero no es precisamente de tu predilección?

-En lo que respecta a mi poesía, no. Pero el olor a formol, ¡puuuaaafff! ¡ya no lo soporto!

-El trabajo fácil consiste en asesinarme –contundente, seguro de sí mismo; dejando caer en un descuido sus gafas al suelo.

-Dijiste que era un trabajo lícito –responde el loco-, ¡yo no puedo hacer eso!... Además, se supone que… al matarte, mi nombre se inmortalizará… ¿Quién demonios eres?

-Ahora eres tú el intrigado, ji ji ji.

-¡Eres patético!

-Soy un simple, común y corriente crítico de arte frustrado que suele jugar a los policías y ladrones; ni más ni menos que tú –declara el siquiatra.

-¡Voy a colgar!

-Cuelga, no hay ningún problema de mi parte, ji ji ji.

-… … … -bufando.

-… … … Ji ji ji.

-¡Eres un hijo de puta!... pero yo no podría matarte.

-¡Y tú un asesino defraudado, desengañado! –responde el siquiatra; cambiando de pie sobre el escritorio.

- Mmmmm. Empezamos a entendernos.

-¡Tú puedes hacerlo! ¡y lo sabes! –sentencia el siquiatra.

-… … …

-Te pido otro favor.

-Tú dirás –responde el loco.

-Que sea rápido y sin dolor.

-Está bien, tú ganas. Será rápido y sin dolor, te doy mi palabra de que así será. Es más, te prometo que rezaré por ti.

-¿Y cómo piensas hacerlo si nunca aprendiste?

-Bueno, espero que sea pronto –agrega el loco, evitando el último comentario del siquiatra.

-No lo sé. Tengo muchos expedientes pendientes.

-¿Expedientes de locos?

-No. Todos cuerdos, deseando ser locos.

-¡Mándalos al carajo! Seguramente son en su mayoría profesionistas exitosos.

-Esperaré con profunda emoción el día en que caiga al fin en tus manos.

-Mi cuchillo siempre estará afilado; te prometo usar hipodérmica nueva para evitarte futuros contagios, ¡ja ja ja ja ja!

-¿Qué escribirás con mi afán de venganza? ¿Dónde lo harás?

-Eso no puedo decírtelo. Mis deseos se renuevan a diario pero nunca un día antes. No hay mayor emoción que esto.

-No sé por qué, pero me da por pensar que estás muy cerca.

-Por muy cerca que esté, tu dinero te lo metes por donde más valga; y la fama por haberle rebanado el cuello a un chango que sabe pelar bananas se lo heredo a Baudelaire. Salúdamelo si lo ves algún día; aunque lo dudo. Pero si es así, platícale de su blues; estoy seguro de que le encantaría escucharlo.

-No te preocupes, lo haré.

-Recuerda, soy un profesional. No tendrás tiempo de gritar tu dolor. Y por cierto, tenías razón, el trabajo es lícito, tomando en cuenta la mediocre definición de “profesional” que se aplica hoy día a tanto pelele.

-Lo acepto; es más, me rindo.

-Y yo acepto que te mentí: colecciono mediocres –declara el loco.

-Pudiste haber sido mi único paciente; nunca tuve clientes.

-Tú sólo serás uno más… Supongo que tienes “las patas” subidas en el escritorio, como siempre.

-¿Te sigue molestando? –pregunta el siquiatra.

-Eres muy vulgar. Sobre todo cuando pisas chicles en la calle.

-¡Oye!

-Dime –responde el loco, impaciente.

-Recuerdo que decías que preferías pasar la tarde escuchando a los Beatles en lugar de perder tu tiempo en las calles, entre tanto enfermo.

-Recuerdas bien.

-Llevaré un disco en mi saco. Quiero que lo pongas cuando prepares la tinta.

-Te prometo que lo haré.

-Y no olvides rezar –suplica, divertido, el siquiatra.

-… Debo irme.

-Fue un gusto.

-Lo mismo digo.

-Por cierto –agrega el siquiatra-, también llevaré en el saco aquel encendedor de gasolina que perteneció a tu bisabuelo. Tenías razón, vale mucho dinero.

-¡Desgraciado! ¡tú lo tienes! –a través del auricular parece haberse caído al suelo el loco, rompiendo algún vaso de cristal.

-¡Lotería! –poniéndose en pie, explota en emoción el siquiatra; provocando que el viejo sillón rechine en el oído del loco- ¡Te lo mereces por haber quemado con él esos magníficos párrafos! ¡Y todo por haberte terminado mi vodka! ¡Ebrio estúpido! ¡A mí el ron no me gusta! ¡Y para que dejes de masturbarte la mente, la palabra clave en el blues de Baudelaire es “joder”, en la quinta línea del tercer párrafo!

-… … … -resoplando.

-¡No faltaré a mi cita! ¡Claro que no faltaré! ¡Veme buscando una prostituta! ¡Sólo te pido que ahora me digas dónde demonios escribiste esos últimos versos, imbécil!

-¡CLIC!
 
la-negra-chilena,24.02.2008
De los mejores cuentos que he leído, escrito en algún instante de la vida de bAlipuso/b, ahí les dejo:

EL CAJON


I
A L. le parecía una infamia; pero dadas las circunstancias era lo mejor que podían hacer.
La cabeza de Javier terminó lastimosamente ladeada en el fondo; el resto de su pesado cuerpo doblado en dolorosas partes asimétricas; su mano derecha aplastada debajo de las nalgas, con los dedos engarrotados, tan secos como sus ojos a punto de cerrarse, asomando entre la sábana en un lapso inconcluso, dándole cierto toque macabro a la escena hedionda. Un par de patadas contundentes en las entumidas plantas de los duros pies terminaron por acomodar completo el cuerpo, sellándose al fin la puerta del refrigerador con ese último sonido sordo, delator.
El nivel de congelamiento al máximo necesario; esperando por el bien de todos que las cosas salgan conforme a lo planeado en las próximas horas; incluyendo en la estrategia a la señora Paz, quien contra su voluntad accedió a prestarles el refrigerador a los muchachos, tomando en cuenta la situación extrema.
Era lo menos que Paz podía hacer por el desdichado Javier, tan acostumbrado a la buena vida; sin sospechar que el destino le tenía preparada esta última sorpresa.
Y no sólo para él. El Cuatanas y el Cuchuflate estuvieron a punto de salir corriendo cuando el cuerpo soltó tremendo chorro de orina en el hospital, formando en el suelo un enorme charco que ninguno de los dos se atrevió a limpiar. Lo único que deseaban era llegar lo más pronto posible para deshacerse de la pestilencia que cargaban en la parte trasera de la camioneta.

Pobre Javier. Ni su esposa, Felisa, quiso reconocer el cuerpo; se encontraba destrozada. Le pidió a L. realizar el trámite de rigor para sacarlo.
Así, el policía y L. llegaron, con paso lento, solitarios, hasta las planchas mortuorias. Sólo una de ellas se encontraba ocupada. Ambos se vieron en el extremo de cubrirse la boca ante el olor extraordinario; L. nunca imaginó que Javier ya apestara.
Ahí estaba, desparramado en la plancha metálica que el policía extrajo de la pared con un fuerte jalón de todo su brazo, como el panadero que saca sus racimos de bollos desde el fondo del horno; envuelto en viejas sábanas color azul cielo; semejaba una grotesca momia tamaño familiar preparada para el proceso eterno con pequeños parches de tela adhesiva salpicando los restos robustos con objeto de sujetar las sábanas. El aire dentro de la cámara era espeso, repulsivo, mezcla de la carne que había agotado su fecha de caducidad y ese siempre sorprendente olor a formol con el que los enfermeros habían empapado las telas, por enésima vez, media hora atrás.
El policía, desconfiado, pero dispuesto a la vez a deshacerse del estorboso espécimen, estaba a punto de descubrir el rostro del cadáver:
-Oiga, mejor no lo haga. Lo reconozco por sus hombros corpulentos; nadie en el mundo tiene esa figura; además es el único cuerpo en las planchas... ¿Por qué no terminamos con esto? ¿le parece? –depositando L., con sigilo, en la mano del polizonte, un billete arrugado y doblado de cincuenta pesos; sabedor de que, como solía decirle a Javier, para hacer creer una mentira se debe tener mucha confianza en uno mismo.
-Bueno, si usted lo dice –guardando simulado el billete en el pantalón de su uniforme-. A mí me da igual. Nomás fírmeme aquí y caso cerrado. ¿Cómo se llamaba el muertito?
-Javier Moreno.
-Moreno... mmm... –comprobó el policía en su lista, cotejándola con el permiso que portaba L. para llevarse el cuerpo-. Sí, aquí está. Fallecido el catorce de noviembre.
-¿Catorce? –finge sorprenderse L., alargando el cuello para comprobar la fecha en el listado del guardia; comprendiendo de paso que en estos tiempos un artista de la mentira debería convertirse en artículo de primera necesidad.
-¡Por qué cree usted que huele tan bonito el cabrón! ¡Por favor ya lléveselo! ¡Anoche no me dejó dormir de tanto respirarlo! ¡Con este calor y la maldita refrigeración descompuesta!


II
Paz renegaba hasta hartarse de que su cocina, siempre ordenada y limpia, se viera sitiada de pronto por tan selectas personas, los más allegados a Javier que deseaban despedirlo, estar junto a él en ese improvisado velorio en la casa de la señora; refunfuñando no sólo del Escuadrón de la Muerte, como era conocida la tercia de borrachitos en el barrio; también de toda la gama de aromáticas fragancias que despedían.
-¡Seguro que Javier huele mejor ahora que estos pillos! ¡A qué hora se lo llevan a enterrar! –le preguntó Paz a L., jalándolo hasta un extremo de la cocina, abanicándose el bochorno de la mañana con una mano.
-No tardan en llegar con el cajón, doña. Aguántese un rato más –intentaba calmarla L.; dándole un corto, casi flemático sorbo a su vaso de aguardiente-. Ya ve que en el fondo Javier no era mala persona; su vicio fue el que lo perdió.
-¡Lo hubieran dejado ‘onde lo encontraron! ¡Nos habríamos ahorrao’ todo esto! Javiercito ya estaría bien enterrao’ en la fosa común.
-No diga esas cosas, doña Paz. Mejor prepárenos algo de comer –intervino el Cuatanas, amigo de parrandas diarias de Javier en las últimas semanas-; todos traemos una resaca de miedo. Ayer estuvimos brindando hasta la madrugada por el eterno descanso de nuestro compañero.
-¡Y de ‘onde saco yo comida si ya se me pudrió! ¿Quieren que les prepare unos tacos de nariz o de oreja de Javiercito? –haciendo un movimiento con intención de abrir el enorme refrigerador- ¡Maldita la hora en que el pinche Javier no se ahorró unas juergas pa’ comprarse una nevera en su vida!
Todos voltearon hacia ella temerosos de que se atreviera a abrir el aparato; excepto Felisa, triste en un rincón, de cara a la pared, sentada en una de las dos sillas –en la otra estaba medio dormido el Cuchuflate, el otro íntimo de francachelas de Javier, el más aguantador de los tres bebiendo; a tal punto que Javier se emborrachó como nunca al final de su vida-; intentando encontrarle sentido a un calendario que colgaba del muro, junto a la estufa y los separadores cromados del refrigerador arrumbados en el suelo; y a su propia mirada perdida; sin importarle los demás reproches que lanzó Paz hacia ella y su difunto esposo.
Los demás, Paz, L. y el Cuatanas, permanecían de pie, nerviosos, yendo de aquí hacia allá para finalmente recargar su desesperación en cualquier parte; turnándose al asomarse de vez en cuando por la ventana abierta, desde donde se observa la entrada a la casa, al fondo del amplio patio, en espera del famoso cajón.
-¡Qué cajón ni qué su suerte! ¡Los que van a llegar son los de la policía! ¡Les digo que lo hubieran dejado ‘onde lo encontraron!


III
-Te tengo malas noticias, cariño –le dice Javier a su esposa con aire burlón en su voz. Ella permanece como estatua de sal, fastidiada frente al televisor-. ¿No quieres conocer las malas noticias, amor mío? –insiste; sin apartar su mirada embotada, vidriosa, del perfil aún juvenil, atractivo de ella.
-La única mala noticia es que sigues aquí –responde escueta, malhumorada.
-¿Y a dónde quieres que me vaya? ¿a dar la vuelta por ahí para que te cuelgues de tu cuernonet de los Picapiedra y te pongas a contarle chismes a tu madre? –señalando con mofa el viejo aparato telefónico, único recuerdo del abuelo paterno de Felisa.
-¡Me refiero a que “sigues aquí”! –volteando en un rápido vistazo a su triste rededor- ¿me entiendes? –encontrándose sus miradas hastiadas por unos segundos; suficientes para comprobar una vez más que ya no se soportan.
Felisa, experta vespertina en ejercitar su pulgar derecho al inaugurar la tercera ronda de canales con el control remoto del televisor, intenta ignorar la persistente contemplación de Javier en otro sábado cabalgante de rutinas exactas, memorizadas al límite de la adivinación.
-Te están comenzando a salir canas, vida... –Felisa siente vergüenza ante lo que acaba de escuchar; humillada, debido a que en su vida se había preocupado por lo que en este momento, de súbito, ha surgido en su natural vanidad femenina; pero lucha por no demostrarlo:
-¿Esas son las malas noticias? –responde, tratando de no evidenciar la tragedia al cambiar de pierna cruzada sobre el sofá que procura nunca tocar con las manos para evitar esa sensación empalagosa en sus dedos acostumbrados a todo, excepto a todo lo que tenga que ver con él.
-Amor de mis amores, te-están-saliendo-canas –haciendo mayor énfasis sarcástico en la frase canturreada que escupe casi riendo; para luego eructar estrepitoso el gas procesado de su cerveza; rascándose el prominente abdomen.
-¿Malas noticias para ti o para mí? –se defiende la chica de treinta y tres ciclos alrededor del sol y una eternidad de otoños invernales al lado de esos eructos de león- ¡Ay, estúpido! ¡Qué hiciste!
Felisa se arrincona en el sofá, molesta, viendo de frente la burla franca en el rostro de Javier, sin rasurarse la barba ni la mugre desde hace dos semanas; manteniendo entre sus dedos un corto cabello delgado, lacio, casi transparente, que acaba de arrancar de la cabeza de ella.
-¿Ahora me crees? –pregunta avalando Javier. Su torpe sonrisa refleja la angustia de un fracaso buscado a como diera lugar; enmarcado por el bigote descuidado, entrecano; al igual que la barba salpicada por escurridas gotas de alcohol chispeante- Pásame el encendedor –le ordena a Felisa con toda la calma de la creación.
-¡Si vas a empezar a fumar vete a la calle, con tus amigos de mala muerte! ¡Ojalá se murieran todos! ¡Ya tengo bastante con aguantar el sudor de tu espalda en la noche; eso si llegas! –Felisa sigue rascándose frenética la cabeza, exactamente arriba de la oreja izquierda, sintiendo la punzada de la cana arrancada; en donde otro par se camuflajean entre su lindo cabello castaño; intentando concentrarse en un infumable programa de recetas de cocina “para amas de casa empresariales”; descalza, con ambos pies escondidos ahora bajo sus bien torneadas piernas, enfundadas en un pantalón de mezclilla hasta los tobillos- ¡No tenemos qué tragar mañana y tú sigues tirando el dinero en alcohol barato y ese billar maldito! ¡Me tienes harta! –provoca por un instante la ingravidad de su cabellera al voltear violenta hacia su esposo.
-¿No me vas a pasar el encendedor? –el cual está al alcance de Felisa, sobre la mesa del comedor repleta de migas de pan seco y platos sucios- No me apetece fumar en este momento; simplemente quiero hacer un interesante experimento.
Felisa voltea de nuevo hacia Javier. Se decide a tomar el encendedor desechable, cochambroso, aventándolo sobre el pecho desnudo, sudoroso del tipo.
-¡Estás loco! –se levanta prepotente, escuchándose contundente el eco de cada paso de sus diminutos pies en todo el condominio; resignada a recoger de una buena vez los platos de las últimas comidas; pero antes de desfilar como todas las tardes de sábado hacia la cocina, vuelve a dirigir su mirada al sofá, donde Javier mantiene ese corto cabello blanco entre sus dedos, prendiéndole fuego sin mayor miramiento desde la punta, siguiendo la llama del encendedor la guía del filamento retorciéndose cada vez que la lumbre lo roza en sutiles chasquidos. A cada intento, Javier respira el humo liberado por el cabello, hasta que desaparece entre sus gruesas uñas sucias.
Felisa azota sobre la mesa la pila de platos, vasos, cucharas, tenedores y servilletas desechables impregnadas de todo aquello que los platos, vasos, cucharas y tenedores salpicaron en el mantel roído en menos de lo que un instante podría interpretarse como otra vuelta de tuerca.
-¡Qué haces, imbécil! ¡Lo dicho! ¡Estás loco de remate! ¡Además de borracho!
-No te ofendas, cariño –responde Javier, pausado, irónico, con los ojos por momentos apretados, aspirando complacido el final de la combustión del cabello en la atmósfera encerrada del departamento-. Quiero saber a qué olerías en caso de que murieras carbonizada...
El cheff en la televisión sazona unas costillas de carnero con un chorrito de cerveza importada que al instante chisporrotea en el aceite caliente.
“Debe usted tener cuidado de que la cerveza no la haya abierto un hijo de puta con panza de cerdo, pues correrá el riesgo de que las costillas le jodan el estómago y hasta la vida” –piensa divertida Felisa, olvidando por un rato su enojo, su ira entristecida, mientras lava los platos de la semana.

-Tú siempre yéndote a los extremos, mi querido Javier, ¡amor mío!... –acariciando seductora, intempestiva, el pecho del hombre, de espaldas a él, tumbado obeso en el sofá; cubriendo sus tetillas y hasta el cuello, la barba, el rostro abotagado, seboso, en rápidos movimientos circulares, de una interesante mezcla de detergente de cocina y grasa de pollo; además de una sui géneris combinación de fragancias, patrocinadas por la señora Paz, según le explicó a Felisa, para usarse en casos extremos- Ya no eres capaz de calentarme en la cama y te da por imaginarme carbonizada. ¡Pendejo! –dándole tremendo manazo en la nuca que termina de despertar a Javier y al ventilador de pedestal, ronroneando ahora su murmullo en el suelo; en el preciso instante en que el cheff toma con delicadeza el platillo terminado, ofreciéndoselo al televidente:
-Buen provecho –recita orgulloso, afectado, con su bigotillo en perfecto contraste al enorme gorro blanco a punto de caérsele de la cabeza.
-¡Ya lárgate para siempre! –retadora- ¡Aquí sólo creas problemas!

Javier ha dejado al fin de gritar en el baño. Abre violento la puerta con los ojos hinchados por efecto del detergente “¡Fab! ¡el mejor amigo de toda ama de casa!” –afirma en estos momentos en la TV una mujer inmaculada con sonrisa prefabricada, al colocar el último plato “brillante de limpio” sobre el secador.
-¡Estoy cansado! ¡Cansado! ¿me entiendes? ¡Cansado de todo! ¡de todos! ¡De los vecinos! ¡De mi trabajo! ¡De tu horrible sazón! ¡De tu madre! ¡De todo! –curándose los ojos con esa toalla de rombos multicolores impregnada de chorizo y el hígado de pollo desmoronado que se unta en el rostro sin advertirlo. Felisa aguanta la risa; su plan salió mejor de lo que esperaba- ¡Escúchame bien! –sigue Javier, parpadeando frenético- ¡Te uso, luego existo!




“Te amé. Después, mucho después, existí. Ahora estoy muerta”.
Estas palabras las meditó Felisa, vencida, posteriormente; con las sandalias terrosas al igual que su ánimo; recordando el sábado más triste de su vida. Ayudada a caminar por el Cuatanas y el Cuchuflate; sin dejar de sollozar, de reír y hasta carcajear a ratos; a pesar del viento helado de aquella fría madrugada de domingo. Aquel día, L. y Javier tuvieron su última charla:
-Para hacer creer una mentira, lo primero que debes lograr es tener mucha confianza en ti mismo –le explicaba L. a su amigo, en la casa del último; mientras Felisa hablaba y hablaba en su cuernonet.
-Eso me sobra –respondió Javier, intentando deglutir el eterno sazón exageradamente salado de su esposa.
-¡Por lo mismo te lo digo! En estos tiempos tan sofisticados, por culpa de tantas mentiras cotidianas, un artista como tú debería convertirse en artículo de primera necesidad.
-¡Ja! ¿yo un artista? –empinándose su tarro- ¡Yo soy el que se toma la cerveza y a ti te está haciendo efecto!
-¡Claro que lo eres! ¿Acaso alguna vez te ha atrapado la policía?
-¡Sssssh! ¡Te va a oír Felisa! –susurrando sus palabras; en tanto ella seguía conversando por teléfono; sin perder detalle de su marido al otro extremo de la sala- ¡No hables de eso! ¿Qué ya se te olvidó cuando me ficharon?
-Escúchame –insistió L. Tenía que convencerlo esa noche; mañana sería demasiado tarde-. Personas como tú, en lugar de convertirse en una especie de artículos de primera necesidad para la sociedad, siguen siendo usadas por ciertas minorías generalmente vacunadas contra quienes mienten a las masas.
-¿En verdad piensas que mi trabajo es artístico?
-Amigo mío, para caer en una mentira por segunda vez, hay que ser un asno. Para convertir un robo en arte, siempre sobran ofertas.


IV
-De esta no sale –le dijo el médico del Seguro Social a L. y a Felisa, como el fontanero que dicta a su asistente la lista de materiales que necesitará para reparar un retrete-. Lo mejor es que vayan tramitando el permiso para llevarse el cuerpo en las próximas horas. Es muy poco el espacio aquí y tenemos mucho trabajo –jugueteando con su gastado estetoscopio volteaba de reojo hacia la sala de espera del área de emergencias atiborrada de gente.
Felisa le pidió a L. que la dejara a solas con Javier. Deseaba despedirse de él sin complicidades; pero antes de que L. saliera del cuarto, ella le hizo una pregunta que lo confundió por completo:
-Dime la verdad, ¿ves alguna cana en mi cabello?
-¿Cómo dices?
-Es cosa de Javier y yo, no te preocupes. Secretos de matrimonio. Digamos un último ritual que sé que a él le hubiera gustado hacer conmigo –dibujando una coqueta sonrisa cómplice que termina por convencer a L.
-Si me pides que te diga la verdad –responde L., examinando detenidamente la cabellera de Felisa al caminar a su alrededor-, no veo “alguna”, veo varias –sin saber si sonreír o sentirse apenado por semejante revelación.
-¡Arráncamelas!
-¡Qué te pasa! ¡Javier ya no te puede ver ni oír! ¿No escuchaste al doctor? ¿Qué pretendes?
-¡No hagas preguntas y arráncame al menos tres! –le indicó la chica; sin perder de vista a Javier, tendido en esa corta cama que lo mantenía con los pies desnudos al aire y el respirador artificial sobre su rostro abotagado; enmarcado por lo que semejaba un grotesco nido de alambre formado por su cabello y la barba sebosa, descuidada; al igual que el médico al haber pronunciado su propia sentencia, la cual el desahuciado repetía en su mente como un eco interminable, desesperante: “¿... de esta no salgo?”
-¡Ya salte! –empujó Felisa fuera del cuarto a L., cerrando la puerta con el cuidado necesario para no soltar esas canas asidas nerviosas entre sus dedos.


V
Cuando al fin llegó el cajón de madera comenzaron en verdad los problemas. Despegar a Javier del refrigerador resultó lo mismo que intentar arrancar del hielo perpetuo del Polo Norte el cadáver intacto de un mamut con todo y colmillos –con todo y esos enormes pies trota calles, cantinas, burdeles y orgullos.
Sacarlo fue sólo el principio de la tragedia. El rostro, debido a los mil malabares, estrategias y hasta martillazos por parte del carpintero –creador del cajón- en las rodillas petrificadas de Javier, lucía desnudo hasta el cuello rígido como un tubo de desagüe. Esos ojos a punto de cerrarse parecían ver con zozobra su propia suerte en el piso sucio de colillas de cigarrillos, escupitajos y uno que otro charco reseco de aguardiente o tequila de reprochable reputación.
¿Cómo meter dentro de un rectángulo la figura de un feto cuarentón? Que, por si fuera poco, lucía congelada su cabellera al estilo punk. La mano derecha, liberada en el transcurso de las primeras horas de sus nalgas, simulando una grácil despedida con los dedos tiesos, pálidos; las uñas fantasmagóricas.
Cuando se animaron a abrir el refrigerador todos exclamaron sorprendidos, cubriéndose la nariz, la boca, estupefactos. Ahora tenían que resignarse a que Javier se descongelara al sol de la tarde, en el patio de Paz, aterrada de nuevo. La señora vació un kilo de sal sobre el cuerpo de Javier; terminando la ceremonia al colocar sobre su pecho un crucifijo de fierro que se encontró en el panteón, abandonado, hace un par de años, cuando todavía visitaba a su esposo.
Al punto del vómito, Paz también tiró las impregnadas sábanas azules hasta el fondo de su bote de basura -los parches de tela adhesiva se habían tornado amarillentos-, cubriéndolas con los restos de comida inservible que el Cuatanas y el Cuchuflate pensaban terminar de comerse al regresar de la bochornosa ceremonia.
Paz se da cuenta de que no es posible mantener esta situación; seguramente los vecinos ya olfatean a Javier…



VI
-Borracho maldito... no sabes el gusto que me da que ya no regresarás nunca a la casa –transformando Felisa su rostro dolorido por un gesto único de satisfacción. Embarra sus lágrimas de manera arrebatada sobre la sábana azul claro que cubre a Javier hasta el pecho desnudo, en la cama del hospital. Con el respirador artificial puesto semeja un globo inflado a medias, al cual poco a poco se le escapa el aire, la vida-. ¿No me vas a pasar el encendedor? –le pregunta Felisa con el rostro seco, sin emoción alguna en sus facciones. Acaricia tierna la frente de su esposo, arrugada prematura; hincada ante él-. ¡De buena gana te daré otro par de patadas momentos antes de que te aventemos al hoyo! ¡Cómo gozaré ese momento! –jalándolo ligeramente del sucio cabello con la mano derecha mientras la otra permanece oculta, atesorando los cabellos canos. El respirador se ha ladeado por el movimiento de la cabeza, dejando libre parcialmente el poro derecho de su nariz- ¿No me vas a pasar el encendedor, amor mío? –repite Felisa, dándole un sincero beso apagado en la mejilla, cerrando por un instante sus lindos ojos cafés; sin lograr entender si la sensación que logra es desprecio o amor- ¡Tú nunca me engañaste realmente! ¡porque nunca amaste a nadie! ¡ni siquiera a mí! ¡Conquistador barato! ¡Hasta a mi cama las llevaste! ¡Pero fuiste un cobarde! ¡Qué te hubiera costado atreverte a quererme aunque fuera un poquito!... ¡Yo tampoco te engañé! ¡y jamás lo haré!, porque, hasta donde tengo entendido, no ha sido posible nunca engañar a un muerto... ¿o sí? –otro beso, ahora en la parte inferior derecha de los labios que también asoman.
Javier intenta a toda costa “salir de esta”, pero no puede. Se concentra de alguna manera, pero algo le impide el cometido. Se anima a preguntarse si todo esto es un sueño; en el último momento no se atreve, le da más miedo imaginar que así sea. Ha sentido los besos, el aliento de Felisa, y la escucha, dolorido, como su razón de seguir siendo lo que fue.
Un beso más. Es tan real todo. ¿Por qué no despierta al fin?; para darse cuenta de que está como cada mañana tirado a mitad de un parque, cobijado por una chaqueta obsequiada en el desinterés de un ángel anónimo, o envuelto en lengüetazos de perros hambrientos; o en el baño de una cantina, en posición más cómica a la que guardaría días más tarde, dentro del refrigerador de Paz.
-¿No me vas a pasar el encendedor, hijo de puta? –Javier oye trémulo la risilla final de su esposa; entretanto respira esa fragancia que bien reconoce: las canas de ella en combustión- Me pregunto a qué olerías en caso de que murieras carbonizado...


VII
La fantasía siempre ha encontrado acomodo en la voz de Felisa. La realidad en su mirada que observa indiferente los restos arrancados de uno de tantos burdos carteles pegados en todo el barrio hace pocos meses; lo mismo en postes, paredes y hasta en el interior del mercado del barrio; solicitando información sobre Javier Moreno, “desaparecido el doce noviembre”. Cualquier pista para ayudar a encontrarlo debían dirigirla al cuernonet de Felisa; el cual ahora se encuentra como fantástico ejemplar en un bazar de antigüedades, en espera de algún coleccionista experto.
Los carteles, que no eran otra cosa que fotocopias, incluían la deplorable fotografía ampliada de Javier, tomada semanas antes de su deceso en los separos de la policía, y que circuló por la ciudad entera en la nota roja del diario, como principal sospechoso del robo en la cadena de mueblerías donde trabajó eventualmente tiempo atrás a su desaparición.
A final de cuentas no lograron comprobarle nada; salió libre al otro día, jocoso, orgulloso de su oficio que convertía en verdadero arte; al igual que el recio Miguel, el carpintero, quien sigue viviendo de su oficio a tan sólo tres calles de la casa de Felisa.
El sencillo cajón de pino, barnizado con esmero, lo hubiera envidiado el mismo Houdini en sus épocas de gloria suicida. Estaba equipado de un confortable colchón de hule espuma; forrado, a la vez, por un fino terciopelo carmesí que Felisa, de manera especial, le agradeció a Miguel como detalle a su dolor y muestra de sincero aprecio hacia su difunto esposo. –Lo que nadie sospechó jamás fueron las filas de clavos, afilados uno tras otro como colmillos de panteras hambrientas, colocados debajo del hule espuma, preparados para atravesar el cuerpo en cuanto este se encontrara dos metros bajo tierra, junto con el crucifijo de Paz. Para entonces la mujer de Miguel ya habría escarmentado la paliza de nalgadas y demás delicadezas proporcionadas por su celosa pareja.
Felisa sigue su camino, bolsa al hombro, tinte seductor en su largo cabello sujeto hacia atrás por una discreta diadema que le proporciona a la chica ese aire de libertad y juventud que no está dispuesta a perder jamás; a pesar de que su madre no se cansa de evidenciar lo que para ella representa un ridículo espantoso.
No le queda más remedio a la madre que contarle su secreto también a Paz, su única amiga en la vecindad. La señora Paz le ha regalado a la madre de Felisa una pócima de fragancias que seguro harán regresar a la sensatez a su hija; y es que hay días en que Felisa llega a la casa de mamá dispuesta a lavar con Fab hasta por debajo de las camas, sin causa aparente.
La madre no entiende nada; termina llorando su infortunio en la siempre ordenada y limpia cocina de Paz; quien le hace ver, para su consuelo, lo que parece fue la huida del Escuadrón de la Muerte a otras latitudes de la ciudad, ya que la policía les andaba pisando los talones. La camioneta de la firma mueblera, donde se encerraban a veces los tres borrachitos a beber, finalmente se la llevó una grúa para beneplácito de todos, con los faros fundidos y los neumáticos carbonizados.

Felisa nunca se había sentido tan cómoda como ahora, en un sofá delicado, confortable, exquisito. Siente su cuerpo completo poseído por esa única fragancia a limpio que proporciona el estrenar algo después de tanto tiempo postergando las ganas de convertirse en artículo de primera necesidad.
Para caer en una mentira, por segunda vez, se requiere ser un humano; para transformar un secreto en arte hay que tomar la primer propuesta que surja; un fakir suele vacunarse cada noche contra quienes siguen mintiendo a las masas.


bMe hubiese gustado mucho la opinión de Rulfo a este cuento./b en fin, se los dejo.
 
alipuso,24.02.2008
El final del cuento de Margarita sorprende; no por el despertar sino dónde lo hizo. No fue la pesadilla a mitad de la primavera en su casa, sino ya mudada de mundo. El detalle de las tres lunas es muy sutil, como cereza al pastel.

Acaso, como ya comentaron, un poco más de tensión a mitad del cuento, pero a mí me gustó.
 
justine,24.02.2008
No sé si en este foro, podemos hacer crítica constructiva y "libre", margarita_zamudio, pero como participante en el foro, daré mis opiniones, que son sólo eso, como lectora. He leído tu cuento, que se lee bien. Tiene párrafos muy buenos, pero hay ratos que se ve sin fuerza. El argumento del cuento es bueno, el grito de auxilio de la tierra y su muerte final. El parangón bíblico está bien en relación al apocalipsis, pero me parece repetitivo respecto a la idea de una Babilonia culpabilizada por los pecados de la carne. La idea de que un Dios extraterrestre obre como obró el Dios hebreo con Noé, quedá muy cogida por hilos. . El final es realmente precioso, la tranquilidad que llega momentáneamente cuando la protagonista despierta del sueño, el sueño de un apocalipsis terrorífico que momentos más tarde, pasa a formar parte de un recuerdo de la realidad. Enhorabuena.
 
justine,24.02.2008
Yo sugeriría para no cansarnos, que cada 2 semanas como poco suba algún texto cada uno de los participantes, y que para que no sea colgarlo y ya, obligarnos cada uno a dar la opinión de cada texto que se cuelga y en el orden de lectura. Estasemana me leeré el de alejandrocasals. Y cuidad con tanto papel o nos cargaremos el amazonas.
 
justine,24.02.2008
HABITACIÓN MIL CIENTO QUINCE






Cuando puse el dedo sobre la casilla número once del ascensor, mi corazón latió con más fuerza. Odiaba el hospital; el olor a muerte y desinfectantes. Odiaba los recuerdos que me afloraban a su antojo, los viajes cotidianos a este lugar cuatro años atrás; las noches de insomnio escrupuloso junto a mi esposa enferma; el viaje definitivo a la helada morgue: aquel no ser silencioso de ella, anunciada a rasgos grotescos sobre un papel, esperando el ataúd sobre la fría losa de mármol. Me abrió la puerta un hombre aburrido de custodiar a los muertos. Semejaba que el dolor de los otros se hubiera convertido ante sus ojos, en una parte más de aquel decorado gris. Él mismo era amímico, pálido; imperturbable como los demás muertos; siendo así, me animó su compañía en aquel momento de perentoria soledad. De nuevo, desde aquí, divisaba a través de los ventanales, la larga fila de coches negros, pacientes como carroñeros, esperando a sus muertos.

La mil ciento quince quedaba en el pasillo de la derecha. Sobre una puerta acristalada, un letrero avisaba que entraba en la “Unidad de Enfermedades Infecciosas”. Pude enumerar un sinfín de razones para quedarme o para marcharme; sin embargo, caminé sin titubeos hasta el control de la planta. Me presenté a la enfermera como un familiar. Hacía una semana que había recibido el mensaje de Rosa: desde un pasado que yo no me atrevía a recordar, su voz me rogaba que acudiera a visitarla al hospital. La perplejidad hizo que no la reconociera de inmediato. Aquélla Rosa, lejana, adolescente: el primer amor que no resistió el tamiz más austero del olvido... Llevado por un sentimiento, mezcla de curiosidad y lástima, me encontraba en la antecámara de aislamiento de su habitación. Me lavé las manos, me puse bata y mascarilla y atravesé el umbral. Me sentía ajeno y externamente aséptico, deseoso interiormente de que la asepsia hubiera alcanzado también a mi espíritu.





Rosa se encontraba recostada. Acababa de colgar el teléfono. Desde control le habían comunicado que tenía visita. “Un familiar suyo, Claudio Morillo, viene a visitarla” El aviso no arreglaba las cosas: el abandono físico al que le sometía su enfermedad, no podía ocultarse con unas abluciones; además hubiera tenido que levantarse y no estaba segura de poder hacerlo sin ayuda. Se conformó con incorporar el cabecero y recogió en la nuca su pelo ralo y descolorido. Estaba sorprendida. No pensó que él pudiera obedecer a aquel mensaje nervioso e inseguro, ni que le importara demasiado su vida, después de tantos años de haber vivido ajeno a su existencia (no así ella que tenía motivos importantes para seguir al tanto de la suya.) Había aceptado con cierta dignidad, tal vez resignación, la vida que le había tocado vivir. En el reducto de todas las ciudades las mujeres como ella se contaban por miles, singularidad que en sus inicios la ayudó a respetarse dentro de un mundo en el que la humillación y el ultraje eran el pan cotidiano. Conservó el recuerdo de Claudio atrincherado en su ser, un ingenio disimulado de amor a fuerza de nostalgias, que la restituía de su progresiva degradación. Por fin, después de tantos años, pudo contemplarle tras la puerta acristalada. Parecía asustado. Nada extraño por eso, pensó. No se había hecho viejo... Entonces la manilla descendió, pasó a la habitación, y tras cerrar la puerta como indicaba el letrero, se quedó callado recostado sobre ella. El aire se podía cortar. Su presencia la hizo pequeña cuando vio la confusión dibujada en el rostro de Claudio, se arrepintió. Claudio demudó la cara ante su estampa, le acometió la crudeza del recuerdo, la vileza de la enfermedad. Si antes no entendía las razones por las que ella le había reclamado, ahora el sinsentido superaba su entendimiento. ¿Qué podía ser aquello que instó a Rosa a llamarle, a exponerse derrotada, a arrebatarle un recuerdo hermoso, poniéndose a merced de la ignominia...? Si aquello tenía alguna respuesta, el comenzaba a temer...


-Hola Claudio... - Su voz titubea, ella sabe que él no se acercará.
-Te traje flores. Se las quedaron en recepción, no sabía que estaba prohibido...
-Gracias... - Rosa coge temblorosa el vaso de agua de la mesilla y lo acerca a su boca. Está violenta, pero sonríe ante la idea del ramo-.
-¿Son silvestres?
-No, son rosas... blancas.
-¿Y bien?...
-Eso tú... Me has llamado y aquí estoy. Yo no puedo explicarte porque he venido aquí...
-Estoy sola, Claudio. Enferma y sola... No quiero morir sin que nadie sepa de mí...

Claudio agacha la mirada. La respuesta de Rosa le ha erizado la piel. Después la contempla sin ambages, fijamente, no hay motivo para andarse con recato. Ve su rostro enjuto, su osamenta marcada, aquéllos ojos grandes perfilados por la tisis, pero ella al cabo, el rostro en su conjunto armoniza con el recuerdo que guarda en su memoria.

-Mujer... - Claudio arrastra las palabras, tratando de quitarle importancia al asunto- no seas derrotista...
-Ya llevo tiempo así... Es mi tercer ingreso. El maldito sida, ¿sabes?... A estas alturas ya lo habrás imaginado; las otras ocasiones escapé por los pelos. Mi cuerpo no responde a ningún tratamiento, ya lo han probado todo...
-Habrá otras cosas, Rosa... las investigaciones avanzan rápido.
-No en mi caso, creo... Ahora estoy en un ensayo, como una cobaya, ¿Sabes?... No quieren que me muera, los de fuera me han tomado cariño... Sé que no me funciona, lo noto, pero no quiero desilusionarlos. –Sonríe apenas.
-Dales tiempo...
-No hay tiempo... Cada día estoy más cansada, con más dolores... ya no puedo luchar más. No quiero luchar... Siquiera puedo incorporarme para ir al lavabo, ya no me valgo... ¡He tenido que recibirte con estas pintas! - Se señala a sí misma, mostrando su escote arrugado, los pechos que se insinúan caídos entre los cordones semilazados del camisón. Hace ademán de reír, pero es cinismo puro.
-¿Por qué me has llamado, Rosa? - La voz de Claudio se debate entre la compasión y la impaciencia.
-No quiero morir sola..., ya te lo dije..., alguien tenía que hacerse cargo de mí... y lo intenté contigo. ¿No te basta?
-¿Sola del todo...?
Claudio siente que algo calla, que algo encierran esos silencios. Después de tantos años de indiferencia, su llamada no la explica ni aún la terrible soledad. A la muerte al fin, siempre se llega solo.

-Del todo.

Sus palabras se clavan en el curso de su pensamiento. Él vuelve los ojos hacía ella, como si no hubiera esperado escuchar su voz. Si la palidez de su rostro no hubiera sido tan intensa, Claudio se hubiera percatado del imperceptible sonrojo.

-Yo no he tenido la misma suerte que tú. No soy una periodista famosa... ni estoy felizmente casada... ¿Tienes hijos?
-No, no tengo...

Claudio muerde la lengua. Ahuyenta la emoción que le produce el recuerdo de su esposa. Rosa no sabe que es viudo, no sabe en que clase de soledad está encerrado él. Por lo que parece, le ha perdido la pista en los últimos cuatro años, al igual que el resto de sus conocidos. Claudio toma aire y continúa:

-Alguien habrá, Rosa. Uno no pasa treinta y tantos años por la vida sin dejar huella...
-A menos que ese alguien sea una prostituta.
-¡Rosa! -Claudio se incomoda por el descaro de ella- ¡Vale ya! Me resisto a pensar que sólo exista yo, ni que ésa sea la única razón por la que me has llamado. No se despierta a un durmiente en medio de la noche para decirle que está durmiendo sobre las sábanas. ¿Has interrumpido mi vida, sin más, egoístamente, sin pensar siquiera que ni me acordaba de ti, porque vas a morir, porque estás sola? ¿En serio quieres decirme que creías que mi presencia te iba a reconfortar? Es obvio que yo vivía al margen de tu vida. Tu reclamo, traerme hasta aquí y a esta situación, ha de ser por algo... ¿Qué ocurre, dime? ¡La verdad es que no sé que hago yo aquí!

-Al menos has venido, eso ahora hace que cuentes. No me equivoqué contigo. No sé si hubieran venido otros... De todos modos tampoco les llamé. Ellos fueron clientes, tú no...
-Bien... ¿Y si no mueres, qué pinto yo ahora? No voy a quedarme a tu lado, si es lo que piensas...
-Te habré visto... -Se ríe, comprende el absurdo de la situación, la ira de Claudio raya en lo cómico, su análisis de la realidad no le deja otra opción que la ironía y tomar el camino de la tangente- ¡Yo que sé! Es improbable que no suceda.
- ¿Y eso es todo? ...

Claudio empieza a irritarse, esta conversación carece de sentido. Lleva una semana rumiando, sopesando las conveniencias e inconveniencias del asunto, pensando qué demonios habría llevado a ésta mujer, hasta entonces para él olvidada, a reclamar su presencia en una situación tan extraña como aquélla. No le había invitado a tomar una copa. Le había llamado a un hospital, a este maldito hospital para más señas, y por lo que parecía hasta ahora, la única razón parecía ser brindarle a él su propia muerte. Esto tenía tintes de locura.

-Claudio, -decide darle un giro a la conversación porque comprende que de otro modo no podrá retenerle- te olvidaste las calzas.
-¿Importa eso ahora...? -Claudio empieza a sentirse un esperpento.
-No, no demasiado... No a mí... Tus suelas no van a acelerar mi muerte. Acércate, ¡por favor! -Rosa le alisa un trozo de su colcha. Claudio titubea. No está preparado aún para su cercanía, no sabe si lo estará nunca. Rosa le coge la mano y a su contacto, comienza a llorar.

-No llores...
-No lo hago...
-Mientes. -sonríe -. La proximidad comienza a ablandarle.
-Tengo miedo... Le he dado muchas vueltas. Tienes que ser tú...
-¿Yo...? ¿Quién...?
-Bueno, no sé que pensará tu esposa... pero te las arreglarás. Siempre lo has hecho, no hay más que verte...
-¿Qué pensará mi esposa de qué? ¡Habla, por Dios, no te aguanto tanto misterio!
-Mira, estoy sola, no tengo que repetirlo. Sola y pobre. -Claudio intenta hablar, pero ella continúa haciéndole un gesto con la mano-. Quiero que cuides de mi entierro... que cuides de mis cosas, que me lleven al pueblo, a nuestro pueblo... al nicho de mis padres... Te lo pido por favor. –Rosa traga saliva.
-En esta dirección, dice acercándole un papel garabateado en lápiz, es dónde vivo. Hay un gato, hazte cargo de él, la vecina está vieja... te lo agradecerá... Hay más cosas... -parece que quiere añadir algo, pero calla de nuevo- Tal vez encuentres algo que merezca la pena... ¡cuídalas! Y por favor, tomes la decisión que tomes, ven al entierro...
-Rosa, vale ya. ¿Es que te ha dicho esta pandilla de “matasanos” que te vas a morir?
-No hace falta estudiar para saberlo...
Claudio está perplejo, se sorprende apretándole la mano con violencia, aunque su deseo es marchar. No quiere escuchar más. La situación le desborda.
-Rosa, me voy...
-¡Quédate! - Su voz ha sonado decidida-. Tráeme del baño la bolsa del aseo. -Claudio obedece sin ganas.
-Aquí están.- Saca una bolsita llena de pastillas- Hoy voy a terminar con esto... Eso es todo... Necesitaba a alguien para ultimar, y pensé en ti. Vives en esta ciudad, somos del mismo pueblo, una vez algo nos unió... Tal vez pienses que no tengo derecho, pero eras mi única opción.

La perplejidad de Claudio le ha clavado, parece un mimo encasquillado en la mitad de un gesto. Con toda impunidad, amparada en su ignorancia, le ha situado en la encrucijada de su remordimiento: vencido ante los ruegos de su esposa para que aplacara su dolor, le introdujo con una jeringuilla a través del gotero, la cantidad suficiente de aire para acabar con su vida. Y ahora Rosa, le venía con éstas; bueno, al menos en este caso, sólo participaría de testigo.

-¿De dónde lo has sacado? - le interroga elevando desmesuradamente las cejas. Trata de aparentar normalidad-
-Mis pastillas para dormir, hace tres meses que las guardo. Han sido noches inquietas, inconciliables, pero ha valido la pena. Esta noche dormiré tranquila y largamente.
-Rosa... –Claudio se siente fuera de lugar. No sabe que espera de él. Se siente irritado contra el papel que ella impunemente le ha obligado a representar. También siente lástima y se remuerde de no poder rescatar de su recuerdo ni un poquito de amor, que templara la atmósfera fría de esa despedida. Vuelve a nombrarla, y cuando ya está traspasando el umbral de la puerta, se dirige a ella:

-¿Y si yo no hubiera venido?... -Acto seguido, se arrepiente de su crueldad.





Todo esto ha sido demasiado para él. Sigue sin acertar las razones que le han puesto en el punto de mira de Rosa. Maldice a la vida misma, tan arbitraria en sus designios. Después de unas largas tribulaciones, coge un taxi y pide que le lleven a la dirección escrita en el papel. Cuando el taxista sube la bandera, se halla inmerso en una ciudad de inmundicia, en ese cuarto mundo tan tabicado y ajeno. Le hace un gesto al conductor y le manda arrancar de nuevo. Le da la dirección de su casa. Tiempo habrá para lo demás, para el gato y para lo que venga, si es que hay tiempo para más.



A las seis de la madrugada, suena el teléfono. Le comunican desde el hospital que la paciente de la mil ciento quince ha muerto. Le agradecerían que pasara para hacerse cargo del cadáver y demás formalidades. Él cuenta como familiar más cercano además de su hijo. Claudio empieza a temblar, dice que sí, que se hará cargo, que en un par de horas estará en el hospital. Siente una emoción confusa, turbación,... Así encajaría... así tendría sentido. Todo. Se precipita a la calle. En un taxi se llega de nuevo a la dirección del papel. Llama a la puerta: ante él aparece un muchacho joven, unos veinte años, difícil negar que su rostro repite sus mismos rasgos, difícil no verse a él mismo cuando tenía su edad. Entonces, ante la extrañeza de aquel, le dice con contundencia

- Vamos al hospital. Tu madre ha muerto.



Desde el momento en que se abrió la puerta mis ojos no se apartaron del muchacho. Su rostro no denotó sorpresa, sino dolor. Mi mente era un torbellino, ninguna de las preguntas que se agolpaban en mi mente permanecían más de un segundo en mi cabeza. Imposible hacer una reflexión. No sabía su nombre, tampoco pregunté. Se metió al interior, dejando la puerta entreabierta y presto volvió a encontrarse de nuevo conmigo: unos vaqueros raídos y una chupa de cuero fueron su rápida indumentaria; en silencio descendimos las escaleras hasta llegar al taxi. No sabía que hacer: dudaba si el conocía mi existencia, el tampoco hablaba, se dejaba llevar, todo su esfuerzo lo dedicaba en contener las lágrimas ante aquel extraño (¿O no...?) y a evitar que nuestras caras se encontraran. No sabía cómo salir de ese tupido silencio, e irreflexivamente, decidido a romper aquel bloque de hielo que amenazaba con aplastarnos, pregunté por el gato.

-¿Qué gato?

Y por primera vez, con una sonrisa cómplice, se encontraron nuestras miradas...








 
mandrugo,24.02.2008
Pienso que disminuiría el kilometraje del foro, indicando sólo en enlace al cuento largo.
En caso contrario si uno de estos autores maratónicos deja aquí un texto de unas 30.000 palabras. El espacio sufriría por falta de oxígeno, me parece.
 
margarita-zamudio,25.02.2008
He leído el cuento del barrilete y me parece muy bueno. Sólo le encontré un pequeño fallo: poner las cantidades con números. Excepto las fechas y las grandes cantidades, queda mucho mejor con letras. Por ejemplo. "tenían cinco o seis años". Todo lo demás, perfecto.

Me parece muy bien lo que dijo mandrugo.
 
margarita-zamudio,25.02.2008
He arreglado el primer párrafo de mi cuento. A ver qué os parece ahora:


"Camino por las calles de mi ciudad natal. Han pasado muchos años desde que la vi por última vez.Ahora, cuando recuerdo aquel tiempo, el corazón se me encoge. Hay suciedad y basura por todas partes, y el cielo, antes azul, se encuentra nublado, a pesar de que el sol aprieta con fuerza. El aroma a mar abierto que antes impregnaba los rincones, las placitas y las callejuelas, ha sido sustituido por una mezcla nauseabunda de gas, monóxido de carbono y desperdicios que exhalan sus cientos de chimeneas."
 
margarita-zamudio,25.02.2008
Gracias a los que comentaron mi cuento. Ya iré leyendo los demás.
Me pareció muy buena la idea de colgar un cuento por semana.
 
clepsidra,25.02.2008
Me parece bueno el cambio, ha quedado precioso.
 
alipuso,25.02.2008
Definitivamente así debe ser, un cuento largo por semana en el foro, o acaso dos o tres cuando mucho. Como dice Justine, comprometerse a opinar sobre él.

Parece que no serán muchos cuenteros los que suban propuestas. Se puede tomar como base a los que hasta este momento formamos el foro y en adelante dar un orden para publicaciones.

Si se opta por dejar el enlace puede llenarse el foro de invitaciones.
 
justine,25.02.2008
Una prosa cuidada, margarita _zamudio, enhorabuena y sigue así, de corregir textos se crean los buenos escritores.
De acuerdo con mandrugo en colgar el enlace, probaré a hacerlo con el mismo que colgué, a ver si sé.
Saludos a todos.
 
justine,25.02.2008
Habitación mil ciento quinceprint/
 
justine,25.02.2008
parece ser que sí, ahora lo bueno sería borar el largo. ¿Lo podemos solicitar al moderador?
 
la-negra-chilena,25.02.2008
Comprométome a leer el cuento semanal, considero una muy buena idea, para los lectores rico porque sabes que cada lunes te espera un nuevo escrito y para el escritor porque podrá recibir comentarios, como ya hay varios comentarios al cuento de margarita-zamudio, comienzo por imprimir ese, me esperan tantito y comento...

...Saludos y rico foro.

 
la-negra-chilena,26.02.2008
Margarita:
"LAS ARCAS DE NOÉ" leídas en vagón del metro de Santigo (dato que me importa a mí no más, jajaj)

iMe gusta el vuelco que toma la historia, pues en un comienzo te vi mirando desde lo alto, con ojos nublados tu ciudad natal, y luego sin saber en qué segundo me metí en el sueño, sin mencionar jamás que es un sueño, el lector ya está dentro de él.

El despetar me encantó, otro traslado de escenario, siendo el mejor éste, la serena noche del mes esperanza./i

Imágenes que me gustaron:
Aunque desolador, el cambio de gaviotas por mosquitos está buenísimo.

Las manos infantiles, arquitectas de sueños, construyeron castillos desafiando a la realidad.

Por último el mensaje de fondo, que hace remecer y pensar en los castillos que quizás nuestros hijos no podrán hacer, por lo menos no en arena...

Disfruté tu historia.




 
clepsidra,26.02.2008
Alejandrocasals: El Barrilete de Manucho es un cuento a mi parecer tierno, que despierta los afectos.
Quedaria algo minimo que corregir.

Yo lo terminaria de manera que no hiciera falta toda la explicacion de la situacion Argentina (desde Raul Alfonsin). Porque veo que pasas de lo literario a hechos sociales y politicos de un modo tajante.
 
alejandrocasals,26.02.2008
Gracias Marcela por tu observación. Veo que has notado lo que he querido manifestar en forma tajante y eso me alegra. Los hechos y los personajes son reales, algunos ya no viven. Elegí como escenario un pacífico pueblo de la Provincia de Buenos Aires, que conozco muy bien y me es muy querido. Eres Argentina y sabes las atrocidades que debimos soportar en esa época donde ser joven era un delito. No es un mensaje politíco, en absoluto, no pertenezco a ninguna de las fracciones que nombro. Es mi intención de alguna manera interesar con su lectura a informarse sobre los acontecimientos y profundizar sobre el tema. También de alguna manera que todos los lectores no Argentinos sepan cual es el pensamiento de nuestro pueblo que quiere vivir en paz, no trasmitir el odio a sus hijo y nietos, ya hemos sufrido y llorado demasiado. Gracias una vez por notarlo
 
clepsidra,26.02.2008
Muy bien Sr. Casals: no hay nada como la intencion del autor. Te felicito por el intercambio de opiniones.

Aprovecho para salvar el desliz:' situacion argentina'.
 
kuroq,26.02.2008
gracias ale, gracias por la simpatía. Es un buen foro, que sirva para redireccionar más que para leer... una brazo
 
alipuso,27.02.2008
Habitación mil ciento quince.

Una historia que en la parte final tuve que releer porque en sí ahí se encuentra la clave de todo, se reinventa el cuento completo con un toque "hitchcockesco" que me gustó a pesar de su enredo (me refiero al enredo en la trama, bien hecho, no a defectos del escritor).

Acaso el encuentro entre ambos personajes fue después de veinte años o quizás ella se equivocó de cliente aquella noche -por el gato fantasma-.

En resumen me gustó. Quizás quedaría mejor con un toque sicológico más acentuado en el perfil de ambos personajes principales, que ayude a elevar la tensión de los diálogos, tomando en cuenta la situación extrema en que se desarrolla.
 
margarita-zamudio,27.02.2008
gos:
Gracias por vuestros comentarios. He colgado el relato en "Mis cuentos" después de haber corregido algunas repeticiones y "frases hechas".
Lo curioso es que, cuando escribí ese cuento, no sabía que ran tópicos, sino !que yo las había inventado! Ilusa de mí.
 
margarita-zamudio,27.02.2008
kuroq:
Tu relato, mejor dicho, novela corta, puesto que no lo has terminado, me pareció un texto entre la novela picaresca y una película de acción.
Muy ameno. Me gustó.
 
josef,27.02.2008
Hola. Yo tengo cuentos kilométricos? No lo sé. Pero en todo caso largos. Vuestra idea me gusta. Tal vez así nos leamos unos a otros todos aquellos a quienes nos gusta escribir de una forma distendida, no larga, sino profundizar en ciertos temas, de verdad. ¿Los cortos? Están bien para leerlos tomando un café. Los largos son para la noche. Un saludo!
 
josef,27.02.2008
AHÍ VA UNO LARGO:

AMALIA, ADELA Y YO.

Consejo
Si el tamaño de la página no es de tu agrado puedes cambiarlo pulsando la tecla Ctrl y moviendo la rueda del raton arriba y abajo. leerás más cómodo este relato. Un saludo.

-I-

Era marzo, soplaba un viento glacial y el arroyo discurría con intensidad arrastrando las aguas de las fuertes nevadas del invierno.

Lo enterré en la ribera izquierda, bajo las ramas de un sauce. Empleé toda la mañana en hacerlo, sudé como una esclava y al final cayó boca abajo en la fosa. Por fortuna era un día entre semana pero no había cuidado, en aquel rincón apartado de la montaña no había nadie y mi obra, bien acabada, sería difícil si no imposible de descubrir.

Mi nombre es Patricia Felguer y no nací para ser asesina, tan sólo el destino – ¿o acaso la sociedad? – logró hacer que cambiara de rutina.
Cuando conocí a Ramón, el hombre al que enterré aquel amanecer, sólo era una mujer o me consideraba una de tantas en la ciudad y en el mundo.
Divorciada tras un matrimonio fallido vivía con mi única hija, Adela, de cinco años, a quien quería más que a nadie. Tenía un trabajo de funcionaria en un olvidado departamento de sanidad y llevaba una vida retirada. Cero en relaciones con los compañeros del trabajo, resultado, cero en cuanto a amistades. ¿Antes? Hubo otros y otras, pero tras casarse la mayoría desaparecieron absorbidos por la rigurosa espiral del régimen familiar.
En cuanto a mí, como digna funcionaria, seguí cumpliendo con exactitud el rigor que sugieren las pautas de la sociedad, y pese al transcurso de los años, de forma obstinada continué manteniendo la forma. Mi cabello conservaba su tono castaño rojizo, mis caderas eran firmes y mis nalgas, sin resultar exageradas, todavía eran compactas. En resumen, cuando caminaba continuaba recibiendo piropos de esos seres mezquinos que nos acompañan en la tierra y reciben el designio de hombres.

Aprendí a odiar a los hombres – ahora lo sé – gracias a la ejemplar ayuda de Carlos. Me casé con él con objeto de que mis padres vieran cumplida esa ingenua o humana aspiración que en el fondo desea cualquier progenitor: verme casada antes de morir. Sí, diligentemente – no sé debido a qué, pero creo que por entonces abrigaba un absurdo sentimiento de culpabilidad por como evolucioné – consideré un deber compensarlos, pese a que a quien amaba era a Amalia. Lo de Amalia fue un revés que no olvidaré. Yo era sólo una cría y si hubiera aprendido a valorar la forma con que los lazos del amor una vez te abrazan te oprimen hasta emborracharte en su locura, quizá... No tuve valor.

Se suicidó dos meses después de mi compromiso con Carlos. Dicen que fue un accidente. Lo cierto es que lo hizo de forma estudiada y perfecta, y sólo yo, quien la conocía o creí conocerla a conciencia, sé que no fue lo que pareció.
Ocurrió en una expedición a los alpes. Iba con una cordada de alpinistas, siempre le encantaron esas cosas. Se perdió en circunstancias extrañas. Días después la encontraron sin vida. Llevaba un cuaderno de notas consigo en el que tan sólo había escritas unas breves palabras:


Conservo un beso de carmín que sus labios dejaron
impreso en el espejo del lavabo.
Una foto amarilla, un corazón oxidado.
Y esta sed del que añora la fuente del pecado.


Evidentemente nadie se explicó el significado de aquellos párrafos y cuando supieron a quien pertenecían, tampoco les sonó extraño; era sólo una canción. En cambio yo lo reconocí de inmediato. Era un fragmento de su melodía preferida de Sabina: “Amores Eternos.” Y su forma personal de despedirse.

Carlos en el fondo pensaba que las mujeres solo servimos para fregar platos y planchar. No lo admitía – todos suelen hacerlo – pero en su interior era un machista. Suponiendo que yo, su boba y dócil mujer, no me iba a enterar me puso los cuernos de cien maneras diferentes. Trabajé con afán y contraté a un detective con quien puse las cosas de cara.
No puedo evitar recordar el semblante que puso el día en que le pasamos las fotos en las que jodía con sus amigas. Como es natural tras el juicio que gané de forma convincente, la responsabilidad del cuidado de Adela recayó sobre mí.

Con el dinero que me sobraba de la herencia y cierto descaro – una baja que pedí por falsos motivos familiares – emprendí el viaje que deseaba y necesitaba tomar con mi hija por Europa.
Praga, Bucarest, Moscú, Oslo, Londrés, Roma... Las grandes ciudades abrieron sus puertas y secretos a nuestro avance constante y risueño. Ambas disfrutábamos como enanas. Adela era una bella sirenita que, mediante su ilimitada curiosidad, me mantenía despierta y feliz. Deseaba aprender y yo quería que descubriera el mundo desde su infancia, no que permaneciera encerrada su juventud, tal como sucedió conmigo. Con ella me sentía cómoda y más a gusto que con cualquiera, porque en realidad no necesitaba a nadie más.
Llegamos a París: Versalles, La Bastilla, La torre Eiffel, el Museo D´Orsay... el Louvre.
Aquella mañana había mucha gente en el Louvre; en realidad se trata de uno de esos museos internacionales en los cuales la gente desfila a manadas. Tomando mis precauciones escribí la dirección del hotel en el cual nos alojábamos y el teléfono en el brazo de Adela.
La sala de la Mona Lisa estaba llena y era imposible ver el retrato. Seducida por la curiosidad me puse de puntillas y al hacerlo solté un instante su mano. Jamás debí hacerlo. Cuando me di la vuelta ya no estaba.
Desquiciada, comencé a bracear y a llamarla; en un instante me encontré rodeada de multitud. Llegaron los asistentes del museo. Tardaron un rato en encontrar a alguien que hablara español y cuando lo hicieron, de forma atropellada les expliqué el incidente. El intérprete me aclaró que la buscaban sin descanso, pero que el museo era inmenso, lo cual era obvio.
Al atardecer cerraron las puertas y Adela no apareció. Me trasladé a la comisaría y denuncié lo que, aunque me resultara alucinante, ya consideraba su rapto. No podía parar de llorar y los ojos me dolían. Pese a lo cual todos, y sobre todo el hombre que hablaba español quien no se separó de mí, me animaron a mantener la calma y me dijeron que estaría solucionado en cuestión de horas.

Dos días después nada estaba resuelto. Es más, no había un indicio convincente. Nadie parecía haber visto salir a Adela del museo. Resultaba tan... ¡increíble!
Transcurrió un día, una pesadilla más. Eran las tres de la madrugada y tampoco podía dormir cuando el teléfono sonó. Entonces y por vez primera oí con consternación la voz del hombre trastornado. Me amenazó con que si hablaba mi hija aparecería en el Sena, y cuando me percibió dominada, me dio una dirección en la cual debía de presentarme con diez mil francos en metálico; por supuesto, sin policía. Insistió en que de encontrar a un agente jamás volvería a verla. Oír aquello me dejó descompuesta y a su merced.

A partir de esa madrugada mi vida cambió por completo. Ramón no se conformó, exigió más. De repente me di cuenta, estaba enredada en una trampa de amenaza y extorsión, e intuí que más adelante, cuando se me acabaran los fondos o se cansara de mí, el suplicio final iba a estar reservado a ella.
Esa primera vez me sentí amordazada, como si me hubieran adormecido con formol. Mientras me hablaba lo escuché flotando en un limbo de mugrientas telarañas. Me permitió verla un instante. Estaba maniatada, en el maletero de un sedán negro.
Me indicó que esa misma madrugada tomara un tren rápido y abandonara París. Al amanecer me hallaba en un espacio distante a cientos de kilómetros. Un lugar del cual ni yo misma tenía idea o referencias, dispuesta a afrontar otra cita con una finalidad, mantener con vida a mi hija. Ella estaba en su poder y ahora yo, también lo estaba...


-II-
Pasaron los meses y conforme apuraba el dinero averigüé nuevas cosas. En primer lugar Ramón debía de haber trabajado siempre como vendedor; tal vez vendiera productos de determinadas entidades por diversos países. De modo que para mi mala fortuna no tenía lugar de residencia. Segundo, por su acento, seco y preciso, debía ser de Madrid. Por cierto, yo era de Casteldefells. Por lo general los habitantes de las grandes ciudades me inspiraban desconfianza. Los de la capital me resultaban prepotentes, y no porque fuera catalana, sino porque al hablar algunos daban la impresión de sentirse en propiedad de la denominación, español. Tercero, y esto fue una noticia que supuso por un lado alivio y por otro inseguridad: Ramón era sexualmente nulo. ¿Cómo pude descubrir algo tan íntimo? Sencillo. En una de las entregas trató de forzarme, y de haber sido un hombre normal, apenas le habría supuesto esfuerzo, ya que en mi situación no podía oponerme. En cambio, incapaz de lograr una simple erección se detuvo. Lo cual me alivió en cierto modo, aunque solo durara un instante. Cuarto, era violento y si me retrasaba en sus citas por cualquier razón – a menudo sucedía porque en aquellos países lejanos me perdía – me orientaba de un bofetón. Sobre este apartado no quiero hablar. Maltrató a Adela en mi presencia y lloré tanto que me quedé varias veces sin habla. Y quinto, pese a ser un hijoputa era listo, y me pescó siempre que intenté jugársela. Pero soy mujer perseverante y supe esperar mi oportunidad hasta que se presentó.
Mi baza, una casualidad impredecible y majestuosa, que en cierto modo siempre le deberé a mi queridísima Amalia y su gusto por las montañas...

Una vez más supe que nos llevaría a otra parte. Mi pesimismo era absoluto, pues en todo momento me hacía seguirlo a lugares desiertos, en los que tratar de tender una trampa resultaba una temeridad. Pero la vida es un pañuelo y cometió el error que nunca debió figurarse. ¿Cómo adivinar que yo había estado en aquel diminuto e inhóspito valle de Pirineos disfrutando de un delicioso mes en compañía de Amalia? Su error tal vez consistió en acercarse a la península, donde supuse tendría labores pendientes y en las que profundizar resulta inútil.
La cuestión es que por entonces estaba tan baja de ánimos que no me di cuenta de que conocía el lugar, hasta pasados tres días, cuando pidiendo una cantidad me citó en el precioso y perdido arroyo de montaña.

Cuando nos encontramos nos detuvimos frente a frente, contemplándonos una vez más. Había aprendido a odiarlo con toda mi alma y él lo sabía, pero no se acobardaba, al contrario, parecía degustar con placer el control que ejercía sobre mí.
Hasta ese momento estuve ajena, concentrada en mi hija, con mis pensamientos y recursos enfrascados en reproducir su imagen en mi mente. Su perfil; el que me negaba desde hacía tres meses. ¡Dios! Ni siquiera sabía si ella continuaba con vida.
Le supliqué que me dejara verla. Articulando una sonrisa sarcástica y haciéndose de rogar, finalmente, se fingió benevolente.
De pronto se obró el milagro. Las formas cobraron apariencia, y a mi alrededor el paisaje con su horizonte violáceo, volvió a ser un caluroso lugar de verano, como cuando Amalia y yo estuvimos allí, besándonos, bajo la cascada que se hallaba a sus espaldas, esculpida ahora en delicado cristal azulado. De repente aquel era un espacio conocido y por primera vez en un tortuoso año algo daba forma y sentido a mi vida.
Azorada, retiré los ojos de Ramón y los volví contra el suelo. En ese momento escuché su ronquido de gozo. Juzgar mi acto de involuntario temor como un síntoma más de mi derrota y sometimiento había sido de su agrado. Masculló.
- Bien...
Y me preguntó.
- Lo has traído.
Era una pregunta innecesaria, lo llevaba conmigo, pero era el procedimiento de rutina que necesitaba la respuesta habitual; la bocanada de aire y vida para mi hija: El dinero.
Desde hacía un año estaba acostumbrada a moverme transportando encima como mínimo medio millón de euros en metálico, arriesgándome en cualquier lugar y momento a ser atracada o a perderlo. Me daba igual el dinero, por mí que se lo quedará, pero que me la devolviera con vida. De hecho se lo propuse una vez ¿o fueron cientos? Aguardando siempre la llamada. Ya no vivía, me abandonaba, ojerosa y angustiada con el móvil siempre cargado y un temor supersticioso a perderlo. Me aterrorizaba la idea de no volver a escuchar nunca aquella llamada sin número de identidad y esa voz ruin, pero para mí, la única que tenía sentido. A veces me permitía hablar con ella. Y si comunicarme sin llorar me resultaba imposible, una vez había empezado, cesar era un suplicio. Seguía durante horas hasta que las lágrimas simplemente se acababan, y siempre estaba el dolor...
Le dije.
- Sí, aquí está...
Le entregué mi bolso en el cual había la exagerada cantidad de cuarenta mil euros. Lo malo, que después de aquello, apenas me quedaban diez mil en el banco. Era el final de un abismo sin fondo, y no sabía a quien recurrir como no fuera a la policía. Estaba sola y sin recursos. ¿La familia? En ellos no hallaría consuelo. Con quienes no me habían repudiado por lesbiana me había peleado por el asunto de Carlos. Y aparte, no eran precisamente, millonarios. Con seguridad todo su apoyo se reduciría en recomendarme que acudiese a la policía. Y eso era algo que me negaba a escuchar, porque estaba segura de que al más leve contratiempo, aquella rata no dudaría en ejecutar a mi Adela...

Hacía un frío insoportable y empecé a tiritar. Ramón cogió el bolso y tal como acostumbraba, comenzó a contar el dinero desde el primer hasta el último billete. Luego sonrió y musitó.
- Acompáñame.
Lo seguí con incertidumbre y deseo. Anhelaba encontrarme con ella. Me había acostumbrado a soñarla y luego a verla y a que Adela me viera igual que un animal encerrado en su jaula ve a quienes vienen a observarlo por extraño. Abrió el maletero, introdujo sus manos y cuando se dio la vuelta en una llevaba un revolver y en la otra una piqueta. Me detuve con sorpresa. Señaló.
- Fin del camino.
Incrédula lo miré y solo acerté a balbucear.
- ¿Cómo?
- ¡Vamos! Voceó. Y continuó.
- Para qué seguir fingiendo, si estás sin un céntimo...
Lo miré con espanto y exclamé.
- ¡Me quedan diez mil!
Soltó una carcajada y añadió.
Te quedaban, ya no. Cariño, cierta vez me dejaste el bolso, tal como acostumbras a hacer, y encontré un número escrito en un papelillo. Supuse que era de una tarjeta de crédito. Tomé nota te la robé y acerté: Funcionó. Sólo he tenido que echar un vistazo a tu saldo y comprobar que después de esta entrega dispones de diez mil, que por supuesto ya son míos. ¿A que todavía ni las echas en falta? Claro, ¡para qué! Si ya no la utilizas. Bien… Ahora te pido ochenta mil más. ¿Puedes pagar...?

Lo miré sin hablar. No había respuesta a esa pregunta, no había más respuestas. Resollando hice la pregunta que me interesaba.
- Dónde está...
- ¿Quién? Adelita... ¿Quieres verla?
- Sí...
- Hum... No es mala idea. Me gustará veros juntas otra vez.
- Sígueme.
Me condujo a través de una zona boscosa. Caminamos hasta llegar a un diminuto claro en la maleza, cerca del río. Y allí, atada y amordazada, semiinconsciente por el frío, sin apenas abrigo y echada sobre el suelo, estaba mi hija.
Proferí un grito y me arrojé gimiendo y besándola. Y en tanto mis lágrimas afloraban por mis mejillas, traté de prestarle el calor que le faltaba y que no había sido capaz de darle en el último año. Escuché el percutor del arma y un seco “levanta.” Cesé de llorar, permanecí en silencio y lo miré encolerizada. Con el revolver debía sentirse seguro y parecía disfrutar, quizá por única vez en su dolorosa vida de enfermo.
Sucedió de nuevo, a mi alrededor el paisaje cobró forma, y pude reconocerlo. Había estado antes en ese lugar, una vez, y ahora iba a morir allí mismo. Aunque quizá... ¿no? A sus espaldas, oculto por la frondosidad de las retamas recordé el pequeño y peligroso terraplén en el cual estuve apunto de caer aquel día, cuando alborotada por la satisfacción de mi primer contacto sexual con Amalia, acudí para satisfacer mis necesidades fisiológicas.
Chillando a rabiar, empleando todas mis fuerzas, me abalancé y lo empujé. Sorprendido, perdió pie, profirió un grito entrecortado y desapareció tras los arbustos. Se oyeron unos chasquidos, finalizaron en un golpe seco. Temblando procedí a desatar a Adela, cuando le quité la mordaza dio un gran suspiro. Estaba pálida y extenuada y apenas podía gemir. La tomé en mis brazos y corrí hasta mi coche. Me disponía a entrar cuando escuché la detonación y sentí silbar la bala cerca de mí. La introduje rápido, le supliqué que no se moviera y me volví. Apoyado en un árbol Ramón gesticulaba con el arma. Desesperada, me armé de una piedra y vociferando al límite de la histeria, se la lancé; no alcanzó ni a sus pies. De pronto dobló las rodillas y se desbarató sobre la escarcha del suelo. Incrédula y muerta de miedo, me acerqué con desconfianza hasta él. El arma permanecía a su lado, se la arrebaté de un manotazo. Había caído boca arriba, su rostro estaba ensangrentado, respiraba y sus ojos abiertos miraban al cielo. Sin embargo no hablaba o era incapaz de hacerlo. No sé nada de armas y además me dan miedo, fue algo instintivo. Solté la pistola y en su lugar cogí un canto y le trunqué el cráneo. Resultó algo desmesurado y brutal. Sentí una opresión en la boca del estómago, seguidamente arcadas. Estallé y vomité hasta que solo quedó una bilis blancuzca; tardé un buen rato en recuperarme. ¿Y Adela? Más muerta que viva ni se movía. Cuando me aseguré de que Ramón estaba inmóvil para siempre, volví junto a ella. Excitada entré, puse la calefacción, la abracé, besé y lloramos durante más de una hora. Después salimos. Un sol brillante y protector comenzó a calentarnos. El día parecía mejorar. Tuve entonces una certeza; Amalia jamás me dejó...

15 diciembre 2007. josef.

 
justine,27.02.2008
"El barrilete de Manucho"
Alejandrocasals, buen cuento sin duda. Eliges un narrador casi periodístico que relata de forma externa y objetiva el lugar, los personajes y los hechos (he de decirte que algún parrafo se me hizo algo largo, quizás por lo excesivamente descriptivo en un tramo que transcurre un poco como sin acción, eso sí, la descripción exquisita). Utilizas de forma muy ingeniosa un personaje, la nueva profesora de quinto, como un aproximador desde la frialdad periodística a la cercanía más íntima de la vida real de los niños y de las familias, adquiriendo así un calor que le faltaba al principio. El final, vuelve un poco al modo de cronica periodística, quizás sea demasiado explicito en la explicación de los hechos, que se sobreentienden y se conocen sin ese sobreselañamiento, que como dice clepsidra, te saca un poco de la ficción del cuento, de lo puramente literario. Por último, el final, sin perder ese relato en tercera persona tan periodístico es íntimamente emotivo. Tal vez, ya que el tamaño del cuento lo permite, dividiría la primera parte como un prólogo, el desarrollo de la fiesta como un capítulo, y el final como un epílogo. Son sugerencias, mira a ver si te pueden servir. Un buen cuento, enhorabuena.
 
justine,27.02.2008
Mi próxima lectura, "El gallo" de kuroq.
Que paséis un buen día.
 
chilicote,28.02.2008
LA BICICLETA CON ALAS

A la memoria de Claudio “Pocho” Lepratti, víctima de la represión policial


Su nombre se encuentra en las pancartas, en los afiches, en los volantes, en las canciones. Su nombre es recordado en diversos murales y en numerosos festivales, encuentros y manifestaciones.

LA BICICLETA CON ALAS

La bicicleta un día va a volar.
La bicicleta de todos.
Ya lo verán.
Le están saliendo las alas.
Son de verdad.
El niño quiere que vuele,
y volará.
El niño irá por el aire
a comprar el pan;
dará una vuelta al campanario
de paloma y de cal.
El niño y la paloma
sobre la ciudad.
El niño acompañando al ganso blanco
Eso se verá.

Le están saliendo las alas.
Ven a mirar.
Mira como el lirio de los campos.
No pienses mal.
Las alas tienen miedo de algo.
Salen y vuelven a entrar.
Miedo de nosotros,
quizás.

Tan pronto los hombres
ganen la paz,
la bicicleta de todos volará.
La que duerme en la puerta de los cines
volará.
La del cartero
volará.
La de la reina Guillermina,
volará.
La mía y -la tuya-
volará.
Por arriba del humo y los cables
me verás.
La bicicleta tendrá un solo nombre:
Libertad.

El ángel de las aguas
ya no se irá.
Calle ancha del cielo
para mirar.
Flores que nunca vimos
aquí, allá.
Habrá tiempo para mirar.
Cuánto tiempo perdido,
ay!

Tan pronto los hombres
dejen de guerrear,
la bicicleta del mundo
volará.

Todos los pueblos tendrán un velódromo
donde los niños correrán.
De alli alzarán el vuelo.
Darán una vuelta sobre el mar.
Si no lo hubiera
sobre el trigal;
irán donde lo hayan y volverán.
Ir y volver
será como cantar.
Porque la bicicleta tendrá alas de verdad.
La del cartero, la de la reina Guillermina.
Nadie se caerá.
Todo es cuestión que los hombres
ganen la paz.



José Pedroni
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Art. de pubvlicaciones periodísticas.


El Ángel de la Bicicleta

Un 19 de diciembre de 2001, la ciudad de Rosario se quedó sin el Ángel de la Bicicleta. Claudio “Pocho” Lepratti, de 35 años de edad, quien supo hacer del compromiso y la solidaridad una forma de vida, cayó asesinado por la policía, fusilado de un tiro que le reventó la tráquea, efectuado con un perdigón de plomo de una escopeta calibre 12,70, disparado por el policía Esteban Velásquez a siete metros de distancia.

Pocho, parado sobre el techo de la escuela donde preparaba la comida para los alumnos, intentó frenar la represión desmedida contra la gente. Gritó a un patrullero que se dirigía a la multitud disparando tiros al aire, y el vehículo policial dio la vuelta. Los oficiales se bajaron apuntando sus armas a Pocho, quien gritó:
-¡Bajen las armas! Acá sólo hay pibes comiendo.
El disparo lo arrojó hacia atrás y su cuerpo se desplomó sobre el techo de chapa.

En ese entonces, el Gobierno de Fernando de la Rúa y su fantasmal Alianza se desmoronaban como una marioneta desarticulada. La continuidad del modelo neoliberal menemista, la concentración de la riqueza, la ciega obediencia al FMI, la política de ajuste, el desmesurado aumento del desempleo y la vertiginosa multiplicación de la pobreza, provocaron una desesperante situación en todo el país. Los postergados de siempre, desocupados e indigentes, ganaron las calles y salieron a tomar de los supermercados los alimentos que la proclamada democracia cotidianamente les negaba.

El Gobierno, arrinconado, no asimiló la gravedad de los hechos. Dispuesto a proteger más sus mezquindades que a cubrir las necesidades de la gente, pretendió sostenerse en el poder a cualquier precio: no ordenó combatir el hambre sino a los hambrientos. Las fuerzas policiales salieron a cazar, no a los denunciados sino a los denunciantes. Los pobres no debían ser asistidos, sino replegados a fuerza de golpes y balas nuevamente hacia los barrios, detrás de los muros.

En esas jornadas, la ciudad de Rosario, con un alarmante índice de pobreza, se articuló a la situación nacional. Con más del 20% de desocupación, y más del 10% de la población en villas miseria, la gente se hizo oír.

Pocho Lepratti trabajaba como auxiliar de cocina en el comedor de la escuela número 756 "José M. Serrano" de Las Flores, un barrio duramente azotado por la desocupación y la pobreza, cuyos vecinos se encontraban sumamente movilizados el día 19 hasta que se desató la represión. Pocho se mantuvo expectante durante todo el día. Junto con sus compañeros, subía al techo de la escuela, desde donde se ve la avenida de Circunvalación, una las principales arterias de circulación de la ciudad. El conflicto se desarrollaba a más de 300 metros de la escuela, y cuando pasó el móvil 2270 del comando radioeléctrico, disparando hacia el aire, a reprimir la movilización, Lepratti los increpó a detenerse, porque las balas podían herir a alguno de los niños de la escuela. Fue entonces cuando el patrullero dio la vuelta y se detuvo frente a Pocho. El agente Velásquez, que salió de la parte posterior junto con el agente Pérez, hizo el resto.

La policía, que suele proclamarse una institución al servicio de la comunidad, en momentos de tensión muestra sin reparos su verdadera esencia de pandilla que responde a intereses criminales. Los policías actuaron con la impunidad que les otorgó el Estado para matar a los excluidos. Entre el 19 y 20 de diciembre, mientras oscuros personajes eran protegidos en lujosas mansiones, los luchadores sociales eran asesinados en las calles. La represión dejó un tendal de muertos en todo el país, una innumerable cantidad de heridos y miles de detenidos. El mensaje fue claro: el que no se resigna a morir de hambre, muere de bala o cárcel. En este marco, el asesinato de Pocho no fue casual. Él fue elegido por la fuerza pública, fue asesinado como un blanco estratégico.

Pocho estaba comprometido con la fe cristiana. En 1986, a los 20 años, ingresó como seminarista en el instituto salesiano "Ceferino Namuncurá" de la localidad de Funes, provincia de Santa Fe, donde se preparaba para ejercer como hermano coadjutor.

Él y sus compañeros seminaristas visitaban distintos barrios durante los fines de semana y hacían trabajos con los jóvenes y los más chicos. De esta manera, y durante cinco años, estuvo en contacto con la gente humilde, y le entusiasmaba la idea de dar mayor continuidad y profundizar esa tarea, pero la Iglesia intentaba convencerlo de que debía posponer ese objetivo para más adelante. Pocho no quería esperar, quería actuar de inmediato, y planteaba estar más tiempo en la villa, cerca de la gente, más comprometido con el barrio. Él pensaba que la fe y la acción no debían marchar separadamente, él quería creer haciendo, y fue ese modo de pensar lo que despertó una contradicción en su misión religiosa. La institución salesiana le negó la propuesta, argumentando que aún le faltaba preparación y que ya habría tiempo para dedicarse a esas actividades más intensamente. Pocho se encontraba en la última etapa del seminario y ya había tomado los votos de castidad y pobreza, pero cuando debió tomar los votos de obediencia decidió abandonar la institución y renunciar a la carrera religiosa. Decidió instalarse directamente en una villa de Rosario ubicada en el barrio Ludueña Norte, donde continuó con sus votos de pobreza y castidad.

En el barrio comenzó a trabajar en comedores populares y docencia solidaria junto con Edgardo Montaldo, un sacerdote emblemático del lugar, con más de 30 años realizando actividades junto a los vecinos. A partir de entonces Pocho abrió y coordinó talleres participativos de formación y aprendizaje, a favor de la educación popular y en contra de la exclusión social. Creó alrededor de diez grupos juveniles, a partir de los cuales abordó y difundió temáticas vinculadas al VIH, salud mental, trabajo infantil y derechos humanos. También impulsó la apertura de talleres de guitarra y organizó campamentos.
De este modo, muchos jóvenes que andaban desocupados y desorientados, alimentando el negocio de la droga y la delincuencia, se vieron contenidos en los talleres y las inquietudes de Pocho.

Junto a otros militantes, Lepratti fundó en 1993 la agrupación conocida como “La Vagancia”, que aglutinó una gran cantidad de jóvenes del barrio orientados a desarrollar diversas actividades. La Vagancia surgió en la Comunidad Sagrada Familia, como un espacio de organización juvenil dispuesto a reivindicar y defender los derechos de los mismos jóvenes. El grupo solía organizar actividades de cultura popular y música en los espacios públicos, y junto a sus integrantes Pocho se acercó al Centro de la Juventud de la Municipalidad, donde coordinó talleres y organizó cine debate, entre muchas otras actividades, con el objetivo de rescatar la propia historia y la dignidad de estos jóvenes.
Tiempo después “La Vagancia” impulsó, junto con otros grupos, el surgimiento de la revista Ángel de Lata, editada y distribuida por los mismos chicos en situación de riesgo.

Claudio Lepratti además trabajó en la Cocina Centralizada y militó activamente en su condición de empleado estatal. Mediante un acuerdo entre la Municipalidad de Rosario y la Vicaría del Sagrado Corazón del padre Montaldo, trabajó desde el Centro Crecer número 19. Allí repartía semillas a los vecinos del barrio, y el salario que percibía por realizar esta actividad lo destinaba completamente a las actividades del grupo "La Vagancia".
Pocho se entregó incondicionalmente a luchar contra la exclusión social y tenía la enorme capacidad de ver al otro como un hermano. En su vida cotidiana, supo acompañar con los hechos sus palabras y sus pensamientos. Quienes lo conocieron, aseguran que no imponía sus ideas como pensamiento único sino que se preocupaba por hacer circular la palabra y despertar el pensamiento crítico. Los jóvenes que estuvieron junto a él recibieron un valioso legado para enfrentar la adversidad con creatividad y propuestas, sin bajar nunca los brazos y continuar con los estudios a pesar de los obstáculos.

Pocho y su bicicleta eran compañeros inseparables. Cada día, atravesaba pedaleando la ciudad, cubriendo un recorrido de entre ocho y diez kilómetros. Con frío o calor, con lluvia o viento, llegaba a todas partes sobre su rodado. Ésta fue la causa por la que es recordado como un ángel con alas montado en su bicicleta.

Cuando recibió el disparo, Pocho cayó hacia atrás y comenzó a desangrarse desplomado sobre el techo de la escuela. Después de haberlo ejecutado, los policías se retiraron sin atender los gritos de auxilio de las demás personas que se encontraban con Claudio. La intención de los agentes era dejarlo morir desangrado ahí mismo.


Graciela Cappelano, testigo fundamental para el encarcelamiento de Velásquez, reconstruye el momento del disparo.



Pocho fue velado en el patio de la escuelita del padre Edgardo, con el marco de una impresionante muestra de dolor popular. Cientos de personas quisieron darle un último abrazo, antes de que su cuerpo fuera trasladado a Concepción del Uruguay, la tierra que lo viera nacer y en donde ahora descansa.
Luego de su muerte, la Biblioteca Popular Pocho Lepratti fue abierta en su homenaje. Ofrece distintos talleres y se propone recuperar mediante la educación popular, el trabajo que Pocho venía realizando en contra de la exclusión social y por una sociedad igualitaria y participativa. En el lugar se realizan talleres reflexión, arte, teatro, guitarra, murga y serigrafía. Los jóvenes aprenden oficios que les permiten conseguir empleo, y de allí salen las banderas, las remeras vinculadas a la identidad de este espacio, que también trabaja en coordinación con otros movimientos sociales.
Hoy a Pocho lo llaman Pochormiga. La unión de las dos palabras apareció después de su asesinato, a modo de memoria colectiva y como una reivindicación del trabajo. Él decía que el trabajo de una hormiga quizás pase desapercibido, pero que dos, tres o cuatro ya van haciendo un camino, y muchas miles juntas tienen más fuerza que un elefante. Además, Pocho alentaba a trabajar sin estar pendiente de los resultados, porque sostenía que era el esfuerzo sostenido lo que dejaría una simiente.

Hoy es un símbolo de lucha y solidaridad, dignidad y trabajo. :
Cientos de paredes rosarinas rezan leyendas de “Pocho vive", "Pocho: tu lucha seguirá", "Pocho vive en el corazón y en los rostros de los que exigen justicia", o "Pocho nos muestra el camino".
León Gieco le dedicó un tema, y una gran cantidad de comedores populares lo recuerda como un emblema.

Pocho también es representado por una de las tantas bicicletas pintadas en las paredes de Rosario, las cuales evocan a los luchadores que el Estado se llevó y que jamás volvieron.
En Argentina, mientras los bufones y padrinos se multiplican en los cargos públicos y siguen definiendo nuestro destino, los referentes sociales siguen siendo asesinados, siguen siendo desaparecidos.

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A modo de homenaje el reconocido cantautor argentino León Gieco lanzó en 2005 una canción llamada El ángel de la bicicleta (con música —una cumbia muy estilizada— del pianista Luis Gurevich) donde parafrasea la frase que gritaba Lepratti al ser ejecutado: “Bajen las armas, que aquí sólo hay chicos comiendo”.
Hoy existen más de 50 temas musicales dedicados a su trabajo de hormiga y cientos de escritos y expresiones artìsticas para honrar su memoria.
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El ángel de la bicicleta

Música: Luis Gurevich / Letra: León Gieco

Cambiamos ojos por cielo
Sus palabras tan dulces, tan claras
Cambiamos por truenos
Sacamos cuerpo, pusimos alas
Y ahora vemos una bicicleta alada, que viaja
Por las esquinas del barrio, por calles
Por las paredes de baño y cárceles
Bajen las armas!! Que aquí solo hay pibes comiendo.

Cambiamos fe por lágrimas
Con qué libro se educó esta bestia
Con saña y sin alma
Dejamos ir a un ángel
Y nos queda esta mierda
Que nos mata sin importarle de donde venimos
Que hacemos, qué pensamos
Si somos obreros, curas o médicos
Bajen las armas!! Que aquí solo hay pibes comiendo.

Cambiamos buenas por malas
Y al ángel de la bicicleta lo hicimos de lata
Felicidad por llanto
Ni la vida ni la muerte se rinden
Con cunas y cruces
Voy a cubrir tu lucha más que con flores
Voy a cuidar tu bondad más que con plegarias
Bajen las armas! Que aquí solo hay pibes comiendo.

Cambiamos ojos por cielo
Sus palabras tan dulces, tan claras
Cambiamos por truenos
Sacamos cuerpo, pusimos alas
Y ahora vemos una bicicleta alada, que viaja
Por las esquinas del barrio, por calles
Por las paredes de baño, y cárceles
Bajen las armas!! Que aquí solo hay pibes comiendo.

 
alipuso,01.03.2008
Amalia, Adela y yo.

Se me hace una historia muy bien planteada y desarrollada, juegas con el tiempo de manera interesante provocando una buena dosis de tensión, con su toque de humor sarcástico. Acaso abusas de la "y" en tus narraciones, pero fuera de este detalle me gustó mucho. Inicias con el final, lo declaras pero a la vez lo escondes hasta el fin del cuento. Me gustó mucho esta lectura.
 
margarita-zamudio,02.03.2008
Se me saltaron las lágrimas.
 
margarita-zamudio,06.03.2008
¿Dónde están esos cuentos largos? !No nos rajemos, cuenteros!
 
justine,06.03.2008
No sé margarita_zamudio,eso pienso yo, que se acabó el foro. Leí el galo de kuroc, pero de forma ojeadora, ya que es una parte de partes, de lo que parecen aventuras y desventuras del buen Tarrazo,que más parece una novela de aventura que un cuento . Está muy bienescrito sin embargo, pero no es del estilo que más me gusta. Acabo de leer "El final" el cuento que colgó madrobio, un cuento para deleitarse pero me temo que no es él el autor. Esta semana leeré el de josef, pero creo que no estamos muy animados, los comentarios y las sugerencias son escasas. En fin, ya veremos si triunfa el foro.
Gracias Alipuso por los comentarios a la "habitación mil ciento quince", veré lo que se puede hacer.
Saludos.
 
santacannabis,06.03.2008
No, justine, no "lo temas" o lo sospeches... Madrobyo lo dejó bien claro en la primera línea:




madrobyo,23.02.2008

El final
Samuel Beckett
 
kuroq,06.03.2008
ey chicos, no nos pongamos ansiosos. Yo dejo los comentarios o en el cuento de cada escritor o a lo sumo en el libro de visitas, es para no engrosar el foro de más.
 
alejandrocasals,06.03.2008
bAdvertencia a los lectores:/b
No estoy seguro de que lo que haya escrito sea: un cuento para adultos, un cuento para niños, una fábula o una prosa poética. No soy ni ornitólogo ni ecologista. Sólo soy un ávido lector que cuando un tema le interesa; se apasiona y profundiza hasta que cree conocerlo.
Yo era uno de esos chicos que vivía con la “gomera” colgada al cuello y los bolsillos llenos de piedras. Tengo aún hoy presentes las palabras de mi abuela Petrona -son criaturitas de Dios, ellos no le hacen daño a nadie -refiriéndose a los pajaritos del lugar donde nací.
Para escribirlo, me informé y lo elaboré durante semanas. Fue una gran satisfacción haberlo hecho, está en ustedes juzgarlo.
Agradezco la colaboración de mi amigo bAlipuso/b que le dio un toque a uno de los personajes del cuento; una vocecita Mexicana tan necesaria como simpática.

bEl joven hornero y la grácil golondrina/b
Estaba diciembre en su primera mitad cuando el joven Hornero se graduó de arquitecto. Abrevaba, recuperándose de un vuelo corto, en una límpida lagunita de agua de lluvia, absorto en sus pensamientos se repetía a sí mismo.
-¡Creo que el momento ha llegado; tengo que irme de casa! Soy adulto y dos largos meses han sido suficientes, no necesito más de la protección de mis padres. -reflexionaba con mucha coherencia y justificado orgullo -Es tiempo de elegir una compañera del pago, comenzar a construir nuestra casa y formar una familia.

Fue entonces cuando advirtió su imagen reflejada en el agua.
Se observó con atención. Y vio sus alas cortas y redondeadas de un color pardo oscuro y su larga cola rojiza como su cuello. Y una llamativa garganta blanca, que continuaba en un pecho pardo clarito, rematado con un atlético vientre grisblancuzco.
-Moviendo su cabecita, comenzó a pasearse bordeando el espejo de agua con nerviosos y veloces pasos. -Se vio elegante, tan hermoso como esas flores silvestres que crecen junto a la lagunita, vistiéndola de mil colores, ataviándola de primavera; se sabía con una educación superior, atractivo, tentador y merecedor de la consideración de una Hornerita célibe, instruida, laboriosa y por sobre todo, buena moza.

No había notado la presencia de una curiosa golondrina que lo miraba intrigada.
-cuando la advirtió, le pareció detectar una sonrisa burlona escapando de su pequeño piquito -Ignorándola, como no prestándole atención, continuó paseándose de a saltitos sobre el suelo barroso, con la cabeza erguida hacia atrás y el pecho hacia delante.
La golondrina decoló emitiendo un canto agradable, débil y gorjeante.
Con vuelos rápidos, rasantes, con constantes y repentinos cambios de rumbo, sobrevoló el atónito joven Hornero hasta casi marearlo. Luego, desfachatada y sin temor alguno, se posó frente a él. El Hornerito continuó batiendo las alas con la cabeza erguida y sacando pecho y ella lo imitaba risueña; ambos, con el cuello extendido, las alas colgando y las colas abiertas comenzaron a cantar a dúo.
-ante la sorpresa de la Golondrina el joven Hornero resultó ser un cantor notable, aunque no particularmente melodioso. -Y así, bastante entonados, continuaron cantando por un largo rato, hasta que se cansaron y se pusieron a charlar amigablemente.

-¿Y vos quien sos, como te llamás? -preguntó él, tentado de la risa y agitado después del canoro espectáculo.

-¡Me llamo Golondrina!, pero por ahí me conocen también como: avión pilmaiquen, weshulken, mbiyui o andorinha, según por donde andemos haciendo diablura y media en el verano. -dijo con un acento que al Hornerito le sonó un poco extraño.

-¿En el verano? ¿Entonces venís a veranear...y porqué sólo a veranear? -indagó curioso, realmente no llegaba a entender de que se trataba.

-¡Ah,... bueno!... Porque resulta que soy un ave migratoria, verano, sólo verano, no conozco ni quiero conocer el invierno, escapo de él, -respondió apresurada, tomando aliento para poder seguir hablando -nací en las regiones templadas del centro de México, donde me la paso de mil amores la mayor parte del año.
Inverno, es mejor decirlo así, en el hemisferio sur, aquí en la Pampa, en tus pagos, de los que tanto sentí hablar a mis pás. Este es mi primer viaje, mi primera travesura. Ellos siempre regresan acá, incluso al mismo nido que tienen desde el año pasado.
¡Sabes! las golondrinas somos incansables viajeras, como se dice, tenemos la maña de hacer dos viajes anuales, -con elocuente entusiasmo, viendo la atención que él prestaba a su relato, agregó -tenemos que volar y volar, más de diez mil kilómetros.
Uno para venir en nuestro otoño; procurando encontrar buen clima, rico viento y mucho alimento... a veces incluso modificando nuestro derrotero.
Y otro para volver cuando el verano austral ya está bien entrado, tratando siempre de darle la vuelta al frío que nos persigue implacable como nuestra sombra.
Nos venimos de retache a nuestro lugar de origen y de cría. -la conversación se estaba animando y ella muy de sorpresa, preguntó todo seguido como para no olvidarse. -Y tú ¿Como te llamas?¿Siempre has vivido en este lugar?¿Siempre has estado aquí?

-¡Vos llamáme Hornero! como nos llama la gente del lugar. Vivo y viviré toda mi vida en estos pagos. -responde con evidente orgullo, sabiendo el interés que había despertado en ella -Aunque también nos conocen como caseros o caseritos; depende de las zonas y los parajes donde vivan las familias de mis parientes lejanos.
Según se han contado mis ancestros de generación en generación, después del gran chaparrón, cuando bajó la inundación, Yahveh nos asignó estos lugares.
Aquí convivimos felices y nos entendemos con todas las demás criaturas de la creación que habitan en el pago. El primer hombre poderoso, -Su voz sonaba segura, clara, de uno que sabe lo que dice -descendiente de los que viajaban en el Arca, marchó hacia Oriente y construyó una torre altísima, que generó una gran confusión. Los hombres todavía pagan por ese error; no logran entenderse entre ellos.
-¿Pero decime una cosa? -preguntó insistente porque la duda lo estaba carcomiendo -¿Cuántos metros son diez mil kilómetros? Yo nunca volé más de un centenar.

-Sí, veo que no tienes ni idea de lo que es una gran distancia, pero no te preocupes, -le sonaban simpáticos esos “vos” y motivada por la curiosidad del Hornerito, trató de explicarle como mejor pudo. -para ustedes los horneros no es necesario saberlo, mientras que para nosotras las golondrinas es fundamental. No sobreviviríamos si nuestros mayores no nos educaran y entrenaran para recorrerlos.
-¿Sabes por que dicen “una sola golondrina no hace el verano”? -agregó con intención de informarlo para ampliar sus conocimientos -Esto es una verdad bien observada. Las golondrinas regresan a sus parajes invernales en La Pampa, a mediados de agosto o principios de septiembre, se van presentando de una en una. Hasta bien entrado el mes de octubre no llegan la mayoría de mis compas, y entonces sí, se puede decir que el verano ya viene pisándonos las colas. -observando lo atento que el Hornerito la escuchaba, continuó diciendo -Mi padre retachó del norte a fines de agosto, llegando con los primeros machos solos a éste, su lugar de siempre.
Después llegamos con mi má, que es su compañera desde el año pasado, mis carnales y yo en una gran bandada. Parte de esa gran bandada con la que volé siguió derecho, irán hasta la Tierra del Fuego y las Islas Malvinas. -muy conforme por el cauce que había tomado la conversación le pareció oportuno agregar -También nosotras como ustedes los horneros tenemos un compañero para toda la vida. Yo lo escogeré aquí y volaremos juntos para hacer nuestro nido de amor en el mismito lugar donde nacimos y donde nacerán nuestros retoñitos. El nido de mis pás, está aquí cerquita, en un granero, donde vivimos en armonía con varias parejas y con sus chavitos. Es parecido a un plato sopero, precario nada del otro mundo, sin otros materiales que puro barro, acarreado en bolitas en los picos de mis pás y algo de pajas, plumas, pelos y ramitas tiernas, que por ahí se encuentran, es realmente muy confortable. -como siempre quiso saber el porqué de esas hermosas casitas, y con el ánimo de informarse, preguntó a su nuevo amigo -Porqué no me cuentas como construyen sus nidos? Son tan chidos y macizos. Parecen a prueba de todo, son como para quedarse ahí a vivir toda la vida.

-¡Sabés! -dijo el Hornerito; paseándose con pasos serenos y seguros, con aires de maestro frente a la clase, moviendo nuevamente su cabecita erguida -tengo todo pensado para la construcción de mi nueva casa. Para hallarse a la intemperie sometida a las inclemencias del tiempo, debe ser sólida, indestructible, sin el mínimo posible defecto, capaz de mantenerse en buen estado para cobijarme junto a mi compañera hasta la próxima estación. Sé donde encontrar barro aún después de la época de las lluvias, como amasarlo y como darle la consistencia apropiada para emplearlo según las reglas del arte. -entonces, agregó con la seguridad que dan los conocimientos a un profesional -Para mí no hay secretos en la elección de la paja para el adobe y reconozco sin dificultad los pequeños guijarros, ramitas y conchillas aptas para rigidizar las paredes. -agitado y casi sin respirar continuó diciendo -Mi querida Golondrina, hablo en primera persona por comodidad; debés saber que nuestras hembras son formidables albañiles, sin su ayuda sería imposible construirlo, tampoco tendría sentido. Necesitamos imperiosamente de ellas, de su voz, de su colaboración para trabajar cantando, de su amor...para así poder vivir nuestras vidas inmensamente felices junto a nuestros pichones.

El diálogo se desarrollaba cada vez más ameno e interesante, enriqueciendo a ambos.
Casi sin notarlo, en su relación animal crecían con respecto a los jóvenes de sus especies.
La amistad se ahondaba, se expresaban con mutuo afecto, seguros sí mismos, seguros de que cuando llegase el momento de separarse esa mejora se evidenciaría. Cada uno de ellos tendría un lugar dentro del corazón del otro para siempre. Estaban superando la barrera de la diversidad, tan difícil y a veces imposible por las distintas especies humanas.
-¡Sabés, ya he elegí el lugar donde edificarlo! -continuó diciendo el Hornerito. -, de fácil acceso a los materiales básicos y a la principal fuente de alimentación, factores de vital importancia para la supervivencia y esencial para no derrochar energías.
Tengo programada la secuencia y los tiempos de construcción; incluso he considerado algunos días de inactividad, aquellos en que las condiciones climáticas no me permitiesen trabajar. Sé también cuándo, cómo y qué decisiones tomar en el caso, que por causas extremas, tuviese que abandonarlo y comenzar otro.

-¡Sígueme contando, es un agasajo todo lo que me dices! -agregó la Golondrina con alegría verdadera, admirada por la clase magistral del Hornerito.

-Terminado el basamento, comenzaré a levantar una única pared en semicírculo de espesor variable, de complicados cálculos matemáticos, -acotó con un poco de presunción de arquitecto nuevo -la cerraré en forma de bóveda, con una amplia puerta ojival mirando hacia el noreste para acoger de frente el templado sol de las mañanas de invierno y proteger el interior del tan frío viento sur, cuando persistente, azota la Pampa sin piedad. Cerraré esa ojiva con una pared portante en forma de espiral de Arquímedes de rotación horaria hacia el interior y de ese modo dividir el amplio atrio de la alcoba. -sereno, como para que aferrase el concepto mas importante, dijo -Con cuidadosos detalles de terminación, alisaré las paredes interiores con el pico o con ayuda de una pajita cuando el barro, aún fresco, todavía pueda moldearlo. La alcoba, la rendiré confortable tapizándola con plumitas y ramitas blandas. Es ahí donde se notará la delicadeza de mi compañera, el toque femenino.

-Por ahí se murmura que ustedes usan el nido para una sola postura, para luego botarlo, -dijo la Golondrina seriamente, pretendiendo ser lo más precisa posible en su apreciación -es cuando nosotras, echamos mano de él, pero cuando los pichones de hornero ya están criados. Esperamos para nidificar, lo hacemos únicamente cuando sus dueños lo desocupan. Para habitarlo, su posesión es disputada con otros pajarillos; mixtos , gorriones. Pero todos tenemos un enemigo común. El tordo, pinche pájaro ladrón y dañino.

Al escuchar esta palabras, el Hornerito pensó unos instantes.
Orgulloso de las costumbres de su especie que no conoce el egoísmo, sabía que cuando ellos abandonan sus nidos, se apropiaban de estos algún gorrión, jilguero, caburé, mixto o golondrina que no tuviese el hábito del trabajo. Pero no los consideraban usurpadores, de ninguna manera. Ellos contribuían a la sobrevivencia de los menos dotados.
Sabía que su altruismo se manifestaba por intermedio de su trabajo y que por ello eran reconocidos por los demás pájaros y también por los hombres.
-Sí lo sé, alguno me lo ha contado. -dijo aún abstraído en sus pensamientos. -Fui advertido por mis padres. Sé que la hembra de tordo pica a varios o a veces todos los huevos que encuentra en el nido y deposita los suyos, la hornera dueña suele tirar estos huevos estropeados. Aprovechando que el período de incubación de los huevos de tordo es menor que el de los horneros; la hembra hornero pone los suyos después que la intrusa ha puesto el primero de sus huevos, antes de que comience a incubarlos. Esto permitirá que los pichones de tordo nazcan primero y comiencen a ser alimentados por mamá hornero antes que a sus propios hijos, aunque los reconoce lo hace con el mismo amor.

Maravillada de la sabiduría y la elocuencia del chavito, la Golondrina dijo:
-Sabes, nosotros de jovenazos, una vez que tanteamos lo de la volada, nos ordenamos en fila sobre un cable o una rama, y le damos al canto, durante un buen tiempo.
Después nos da por lanzarnos a dar vueltitas, pero siempre alertas.
Husmeamos por donde haya harta comida, comemos hasta sentir la panza bien llena y practicamos hasta adquirir destreza para volar muuuy lejos. Necesitamos mucha energía para llegar hasta aquí. -Se dirigía al Hornerito con particular simpatía -¡Sabes, hace muuucho! nuestro vuelo lo usaban para predecir el tiempo: un vuelo desparejo era como de mal augurio, de fuertes vientos; un vuelo rasante indicaba que por ahí venían ya las lluvias y si el retache en la primavera se anticipaba a lo normal, decían que era buen tiempo y buenas cosechas. Así las golondrinas nos hemos convertido en las consentidas del hombre. Nuestra aparición resulta la señal más evidente del venir del calorcito de la primavera, cuando la fiesta de colores empieza a mostrarse en la naturaleza.

Y así transcurrían los calurosos días de verano.
Y el joven Hornero y la grácil Golondrina, con el pretexto de abrevar, se encontraban en la límpida lagunita de agua de lluvia. Y continuaban con sus interminables charlas.

La Golondrina era atractiva, maravillosa. Coqueteaba con su colita ahorquillada por sus dos plumas vectrices. Se maquillaba la frente y la garganta de un rojizo pardo y una banda azul oscura. La parte inferior de su traje era blanco nacarado y la superior de un azul que se veía cada vez más metálico con el reflejo de los rayos del sol.
-¡Sabes chavito!. -comento en esta oportunidad -cuentan que lo oscuro de nuestro dorso, es símbolo de luto, por la muerte de Jesús.
Relatos de los españoles nos asocian; hasta una copla popular canta:
“En el monte Calvario, las golondrinas le arrancaron a Cristo dos mil espinas.”
-Dicen que Progne, hija de Pandion, rey de Atenas, fue convertida en golondrina por los dioses, para que pueda huir de su marido.
-Y también dicen que nos cantaron los poetas de todas las épocas.
“Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales, jugando llamarán;
pero aquéllas, que el vuelo refrenaban tu hermosura y mi dicha al contemplar,
aquéllas que aprendieron nuestros nombres, ésas... ¡no volverán!”

-¡A nosotros también nos cantaron los poetas! -alzando la voz el Hornerito, como con miedo a no ser escuchado por la chavita charlatana, que parecía no terminar nunca con sus poesías dijo -¡Sabés! a los hombres siempre les llamó la atención nuestra forma de vida, nuestra monogamia y en particular el arte para fabricar nuestras casas. Siempre cantando por supuesto -y en una posición casi solemne comenzó a recitar:
“La casita del hornero tiene alcoba y tiene sala.
En la alcoba la hembra instala justamente el nido entero.
En la sala muy orondo, el padre guarda la puerta.
Con su camisa entreabierta sobre su buche redondo.”
----------------------------------------------------------
-¡Y bueno che!, no la sigo más por que no me la acuerdo. -después de una prolongada pausa, exclamó con una sonrisa a pico abierto.

Y una última mañana se encontraron en la límpida lagunita de agua de lluvia.

-Mi querido chavito, Vengo a saludarte, -seria y pausadamente continuó diciendo -ha pasado la época de la crianza y al fin soy adulta. Mi familia ya se fue y me he quedado solita, ellos entendieron y me lo permitieron. Antes de abrir las alas por última vez, nos juntamos todas las golondrinas, chavitas y rucas por ¡miles!. Dormimos en lugares donde haga calorcito, a los que también llegan aviones y otras especies similares, parecidas a la nuestra. Con ellas hacemos siempre el mismo recorrido, la migración es algo que nos nace. Las más chavitas seguimos a las mas expertas en estos asuntos, que ya se las saben de todas para escaparle a los peligros naturales. Viajamos solo de día, usamos la luz del sol para guiarnos, -con la tristeza reflejada en su carita, siguió con su parloteo -de noche descansamos y llenamos el buche en sitios donde haya luz para que ningún depredador nos agarre de sorpresa en las tinieblas.
El verano se está yendo, corremos el riesgo de que nos alcance el frío; sin pretexto ni congoja debemos marcharnos, como lo hacen todos los años, todos mis compas. -continuó su coloquio titubeando -Aún no he elegido mi compañero y bien que sabes porque, pero tengo que hacerlo antes de partir. Solita no sobreviviría el trajín de regreso.
Mañana al amanecer emigramos todos en bola hacía el norte...Es posible que no nos veamos nunca más.

El joven Hornero no atinó a decir nada. Y sin saber el porqué en ese momento, recordó las palabras de su padre...le sonaron tan sabias.
-¿Ansí que piensa dirse de las casas? Güeno m’hijo, aceto su decisión, ya es tiempo.
Su madre y yo estamos orguyosos de usté. Es grande, juerte y bien educao.
Aprendió todo lo que debía aprender. Ya está en condiciones de elegir una compañera y de hacer familia. Sabe y muy bien, que nosotros los horneros vivimos todas las estaciones de nuestra vida en el mesmo pago, pero hay una cosa que usté conoce sólo por cuentos y entuavía no vivió...¡el invierno!.
Es en invierno que le dará valor al ejuerzo que tanto usté como su compañera han realizao en la construción de la casita que los protegerá de su inclemencia.
Es en invierno que entenderá el por qué el Señor nos dotó de caraterísticas únicas en las aves, que nos permiten disfrutar de los valores de la vida y de la libertá de eleción.
Nosotros no somos pájaros pa’vivir entre rejas; somos tan libres como el pampero.
La naturaleza tiene leyes inmutables que las aves respetamos y que sólo el hombre, por inorancia o por estupidez desconoce o trasgrede. Sólo eyos no recuerdan el cántico de las criaturas. Quizá sea por eso que día a día, inconcientes y de a poco se van debilitando y perjudicando a las demás especies divinas de la creación.
Pero sepa que los horneros somos respetaos y queridos, somos amigos de estos hombres. Eyos nos han imitao y admirao desde siempre. Sólo oserve como construían sus viviendas y a veces, como nosotros, trabajan cantando. Estos Crioyos, como nosotros, tienen una gran familia que estienden con amistá sincera más ayá de donde termina el pago.
Sepa que no juimos graciaos pa’ volar distancias. Nuestro lugar está aquí, al lao d’eyos.

Ese amanecer, no logró identificar a la Golondrina.
Viajaba en la interminable bandada que estaba tomando vuelo y que con persistentes gritos despedía el pago hasta la próxima primavera.
Ella era sólo una dinámica silueta más. A medida que se alejaban se iban reduciendo a puntos oscuros. Con la mirada húmeda, fija en el infinito, siguió la bandada hasta que se diluyo en el azul cielo pampeano.
Y Se sintió triste... y también se sintió feliz, porque a pesar de no ser capaz de volar con sus propias alas más de cien metros sin posarse, podría volar cada noche, diez mil kilómetros con su pensamiento. Podría soñar, cada noche, cosas diferentes con sólo desearlo. Su corazón jamás olvidaría esas ciudades repletas de luces brillando en todos sus colores, esas montañas de desparejos dientes con las puntas blancas de nieve, esos mares con sus olitas juguetonas meciendo las arenas y esos ríos que se ven desde lo alto como si fuesen las venas de una mano, mientras las nubes caprichosas tropiezan entre ellas llorando para cambiar de formas. Su corazón jamás olvidaría aquellos fantásticos lugares que la chavita Golondrina le hizo conocer con sus relatos y que aprendió a amar.
Aquellos fantásticos lugares de un mundo más allá de la inmensidad de su Pampa.

Alejandro Casals
Marzo - 2008
 
margarita-zamudio,06.03.2008
Lo acabo de leer en tu página. Me gustó muchísimo.
 
quilapan,06.03.2008


De mis narraciones, una de mis favoritas. En especial para el cuate alipuso que en este sitio es autoridad en cuentos largos.
 
negroviejo,06.03.2008
Ni en pedo me voy a leer todo este foro, (je je que buena ironía), pero soy autor de cuentos largos y me sumo a cualquier iniciativa. Que no sea muy larga de leer, por supuesto.
 
moebiux,06.03.2008
Yo recomendaría no publicar aquí los textos de los cuentos largos, sino el enlace. De esa manera se evitará sobrecargar el foro. Ya sabéis muchos que cuando un foro tiene muchos posts o mucho texto se vuelve leeeento, lentísimo, y sería una pena que este foro se dejara de usar por ese motivo. Vamos, que cada uno haga lo que le plazca, claro, pero si uno sube un texto a su bio y lo enlaza aquí, el foro será más ágil y será más fácil para todos leerlo vía web o imprimirlo, ya que si os fijáis cuando leemos un cuento hay una opción habilitada para poder imprimirlo.

Saludos!
 
kuroq,07.03.2008
como siempre ... la moebiux de la razón ha hablado... comparto en un 99,99%
 
moebiux,08.03.2008
¿La moebiux? Tá bien esto de entrar en la página y descubrir que te han cambiao el sexo... :-P

Aporto aquí mi último texto largo, por si interesare:

Manchas

 
justine,08.03.2008
Pues aprovecha y lo celebras, que hoy es nuestro día.
 
margarita-zamudio,08.03.2008
Tu relato, Moebiux, me encantó. Lo único negativo, si es que se puede llamar así, es la distribución de los párrafos, pero eso es culpa de la página, no tuya.
 
negroviejo,08.03.2008
Bueno, realmente bueno, el cuento Manchas.
Me gustaría subir uno ¿Como se hace?
 
alipuso,08.03.2008
Esa grácil golondrina te quedó bien personificada como un genuino miembro de las parvadas del Valle de México, buen trabajo, Alexandrocasals.
 
negroviejo,08.03.2008
EL FANTASMA DEL ABUELO
 
negroviejo,08.03.2008
¡Ufa, no me salió el link!
 
justine,09.03.2008
El hombre celesteprint/
 
justine,09.03.2008
Te explico negroviejo. He probado yo misma a volverlo hacer porque no me acordaba, así que este cuento pueden guardarlo para otra ocasión.
Mira, viejo, vas al cuento y subrallas dónde pone versión para imprimir. Das a botón derecho, y hay una acción que pone copiar acceso directo. Hasta que no lo envías no aparece como azul.
 
negroviejo,09.03.2008
CUENTO DE NAVIDAD
 
negroviejo,09.03.2008
Me rindo.

Gracias igual Justine
 
cramberria,09.03.2008
yo hace mil que no lo hago pero creo que es metiéndote en el cuento y copiando los parámetros que te salen en la barra del navegador
 
cramberria,09.03.2008
o así: [C:número del cuento]
 
justine,09.03.2008
CUENTO DE NAVIDADprint/
 
justine,09.03.2008
Mira negroviejo, te pones encimita mismo de dónde pone envíar a un amigo, botón derecho/copiar acceso directo/clikeas en izdo/ vas a foros cuadro de texto / botón derecho/clikas/ opción pegar/ clikas de nuevo.
Me tome la libertad de bajarlo, espero no haber sido demasiado atrevida.
Un abrazo.
 
negroviejo,09.03.2008
Muchas gracias Cramberria por el interés y a Justine, doble, por el interés y por bajarlo.
 
kuroq,10.03.2008
jaja, moebiux... lo que quise decir es: la VOZ de la razón... perdón si os ofendí, sepa que usted y yo tenemos mejores opciones a elegir...je un abrazo
 
kuroq,10.03.2008
Ejem... Yo sé que cada cuentero debería subir su propio cuento, pero dadas las circunstancias y considerando que hemos pasado un mes aniversario, querría, con el mayor de los respetos, hacer un homenaje a un cuento largo de un escritor que merece homenajes:

- - malomo : - - Rédnous - -

Humildemente, Kuroq con una firme venia...
 
justine,11.03.2008
Gracias kuroq por el enlace, y aprovechando la ocasión, ¿malomo murió o es un mito?
 
moebiux,12.03.2008
Justine: lamentablemente Malomo falleció. No es ningún mito.

 
justine,14.03.2008
Lo siento realmente, ¡Se le ve tan vivo por aquí!
 
kuroq,14.03.2008
No me agradezcan a mi, él se hizo querer solito
 
margarita-zamudio,16.03.2008
Tu cuento, Quilapán, es magnífico. Yo no le veo fallo alguno, de veras.
 
Rquel,16.03.2008
Bueno, si este es el rincòn de los textos largos yo tengo uno... !Uy!
!Que nadie diga que no lo intentè!



sábado 8 de septiembre de 2007



El Tùnel.



Eran los años de mil ochocientos cincuenta y cuatro cuando los franceses, luchaban contra el General Yánez por las tierras que pretendìan dominar desde principios de siglo. Tenían grandes haciendas y hasta cuarteles militares ya establecidos, pero el más conocido era el de Gastón Rousset de Borbón.
Según cuenta la historia, existía en aquellos años un castillo… el castillo de los Méndez, que era habitado por un hombre de aspecto fúnebre y solitario, y una bella mujer llamada Agripina.

Roussete de Borbón habitaba Las anchas paredes de adobe, los corredores grandes y el patio extendido hasta lo que eran las caballerizas, su presencia hacían de aquel lugar un sitio lúgubre y temido. Dicen que muchos indios morían y eran sepultados en las paredes del cuartel. Parados cruzando sus brazos, pero no solo indios podían encontrarse allí, esos lugares guardaban un sin fin de secretos.

Mientras tanto, en el castillo de los Méndez, Agripina bordaba preciosos edredones de seda para recibir a su primer descendiente, pero cosa que nadie sabía es que no era hija del sr. Méndez, sino de un desliz de doña Agripina con don Gastón.

La guerra para la integridad nacional en el puerto de Guaymas fue intensa, obligando a los extranjeros a abandonar sus propiedades, para esto, el cuartel de Rousset de Borbón tenía un túnel que atravesaba el pueblo hasta las costas donde estaban sus embarcaciones.
Bajo las caballerizas comenzaron a salir los hombres cargando con tesoros y armas, comenzaron a recorrer aquel subterráneo mientras algunos otros seguían luchando en las trincheras, para ganar tiempo.
Cuentan que Gastón fue de los últimos en entrar al túnel, dando paso al cargamento y sus soldados, pero también que fue de los que no lograron salir, pues el túnel se derrumbó.
Gastón había tenido la precaución de sellar la entrada de aquel subterráneo, pues imaginaba volver alguna vez.

Cuentan, dicen que aquellas construcciones quedaron abandonadas por muchos años, Agripina tuvo varios hijos y una hija, la mayor (de Gastón) quien ya no pudo habitar el castillo por ser expropiado a sus padres. El castillo de los Méndez fue destruido con los años hasta quedar en ruinas, y un día el gobierno levantó un parque, una escuela sobre sus simientes.

Agripina murió, dejó muy ricos a sus herederos, su esposo había fallecido años antes, así que Esperanza se convirtió en una fina dama de la elite Guaymense.
Rica y heredera de las más finas costumbres de castillo, Esperanza logró conquistar el corazón de Carlos, quien en su nobleza, cayó rendido a los pies de tan bella mujer. Tuvieron tres hijos, Ernesto, Raúl y Agripina, la más pequeña, quien a su vez se casó con Enrique y procrearon a Concepción y una nueva Esperanza. Agripina cayó enferma después de la repentina muerte de Enrique, de una enfermedad un tanto misteriosa, pues en sus sueños veía demonios y gentes torturadas que terminaban siempre entre gruesas paredes de adobe.

Concepción y Esperanza cuidaron de su madre, suministrándole diferentes medicamentos psiquiátricos, pero esto cada vez empeoraba más. Tanta era la desesperación de Agripina, que Concepción mandó a hacer un crucifijo enorme con oro, para ponerlo sobre la cabecera de su madre, que al no tener explicaciones científicas de su repentina enfermedad, optaron por creer en un embrujo.
Aquel cristo de oro despertó la ambición de mucha gente, algunos curiosos llegaban a visitar a la vieja solo por la curiosidad que provocaba aquel tesoro, pero al verle a los ojos salían despavoridos jurando haber visto al mismo demonio, por lo que nunca nadie se atrevió a regresar, ni para robarla.

Corrían los años y las muchachas crecieron rodeadas de servidumbre y buenos modales. Concepción se dedicó por completo a su madre, mientras Esperanza… la más pequeña, no perdía su tiempo en coquetear a cuanto caballero se le acercaba.
Eran los años de mil novecientos treinta cuando Esperanza flechó el corazón de Carlos, un ingeniero naval recién desembarcado en las costas de la para entonces ya ciudad Guaymas de Zaragoza.



* II *


Carlos, proveniente de antepasados políticos de alta alcurnia, parecía ser el partido perfecto para la de ya por si, ambiciosa mujer.
Se casaron y tuvieron dos hijos, a los que llamaron, Agripina y Carlos, de los cuales Carlos era el menor.
Para aquellos años, Esperanza decide comprarse una nueva casa, donde sus hijos puedan gozar del suficiente espacio para jugar y crecer sanos.

Carlos buscó esa propiedad que se adecuara a los deseos de su esposa y las nuevas necesidades de sus hijos, pero todas las propiedades que a él le parecían buenas, ella siempre le encontraba inconvenientes, Esperanza desesperada, optó por… buscarla ella misma.
Apenas había recorrido algunas calles cuando miró aquella grandìsima y verde propiedad, el portón estaba abierto, por lo que se asomó quedando completamente satisfecha. El frente tenía unas ventanas grandes de madera, corredores enormes y al fondo, aún quedaban restos de aquella la trinchera donde murieron los últimos combatientes del Conde Rousset de Borbón.
Era como un endiosamiento, un embrujo satánico que la prendía de las palmas datileras, los árboles de mango y la hierba alta por el abandono de tantos años, comenzó a imaginar las nuevas remodelaciones, cual sería la recámara de los niños, donde y como pondría los nuevos muebles que coloniales harían juego perfecto con el estilo de la casa.
Contenta fue a contarle a Carlos y a exigirle que comprara aquella propiedad. No importaba como ni cuanto costara, ella quería para sus hijos aquella casona en el centro de la ciudad.

Carlos, enamorado, hace todo lo posible por concederle los más mínimos caprichos a Esperanza, investiga como hacerse de ella y en unos meses entrega a su esposa los títulos de la propiedad.
Esperanza pronto se ocupa de la decoración y los arreglos de aquella casona que seguramente será la envidia de sus amistades.
La casona tenía algunas pareces dañadas por el tiempo, se hicieron remodelaciones resanando cuarto por cuarto, en total trece. Esperanza estaba feliz, muy feliz por su nueva adquisición, pero los niños… los niños veían cosas, se quedaban atentos como si las paredes les hablaran y comenzaron a ser distraídos, silenciosos, extraños.
Carlos y Agripina, eran cómplices de secretos que los adultos no lograban discernir, aún cuando las manifestaciones de fuerzas ocultas estaban tan latentes.
Las paredes hablaban con los niños, las ventanas se movían mientras ellos sonreían dementes ante figuras invisibles que corrían por entre las vigas del techo, pero había uno, uno de ellos que si los asustaba, y era el hombre grande, el que estaba atrapado en el patio, justo tras la trinchera de piedra enmohecida por los años.
Fue Carlos quien lo miró primero, después Agripina, desde entonces los niños evitaban jugar en el patio, porque al hombre grande si le tienen miedo.
Esperanza no nota los cambios, ella misma ha cambiado, olvida las cosas, ha dejado de bañarse y su cabello comienza a ser opaco, se muerde las uñas y platica, platica todo el día con los trastos.
Carlos llega cansado de su trabajo en las oficinas de gobierno, la casa está sucia, los niños dormidos, la mujer riendo o llorando o simplemente hablando con alguien que no se ve.
No quiere pensar y tampoco puede hablar, Esperanza no cierra la boca y es imposible saber que está sucediendo. Ella llora, ríe, habla, para quedar dormida sobre su hombro en unos minutos más.
Alcanza a escuchar una bella melodía en la estancia, retira el brazo de su mujer intrigado, el niño de tres años toca el viejo piano de cedro que abandonado en una esquina aún suena afinado. La melodía era perfecta, magistralmente interpretada para un niño de tres años. Inquieto retiró a la criatura del piano mientras el niño llora escàndalosamente. Como imantado a las teclas suplicaba a su padre un rato más ¿pero quien le enseñó? Se pregunta, mientras la criatura se dirige nuevamente a su recámara con una mirada de odio inexplicable. Carlos inquieto tocó algunas notas, incrédulo de que aquel instrumento pudiera emitir algún sonido, ya estaba allí cuando compraron la casa.


* III *


Los días transcurrieron y Agripina de cinco años encontró un dije en el patio, un dije bastante extraño que observó largamente, tomó un mecatillo y lo amarró a su cuello, era una mano de mujer con una perla aprisionada entre sus dedos, una perla negra.
Esperanza pudo notar el dije aún de lejos, se acercó y se agachó para observarlo, preguntó a Agripina donde lo había encontrado, y entre la hierba y las piedras de la ya derrumbada trinchera comenzaron a sacar muchos, muchos dijes iguales.
Fue entonces que Agripina se volvió avara, la mujer más humillante de la historia de Guaymas, la que caminaba con millones de pesos en la bolsa y pepenaba basura para comer. Todos la vieron, todos saben quien es.

Concepción por otro lado nunca se casó, se dedicó a cuidar a su Agripina vieja madre, quien enloquecía más y más cada vez.
La amargura de cuidar a una vieja loca y la soledad de su soltería la hacían cada vez más mala. Era díscola con los pobres y espléndida con los ricos. Al sacerdote de la iglesia le regaló una residencia enorme y amueblada, daba donativos a los acilos de ancianos para aparecer en los periódicos, y todos sabían que tenía una madre loca y ella, ya no se veía muy normal.
Un día un astuto joven quiso robar el Cristo de Oro… era de esos que consumen droga y no miden consecuencias, había escuchado de lo terrible que se sentía mirarlo, que la vieja estaba poseída y no permitía que nadie se le acercara, supercherías diferentes que suele contar la gente de pueblo, pero él era intrépido, ni el mismo diablo evitaría que lo tomara.
Estudió los movimientos de Concepción, y un día de iglesia penetró en aquella casa oscura aún en pleno día. Unos rayos de luz extraños provenientes de la habitación del fondo llamaron su atención, para darse cuenta que era allí donde el Cristo lo esperaba con los brazos extendidos.
La vieja dormía, con paso lento se acercó a arrancar aquel tesoro de la pared, se pegó un poco al cuerpo tibio de Agripina y ya cuando lo tenía en las manos, sintió un frío metal que lo atravesaba justo al centro de su pecho. Alcanzó a mirar solo las luces rojas que emitían aquellos ojos, mientras se cerraban para seguir durmiendo sobre el lecho.
Cuando llegó Concepción ya no había ladrón, ni sangre, solo una anciana que tranquila dormía por el efecto del medicamento, siempre protegida por su Dios.
Para el amanecer ya el àrbol de naranjo comenzarìa a enraizarse al cuerpo mutilado de un hombre y nunca nadie lo sabría, los frutos de un àrbol son mucho màs dulces con buen abono.

Mientras tanto… Esperanza compró la mejor de las cajas fuertes, una gigantesca donde guardar sus perlas, sus joyas diversas y extrañas que iban apareciendo hasta llegar a la tapa gruesa de madera enterrada por siglos tras la trinchera. Levanto con dificultad pues estaba asegurada por dentro con un mecanismo extraño, que poco a poco venciò. Brincaron al exterior algunas cucarachas gigantes, mientras se dispersaba el polvo se vislumbraban unos escalones en lo que sería….

Un túnel.


* IV *



Aquellos que habían sido agraciados con los favores de ‘Conchita’ como le decían de frente y ‘la pitona’ de tras, la trataban con reverencia pues sus ‘donativos’ eran realmente de apreciar. Más Concepción amarrada a la enfermedad de su madre poco disfrutaba de toda su riqueza.
Le gustaba el poder y altiva paseaba humillando a cuanto desarrapado tenía oportunidad, quizás pensaba que con eso, ella lograba un lugar más alto en la sociedad, pero en el fondo seguía protestando por su miserable vida ante aquel Cristo que alguna vez mandaran moldear con los tesoros de castillo.
Todos los secretos del viejo castillo parecían habitar en el metal que altivo posaba sobre la cabecera de Agripina.

Los años habían pasado tan rápido, los secretos de sus antepasados estaban tan bien guardados con sus muertos, que nadie, ni por un instante imaginó la relación que existía entre la vieja casona de Gastón Rousset y el castillo de los Méndez. No existía evidencia alguna que hablara de aquel lazo de sangre, pecados que entre el azul de su nobleza se habían mezclado para quedar malditos hasta la cuarta generación.

Mientras tanto, Esperanza volvía a ocultar, pero ahora con una tapa gruesa de cemento, la que había sido alguna vez una salida secreta.
Maquinando guardarse tan excitante hallazgo, mientras se preparaba con herramienta y equipo necesario para penetrar aquel oscuro y empolvado lugar. Ni a Carlos comunicó sobre el túnel, solo Agripina y su hermano miraron interrogantes como aquella tan fina mujer, en su avaricia lastimaba sus manos batiendo una mezcla uniforme.
Si entre la piedra y la tierra comprimida habían quedado joyas que esporádicas aparecían relucientes en su ávida búsqueda ¿Qué no habría dentro? se preguntaba, mientras guardaba
toda evidencia de su trabajo para regresar a hablar con los trastos, los cuadros, las paredes, mientras los niños miraban de reojo, al hombre grande que tanto los atemorizaba, alejándolos de aquel lugar.

Carlos sufría ya de intensos dolores de cabeza en su trabajo, no entendía como había pasado que su esposa y sus hijos hubiesen cambiado tanto, intentaba llevar un doctor que los revisara pero, sabía del carácter fuerte de Agripina y lo que podía desembocar tan solo sugerirlo. Prefirió acallar sus dudas y seguir como si aquello no estuviese pasando.

Carlos hijo movía las manos magistralmente en aquel piano de cola cual si fuese el espíritu de algún maestro. Su música triste invadía la casa, y Agripina jugaba a ser mujer a aún escasa edad.
Era como si los hermanos fuesen adultos, marido y mujer, siempre compartiendo sus gustos y sus cosas, que ya de por si… eran bastante extravagantes.

La avara de Esperanza llegó a los extremos, corrió a la servidumbre para no pagar un salario, su casa comenzó a parecer un laberinto de cosas amontonadas unas sobre otras y Carlos padre, tuvo que comer en restaurantes cuando ella insistió en servir las carnes verdes de meses en el congelador,
Los quesos en gusanados, las leches cuarteadas y las tortillas enlamadas.
Aquella manía de hablar y hablar día y noche alejaba cada vez màs a Carlos , hasta dormida hablaba sobre cosas in entendibles, peleaba con personajes del sueño y nunca más volvieron a hacer el amor.

Mas èl, que enamorado estaba aùn de su Esperanza, decidió soportar hasta el final aquello que no comprendía, con humildad.
Esperanza se volvió agresiva, comenzó a golpearlo con cosas, a lastimarlo con cuchillos y él soportaba todo, en silencio.
Una noche, volvió a escuchar el piano sonar en la estancia, para entonces su hijo ya tenía seis años y Agripina ocho, se levantó inquieto y su corazón dio un vuelco abrupto en el pecho. Su rubio y bien parecido hijo interpretaba una sonata triste, mientras Agripina lo besaba en el cuello tal como si fueran adultos. Dio un grito que desconoció de si mismo, y los niños corrieron sonrientes a sus respectivas habitaciones.

Concepción decide llevar a su madre con Esperanza, a pasar unos días pues Agripina insiste en ver a sus nietos antes de morir.
La silla de ruedas penetra lentamente por la estancia, mientras los niños corren a besar a su tía.
La abuela los observa y sonríe, sigue rodando la silla débilmente hasta llegar al piano, donde comienza a interpretar la misma melodía que la noche anterior el niño interpretó. Los niños sonríen entre dientes y comienzan a secretearse.
Carlos padre escucha estupefacto mientras saluda a Concepción cortésmente, la invita a sentarse y pregunta si apetece alguna bebida, no sabe mucho de música… _¿Qué melodía es esa? ¿Quién es el autor?_ pregunta… Agripina deja el piano y voltea a mirar a Carlos, con una mirada tan penetrante y fría que le provoca un ligero malestar en el pecho, siente, sabe… que su corazón ya nunca volverá a ser el mismo.

La niña observa como Carlos pone una mano sobre su pecho y le pregunta en perfecto francés si se encuentra bien.


* V *




Los años pasaron y Agripina se fue a estudiar a Europa, mientras Carlos estudiaba literatura y letras en la universidad de Monterrey.
Carlos padre, admirado por la gente del puerto por su integridad y buen servicio, fue jubilado y sus días junto a Esperanza cada vez eran más insoportables.
La abuela Agripina no moría, tenía ya ciento nueve años y Concepción seguía soltera, amargada y prepotente.
Fue en esas fechas que expulsaron a Carlos de la Universidad, pues metió en los ojos chile a una estudiante de la que él se había enamorado.
Regresó a Guaymas y comenzó a escribir, actividad que intercalaba con el piano que traía innato desde niño.
Esperanza no comía, pero gastaba todo lo que tenía en cumplir los caprichitos de sus hijos, que cada vez eran más excéntricos. Cambiaban de auto cada seis meses, viajaban constantemente y no había aparato o cosa nueva que saliera al mercado que no la quisieran comprar.
Un día, reparando una de las paredes de los cuartos del fondo, uno de los trabajadores dijo a Esperanza que tenía que tumbar algunos emplastes, pues al parecer había huecos que tenían que rellenarse. Esperanza sabía que aquel lugar escondía cosas, por lo que pidió al anciano despedir a sus ayudantes y trabajar solo. Así mismo lo hizo.
Comenzó a descubrir pedazos de madera que tomaban forma de caja entre las paredes huecas, a lo cual Esperanza le pidió que las rompiera, para que aparecieran osamentas desensambladas ya por los años y en su mayoría no soportaban el toque de la mano sin desintegrarse.
Esperanza pidió al anciano que callara el hallazgo y depositara esos restos en el patio, para darles si no cristiana, por lo menos sepultura.
El viejo hizo su trabajo, y conforme revisaba las paredes aparecían más y más huecos por todas partes hasta llegar a una caja más pequeña donde no parecía caber un cuerpo adulto.
Avisó a Esperanza de su nuevo hallazgo y lentamente abrieron lo que sería… El tesoro de Rousset de Borbón, aquel por el que alguna vez imaginó regresar antes de su inesperada muerte.

Estaba este en una olla de barro sin inscripción alguna, envuelta en gasas que la protegían de la humedad. Esperanza no quiso abrirla delante del anciano, por lo que compensó su hallazgo con una buena paga y lo despidió.
Cuando se convenció de estaba completamente sola, cerrando puertas y ventanas, cargó con esfuerzo aquel recipiente hasta la estancia, pesaba mucho por lo que prefirió arrastrarlo.
Ya sobre la mesita de sala, comenzó a destejer la madeja de tela que envolvía aquel secreto.
Centenarios de oro y bellas monedas de plata comenzaron a brillar desde el interior, dejando a Esperanza enmudecida.
Tomó una moneda entre sus manos, y lenta, pausadamente comenzó a inspeccionarla.
Monedas que aparecían redondas, pero no uniformes pues estaban talladas a mano.
Una de sus caras parecía ser de un ángel, mientras al reverso solo había un escudo desconocido para ella.
Rápidamente envolvió aquellas monedas y las escondió. No quería que nadie, supiera al respecto.
Los restos del barro los enterró en el patio… junto a los muertos de la casa.


* VI *

Carlos, pasaba la mayoría del tiempo fuera de casa o se encerraba en la biblioteca, para escaparse un poco de su propia historia, mientras que el mundo que encerraba su hogar, cada vez se hacía más complicado.
Regresó Agripina de Europa hecha toda una dama, con una exquisita gama de idiomas y gustos, su elegancia era tal cual una diva, que con elegantes movimientos hacia aparecer las cosas, más habitables.
Fue entonces que Carlos se atrevió a acompañar a la familia algunas veces a comer, o hasta tuvo el gusto de escuchar a su hija al piano que se manejaba cual perfecta expositora de su sensibilidad. La veía de lejos, siempre pensando como fue que pasaron los años tan rápido y cuando fue que sus hijos se transformaron en extraños.
Sentía profundo orgullo mirar aquellas manos danzar por las teclas entre bemoles y acordes que lo transportaban a nostalgias, jamás escritas por el hombre. Agripina era la imagen de la perfección, hecha mujer.
Carlos hijo apareció en ese momento, haciendo un escándalo como acostumbraba, se escucharon los gritos desde la recámara de Esperanza, para después aparecer con su madre tomada del cabello arrastrándola por el pasillo.
Quería dinero, esa era su manera de tenerlo sin trabajar, había aprendido de violentas maneras para obtener siempre lo que quería, porque no había banalidad alguna que no le perteneciera.
Agripina paciente pidió a su hermano un poco de silencio, mientras continuaba extasiada con su interpretación. Al parecer golpear a Esperanza era cosa de todos los días, ya nadie reparaba en ello, quizás hasta imaginaron que era así como a Esperanza le gustaba vivir.
Carlos estaba cansado de tratar de tomar el control sobre algo que consideraba imposible, dio un beso en la mejilla de su hija y se retiró a dormir.
Esperanza no lloraba, se limitaba a lamentarse por la cantidad que su hijo le quitara como todos los días y como todo enfermo de ambición, su más grande preocupación era resolver como reponer a su caja aquellos excedentes.
De a poco fue vendiendo sus tesoros en el mercado negro, tesoros que no alcanzaban para tanto derroche en la banalidad de Carlos y Agripina
Concepción por otro lado, enfermaba de sus piernas, pues cargar con el cuerpo inmóvil de su madre ya estaba afectando sus articulaciones, se la pasaba en doctores y especialistas. Fue entonces que conoció a Milagros, una niña huérfana a la que levantó no por compasión, pues ella desconocía de estas cosas, sino pensando en explotarla en el trabajo físico de la casa.
Milagros se ocupó tanto de Agripina madre, como de Concepción, pues era una niña agradecida que mucho había sufrido en las calles y que el simple hecho de tener un techo y pan, ya le era bendición.
Concepción comenzó a llenarla de joyas, ropas finas, placeres… milagros siendo humilde, recibía todo aquello sin sufrir cambios en la personalidad, porque su naturaleza era otra, y esto la salvaba.
Era milagros quien puchaba la silla de ruedas de Agripina, quien cambiaba sus pañales y preparaba comidas especiales para los integrantes de aquella casa, y también… era milagros quien se había ganado la gratitud, y un amor extraño que nacía en el corazón de Concepción.
Una tarde, cuando Milagros sobaba las rodillas moradas de Concepción, la mujer no pudo evitar tener un acercamiento distinto, estirándose para tomarla en sus brazos y acariciarla. Por primera vez los instintos sexuales de Concepción habían despertado, y Milagros lo permitió.
Le debía tanto ¿Cómo negarle un poco de amor? No era fácil para ella enfrentar esta nueva etapa de su vida, pero tenía que soportar sus ascos, su conciencia y remordimientos puesto que Concepción, la había ayudado cuando ella más lo necesitaba.
Así fue, si… así fue como Milagros pasó a ser, una integrante mas en la familia de los Méndez.



* VII *


Agripina se casa, el hijo del presiente municipal ha pedido su mano. Ha mandado traer su vestido de Europa, ya tiene departamento amueblado y todos listos para su boda que será un domingo por la mañana, en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.
Su sonrisa es amplia y siempre anda de buen humor, Carlos la observa con indiferencia, ha dejado de ser la niña que compartía todas sus cosas con él, pasa de largo y se hace el propósito de no asistir a dicho evento, le molesta, le roba parte de su infancia.
Agripina lo le muestra algunos arreglos y él voltea, tranquilo y le dice:
_ Debías saber que no te vas a casar, tu destino no es el matrimonio hermanita_ Ella le contesta molesta, ha sido una ‘broma’ de muy mal gusto _ Desgraciado, claro que me voy a casar, y con el mejor hombre del Guaymas_
El sábado por la noche su prometido llama al teléfono, le pide que lo perdone pero no podrá casarse con ella, está enamorado de su mejor amiga. Agripina no reprocha, no emite sonido alguno, comienza a empacar y muy temprano por la mañana toma un taxi a la capital para tomar el avión, vuelve a Europa.

Carlos sigue su vida, cada vez más involucrado con el viejo piano, sus locuras son cada vez más temidas, todos los crucifijos de la casa los ha volteado de cabeza, las golpizas a su madre son más severas, tiene un humor de los diablos y cada vez sale menos, escribe un poemario por las noches y su música se vuelve fúnebre. No deja dormir.
Carlos padre ha decidido irse a vivir al departamento de Agripina, no soporta más desvelos, necesita reposo, él médico le da pocos años de vida si no cuida su ya viejo corazón.
Esperanza se queda con Carlos su hijo, tiene miedo que cometa una estupidez, lo sigue, siempre anda tras de él.
Un día Carlos decide ir a la iglesia, Esperanza se pone feliz pues nunca lo había podido convencer, ella toma un asiento en las ultimas filas mientras Carlos sigue caminando por el pasillo del centro, llega al altar, el lugar santísimo y toma el cáliz, levanta del cabello al sacerdote de la gran silla donde se encuentra y carga con ella, para llevarla a casa y que esta sea, su nueva silla de estar.
Esperanza grita, todos gritan, pero Carlos es muy fuerte, el sacerdote pide calma, y habla a solas con Esperanza.
_Mujer… tu hijo está poseído, si tu me autorizas mandaré traer a alguien para que se haga cargo_ ella no contesta, piensa que el sacerdote está confundido, su hijo es bueno, solo sufre de los nervios por tanto desvelo.
A la mañana siguiente Carlos estrella su auto contra las paredes de la iglesia, haciendo un gran boquete y dejando el auto inservible.
Esperanza paga los daños, compra otro auto, y piensa que su hijo necesita viajar, distraerse, el libro que escribe y ese piano lo están alterando.
Se van unos meses a Guanajuato, se hospedan en algún hotelito y Carlos parece estar mas tranquilo, se entretiene con alguna jovencita y olvida por un tiempo su libro, su música.

Concepción ha gastado mucho dinero en sus piernas, camina con muletas y Milagros no se le despega, la vieja Agripina no da señales de quererse morir, por el contrario, cada vez le gusta más salir al jardín, bajo el árbol de naranjo a tomar el café, parece como si estuviera rejuveneciendo.

Carlos regresa a casa, Esperanza imagina que las vacaciones le han ido bien pues no ha sido violento esos meses. Se tranquiliza cuando mira que compra libros y pasa leyendo las noches enteras, parece haber olvidado el piano, ya no escribe, lee y compra aparatos electrónicos, mientras lo mantengan entretenido le parece bueno, además… él es muy inteligente.
¿Una explosión? ¿Qué es lo que ha tronado tan fuerte en el cuarto de Carlos?
Esos libros… esos libros le enseñaron a armar un aparato gigantesco que al prenderse emite un ruido espantoso, como si estallase un tanque de gas, hasta alucina mirar un hongo sobre la casa cuando lo enciende. Es una radio… Carlos ha hecho su propia radio e interrumpe toda la comunicación del puerto con su música, su música fúnebre. Logra hablar al otro lado del mundo con semejante aparato, la gente está muy enojada, comienzan a levantar quejas al respecto, este pinche loco no los deja ni dormir. Él mientras tanto se mantiene conectado día y noche, es feliz comunicándose con el exterior.
El gobierno le clausura su máquina de transporte y el aparato queda arrumbado en el cuarto, Carlos enfurece, rompe todo, vuelve a golpear a Esperanza por no poder ayudarle y el piano es nuevamente receptor de todas sus cargas internas. Los vecinos se quejan, comienzan a vender sus propiedades, es insoportable vivir junto a alguien tan escandaloso, es un maestro en las teclas, pero su música… como entrar cada noche al infierno y no tener a quien pedir perdón.

De Agripina no se ha vuelto a saber nada.


* VIII *

Carlos padre vuelve a sufrir otro paro cardíaco, a veces imagina que regresa a su pueblo, que abraza a su madre y sus hermanos aún son pequeños. Quisiera volver a ser niño para volver a reír como niño, pero ya no se puede echar los años atrás, y se limita a platicar con las jóvenes enfermeras, que siempre tienen una plática amable y sus vidas parecen ser buenas, al menos… menos malas que la de él.
Si pudiera morir… piensa, pero jamás se perdonaría esa cobardía, el es militar y hombre de ley desde antes de nacer. Después de todo Esperanza no tiene la culpa de lo que allí sucede, ella solo ha tratado de complacer a sus hijos, él ha huido siempre que puede hacerlo. Ella… realmente ella ha sido fuerte, mientras él se la pasa de ataque en ataque, esperando que alguna vez sea lo suficiente afortunado para no despertar.
Esperanza le comenta que su hijo se quiere casar, que se ha enamorado de una muchachita humilde, él mira a la ventana y piensa… piensa que consecuencias podría traer esto. No comenta nada.
Carlos se casa y parece ser muy feliz, sonríe y su música es más alegre, hasta romántica.
La nueva integrante de la familia es un poco frívola, Esperanza sabe que se ha casado por conveniencia, pero… ¿Qué gusto no le concedería ella a su hijo? Además… tienen el suficiente dinero para comprar voluntades.
La mujer es exigente, vulgar y hasta parece estar un poco enferma de la mente. La vida sexual de la pareja es intensa, sádica, extravagante.
Hacen el amor arriba del piano, debajo, en la cocina y aún en presencia de los demás. Esperanza los mira, se masturba por las noches porque eso es lo que ella hubiese querido de su marido, pero fue siempre tan enfermizo.
Pronto llega su primera nieta a la que pondrían por nombre Esperanza, igual que ella.

Agripina regresa, gorda, descuidada, gravemente enferma… la leucemia la ha invadido y su mente está completamente perdida, sube a los arboles y como una guacamaya comienza a gritar, en todos los idiomas. Es llevada con urgencia a España, para hacerle transplantes de sangre. El tiempo que estuvo lejos se recibió en diferentes carreras, trajo más de cuatro títulos universitarios que se colgaron en la pared, como recuerdo de alguien que alguna vez… estuvo lúcido.
Por primera vez mostró violencia, al igual que Carlos, golpeando a Esperanza como si ella fuese la culpable de todo lo que allí acontecía, pero… pensándolo bien… ¿Quién lo era?
Carlos comenzó a decir que él no era Carlos, se enojaba y golpeaba a quien le llamaba por su nombre, por primera vez surgió un personaje ignorado por la familia, pero que tanto tenía que ver con ellos en los secretos de la casa.

¡‘Soy el Conde Rousset de Borbón, vieja estùpida’!

Entre golpes y gritos… Esperanza investigó en la historia. Se remontó a los años de mil novecientos cincuenta y cuatro _ ¡No puede ser!

Nacen dos nietos más, producto de violación, ya no de amores ni pasiones… para entonces, Carlos somete a la que es su esposa por la fuerza, pues ella… ella ya no quiere ni dinero, pero ha quedado presa de sus propios errores.



* IX *

Para entonces Esperanza ocupa la mayoría de su tiempo en la enfermedad de Agripina, mientras que Carlos, enfrentaba un sin fin de dificultades. Varias veces había llegado la ambulancia para descolgarlo de las vigas del techo, otras lo habían encarcelado por daños a propiedad ajena, más tantas por golpes a su mujer o soltarle un plomazo que a su fortuna había errado, la última vez mató algunos perros con la espada de su padre y… pues la cosa terminó en el manicomio. Esperanza no hallaba la puerta entre Agripina y Carlos, corría como loca de ciudad en ciudad desesperada por no tener dos cuerpos y muchas mentes para ayudar a sus hijos, mientras Carlos padre moría en el hospital tan solo como había estado todos esos años. Carlos fue declarado esquizofrénico al mostrar cambios de personalidad tan severos, El conde no le quería salir de cuerpo. La esposa, aprovechó su ausencia para desaparecer de su vida, cargando solo a la niña más pequeña en brazos, mientras los otros de cinco y tres años aún no entendían, no... No entendían que su mundo se estaba desmoronando. Carlos sale del manicomio y se mete en el piano, más que nunca, publica su libro de poemas, todos dedicados a la mujer que lo abandonó. La ha buscado por todas partes, pero ella no aparece, le escribe cartas, le ofrece dinero, en su locura le ofrece las perlas negras que alguna vez su madre y Agripina encontraran en la ya, inexistente trinchera, pero ella… jamás regresa. La pequeña magnolia, la hija pequeña de ambos, queda al cuidado de sus abuelos maternos, mientras los grandes, Esperanza y Carlos son criados por nadie, en la abundancia de la casa con todos sus complejos. Esperanza es violada por su padre, por su hermano, llora y se queja con su abuela, pero esta la maldice y la corre de la casa, nadie… nadie nunca hablará mal de su hijo Carlos, eso… no lo permitirá jamás.‘hijo de loco loquito, hijo de tigre pintito’ ellos no saben si agachar la frente o levantarla, pero el pequeño Carlos ha leído algo de lo que su padre tiene escrito y esto lo marca de por vida.‘Porque soy titán que se levanta, para aplastar con mi altivez tu frente ’Agripina parece recuperarse de la leucemia, pero no así de la locura. Esperanza ya está deforme, con una joroba impresionante para sus apenas sesenta y cinco años, su cabello enmarañado asusta a los niños, no lava sus ropas para no gastar en jabón. Agripina madre muere, y el cristo de oro pasa a manos de Milagros, en pago por sus cuidados de tantos años. Milagros no abandona a Concepción, por gratitud. Una noche, un bandido nuevo entra a la casa, uno que es recibido y sentado a la mesa, uno que va por el cristo… pero eso… nadie lo sabe. Mientras tanto la pequeña Esperanza sufre desprecios en la calle, se ha ido a vivir a los sótanos de la universidad, donde los estudiantes le llevan comida y algunos libros. Lee de día y de noche, ayuda a los universitarios con la imprenta, a tirar volantes y hasta ha dado algunos discursos en la calle donde protestan en contra del gobierno y el rector de dicha escuela. NO usa zapatos, carga una mochila a su espalda y toda su vida gira al derredor de su ideología, después de todo… ellos la salvaron de morir en las calles.


* X *


A veces solo tengo las noches para seguir escribiendo, he de confesarte que el capítulo diez, ha sido el elegido para presentarme, a mi… el escritor, orgullosamente descendiente de esta raza, tan amarga como distinta vaya usted a saber porque.
No lo hice antes porque en aquellos años no había nacido, y el capítulo nueve me dio la oportunidad de surgir, desde los escombros de la casa.
Yo… uno de sus sobrevivientes, he querido escribir la historia que nadie pudo escribir, y no por falta de ganas, sino por ignorancia.
Como dije antes, el Conde Rousset de Borbón, no solo murió como muchos invasores en tierras mexicanas, sino que nos dejó tesoros, construcciones, muertos e inexplicables sucesos aún después de más de un siglo de su desaparición.
El Túnel, aún existe, atraviesa las grande avenidas y las pequeñas casitas de madera de las colonias más humildes, se construyó una ciudad sobre su ya vieja resistencia, nadie le ha penetrado, porque la salida en San José de Guaymas está derrumbada, y la pieza pesada de cemento que puso Esperanza en la entrada, está muy bien camuflageada, debajo de unos lavaderos que también mandó construir.
En la actualidad la casa está derrumbada, sus paredes fueron penetradas en busca de nuevos tesoros, pero nadie, imaginó siquiera la existencia de un Túnel con sus escalones aún completos, que te llevan a una negrura casi impenetrable. Es allí, donde podría estar sepultada, la verdadera historia.
Como yo ya existo y todo lo que sigue de esta narración me ha tocado vivirlo, también podría decirte que me place, enormemente haber tenido la oportunidad de pertenecer, a la casa… aún con sus murciélagos y sus voces, sus ruidos y sus fantasmas, el piano viejo de cedro nos ha dejado un gusto por la música, la letra y la composición, y esto… no me resta más que agradecerlo.
Este, el escritor… ahora único sobreviviente de la cuarta generación, tiene la obligación de decirte antes de morir, que ha sido un placer haber tenido la oportunidad de existir para escribirlo.
Entonces… este capítulo no existe, no lo has leído y yo… sigo escribiendo, en el anonimato que me permite desplayar todos mis sentimientos.
De antemano… gracias por participar de nuestros secretos, nuestras vidas, nuestras maneras de existir aún con todas sus diferencias.



* XI *La pequeña esperanza se hizo mujer, ya era mujer, no… era una niña hecha mujer.Se tatuó el cuerpo y viajaba por las diferentes ciudades de la república sin dinero. Ella tenía un don, un don tan especial como extraño, memorizaba libros completos por lo que sirvió mucho a los propósitos de los universitarios de aquellos años. Sus discursos eran tan elocuentes como su fe en lo que hacía, hasta que… un día decidió regresar a la casa. Mala idea, pues fue allí donde por primera vez se sometiera a un examen de la mente ordenado por su abuela, un examen que la dejaría interna en el hospital psiquiátrico de la ciudad de Hermosillo. Gritaba no estar loca, golpeaba las paredes y maldecía a los médicos. Acaso duró unos días, pues era ágil para saltar bardas y engañar a los vigilantes.Esperanza creció diciendo que su padre y hermano la violaban, que la golpeaban, pero como ya estaba declarada loca, pues nunca nadie le creyó. Ni su madre las escasas veces que pudo verla, por el contrario, le decía que la iba a castigar Dios por mentirosa.Esperanza perdió el significado de su nombre, y adopto por familia la gran calle, el movimiento comunista y la lucha por los desvalidos, abusados y pobres de cualquier nación. Llegó a tomar armas en defensa de sus ideales, a ser guerrera de sus causas, a dar la vida por un mundo que siempre la ignoró.‘Que triste, se oye la lluvia, en las casas de cartón’ eran aquellos tiempos.Esperanza se drogaba desde muy niña, poco a poco esto fue repercutiendo en su salud física y mental. Tuvo un hijo, un precioso niño moreno al que llamó Jesús. Mientras tanto, Carlos su hermano, seguía estudiando todo libro de leyes que pudiera darle la oportunidad de quedarse con el dinero de la familia.Al igual que su padre, llegó a golpear a su abuela salvajemente, amenazándola con la muerte si no le firmaba los papeles sobre algunas propiedades, la única deferencia entre padre e hijo, era que uno golpeaba por vivir, y el otro por matar.Esperanza ya muy vieja, no permitiría que su nieto le robara aquel tesoro, sabía que si ella moría, sus hijos enfermos quedarían desprotegidos pues conocía la ira y la ambición desmedida de su nieto, por lo que se dispuso a hacer su testamento, llamando para ello a su hermana Concepción.Carlos era muy carismático, un hombre alto robusto, de cabello castaño y ojos color miel, conquistaba corazones sin proponérselo, pues él no tenía corazón, solo una mente perversa que fraguaba crímenes horrendos.El hijo de Esperanza ya estaba muy enfermo, pasaba seis meses en el hospital y seis meses en casa, meses que eran un verdadero tormento para todos.El Conde Rousset de Borbón, no dejaría de existir por más electros que se le dieran al paciente, porque esto no era cosa de la mente, sino del pasado.Bellas melodías fúnebres y tristes lo acompañaban por las noches, mientras Carlos hijo no llegara a golpearlo para que se callara.Concepción había encontrado la manera de proteger a los hijos de Esperanza legalmente, una manera en que sus nietos nunca pudiesen tocar un solo centavo de su herencia, se lo comentó a Esperanza y pronto hicieron el papeleo con un notario, Carlos y Agripina hija eran nombrados únicos herederos, con Concepción como albacea puesto que los dos estaban incapacitados mentalmente para administrar sus bienes.Esperanza cometió el error de decírselo a su nieto, de burlarse de él en una de tantas golpizas y con lágrimas en los ojos remarcarle que nunca, nunca tocaría un solo centavo.Fue entonces que Carlos comenzó a planear las cosas, la muerte de su abuela, deshacerse de todos los que le estorbaran.Primeramente sería la malvada mujer que no sentía el más mínimo remordimiento para dejarlo en la calle. Planeó el crimen perfecto.Una banda de asaltantes robó la caja fuerte de Esperanza, llevándose los restos del oro y plata. Fueron a la cárcel y allí murieron incinerados. Alguien la mandó quemar, pero esto… también es un secreto.Por otro lado, a Esperanza le arrancaban a su Jesús de sus brazos cuando el niño aún no cumplía los tres años, ella decía que le sacaron los ojos, contaba que lo mataron en su presencia, pero una llamada telefónica desconcertó al resto de la familia, solicitaban la presencia de la menor de las hijas, la que no se crió con ellos, la que acaso llegaron a mirar de lejos, la que nadie sabía donde estaba y llamaron por teléfono para que fuera a recoger al niño a Oaxaca, la que no tenía teléfono pero sabían el número de su trabajo, la que estaba embarazada y a punto de parir y no pudo ir.Esperanza buscó ayuda, pero ni ella sabía el paradero de su hermana, por eso no acudió a ella, se dirigió directamente con su abuela y al no obtener respuesta ¿la mató? estrangulándola sobre la cama de un cuarto en el techo donde se guardaban tiliches, el que antes era de Esperanza niña, el que tenia las paredes pintadas de negro y un gato enorme mirando de frente, ese… ese cuarto donde una mujer jorobada y muy anciana no podía subir.Apareció desnuda, desnuda… ¿para que quería Esperanza desnudar a su abuela?La cama estaba mojada con la sangre, de cierta manera dibujaba su silueta sobre el colchón. No habían pasado ni doce horas cuando Esperanza fue localizada en Nayarit, Nayarit… es arrestada._Si… yo fui. Yo maté a mi abuela_ Es conducida a la penitenciaría.Milagros adora a Carlos… lo consuela mientras le sirve un poco de chocolate caliente.Carlos no deja de mirar al Cristo… y sonríe.


* XII *

Los años pasaron y por extrañas que parezcan las cosas, el conde dejó de existir en la mente de Carlos, quizás fueron los medicamentos, los constantes electros, la muerte de su madre, la pobreza en la que se vio expuesto por el saqueo inmisericorde de su hijo y parientes lejanos. Quizás ni el conde Rousset de Borbón había enfrentado una guerra tan temeraria como el hambre y la calle que indiferente solo te mira morir.

La casa y todo lo que contenía pasó a manos extrañas, mentes nuevas que remodelaron sus rincones e ignoraron su contenido.
El túnel fue testigo de tantos y tantos secretos, crímenes y violaciones que… quizás lo mejor es que así permanezca para siempre.
Los que se fueron ya nada pueden decir, Esperanza no volvió a ver a su hijo Jesús. Cuentan que Esperanza murió en tierras lejanas peleando por otras libertades. A veces viajo con la mente a los corredores de la casa. Vuelvo a encontrarme con mi padre y la violencia que allí reinaba, el enrejado de sus balcones oxidados y los murciélagos recorriendo los techos. Encuentro a Esperanza pintando el gato negro en el cuarto de azotea, contándome la diferencia de su personalidad y todos los motivos que la hacían rebelde. También tengo un beso guardado en la mejilla para despedirse, un beso de gratitud que pudo salir de sus silencios: ‘Eres muy buena hermana’… y jamás volverla a ver.

Carlos mi hermano fue consumido por la droga, alcanzó a heredar de Milagros el cristo de oro así como algunas propiedades que ésta le concedió. Propiedades que vendió para obtener efectivo y matar más intrusos, más involucrados. Un primo lejano le costó ochenta mil pesos, pero fueron más los que murieron.
Antes de morir por una sobredosis, pedía comida en las calles, con los que alguna vez fueron sus amigos y le ayudaron a matar por dinero, desgraciadamente algunos amigos solo están cuando tienes con que retribuirles sus afectos.

Los hijos de Esperanza están vivos, ella hizo las cosas lo suficientemente bien para que sus nietos no le robáramos, para que sus hijos no quedaran desamparados, pero de cualquier manera rateros siempre han existido y llegaron tantos con las mismas o más ambiciones que los primeros, llevándose todo e internando a los enfermos en hospitales para enfermos mentales.

La más pequeña, la extraña, la que nunca tocó un peso ni reclamó un centavo de semejante herencia, vive lejos observando la historia de su familia, dejando caer sus emociones sobre un teclado que no le contesta muchas interrogantes, que no responde a inquietudes, pero que le permite un poco de paz.

A veces recuerda las llamadas de teléfono, los gritos desesperados de su hermana suplicando ayuda, las palabras de su hermano para convencerla de que participara en lo que el llamaba ‘sus derechos’ pero la vida tiene caminos y a veces, solo está en uno elegir el correcto, aun cuando nos parezca el más duro, el más desgraciado… puede llevarnos a la salvación. Es cuestión de minutos, de valores, de firmeza.

Aquellas monedas encontradas en la casa, solo trajeron desgracias a sus habitantes. Todas las propiedades se compraron con maldiciones viejas, que tarde o temprano reclamaron su origen.
El conde Rousset de Borbon puede descansar después de la cuarta generación. Logró aniquilar a todo aquel que tocó sus bienes y de alguna manera sacó provecho. Puedo decir con profunda paz que las maldiciones también se rompen, que no hay cadenas eternas cuando uno… hace lo correcto.

El viejo piano fue transformado en leña, ya no se escucha música alguna en ese lugar.
La que fuera esposa de Carlos también saldó sus deudas, en cierta manera renunciar a las perlas negras y los excesos de aquella familia le dio unos años más de vida, aún cuando también tuvo que pagar las consecuencias de su ambición con la pobreza que todos experimentaron antes de morir.

Apenas unos meses atrás me llegó una propuesta, una fascinante promesa de futuras fortunas a cambio de sacrificios y chantajes morales.
Podía recuperar algunas propiedades, pero… nunca podré recuperar a mi familia, por lo que he concedido todo derecho a sus raptores, a los que legalmente transformaron las escrituras en propias, para apoderarse de los bienes. Yo no hice ni haré nada… cada cual tiene lo que busca. Estoy segura.

Creo que los antepasados insisten en hacernos culpables de sus actos, pero no… yo no tengo piedra que me sujete al Túnel, ni hay mancha en mis manos que pueda reclamarme participación.


* XIII *

El Túnel… está sellado con toda su historia, hasta que el peso de la ciudad lo derrumbe por completo, y alguien… alguien…. Pueda escribir otra historia.

A veces quisiera volver a empezar y escribir otras cosas, pero esta es la verdad y estas son las consecuencias, de todos aquellos que antepusieron el oro… a su libertad.

Concepción por extraño que parezca aún vive, ya no puede valerse por si misma y desde un asilo de ancianos aún pretende gobernar vidas y decir como es que se tienen que hacer las cosas. Nunca se casó y nunca supo lo que era tener una familia, quizás ella considere que su salvación consista en dar su ya escaso dinero a los religiosos que la cuidan, que la atienden por lazos económicos. Quizás… quizás eso sea lo mejor.

Cuando fui a enterrar a mi hermano encontré en la casa algunas fotos de mi abuelo…
Carlos, el ingeniero naval junto al presidente de la república, López Portillo. No puedo negar que los recuerdos a veces me hacen llorar, a veces se pueden soportar tantas cosas por amor, por honor, por lealtad.
Ni su muerte le robó una palabra de reclamo.

Mi padre sigue internado en un hospital, asilo o como se llame a estar abandonado, explotado, desligado de toda responsabilidad.
Mi tía Agripina cada vez está más loca, quizás estar loco es un escape… una manera de ser libre después de todo…

El conde ha muerto, y aunque parezca difícil de aceptar, lo extraño.
Extraño las melodías que mi hermano interpretaba en el piano, la guitarra con la que aprendió a tocar y que me regaló, sus ojos cuando trataban de seducirme con su inteligencia ya tan sobrenatural, su intimidad que no tuvo pudor en mostrarme para ofrecerme placer y que gracias a la formación de gente ajena pude rechazar. Sus ideas y todo aquello que lo hacia ídolo, héroe de los desvalidos, de los apocados, de los que utilizaba para su propia fortuna. Sus ojos… nunca voy a olvidarlos, aún cuando pretendió lastimarme los tengo guardados en mi alma, pues en el fondo se que fueron de niño, abandonado y expuesto a los placeres ocultos de un fantasma. Simples consecuencias de la irresponsabilidad.










Yo… yo sigo escribiendo…


Como mi padre.


RHCastro.













Fin

 
justine,16.03.2008
Quilapan, yo estoy de acuerdo con margarita _zamudio, pero me parece que se me escapa un significado con la muerte de Gilbert Moulin. Quizás no entendí nada del cuento. ¿Me dices algo?
Un abrazo
 
quilapan,16.03.2008
Gracias justine, alipuso y margarita por visitar mis letras. La verdad es que el cuento termina así para indicar que esos solitarios son tan solitarios que el mundo ni para asesinarlos los quiere, ése es el sentido -de tener alguno- que tiene ese final. Esto sin considerar que pretendo continuar el relato. Lo más probable que la muerte de Moulin sea una farsa. Saludos! Y adelante con este foro de cuentos largos.
 
Rquel,17.03.2008
Muy lindo texto el de la golondrina y el hornerito. Sencillo, ilustrado. Muy bueno.
 
margarita-zamudio,29.03.2008
me gustaría que comentasen mi cuento:

"UNIVERSOS CONCÉNTRICOS"
 



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