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rhcastro,08.11.2019
godiva,06.11.2019
EL NIÑO AL QUE SE LE MURIÓ EL AMIGO, un cuento de Ana María Matute (España, 1926)

Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre: “el amigo se murió. Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar”. El niño se sentó en el qui­cio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. “Él volverá”, pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hoja­lata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no vi­niese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar. “Entra, niño, que llega el frío”, dijo la madre. Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos, y pensó: “qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada”. Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y le dijo: “cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido”. Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.

godiva,08.11.2019
EL SUICIDA

Enrique Anderson Imbert (Argentina, 1910-2000)

Al pie de la Biblia abierta –donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo– alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.

Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.

¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.


Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.

Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.

Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.

Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.


..
Me encanto el del niño y esa ropa más grande. Gracias Godiva.
 
Clorinda,08.11.2019
Escalofriantes cuentos! Una joyita!
 
godiva,21.11.2019
El pan ajeno, un cuento Varlam Tíjonovich Shalámov (Rusia, 1907-1982)


Aquel era un pan ajeno, el pan de mi compañero. Éste confiaba sólo en mí. Al compañero lo pasaron a trabajar al turno de día y el pan se quedó conmigo en un pequeño cofre ruso de madera. Ahora ya no se hacen cofres así, en cambio en los años veinte las muchachas presumían con ellos, con aquellos maletines deportivos, de piel de “cocodrilo” artificial. En el cofre guardaba el pan, una ración de pan. Si sacudía la caja, el pan se removía en el interior. El baulillo se encontraba bajo mi cabeza. No pude dormir mucho. El hombre hambriento duerme mal. Pero yo no dormía justamente porque tenía el pan en mi cabeza, un pan ajeno, el pan de mi compañero.

Me senté sobre la litera… Tuve la impresión de que todos me miraban, que todos sabían lo que me proponía hacer. Pero el encargado de Día se afanaba junto a la ventana poniendo un parche sobre algo. Otro hombre, de cuyo apellido no me acordaba y que trabajaba como yo en el turno de noche, en aquel momento se acostaba en una litera que no era la suya, en el centro del barracón, con los pies dirigidos hacia la cálida estufa de hierro. Aquel calor no llegaba hasta mí. El hombre se acostaba de espaldas, cara arriba. Me acerqué a él, tenía los ojos cerrados. Miré hacia las literas superiores; allí en un rincón del barracón, alguien dormía o permanecía acostado cubierto por un montón de harapos. Me acosté de nuevo en mi lugar con la firme decisión de dormirme.

Conté hasta mil y me levanté de nuevo. Abrí el baúl y extraje el pan. Era una ración, una barra de trescientos gramos, fría como un pedazo de madera. Me lo acerqué en secreto a la nariz y mi olfato percibió casi imperceptible olor a pan. Di vuelta a la caja y dejé caer sobre mi palma unas cuantas migas. Lamí la mano con la lengua, y la boca se me llenó al instante de saliva, las migas se fundieron. Dejé de dudar. Pellizqué tres trocitos de pan, pequeños como la uña del meñique, coloqué el pan en el baúl y me acosté. Deshacía y chupaba aquellas migas de pan.

Y me dormí, orgulloso de no haberle robado el pan a mi compañero.
 
Marcelo_Arrizabalaga,21.11.2019
Muy bueno.
 
Marcelo_Arrizabalaga,21.11.2019

La sala número seis (1920) de Antón Chéjov
traducción de Nicolás Tasín


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LA SALA NÚMERO SEIS


I

Hay dentro del recinto del hospital un pabelloncito rodeado por un verdadero bosque de arbustos y hierbas salvajes. El techo está cubierto de orín, la chimenea medio arruinada, y las gradas de la escalera podridas. Un paredón gris, coronado por una carda de clavos con las puntas hacia arriba, divide el pabellón del campo. En suma, el conjunto produce una triste impresión.

El interior resulta todavía más desagradable. El vestíbulo está obstruido por montones de objetos y utensilios del hospital: colchones, vestidos viejos, camisas desgarradas, botas y pantuflas en completo desorden, que exhalan un olor pesado y sofocante.

El guardián está casi siempre en el vestíbulo; es un veterano retirado; se llama Nikita. Tiene una cara de ebrio y cejas espesas que le dan un aire severo, y encendidas narices. No es hombre corpulento, antes algo pequeño y desmedrado, pero tiene sólidos puños. Pertenece a esa categoría de gentes sencillas, positivas, que obedecen sin reflexionar, enamoradas del orden y convencidas de que el orden sólo puede mantenerse a fuerza de puños. En nombre del orden, distribuye bofetadas a más y mejor entre los enfermos, y les descarga puñetazos en el pecho y por dondequiera.

Del vestíbulo se entra a una sala espaciosa y vasta. Las paredes están pintadas de azul, el techo ahumado, y las ventanas tienen rejas de hierro. El olor es tan desagradable que, en el primer momento cree uno encontrarse en una casa de fieras: huele a col, a chinches, a cera quemada y a yodoformo.

En esta sala hay unas camas clavadas al piso; en las camas—éstos, sentados; aquéllos, tendidos—hay unos hombres con batas azules y bonetes en la cabeza: son los locos.

Hay cinco: uno es noble, y los otros pertenecen a la burguesía humilde.

El que está junto a la puerta es alto, flaco, de bigotes rojizos y ojos sanguinolentos, como los ojos irritados de un hombre que llorara constantemente. La frente en la mano, ahí se está sentado en la cama sin apartar los ojos de un punto. Día y noche entregado a la melancolía, mueve la cabeza, suspira, sonríe a veces con amargura. Casi nunca interviene en las conversaciones, ni contesta cuando le preguntan algo. Come y bebe de un modo completamente automático todo lo que le sirven. Su tos lastimosa y agotadora, su extremeda flacura, sus pómulos enrojecidos, todo hace creer que está tísico.

Su vecino inmediato es un hombrecillo vivaz e inquieto que usa una barbita puntiaguda; su cabello es negro y rizado como el cabello espeso de un negro. Durante el día se pasea por el cuarto de una ventana a otra, o bien se queda sentado en la cama, a la turca, cantando incesantemente a media voz y riendo con un aire amable y satisfecho. Su alegría infantil, su vivacidad, tampoco de noche lo abandonan cuando se incorpora para implorar a Dios dándose repetidos golpes de pecho. Este hombre es Moisés el judío, que se volvió loco hace veinte años a causa del incendio que destruyó su sombrerería.

Es, de todos los huéspedes de la «sala número 6»,—que así la designan—el único que tiene permiso de salir fuera del pabellón y aun a la calle. Se le concede este privilegio a título de antigüedad en la casa, y también por su carácter inofensivo; a nadie da miedo, y suele encontrársele por la ciudad rodeado de chicos y perros. Con su bata azul y su bonete ridículo, en pantuflas y hasta descalzo, y, a veces, también sin pantalones, pasea por las calles, se detiene a la puerta de alguna casa o tienda, y pide un copeck de limosna. La buena gente le da pan, cidra, copecks, y así, siempre vuelve con la barriga llena, rico y contento. Todo lo que trae lo confisca a la entrada el veterano Nikita, que procede al acto de una manera brutal: hurga los bolsillos del loco, y gruñe y jura que no dejará salir más a Moisés, y que no puede tolerar tamaño desorden.

Moisés es muy servicial: lleva agua a sus vecinos, los cubre cuando duermen, les ofrece traerles copecks de la ciudad y hacerles sombreros nuevos.

A la derecha de Moisés se encuentra la cama de Iván Dimitrievich Gromov. Es un sujeto de treinta y cinco años, de noble origen, ex secretario del tribunal, que padece de manía persecutoria. Pocas veces se le ve sentado; a veces está acostado, con las rodillas pegadas a la barba, y otras veces mide a grandes pasos la sala. Siempre parece agitado, inquieto, como si esperara ansiosamente quién sabe qué. Se estremece al menor ruido del vestíbulo o del patio exterior; levanta la cabeza con angustia y escucha atentamente: cree que son sus enemigos que lo andan buscando, y sus facciones se contraen en una mueca de terror.

Hay cierta vaga belleza en esa cara ancha, de pómulos salientes, pálida y contraída, espejo donde se refleja un alma martirizada por el miedo constante y la lucha interna. Sus gestos son extraños y repelentes; pero sus facciones finas, llenas de inteligencia, y sus miradas conservan elocuencia y calor. Es cortés y amable para con todos, excepción hecha de Nikita. Si a alguien se le cae una cuchara, un botón, ya está él saltando de su lecho para recogerlo. Por la mañana, al levantarse, saluda a todos y les desea los buenos días; por la noche, da las buenas noches.

A veces, entre la noche, comienza a estremecerse, rechina los dientes, y se pone a andar presurosamente por entre las camas. Entonces se diría que la fiebre se apodera de él. A veces se detiene frente a cualquiera de sus camaradas, se le queda mirando muy fijamente y parece querer decirle algo muy grave; pero, como si de antemano supiera que no le han de hacer caso, sacude nerviosamente la cabeza, y continúa sus paseos a lo largo de la estancia. Pronto el deseo de comunicarse domina en él todas las consideraciones, y, entonces, sin poderse- contener, se suelta hablando con abundancia y pasión. Habla de un modo desordenado, febril, como se habla en sueños, casi siempre es incomprensible; pero en su palabra, en su voz, se descubre un natural lleno de bondad. De sólo oírle, queda uno convencido de que aquel loco es un hombre honrado, un alma superior: habla de la cobardía de los hombres, de la violencia que sofoca a la verdad, de la vida ideal y hermosa que un día habrá de reinar sobre la tierra, de las rejas de las ventanas que se oponen a la libertad humana y parecen recordar la barbarie y la crueldad, de las cárceles.

II

Hará unos doce o quince años, en aquella misma ciudad, en la calle principal de ella, vivía un funcionario público llamado Gromov, hombre de posición muy holgada y casi rico. Tenía dos hijos: Sergio e Iván. El primero murió de tisis cuando estaba haciendo sus estudios universitarios. Y desde entonces, la familia Gromov tuvo que sufrir una serie de terribles pruebas.

Una semana después de los funerales de Sergio, el padre fué arrestado por fraude y malversación de fondos públicos; poco después moría de tifus en el hospital de la prisión. La casa y cuanto contenía se vendió en pública subasta. La viuda Gromov y su hijo Iván se quedaron sin recursos.

Antes de la muerte de su padre, Iván Dimitrievich estaba también estudiando en la Universidad. Su padre le enviaba mensualmente unos 60 ó 70 rublos, que bastaban ampliamente a sus necesidades. Ahora, por primera vez, se encontraba frente a frente con la miseria, y se vio obligado a buscarse un medio cualquiera de ganarse el pan. Desde por la mañana hasta muy entrada la noche corría de aquí para allá dando lecciones, copiando documentos, aceptando cuanto trabajo se le ofrecía. Con todo, estaba casi en la miseria; todo lo que ganaba se lo enviaba a su madre.

Pronto esta vida de sufrimientos quebrantó las fuerzas del joven Iván Dimitrievich: se debilitó, se enflaqueció, y, abandonados los estudios universitarios, volvió a su ciudad natal, al lado de su madre. Allí logró que le nombraran instructor en una escuela primaria, pero no pudo entenderse con sus colegas ni con los alumnos, y tuvo que dimitir al poco tiempo.

Poco después tuvo que enterrar a su madre. Durante seis meses no pudo encontrar ninguna colocación, y estuvo a pan y agua hasta que alcanzó la plaza de secretario del tribunal local, que conservó ya hasta el instante en que se declaró su locura.

Nunca, ni en la adolescencia, había gozado de buena salud. Siempre flaco y pálido, atrapaba fácilmente un catarro, era desganado, no dormía bien. Con sólo un vasito de vino, ya tenía náuseas y vértigos. Aunque muy aficionado a la sociedad, era tan irascible y desconfiado que no podía conservar sus relaciones, y no tenia verdaderos amigos. Hablaba con desdén de la gente de la ciudad, a quien detestaba por su ignorancia y vida insustancial, exenta de estímulos superiores. Y esto, en voz muy alta, casi a gritos, con ardor y vehemencia, aunque siempre con sinceridad. El tema favorito de sus conversaciones era la vida que le rodeaba, la falta absoluta, de preocupaciones ideales, la violencia de los fuertes y el servilismo de los débiles, la hipocresía y la perversidad que notaba en los habitantes de la ciudad. Acusador implacable, declaraba que sólo los cobardes logran lo que necesitan, y que la gente digna se muere de hambre; que no había buenas escuelas, ni Prensa honrada, ni teatro, ni conferencias públicas, y, finalmente, predicaba la unión y la colaboración estrecha de todas las fuerzas vivas del pueblo. En sus peroratas ponía siempre mucho fuego y pasión. Para pintar a los hombres y a las cosas sólo empleaba dos colores: el blanco y el negro; la Humanidad, a su ver, estaba partida en dos bandos: la gente honrada y los picaros. Los términos medios, los matices, no existían para él. Y aunque se expresaba con admiración y entusiasmo sobre el amor y las mujeres, no estaba enamorado. A pesar de la violencia de su lenguaje y de sus acusaciones implacables, en la ciudad era bastante querido; para hablar de él empleaban el diminutivo cariñoso: Vania. Su natural bondad, su solicitud, su pureza moral, así como su traje usado, sus desgracias familiares y su condición enfermiza, ganaban al pobre joven el afecto y la compasión de los vecinos. Además, era muy ilustrado, muy leído, y con reputación de diccionario enciclopédico en dos pies.

Su distracción favorita era la lectura. Ya en su casa, ya en el club, se pasaba las horas largas hojeando libros y revistas. En sólo la expresión de su cara se adivinaba al lector ávido, que lee como el borracho bebe o como devora el hambriento, tragando todo sin masticar. Se arrojaba con ansia sobre todo impreso, aun sobre los periódicos del año pasado y los calendarios antiguos. La lectura habla llegado a ser para él un hábito enfermizo, casi una anomalía.

En su casa, por la noche, solía leer en la cama hasta el amanecer.



III

Una mañana de otoño, con el cuello del gabán levantado, se dirigía por las calles fangosas a casa de algún vecino a quien tenía que prestarle algún servicio. Iba de mal humor, como, por lo demás, solía estar siempre por la mañana. En cierta callejuela se cruzó con dos presos cargados de cadenas y conducidos por cuatro soldados.

A menudo se encontraba Iván con prisioneros, y siempre sentía una profunda compasión hacia ellos; pero esta vez la impresión fué mucho más intensa y dolorosa. Y se dijo que él mismo podría un día ser conducido así, entre grillos, hasta la cárcel, por entre el fango de las calles.

Cuando hubo despachado lo que tenía que hacer, de vuelta a su casa, tropezó, junto a la oficina de correos, con un oficial de policía conocido suyo. Este lo saludó y lo fué acompañando un rato. El caso preocupó mucho a Iván Dimitrievich. Todo el día estuvo pensando en presos y en soldados carceleros. Poco a poco, una vaga angustia se fué apoderando de su ánimo, y ni siquiera podía entregarse a la lectura.

Por la noche no encendió la lámpara. No pudo conciliar el sueño en toda la noche, y estuvo pensando en que a él también le podrían arrestar, encadenar, encarcelar. De sobra sabía él que no había cometido crimen alguno, y estaba seguro de no cometerlo en su vida; pero, ¿acaso estaba a salvo de incurrir en alguna ilegalidad, aun sin querer, por un azar desgraciado? Finalmente, podía ser víctima de una calumnia o un error judicial cualquiera. En el estado actual de las leyes, los errores judiciales son siempre probables. Jueces, policías, médicos, juristas, todos, en virtud del hábito profesional, se van volviendo imposibles, y a menudo se inclinan a ver crímenes donde no los hay. Así, inconscientemente, se vuelven crueles, como el carnicero habituado a matar reses, que ni se acuerda de los sufrimientos que puede ocasionarles. En tales condiciones, condenar a un inocente, hacerlo arrestar, enviarlo a presidio, resulta sumamente fácil, y todo es cuestión de contar con el tiempo indispensable para llenar las formalidades del caso. Cumplidas las formalidades, se acabó todo, y sobre todo aquí, en esta miserable ciudad, perdida en el campo, a más de 200 verstas del ferrocarril. Aquí no hay medio de probar que se es inocente; no hay esperanzas de que la verdad triunfe y se imponga. Además, en esta sociedad perversa y corrompida, que considera la violencia como una necesidad absoluta, y que se indigna y subleva cuando los jueces pronuncian un veredicto absolutorio, ¿quién piensa en la justicia?

A la mañana siguiente, Gromov se levantó horrorizado, sudando frío, absolutamente convencido de que a cada paso lo podrían arrestar. El hecho de que estos pensamientos no lo abandonasen—se decía—, prueba que había en ellos un presentimiento de la verdad. No le habían de haber ocurrido sin alguna causa.

En este preciso momento, pasó frente a su ventana, lentamente, un agente de policía. Gromov se estremeció. ¿Qué significaba esto? Poco después, dos hombres se detuvieron frente a su casa, silenciosos. ¿Por qué callarían así?

A partir de ese día, Gromov vivió en una angustia mortal. Todo el que pasaba por la calle, o entrada al patio de su casa, le parecía un espía o un agente de la secreta. A mediodía pasaba, invariablemente, el jefe de policía, en coche, camino de su despacho; pero, ahora, a Gromov le parecía notar en aquel hombre cierta inquietud, y una expresión singular en su rostro. Probablemente, al jefe de policía se le hace tarde para comunicar que ha descubierto en el pueblo a un criminal importante.

Cada vez que la campanilla sonaba, Gromov temblaba; toda cara nueva que veía en casa le inspiraba desconfianza y temor. Cuando, por la calle, se encontraba con guardias o gendarmes, fingía sonreír, se ponía a silbar, como para dar a entender que no tenía razón de temerles. Por la noche padecía insomnios, esperando que vinieran a arrestarlo de un momento a otro; pero, por temor de que el ama de la casa se diera cuenta, hacía como que roncaba y lanzaba profundos suspiros, simulando un sueño profundo. ¡No fueran a figurarse que tenia remordimientos de conciencia que le quitaban el sueño, y sospecharan de él!

Trataba de tranquilizarse, de convencerse de que sus temores eran infundados, que aquello era absurdo, que, aun cuando lo arrestaran, la cosa no sería tan terrible mientras realmente estuviera limpia su conciencia; pero el razonar consigo mismo, sólo le servía para angustiarse más y más. Finalmente, viendo que sus reflexiones eran inútiles, se resignó, y ya no se opuso más a sus pensamientos funestos.

Comenzó a evitar el trato y a buscar la soledad. La servidumbre, que de tiempo atrás le disgustaba, ahora se le había hecho de todo punto insoportable, Siempre estaba temiendo que sus compañeros de trabajo le jugaran una mala pasada: meterle dinero en el bolsillo para después acusarlo de cohecho; además, él mismo podía equivocarse al hacer una copia, y esto producir fatales consecuencias.

Nunca había trabajado más su pobre imaginación. Inventaba mil dificultades y obstáculos contra su libertad y aun contra su vida. Y, por otra parte, ya había perdido todo interés por las cosas del mundo interior, incluso la lectura y los libros. Su memoria comenzó a traicionarlo: se le olvidaban las cosas más sencillas.

A principios de la primavera, pasado el deshielo, se encontraron en una barranca, junto al cementerio, dos cadáveres en vías de descomposición: una vieja y un niño. Al parecer, se trataba de un asesinato. En el pueblo no se hablaba más que del crimen misterioso y de los asesinos ocultos.

A fin de que no sospecharan de él, Gromov paseaba por las calles, sonreía, y procuraba tener aire de hombre de conciencia tranquila. Pero, en cuanto daba con algún conocido, palidecía, se sonrojaba después, y se ponía a decir que no hay crimen más abominable que asesinar a los débiles.

Pronto se sintió fatigado de estos esfuerzos, y entonces se le ocurrió que lo mejor sería esconderse en los sótanos de la casa. En efecto, se pasó un día entero en el sótano, después la noche entera, y, además, todo el día siguiente, y por la noche, temblando de frío, se escurrió como un solapado ladrón hasta su cuarto, y allí permaneció inmóvil, atento a los rumores más insignificantes. Por la mañana, muy temprano, entraron obreros en la casa. Gromov no ignoraba que venían a arreglar el horno de la cocina; pero el terror le hacia imaginar en ellos a los temidos agentes disfrazados.

Lentamente, de puntillas, se salió de la casa, y, presa de pánico, sin sombrero, en mangas de camisa, se echó a correr por la calle. Los perros le seguían ladrando; los transeúntes, asombrados, le gritaban; el viento silbaba en sus oídos. Y él seguía corriendo, corriendo, enloquecido, espantado. Le parecía que toda la violencia del mundo venía tras él dándole caza furiosamente.

No sin trabajo lograron apoderarse de él y volverle por fuerza a casa. El médico, llamado al efecto, le prescribió un calmante, movió tristemente la cabeza y se marchó, tras de haber declarado al ama que no volvería, porque no hay medio de evitar que los hombres se vuelvan locos.

Como Gromov no tenía recursos bastantes para ser atendido a domicilio, lo llevaron al hospital municipal y lo instalaron en la sala de los enfermos venéreos. Pero no dormía por la noche, y era tan excitable y caprichoso, que molestaba mucho a los enfermos. El doctor Andrés Efimich ordenó entonces que lo trasladaran a la sala núm. 6.

Un año después, ya nadie se acuerda de Ivan Dimitrievich; sus libros, arrumbados en el desván por el ama, son ahora juguetes de los muchachos.
IV

El vecino de la derecha de Gromov es un mujik de cara redonda, mirada estúpida e insensata. Bestia de extremada voracidad y de no menor suciedad, había perdido, hacía mucho tiempo, el don de pensar y de sentir. De su cuerpo se exhala un olor repugnante. Nikita le pega con redoblada crueldad, lo abofetea de lo lindo, y lo peor es que la víctima no reacciona ni hace un solo gesto, ni expresa cólera o indignación; se limita a mover la cabeza tras de cada golpe recibido, como un tonel que recibe un puntapié.

El quinto y último habitante de la sala número 6 es un pobre hombre flaco, rubio, de mansa expresión, que había sido, en salud, empleado de correos. A juzgar por sus ojos tranquilos e inteligentes, que tienen siempre un fulgor malicioso, posee un secreto que esconde cuidadosamente a las indiscreciones del mundo. Bajo su almohada, bajo su colchón, guarda algo que no quiere mostrar a nadie, no por miedo del robo, sino más bien por pudor. A veces se acerca a la ventana, y, de espaldas a sus camaradas, oprime algo sobre su pecho, y después lo contempla un rato, cabizbajo. Si se le acerca alguien, se pone confuso y oculta el objeto al instante. Pero, con todo, no es difícil adivinar de qué se trata.

—Ya puede usted felicitarme—suele decirle a Gromov—. Me han dado la cruz de Estanislao de segundo grado, con estrella. Esta condecoración sólo se concede a los extranjeros; pero, para mí, se ha hecho una excepción. Si he de decirle a usted la verdad, es un favor que no me esperaba.

Sonríe lleno de satisfacción, y espera que Gromov le dé la enhorabuena. Pero éste contesta tristemente:.

—Yo no entiendo de eso.

—¿Sabe usted—continúa el antiguo empleado de correos—, sabe usted cuáles son mis aspiraciones?—Y guiñando maliciosamente los ojos, añade:—¡Aspiro a la orden de la Estrella Polar! La cosa vale la pena; es una orden muy rara: cruz blanca y banda negra. Hermosísima. Ya verá usted, ya verá usted cómo me salgo con la mía.

La vida en aquella casa es muy monótona. Por la mañana, todos los enfermos, con excepción del mujik, se lavan en el vestíbulo, en un tonel lleno de agua, y se enjugan la cara con los extremos de la bata. Después beben el té que les dan en tazas de plomo. Sólo hay derecho a una taza. A mediodía, comen una sopa de col y un plato de cereales. Por la noche, cenan los restos de la comida. Y en los intervalos, los enfermos están acostados, se duermen, se ponen a ver por las ventanas o se pasean de un rincón a otro de la sala.

Así transcurren todos los días. El antiguo empleado de correos habla siempre de las mismas condecoraciones.

Raro es ver caras nuevas en la sala número 6. El doctor no recibe ya más locos, y las visitas son muy de tarde en tarde: no abundan los aficionados a las casas de locos. Dos veces al mes viene el peluquero Simeón Lazarich. Nikita le ayuda a cortar el pelo a los huéspedes de la número 6, y los pobres reciben entonces tan malos tratos, que su aparición provoca un pánico indescriptible.

Aparte del peluquero, no viene nadie al manicomio; los enfermos están condenados a no ver más cara que la de Nikita todos los días. El doctor, tampoco viene casi nunca.

Pero he aquí que de pronto circula por el hospital un rumor inusitado: el doctor ha dado en frecuentar la sala número 6.



V

En efecto; la noticia era extraña, casi extraordinaria.

El doctor Andrés Efimich Ragin no es un hombre ordinario. Cuentan que en su juventud había sido muy devoto, y que se preparaba para la carrera eclesiástica. Después de alcanzar el bachillerato, en 1883, quiso entrar en el seminario para hacerse cura; pero su padre, médico también, se opuso resueltamente, y le declaró que lo desconocería si se empeñaba en seguir la carrera del sacerdocio. Andrés Efimich confesaba no sentir la menor vocación por la medicina ni por ninguna otra ciencia especial. Pero el destino había decidido que fuera médico.
Tenía un aspecto rudo y tosco de mujik o de tabernero. Su rostro era severo; los ojuelos, pequeños; la nariz, roja. Era muy fuerte y corpulento, de brazos muy sólidos. Parecía capaz de derribar a un hombre de un golpe. Y, sin embargo, era tímido; andaba con suavidad, casi de puntillas. Cuando, en un paso estrecho, se encontraba con alguien, se apartaba invariablemente, y con una voz fina, casi femenina, decía: «¡Perdón!» Tenía en el cuello un tumorcillo que le impedía usar camisas muy almidonadas; siempre llevaba camisas blandas. Se vestía con cierto descuido; casi no cambiaba de traje, y cuando se ponía un traje nuevo, se diría que era usado. Con el mismo traje recibía a sus enfermos, comía, visitaba a sus amistades, y no por avaricia, sino por abandono de las cosas externas.

Cuando llegó al pueblo en calidad de médico municipal, el hospital se encontraba en un estado lamentable. En las salas, corredores y patio, había un olor imposible. Los criados, las hermanas de la caridad y los niños, dormían en la misma sala de los enfermos. Verdaderos ejércitos de ratas y chinches hacían intolerable la vida. No había instrumentos quirúrgicos ni termómetros. Las patatas las guardaban en las bañeras. El personal se enriquecía robando a los tristes enfermos. El predecesor de Andrés Efimich, a creer los rumores, vendía por trasmano el alcohol del hospital, y mantenía relaciones muy estrechas con las hermanas enfermeras, y aun con las enfermas.

En el pueblo estaban al tanto de estos desórdenes; pero la opinión pública no parecía hacer caso de ello. Para tranquilidad de conciencia, los vecinos se decían que, a fin de cuentas, el hospital está poblado de gente pobre acostumbrada a vivir mal, y que puede aguantar cualesquiera condiciones de vida.

¡Cómo ha de ser! ¡No podemos alimentarnos con perdices!

Después de su primera visita, el nuevo doctor se dijo que aquel era un establecimiento inmoral, sumamente dañoso para la salud de los vecinos. A su modo de ver, lo mejor hubiera sido dejar a los enfermos en libertad y cerrar la casa; pero no se le ocultaba que carecía de poder para obrar así. Además, sin duda los mismos vecinos desearían conservar su hospital, que por algo lo habían construido. Claro que esto no pasaba de ser un prejuicio; pero los mismos prejuicios, y otras sandeces que hace la gente, pueden algún día servir para algo, como sirve el estiércol para abonar la tierra. Todas las cosas buenas del mundo tienen, en su origen, algo repugnante.

Con estas filosofías, Andrés Efimich entró en sus nuevas funciones decidido a dejarlo todo tal como estaba. Desde el primer día manifestó la mayor indiferencia por cuanto ocurriera en el hospital. Se limitó a pedir a los criados y a las hermanas que no durmieran en la sala de los enfermos, e hizo comprar un par de armarios con instrumentos. En cuanto al personal, no vió la necesidad de renovarlo. En suma; todo siguió como antes.

El doctor aprecia en mucho la inteligencia y la honradez; pero carece de la voluntad que hace falta para obligar a los que le rodean a vivir de un modo inteligente y honrado. No sabe mandar, ordenar, prohibir, insistir. Se diría que ha hecho voto de no alzar nunca la voz, de no emplear jamás el imperativo. Le cuesta mucho trabajo resolverse a decir: «Dénme eso, tráiganme aquello.» Cuando tiene apetito, se dirige tímidamente a su cocinera y le dice:

—Si fuera posible, me gustaría comer un poco.

Sabe muy bien que el administrador del hospital es un ladrón y que merecía que lo hubieran echado a la calle hace mucho tiempo; pero no se siente capaz de hacerlo, le es de todo punto imposible. Cuando lo engañan y le presentan a firma, por ejemplo, una factura tramposa, se sonroja hasta los cabellos, como si él fuera el autor del fraude; pero, con todo, firma. Cuando los enfermos se quejan de hambre o de los malos tratos que reciben del personal, se pone mortificadísimo y balbucea muy confuso:

—Bueno, bueno, yo lo arreglaré... Creo que habrá sido un error.

Al principio, el doctor trabajaba con mucho celo; todos los días recibía a los enfermos desde por la mañana hasta la hora de comer, operaba y asistía a los partos. Así adquirió pronto en el pueblo reputación de buen médico. Las señoras decían que era muy atento y excelente para el diagnóstico, sobre todo en efermedades de señoritas y niños.

Pero, poco a poco, empezó a cansarse de la monotonía y evidente inutilidad de todo esto. Hoy son treinta enfermos, mañana serán treinta y cinco, y pasado mañana cuarenta; y así, de día en día, de año en año, los enfermos van aumentando, y la mortalidad está lejos de disminuir. ¿De qué sirven, pues, tantos esfuerzos? Aparte de que, cuando en el término de unas cuantas horas se reciben a cuarenta enfermos, es físicamente imposible atenderlos y cuidarlos debidamente, de modo que el médico se ve obligado a defraudar a veces las esperanzas de su clientela. Según la estadística del hospital, el año pasado el doctor recibió unos doce mil dolientes; es decir, que hubo doce mil engañados. La mayoría deberían haber ingresado en el hospital, aun para recibir los cuidados más indispensables, pero era imposible; sin contar con que las condiciones higiénicas del hospital no se prestan en manera alguna para cuidar a un enfermo; está muy sucio, la alimentación es mala el aire está corrompido. «Puesto que no tengo fuerzas para cambiarlo todo—se decía el doctor—más vale no ocuparse de ello.»

Además, ¿para qué empeñarse en impedir que la gente se muera, siendo la muerte el fin natural de todos? ¿Vale verdaderamente la pena de prolongarle la vida por cinco o diez años a este comerciante, a aquel empleado? Cierto es que otros piden a la medicina consuelos para el sufrimiento. Pero, ¿debe uno proporcionar tales consuelos? Según los filósofos, el sufrimiento conduce a los hombres a la perfección; y ademas, si los hombres llegan realmente a descubrir el medio de aplacar sus padecimientos con píldoras y especialidades farmacéuticas, descuidarán la religión y la filosofía, que era hasta ahora, no sólo una fuente de consuelos, sino de felicidad. Amén de que los hombres más eminentes han sufrido muchos males. Puchkin, por ejemplo, pasó unas horas terribles antes de morir; el pobre Heine estuvo paralitico muchos años. ¿Por qué, pues, empeñarse en ahorrarle sufrimientos a un triste empleado o a una burguesa cualquiera, cuya vida, desprovista de padecimientos, sería monótona e insípida, como la de un organismo primitivo?

A fuerza de razonar así, el doctor comenzó a abandonar sus deberes, y sólo se preocupaba del hospital dos o tres veces por semana.



VI

La vida del doctor es muy aburrida.

Se levanta a eso de las ocho, se viste, toma el té, lee después un poco en su gabinete y, a veces, visita el hospital. Allí, en el estrecho y oscuro corredor le están esperando los enfermos. Frente a ellos pasan continuamente, golpeando el suelo con los zuecos, los guardianes y los enfermos internos. A veces también conducen por el corredor a los muertos, hacia la sala mortuoria. Se oyen gemidos de los dolientes, se oyen llantos de niños, y el viento circula, libremente por el corredor, produciendo fuertes corrientes.

El doctor sabe bien que todo eso produce una impresión dolorosa sobre los enfermos, pero nada hace para evitarlo.

En el vestíbulo sale a recibirlo el enfermero Sergio Sergeyevich, un hombrón de cara afeitada e inflada, de maneras corteses, cuidadosamente vestido y con más aspecto de senador que de enfermero. En la ciudad cuenta con numerosa clientela; usa corbata blanca, y se cree más sabio en medicina que el doctor, que ya casi no tiene clientes.

En un rincón de la sala de recibir hay un enorme icono. En los muros se ven retratos de obispos, una fotografía de un convento y coronas de florecillas marchitas. Es el enfermero quien se ha preocupado de decorar así la estancia. Es hombre muy religioso, y todos los domingos hace decir una misa en el hospital.

Aunque hay muchos enfermos, el doctor tiene su tiempo limitado; se reduce, pues, a preguntar a cada uno qué le duele, y después le prescribe aceite de ricino, o algo que no pueda hacerle bien ni mal. Sentado junto a su mesa, la cabeza apoyada en la mano, el doctor parece sumido en hondas reflexiones, y va preguntando sin saber lo que dice. El enfermero, a su lado, se frota las manos, y de tiempo en tiempo hace algunas observaciones.

—Padecemos y enfermamos—suele decir a los pacientes—porque no sabemos rogar a Dios tanto como debiéramos.

Evita las operaciones; ha perdido la costumbre, desde hace mucho, y la sola vista de la sangre lo pone nervioso. Cuando tiene que abrirle la boca a un niño enfermo, y el niño se opone y llora, el doctor padece verdaderos vértigos, quisiera taparse las orejas y huir y se apresura a recomendar cualquier remedio, hacendó señas de que se lleven achico.

Pronto el aspecto tímido y estúpido de los enfermos le fatiga; la presencia del enfermero, los retratos de los obispos, las preguntas mismas que está dirigiendo a los enfermos desde hace veinte años, todo le cansa, y a los cinco o seis enfermos se despide, dejando el resto a cargo del enfermero.

Con el dulce pensamiento de que ya en el pueblo no le quedan clientes que lo molesten, vuelve a su departamento, se sienta en su gabinete, y helo otra vez leyendo. Lee mucho, y siempre con mucho interés. La mitad del sueldo se lo gasta en libros. De las seis habitaciones de que dispone, tres están repletas de libros y de viejas revistas. Tiene preferencia por las obras de historia y filosofía; en materia de medicina sólo recibe una revista, El Médico, que lee siempre comenzando por el final.

Y así se pasa las horas muertas leyendo sin moverse de un sitio y sin dar señales de fatiga. Lee muy lentamente, sin tragarse las páginas como antaño su enfermo Gromov, y deteniéndose en lo que no encuentra claro o le resulta agradable. Junto al libro hay siempre una garrafa de vodka y una manzana o un pepino con sal, puestos directamente sobre el tapete de la mesa, sin plato. De tiempo en tiempo se sirve un vasito de vodka, y, sin quitar los ojos de la lectura, busca a tanteos el pepino y da un mordisco.

Hacia las tres se acerca con mucha suavidad a la puerta de la cocina, tose y dice a la cocinera:

—Daría, siento ya un gusanillo... Si fuera posible, quisiera comer.

Después de comer una comida muy mediana y muy mal servida, pasea mucho tiempo, los brazos cruzados sobre el pecho, por todas las habitaciones, y medita. El reloj da las cuatro, el reloj da las cinco, y él continúa rumiando sus meditaciones. De tiempo en tiempo la puerta de la cocina se abre con un rechinido, y se ve pasar a la cocinera con su cabeza rojiza y somnolienta.

—Andrés Efimich, creo que ya es hora de la cerveza—dice con cierta inquietud.

—No, todavía no—responde éste—. Voy a esperar otra media horita.

Por la noche viene a verlo casi siempre el director de correos, Mijail Averianich, único habitante de la ciudad, cuya compañía parece soportable al doctor.

Mijail Averianich había sido en otro tiempo rico propietario y oficial de caballería; arruinado, tuvo que entrar como empleado en la oficina de correos. Es apuesto, usa unas hermosas patillas blancas; tiene modales muy distinguidos y voz sonora y agradable. Posee una envidiable salud, es hombre de corazón muy sensible, aunque algo nervioso e iracundo. Cuando, en la oficina de correos, alguna persona del público protesta o simplemente exige algo, Mijail Averianich se pone rojo de ira, todo el cuerpo le tiembla y grita a voz en cuello:

—¡Ya se está usted callando! ¡Aquí no manda nadie más que yo!

Gracias a esto, el correo ha adquirido desde hace tiempo una sólida reputación de lugar desagradable y expuesto a escándalos.

Mijail Averianich estima y quiere bien al doctor, a quien considera como hombre instruído y de noble corazón; pero a los demás vecinos los trata con desprecio y los considera como a súbditos suyos.

—Aquí estoy—dice al llegar a casa del doctor—, ¿Qué tal, querido amigo? Ya estará usted de mis visitas hasta aquí, ¿verdad?

—Al contrario, hombre, me dan muchísimo gusto—le responde el doctor—. Siempre es usted bienvenido en esta casa.

Y los dos amigos se sientan sobre el canapé del gabinete. Un buen rato se lo pasan fumando sin decir nada. Después el doctor llama a la cocinera:

—Daría, ¿quiere usted hacer el favor de darnos cerveza?

Daría trae la cerveza.

La primera botella se agota en silencio; el doctor, siempre entregado a sus reflexiones, y Mijail Averianich con aire alegre y animado, como hombre que tiene muy buenas cosas que contar.

El doctor comienza siempre la conversación.

—Lástima—dice hablando con parsimonia y tristeza sin mirar a los ojos de su interlocutor—que no haya en este lugar gente aficionada a la buena conversación y capaz de sostener una charla interesante. Para nosotros resulta una dura privación. Ya ve, usted, aquí, ni los intelectuales sobresalen del bajo nivel de las capas inferiores del pueblo.

—Tiene usted razón que le sobra. Lo mismo digo.

—Ya sabe usted bien—continúa el doctor—que en este mundo todo es insignificante y carece de interés, si se exceptúan las manifestaciones superiores del entendimiento. Sólo el entendimiento traza una línea divisoria entre el hombre y la bestia, e indica el origen divino de aquél, y, en cierto grado, reemplaza para él el precioso don de la inmortalidad, que no existe. Según esto, el espíritu puede considerarse como la única fuente verdadera de felicidad. Pero nosotros, que no vemos en nuestro radio ninguna manifestación del espíritu, no podemos disfrutar de esa felicidad. Cierto es que tenemos nuestros libros, pero no es lo mismo, ni la lectura puede sustituir del todo los agrados de la conversación y el cambio de ideas. Si usted me permite que use de una comparación algo atrevida, le diré a usted qué el libro es la nota y la conversación es el canto.

—Dice usted muy bien.

Y aquí hay un silencio. Entra entonces la cocinera, y con expresión curiosa se detiene casi en la puerta para oír lo que hablan los señores.

—En esta época ya no hay ingenio—declara Mijail Averianich.
Y se pone a recordar los buenos tiempos, cuando la vida valía la pena y era sana y gozosa, y habla de los intelectuales de hace treinte años, tan enamorados de su honra y tan devotos de la amistad. Entonces se prestaba uno dinero sin necesidad de prenda ni garantía, y todos se ayudaban mutuamente de una manera caballeresca. La vida estaba preñada de aventuras y de cautivadoras sorpresas. ¡Qué camaradas los de entonces! ¡Qué mujeres aquéllas!

Y después se enfrasca con entusiasmo en una descripción del Cáucaso, ese país de bienandanza.

—Figúrese usted que la mujer de un teniente coronel, una mujer de lo que hay poco, se vestía con traje de oficial, y, por la noche, emprendía largas excursiones a la montaña, sola y sin guía. Decían que tenía quién sabe qué misteriosa novela con un príncipe de Georgia...

—¡Virgen santísima!—exclama la cocinera.

—¡Ah, en aquel tiempo se sabía comer y beber! La gente tenía ideas atrevidas. El doctor, aunque ha estado escuchando, parece que no ha entendido bien; parece que piensa en otra cosa. Después, a pequeños sorbos, sigue apurando su cerveza. Y de pronto, inesperadamente, interrumpiendo a su amigo, dice:

—A veces, en sueños, me parece que estoy entre personas inteligentes y metido en conversaciones amenísimas. Mi padre me dió una buena instrucción; pero cometió el error de obligarme a la carrera de médico. Yo creo que, si lo hubiera desobedecido, a estas horas viviría en el corazón de la vida intelectual. Tal vez me habrían ya hecho miembro del consejo de la Universidad. Claro es que también el espíritu es cosa pasajera, pero es lo mejor que hay es nuestra vida. En suma: que la vida es cómo una trampa sin escape, en la que, más tarde o más temprano, todos los hombres que piensan tienen que ir cayendo. El hombre viene al mundo contra su voluntad; sale de la nada gracias al juego de unas fuerzas misteriosas que él no comprende, y cuando pretende averiguar el objeto o el sentido de su existencia, o nadie le contesta, o le contestan estupideces. También la muerte sobreviene contra la voluntad del hombre. Y en esta prisión que llamamos vida, los hombres reunidos por una desgracia común, experimentan cierto alivio cuando pueden juntarse a cambiar ideas libres y atrevidas. Por eso en este bajo mundo él espíritu es muestro único placer y consuelo.

—¡Muy bien dicho, muy bien dicho!

El doctor, sin mirar a su interlocutor, continúa hablando lentamente, con largas pausas, del espíritu y de los hombres inteligentes. Mijail Averianich lo sigue con mucha atención, y exclama de tiempo en tiempo:

—¡Tiene usted muchísima razón!

Después pregunta de pronto:

—¿Usted no cree en la inmortalidad del alma?

—No, honorable Mijail Averianich, no creo en la inmortalidad del alma, ni tengo razón alguna para creer en ella.
—Francamente, le diré a usted que yo también tengo mis dudas. Sin embargo, a veces siento la seguridad de que no he de morir. Otras, me digo: «Pronto, pronto vas a reventar, triste vejete.» Pero al instante oigo que una voz interior murmura a mi oído: «No lo creas, tú no morirás.»

Después de las nueve, Mijail Averianich se despide. Al ponerse el gabán, ya en el vestíbulo, exclama:

—¡Vaya un agujero en que nos ha metido este negro destino! Y lo peor es que aquí hemos de morimos!



VII

Después de acompañar a su amigo hasta la puerta, el doctor se acomoda en la butaca y se pone a leer otra vez. Ningún ruido turba la absoluta tranquilidad de la noche. El tiempo se ha detenido. Al doctor le parece que nada existe, fuera de su libro y su lámpara de verde pantalla. Poco a poco su vulgar carota de mujik parece iluminarse con una sonrisa de admiración o de entusiasmo ante el genio humano. ¿Por qué no ha de ser el hombre inmortal?—se pregunta—. ¿Para qué sirve entonces el cerebro con su admirable mecanismo, para qué la vista, el don de la palabra, los sentimientos, el genio, si todo ha de estar predestinado a mezclarse con la tierra y dar vueltas después, durante millones de años y sin ningún objeto preciso, alrededor del sol? Para eso no valía la pena de sacar al hombre de la nada—al hombre con su espíritu elevado y casi divino—, si después se le había de transformar, como en burla, en un miserable puñado de tierra. Por miedo a la muerte, muchos buscan un sustitutivo de la inmortalidad, y se consuelan pensando que su cuerpo se perpetuará en una planta, en una roca, y hasta en una rana: ¡triste consuelo que equivale a decirle a la caja de un violón roto que le espera un porvenir envidiable!

De tiempo en tiempo, cuando el reloj da las horas, el doctor se hunde en la butaca y cierra los ojos para entregarse a sus reflexiones. Piensa en su pasado, en su vida actual. Su pasado es poco seductor, y prefiere olvidarlo; pero tampoco el presente le parece más grato. El sabe que en aquel mismo instante, no lejos de su casa, en el hospital, hay unos enfermos que padecen y que se encuentran en condiciones higiénicas insoportables. Muchos tienen insomnios, y se pasan la noche luchando con las chinches y otros parásitos. Probablemente otros están jugando a las cartas con las hermanas o bebiendo vodka. El año pasado desfilaron por el hospital 12.000 enfermos: 12.000 víctimas del engaño. Porque la vida misma del hospital está fundada en el robo, las intrigas, el fraude, y no es más que un Instituto inmoral y dañoso para la salud de los vecinos. El sabe bien que en la sala número 6 hay un Nikita que les pega a los locos, y que el judío Moisés sale a la calle todos los días a pedir limosna.

Por otra parte, tampoco ignoraba que, durante los últimos veinticinco años, en la medicina se habían operado progresos maravillosos. Tales progresos le admiraban y le entusiasmaban. ¡Una verdadera revolución! Gracias a la asepsia, se hacían ahora operaciones que antes nadie se hubiera atrevido ni a soñar. Enfermedades tenidas por incurables se curan hoy con éxito y en muy poco tiempo. La teoría de la herencia, el hipnotismo, los descubrimientos de Pasteur y de Koch, todo esto abre a la medicina amplias e insospechadas perspectivas. La revolución afectaba también el campo del alienismo. Ya nadie les echa a los locos agua fría en la cabeza, no se les ponen camisas de fuerza, se les trata bien, y aun se les dan espectáculos y conciertos.

El doctor comprende muy bien que, en el actual estado de la psiquiatría, un antro tan abominable como la sala número 6, sólo es comprensible a 200 verstas del ferrocarril, en un poblacho cuyo alcalde y consejeros apenas saben leer y tienen una confianza ilimitada en el médico, y aun aceptaría que éste les echara plomo derretido en la boca a los enfermos. En cualquier lugar civilizado, la sala número 6 habría provocado la indignación general.

—Y con todo—medita el doctor—, la antiséptica, las invenciones de Pasteur y de Koch, nada cambian al fondo de la cuestión. Nada de eso basta para desterrar las enfermedades y la muerte. A los locos les darán espectáculos y conciertos, pero el número de locos no disminuye, y no es posible dejarlos nunca en libertad. Todo eso, en el fondo, son ilusiones, no hay verdadera diferencia entre la mejor de las clínicas y la sala número 6.

Pero tales reflexiones no logran consolarle, se siente abatido, se siente muy fatigado, apoya la cabeza en la mano y sigue reflexionando:

«—Estoy sirviendo a una causa injusta, y vivo de lo que me pagan por engañar: no soy, pues, un hombre honrado. Pero yo, personalmente, no soy nada, no soy más que una partícula ínfima del indispensable mal social. Todos los empleados del Estado o del Municipio son gente perjudicial, y también se les paga injustamente. No, no soy yo el culpable, sino la época en que me ha tocado vivir. A haber vivido dentro de doscientos años, yo sería otro.»

A las tres de la mañana apaga la lámpara y se dispone a dormir, aunque no tiene ni pizca de sueño.



VIII

Hará unos dos años, la municipalidad votó un crédito suplementario de trescientos rublos anuales para aumentos en el personal médico del hospital. Para facilitarle la tarea al doctor Ragin, inventaron a otro médico: Eugenio Fedorich Jobotov.

Es un joven de unos treinta años. Es alto, moreno, de anchos pómulos y ojos muy pequeños. Había llegado al pueblo sin un céntimo en el bolsillo, con una maletita usada, acompañado de una mujer feísima a la que hacía pasar por su cocinera. La mujer tiene un nenito.

Jobotov lleva siempre una boina y botas altas. Pronto se ha hecho amigo del enfermero general y del administrador; a los demás miembros del personal los trata desdeñosamente de «aristócratas» y no se les acerca. El único libro que hay en su casa es cierto Manual de Medicina, publicado en 1881. Siempre que va a ver a un enfermo, lleva el Manual consigo. Por la noche, en el club, juega al billar, pero detesta las cartas.

Va al hospital dos veces por semana, visita todas las salas y recibe a los enfermos. La absoluta falta de condiciones antisépticas y de higiene, le tienen escandalizado, pero por no lastimar al doctor Ragin, no se atreve a introducir reformas.

Jobotov está convencido de que su colega es un viejo canalla, que se aprovecha astutamente de la situación, y que ha amasado ya una fortuna. Y por cierto que le gustaría estar en su lugar.



IX

Una noche de primavera, a fines de marzo, cuando ya no se ve nieve por ninguna parte, cuándo ya los pájaros comienzan a aparecer en el jardín del hospital, el doctor Ragin salió acompañando a su grande amigo el director de Correos. En aquel preciso instante entraba en el patio el loco Moisés, de vuelta de sus habituales paseos por el pueblo. Venía descalzo, con la cabeza descubierta, y llevaba en la mano un saquito donde guardaba lo que le habían dado.

—¡Dame un copeck!—dijo dirigiéndose al doctor, temblando de frío, y sonriendo humildemente.

El doctor, hombre incapaz de decir que no, le dio una pieza de diez copecks. Después, viendo los pies descalzos del pobre loco, se sintió lleno de remordimiento. «El suelo todavía está muy frío— se dijo—, puede por lo menos coger un catarro.» Y, llevado de su piedad, entró por el vestíbulo del pabellón en que se encontraba la sala número 6. Al verlo, Nikita saltó de entre los escombros donde estaba tumbado, y lo saludó.

—Buenos días, Nikita—dijo el doctor con mucha amabilidad—. ¿No sería posible darle a este hombre un par de botas? ¡No vaya a acatarrarse!

—A la orden del señor doctor; se lo diré al administrador.

—Sí, ten la bondad de decírselo; dile que vas de mi parte.

La puerta de la sala que da al vestíbulo estaba abierta. Gromov, que estaba acostado, se incorporó Y se puso a escuchar. Pronto reconoció al doctor. Y entonces, rojo de cólera, temblando, con los ojos relampagueantes, saltó de la cama y gritó con una risilla sardónica.

—¡Por fin, señores, ya ha venido el doctor. Sea enhorabuena: el doctor se digna al fin visitarnos!

Y, sin poder contenerse, añade:
—¡Canalla, más que canalla, porque eso es mucho para él! ¡Merecería que lo mataran, que lo ahogaran en el retrete!

El doctor, que ha oído estas palabras, se acerca a la puerta de la sala y, asomándose, pregunta con su suave voz:

—¿Por qué?

—¿Por qué?—Le grita Gromov acercándose a él con aire amenazador—, ¿Y se atreve usted a preguntarlo? Porque es usted un ladrón, un impostor, un verdugo.

—Vamos, cálmese usted—dice el doctor afectando una difícil sonrisa—. Le aseguro a usted que nunca he robado nada. Y en cuanto a las otras acusaciones, creo que exagera usted. Ya veo que está usted disgustado conmigo. Cálmese, cálmese, se lo ruego, y respóndame con toda franqueza: ¿por qué está usted tan disgustado?

—¿Y por qué me tiene usted aquí metido?

— Porque está usted enfermo.

— Bien, admitámoslo. Pero hay cientos y miles de locos que se pasean con toda libertad, por la sencilla razón de que es usted demasiado ignorante para acertar a distinguirlos de los cuerdos. ¿Por qué, pues, sólo a mí y a estos desdichados han de tenernos aquí en calidad de chivos expiatorios? Usted, su enfermero, su administrador, y toda esa canalla,, todos ustedes son, desde el punto de vista moral, infinitamente inferiores a nosotros, y, sin embargo, somos nosotros y no ustedes los condenados al encierro perpetuo. ¿Es lógico esto?
—Nada tienen que hacer aquí la moral ni la lógica. Es el azar el que decide. El que ha sido encerrado aquí, aquí se queda; y los otros siguen en libertad. El hecho de que el médico sea yo, y el enfermo usted, nada tiene que ver con la moral ni la lógica: no es más que un azar.

—Yo no entiendo esas necedades—dijo Gromov con voz sorda.

Y se sentó otra vez en la cama.

Moisés, a quien Nikita no se había atrevido a despojar en presencia del doctor, comenzó a poner en su cama trozos de pan, pedazos de papel, huesos; y, siempre temblando de frió, se soltó hablando en hebreo muy presurosamente; acaso se imaginaba ser dueño de una tienda.

—¡Déjeme usted en libertad!— dijo Gromov con voz temblorosa.

—No puedo.

—Pero, ¿por qué, por qué?

—Porque no depende de mí. Supongamos que lo pongo a usted en libertad: no le aprovecharía a usted gran cosa. Al instante, los vecinos del pueblo o la policía, lo volverían a arrestar y me lo traerían aquí otra vez.

—Sí, es verdad.

Y Gromov se daba en la frente, como tratando de descubrir una solución.

—¡Qué horrible situación! Entonces, dígame usted, ¿qué hacer?.

Y su voz, su expresión inteligente, conmovieron y sedujeron al doctor. Sintió un gran deseo de consolar al pobre joven y darle algunas muestras de simpatía. Sentóse en la cama, junto a Gromov, y dijo:

—Me pregunta usted qué podemos hacer. En la situación de usted, lo mejor parece que sería escaparse. Pero es inútil, por desgracia; lo arrestarían a usted al instante. Cuando la sociedad se defiende contra los criminales, los locos, y toda clase de hombres que no le convienen, es inflexible. No le queda a usted más que convencerse a sí mismo de que su permanencia aquí es inevitable.

—¡Pero si mi permanencia aquí no le sirve a nadie para nada!

—Una vez que hay prisiones y manicomios, es fuerza que estén habitados. Día llegará en que no existan. Entonces no habrá rejas en las ventanas ni cadenas. Yo le aseguro a usted que, tarde o temprano, ese día llegará.

Gromov sonrió amargamente.

—Usted se está burlando de mí, señor mío. A usted, a su Nikita y a toda la demás canalla, les importa poco que lleguen o no esos tiempos anhelados. Pero puede usted estar seguro de que llegarán, llegarán tiempos mejores. Tal vez hallará usted ridículas mis palabras, pero oiga usted lo que le digo: la aurora de un día mejor alumbrará la tierra, la verdad triunfará, y los humildes y los perseguidos disfrutarán de la felicidad que merecen. Tal vez para entonces yo no existiré, pero ¡qué más dá! Me regocijo pensando en la felicidad de las generaciones futuras, las saludo con todo mi corazón: ¡Adelante! ¡Qué Dios os ayude, amigos míos, amigos desconocidos del porvenir remoto!

Gromov se levantó de la cama, con los ojos encendidos, alargó los brazos hacia la ventana y exclamó con voz conmovida:

—¡A través de estas malditas rejas, yo os bendigo! Me regocijo con vosotros y por vosotros. ¡Viva la verdad!

—No veo que haya mucha razón para alegrarse—dijo el doctor, a quien aquel ademán de Gromov, aunque algo teatral, no le resultó desagradable—. En ese porvenir que tanto le entusiasma a usted, no habrá manicomios ni prisiones, ni rejas ni cadenas; en suma, como usted dice, triunfará la verdad. Pero... las leyes de la naturaleza seguirán su camino invariable, y las cosas no cambiarán en el fondo. Los hombres padecerán enfermedades, se envejecerán y pararán, lo mismo que hoy, en la muerte. La aurora que alumbra la vida podrá ser muy hermosa, pero eso no impedirá que se meta a los hombres en la caja, y la caja se meta en la fosa.

—¿Y la inmortalidad?

—¡Tontería!

—¿No cree usted en la inmortalidad? Yo sí. Dostoyevski o Voltaire, no me acuerdo bien cuál de los dos, ha dicho que si no existiera Dios habría que inventarlo. Si la inmortalidad no existe, estoy seguro de que, tarde o temprano, el genio del hombre acabará por inventarla.

—¡Muy bien dicho!—aprobó el doctor con tina sonrisa de satisfacción—. Hace usted bien en creer. Con una fe tan grande, hasta en la prisión se puede encontrar felicidad. Permítame usted una pregunta: ¿Dónde ha hecho usted sus estudios?

—En la Universidad, pero no los terminé.

—Usted es un hombre que sabe pensar. Usted podrá encontrar siempre algún consuelo en sí mismo, cualesquiera que sean las condiciones de su vida. El pensamiento libre de trabas que trata de comprender el sentido de la existencia, y el desprecio absoluto por todo lo que sucede en este bajo mundo, son los dos bienes supremos. Usted puede ser dueño de ellos, aun encerrado tras de estas rejas. Diógenes vivía en un tonel, pero eso no le impedía ser más dichoso que todos los reyes de la tierra.

—El tal Diógenes era un imbécil— dijo Gromov con voz opaca—. ¿Para qué me habla usted de Diógenes y de felicidades fantásticas? Y de pronto, sobreexcitado, añadió: ¡Yo amo la vida, la amo apasionadamente! Tengo la manía de la persecución, estoy poseído de un terror constante, pero por momentos tengo una sed tan inmensa de la vida que temo volverme loco rematado. ¡Dios mío! Lo que yo quiero es vivir, ¿me entiende usted? Vivir una vida completa, íntegra.

Muy conmovido, dio algunos pasos por la sala. Después, más tranquilo, añadió:

—A veces, en sueños, veo que me rodean unas sombras. Veo, en mi imaginación, unas gentes, oigo unas voces, música, y me parece que me paseo a través de campos y bosques, junto al mar... Y siempre, siempre, un deseo ardiente de moverme, de manifestar una actividad febril... Dígame, ¿qué hay de nuevo por allá, en el mundo?

—¿En el pueblo quiere usted decir?

—Cuénteme usted primero lo que pasa en el pueblo, y después lo demás.

—Pues mire usted: la vida en el pueblo es muy aburrida. Casi no hay nadie con quien cambiar unas palabras. ¡Si, al menos, viniera gente nueva! Verdad es que últimamente ha venido un joven médico, el señor Jobotov.

—Ya lo sé: un imbécil.

—Si, un hombre de muy escasa cultura. Es increíble: yo me imagino que en Petersburgo, en Moscou, la vida intelectual es intensísima, que todo está allá efervescente, y que todo se agita en torno a los grandes problemas de actualidad; y, sin embargo, nos llega de allá cada tipo tan insulso, tan poco interesante. ¡No; nuestro pobre pueblo no tiene suerte!

—¡Es verdad, pobre pueblo!

Gromov calló un instante, y después:

—Y en las revistas, en los periódicos, ¿qué hay de nuevo? La sala estaba ya por completo sumergida en tinieblas. El doctor se puso en pie, y empezó a contar lo que decía la Prensa, y lo que había del movimiento intelectual en Rusia y en el extranjero.

Gromov lo escuchaba con notable atención, preguntaba algo y parecía muy interesado. Pero, de pronto, como si hubiera recordado algo terrible, se llevó las manos a la cabeza, se echó en la cama y volvió al doctor las espaldas.
—¿Qué le pasa a usted?— preguntóle éste.

— Es inútil: no me oirá usted pronunciar una sola palabra más—dijo Gromov ásperamente—. ¡Largúese de aquí!

—Pero, ¿por qué?

—¡Déjeme en paz, le digo, con cien mil demonios!

El doctor se encogió de hombros, suspiró y salió. Al pasar por el vestíbulo, dijo:

—Oye, Nikita: convendría limpiar un poco esto. Huele muy mal.

—¡A la orden del señor doctor!

—Pobre muchacho— pensaba el doctor al volver a sus habitaciones—. Desde que estoy aquí, es el primero con quien he podido hablar de cosas interesantes. Sabe razonar, y se preocupa de cosas que sólo preocupan a los hombres de ingenio.

Mientras leía en su gabinete, y después ya metido en cama, no dejaba de pensar en Gromov. Al día siguiente, en cuanto se despertó, recordó que acababa de descubrir a un hombre interesante, y se prometió ir de nuevo a visitar a Gromov a la primera oportunidad.



X

Gromov estaba en la misma posición de la víspera, con las manos en la cabeza y la cara contra la pared.

—Buenos días, amigo mío—dijo el doctor—. ¿No duerme usted?

—Ante todo, yo no soy amigo de usted— dijo Gromov sin volver la cara y como hablando con la pared—. Y, después, sepa usted que todos sus esfuerzos por reanudar la conversación serán inútiles: no despegaré los labios.

—¡Qué cosa más rara!— balbuceó confuso el doctor—. Ayer hemos estado hablando tan tranquilamente, y de pronto usted se ha disgustado e interrumpe la charla... Tal vez he usado sin querer alguna palabra inoportuna, o habré sostenido alguna idea que a usted le molesta...

Gromov se volvió a medias, e incorporándose un poco, se quedó mirando al doctor irónicamente:

—Sépase usted que no creo una sola sílaba de lo que usted me cuenta. Sé muy bien lo que usted se propone: usted viene aquí como un espía, para descubrir mis intenciones y mis opiniones. Ayer lo he comprendido.

—¡Vaya una ocurrencia!—dijo el doctor asombrado—, ¿Se figura usted que soy un espía?

—Sí, señor. Un espía y un médico que procede al examen de las capacidades de su enfermo, son una misma cosa.

—Dispénseme usted, pero es usted realmente... original.

Se sentó en una silla, junto a la cama, y movió la cabeza en ademán de reproche.

—Admitamos que tiene usted razón— dijo—. Admitamos que examino cada una de las palabras de usted para denunciarlo después a la policía. Que lo van a arrestar a usted, a juzgar. ¿Acaso seria usted más infeliz en ninguna cárcel de lo que ya es aquí?. Aun cuando lo enviaran a usted a Siberia, ¿acaso sería peor que quedarse en esta casa de locos? Creo que no, verdaderamente. Entonces, ¿qué puede usted temer?

Estas palabras produjeron un efecto visible. Gromov, tranquilizado, se sentó en la cama.

Eran las cuatro y media de la tarde, la hora en que la cocinera solía preguntarle al doctor si no era ya tiempo de la cerveza. Afuera, el día estaba claro y hermoso.

—He salido a pasear un poco después de la comida—dijo el doctor—, y quiero verlo a usted. Estamos en plena primavera.

—¿En qué mes? ¿Marzo?—preguntó Gromov.

—Sí, a fines de marzo.

—Las calles estarán llenas de fango, ¿verdad?

—No mucho. Algunas están secas.

—¡Ay qué hermoso poder dar un paseito en coche por la ciudad, y volver después al gabinetito muy bien instalado!... Consultar a un buen médico para el mal de cabeza... Hace mucho que no hago vida de hombre civilizado. ¡Aquí todo es sucio, desagradable, repugnante!

Tras la excitación de la víspera, parecía cansado, y hacía esfuerzos para hablar. Le temblaban las manos, y por la expresión de su cara se comprendía que tenía jaqueca.

—Entre un gabinete bien instalado y esta sala—dijo el doctor—, no hay ninguna diferencia. El hombre extrae de sí mismo su felicidad y su tranquilidad, y no de las cosas exteriores.
—¿Cómo dice usted?

—Quiero decir que un hombre ordinario ve el bien y el mal como cosa externa, en un buen gabinete o en un coche confortable; mientras que el hombre dotado de pensamiento los busca dentro de sí mismo.

—Vaya usted con esas filosofías a Grecia, donde el tiempo siempre es encantador y el aire está embalsamado con el perfume de las flores. Aquí el clima no se presta a esa propaganda. Creo que fué con usted con quien hablaba yo de Diógenes, ¿no es verdad?

—Sí, ayer, conmigo.

—Pues mire usted: Diógenes no necesitaba un buen gabinete ni habitaciones bien calentadas, porque en Grecia hace bastante calor. Allá puede uno aguantar días y noches en un tonel, sin comer más que naranjas y aceitunas. Pero si su Diógenes hubiera vivido en Rusia, tenga usted por seguro que se habría metido en casita, no sólo en diciembre, sino hasta en mayo. De lo contrario, el pobre filósofo se hubiera helado con toda su filosofía.

—No lo creo así. Se puede no sentir el frío, como cualquier otro sentimiento desagradable. Marco Aurelio ha dicho: «El dolor no es más que un pensamiento muy vivo del dolor. Basta hacer un esfuerzo para transformar ese pensamiento, no hacerle caso, no gemir ni quejarse, y el dolor desaparecerá.» Es muy justo. El sabio, o cualquiera que piense un poco, desprecia el sufrimiento; siempre está contento, y nada logra impresionarle.
—Según eso, yo debo de ser un idiota, puesto que sufro, estoy a disgusto y experimento una dolorosa sorpresa ante el espectáculo de la humana cobardía.

—En todo caso, se equivoca usted mientras más piense usted en ello, mas se convencerá de que todo lo que nos inquieta y nos apasiona es indigno de nuestra atención. La verdadera felicidad consiste en la comprensión del sentido de la vida.

—Comprensión... felicidad interior—y Gromov hizo una mueca—. Perdóneme usted; pero no lo entiendo. Yo solo sé una cosa: Dios me ha hecho de carne y hueso, me ha dado nervios y sangre caliente, soy un organismo vivo y, como tal, reacciono necesariamente ante toda irritación exterior. Reacciono, y no puedo menos de hacerlo. Cuando me hacen mal, grito y lloro; ante una cobardía, me sublevo; ante una mala acción, siento asco. Esto es lo que llamamos la vida, según mi entender. A organismo menos perfeccionado, reacción menor. Y al contrario, los organismos superiores son más accesibles a los sentimientos de dolor, de alegría, etc., y reaccionan más enérgicamente a todo lo que pasa en el exterior. Me parece que ésta es una verdad elemental. Y me asombra que todo un médico, como usted, ignore semejantes cosas. Para despreciar el sufrimiento, estar siempre contento y no asombrarse de nada, hay que haber caído muy abajo, haber llegado a un estado de brutalidad como el de ese, por ejemplo...

Y Gromov señaló al mujik embrutecido que estaba junto a ellos sumergido en su somnolencia habitual.

—O bien—continuó—hay que habituarse al sufrimiento hasta perder toda sensibilidad; es decir, dejar de vivir. No, no: todo eso son necedades que yo no entiendo. Por lo demás, yo no sé razonar.

—Al contrario, razona usted muy bien.

—Los estoicos, a quienes usted quiere imitar, eran hombres notables, pero su filosofía ha muerto hace dos mil años, y no hay probabilidades de que renazca, porque no es práctica ni vital. Nunca pudo seducir sino a una minoría selecta, que no tenía mejor ocupación que el dedicarse a tales extravagancias; en cuanto a la mayoría, ni entendió nunca ni podía entender a los estoicos. La gran mayoría humana es inaccesible a la propaganda del desprecio y la indiferencia por la riqueza y la comodidad, por lo mismo que no las posee. Además, esta mayoría no puede desdeñar el sufrimiento, porque toda la vida humana está hecha de sufrimientos, de sensaciones de hambre, frío, rebeldía y miedo a la muerte. Sí, lo repito: la filosofía de los estoicos no está llamada a propagarse. Lo único que puede progresar y desarrollarse es la lucha contra las imperfecciones de la vida, la lucha por la propia existencia y la propia felicidad...

Gromov iba a decir algo más, pero perdió el hilo de sus ideas y se detuvo de pronto, dándose una palmada en la frente.

—Iba yo a decir algo importante, pero se me fué... ¡Ah, ya caigo! Un estoico se vendió una vez como esclavo para comprar la libertad de otro esclavo. Esto prueba que era sensible a los sufrimientos, al menos a los ajenos. Para sacrificarse de este modo debió de sublevarse, indignarse contra la injusticia social, al punto de querer libertar a una de sus víctimas. Y, en fin, vea usted el caso de Jesucristo: era sumamente sensible a la vida real, y reaccionaba ante ella como los simples mortales; lloraba, sonreía, se entristecía, se encolerizaba. Al aproximarse a su espantosa muerte, no iba precisamente sonriendo: al contrario, en el jardín de Getsemaní pidió a Dios que le ahorrara tan amargo trance.

Gromov se detuvo un instante.

—Supongamos que tiene usted razón en el fondo; que la tranquilidad y la dicha no se encuentran afuera, sino en el corazón del hombre. Aun así, no entiendo que usted predique semejante doctrina. ¿Acaso es usted filósofo, o es usted sabio?

—No; ni sabio ni filósofo; pero creo que todos tenemos derecho de predicar la verdad.

—Pero ¿con qué derecho se atribuye usted competencia para tratar de los sufrimientos humanos? ¿Acaso ha sufrido usted alguna vez? ¿Tiene usted noción de lo que es sufrir? Permítame que le haga una pregunta: ¿Le han pegado a usted de niño?

—No; mis padres no aprobaban ese procedimiento pedagógico.

— Pues a mí mi padre me pegaba de un modo cruel. Era un hombre severo; padecía hemorroides; tenía una enorme nariz y un cuello amarillo. No hablemos de usted: a usted nadie lo ha tocado con la punta del dedo; usted no ha tenido nada que temer; usted goza de una salud perfecta; nunca conoció usted la miseria, ni durante la infancia, ni después en la Universidad. Una vez obtenido el diploma, encontró usted una buena colocación; y desde hace unos veinte años vive usted en una casa que le proporciona el Estado, con calefacción, luz, servidumbre. Trabaja usted cuando le da la gana, y
 
Marcelo_Arrizabalaga,21.11.2019
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La sala número seis (novela)
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La sala número seis (1920) de Antón Chéjov
traducción de Nicolás Tasín
La sala número seis
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LA SALA NÚMERO SEIS


I

Hay dentro del recinto del hospital un pabelloncito rodeado por un verdadero bosque de arbustos y hierbas salvajes. El techo está cubierto de orín, la chimenea medio arruinada, y las gradas de la escalera podridas. Un paredón gris, coronado por una carda de clavos con las puntas hacia arriba, divide el pabellón del campo. En suma, el conjunto produce una triste impresión.

El interior resulta todavía más desagradable. El vestíbulo está obstruido por montones de objetos y utensilios del hospital: colchones, vestidos viejos, camisas desgarradas, botas y pantuflas en completo desorden, que exhalan un olor pesado y sofocante.

El guardián está casi siempre en el vestíbulo; es un veterano retirado; se llama Nikita. Tiene una cara de ebrio y cejas espesas que le dan un aire severo, y encendidas narices. No es hombre corpulento, antes algo pequeño y desmedrado, pero tiene sólidos puños. Pertenece a esa categoría de gentes sencillas, positivas, que obedecen sin reflexionar, enamoradas del orden y convencidas de que el orden sólo puede mantenerse a fuerza de puños. En nombre del orden, distribuye bofetadas a más y mejor entre los enfermos, y les descarga puñetazos en el pecho y por dondequiera.

Del vestíbulo se entra a una sala espaciosa y vasta. Las paredes están pintadas de azul, el techo ahumado, y las ventanas tienen rejas de hierro. El olor es tan desagradable que, en el primer momento cree uno encontrarse en una casa de fieras: huele a col, a chinches, a cera quemada y a yodoformo.

En esta sala hay unas camas clavadas al piso; en las camas—éstos, sentados; aquéllos, tendidos—hay unos hombres con batas azules y bonetes en la cabeza: son los locos.

Hay cinco: uno es noble, y los otros pertenecen a la burguesía humilde.

El que está junto a la puerta es alto, flaco, de bigotes rojizos y ojos sanguinolentos, como los ojos irritados de un hombre que llorara constantemente. La frente en la mano, ahí se está sentado en la cama sin apartar los ojos de un punto. Día y noche entregado a la melancolía, mueve la cabeza, suspira, sonríe a veces con amargura. Casi nunca interviene en las conversaciones, ni contesta cuando le preguntan algo. Come y bebe de un modo completamente automático todo lo que le sirven. Su tos lastimosa y agotadora, su extremeda flacura, sus pómulos enrojecidos, todo hace creer que está tísico.

Su vecino inmediato es un hombrecillo vivaz e inquieto que usa una barbita puntiaguda; su cabello es negro y rizado como el cabello espeso de un negro. Durante el día se pasea por el cuarto de una ventana a otra, o bien se queda sentado en la cama, a la turca, cantando incesantemente a media voz y riendo con un aire amable y satisfecho. Su alegría infantil, su vivacidad, tampoco de noche lo abandonan cuando se incorpora para implorar a Dios dándose repetidos golpes de pecho. Este hombre es Moisés el judío, que se volvió loco hace veinte años a causa del incendio que destruyó su sombrerería.

Es, de todos los huéspedes de la «sala número 6»,—que así la designan—el único que tiene permiso de salir fuera del pabellón y aun a la calle. Se le concede este privilegio a título de antigüedad en la casa, y también por su carácter inofensivo; a nadie da miedo, y suele encontrársele por la ciudad rodeado de chicos y perros. Con su bata azul y su bonete ridículo, en pantuflas y hasta descalzo, y, a veces, también sin pantalones, pasea por las calles, se detiene a la puerta de alguna casa o tienda, y pide un copeck de limosna. La buena gente le da pan, cidra, copecks, y así, siempre vuelve con la barriga llena, rico y contento. Todo lo que trae lo confisca a la entrada el veterano Nikita, que procede al acto de una manera brutal: hurga los bolsillos del loco, y gruñe y jura que no dejará salir más a Moisés, y que no puede tolerar tamaño desorden.

Moisés es muy servicial: lleva agua a sus vecinos, los cubre cuando duermen, les ofrece traerles copecks de la ciudad y hacerles sombreros nuevos.

A la derecha de Moisés se encuentra la cama de Iván Dimitrievich Gromov. Es un sujeto de treinta y cinco años, de noble origen, ex secretario del tribunal, que padece de manía persecutoria. Pocas veces se le ve sentado; a veces está acostado, con las rodillas pegadas a la barba, y otras veces mide a grandes pasos la sala. Siempre parece agitado, inquieto, como si esperara ansiosamente quién sabe qué. Se estremece al menor ruido del vestíbulo o del patio exterior; levanta la cabeza con angustia y escucha atentamente: cree que son sus enemigos que lo andan buscando, y sus facciones se contraen en una mueca de terror.

Hay cierta vaga belleza en esa cara ancha, de pómulos salientes, pálida y contraída, espejo donde se refleja un alma martirizada por el miedo constante y la lucha interna. Sus gestos son extraños y repelentes; pero sus facciones finas, llenas de inteligencia, y sus miradas conservan elocuencia y calor. Es cortés y amable para con todos, excepción hecha de Nikita. Si a alguien se le cae una cuchara, un botón, ya está él saltando de su lecho para recogerlo. Por la mañana, al levantarse, saluda a todos y les desea los buenos días; por la noche, da las buenas noches.

A veces, entre la noche, comienza a estremecerse, rechina los dientes, y se pone a andar presurosamente por entre las camas. Entonces se diría que la fiebre se apodera de él. A veces se detiene frente a cualquiera de sus camaradas, se le queda mirando muy fijamente y parece querer decirle algo muy grave; pero, como si de antemano supiera que no le han de hacer caso, sacude nerviosamente la cabeza, y continúa sus paseos a lo largo de la estancia. Pronto el deseo de comunicarse domina en él todas las consideraciones, y, entonces, sin poderse- contener, se suelta hablando con abundancia y pasión. Habla de un modo desordenado, febril, como se habla en sueños, casi siempre es incomprensible; pero en su palabra, en su voz, se descubre un natural lleno de bondad. De sólo oírle, queda uno convencido de que aquel loco es un hombre honrado, un alma superior: habla de la cobardía de los hombres, de la violencia que sofoca a la verdad, de la vida ideal y hermosa que un día habrá de reinar sobre la tierra, de las rejas de las ventanas que se oponen a la libertad humana y parecen recordar la barbarie y la crueldad, de las cárceles.

II

Hará unos doce o quince años, en aquella misma ciudad, en la calle principal de ella, vivía un funcionario público llamado Gromov, hombre de posición muy holgada y casi rico. Tenía dos hijos: Sergio e Iván. El primero murió de tisis cuando estaba haciendo sus estudios universitarios. Y desde entonces, la familia Gromov tuvo que sufrir una serie de terribles pruebas.

Una semana después de los funerales de Sergio, el padre fué arrestado por fraude y malversación de fondos públicos; poco después moría de tifus en el hospital de la prisión. La casa y cuanto contenía se vendió en pública subasta. La viuda Gromov y su hijo Iván se quedaron sin recursos.

Antes de la muerte de su padre, Iván Dimitrievich estaba también estudiando en la Universidad. Su padre le enviaba mensualmente unos 60 ó 70 rublos, que bastaban ampliamente a sus necesidades. Ahora, por primera vez, se encontraba frente a frente con la miseria, y se vio obligado a buscarse un medio cualquiera de ganarse el pan. Desde por la mañana hasta muy entrada la noche corría de aquí para allá dando lecciones, copiando documentos, aceptando cuanto trabajo se le ofrecía. Con todo, estaba casi en la miseria; todo lo que ganaba se lo enviaba a su madre.

Pronto esta vida de sufrimientos quebrantó las fuerzas del joven Iván Dimitrievich: se debilitó, se enflaqueció, y, abandonados los estudios universitarios, volvió a su ciudad natal, al lado de su madre. Allí logró que le nombraran instructor en una escuela primaria, pero no pudo entenderse con sus colegas ni con los alumnos, y tuvo que dimitir al poco tiempo.

Poco después tuvo que enterrar a su madre. Durante seis meses no pudo encontrar ninguna colocación, y estuvo a pan y agua hasta que alcanzó la plaza de secretario del tribunal local, que conservó ya hasta el instante en que se declaró su locura.

Nunca, ni en la adolescencia, había gozado de buena salud. Siempre flaco y pálido, atrapaba fácilmente un catarro, era desganado, no dormía bien. Con sólo un vasito de vino, ya tenía náuseas y vértigos. Aunque muy aficionado a la sociedad, era tan irascible y desconfiado que no podía conservar sus relaciones, y no tenia verdaderos amigos. Hablaba con desdén de la gente de la ciudad, a quien detestaba por su ignorancia y vida insustancial, exenta de estímulos superiores. Y esto, en voz muy alta, casi a gritos, con ardor y vehemencia, aunque siempre con sinceridad. El tema favorito de sus conversaciones era la vida que le rodeaba, la falta absoluta, de preocupaciones ideales, la violencia de los fuertes y el servilismo de los débiles, la hipocresía y la perversidad que notaba en los habitantes de la ciudad. Acusador implacable, declaraba que sólo los cobardes logran lo que necesitan, y que la gente digna se muere de hambre; que no había buenas escuelas, ni Prensa honrada, ni teatro, ni conferencias públicas, y, finalmente, predicaba la unión y la colaboración estrecha de todas las fuerzas vivas del pueblo. En sus peroratas ponía siempre mucho fuego y pasión. Para pintar a los hombres y a las cosas sólo empleaba dos colores: el blanco y el negro; la Humanidad, a su ver, estaba partida en dos bandos: la gente honrada y los picaros. Los términos medios, los matices, no existían para él. Y aunque se expresaba con admiración y entusiasmo sobre el amor y las mujeres, no estaba enamorado. A pesar de la violencia de su lenguaje y de sus acusaciones implacables, en la ciudad era bastante querido; para hablar de él empleaban el diminutivo cariñoso: Vania. Su natural bondad, su solicitud, su pureza moral, así como su traje usado, sus desgracias familiares y su condición enfermiza, ganaban al pobre joven el afecto y la compasión de los vecinos. Además, era muy ilustrado, muy leído, y con reputación de diccionario enciclopédico en dos pies.

Su distracción favorita era la lectura. Ya en su casa, ya en el club, se pasaba las horas largas hojeando libros y revistas. En sólo la expresión de su cara se adivinaba al lector ávido, que lee como el borracho bebe o como devora el hambriento, tragando todo sin masticar. Se arrojaba con ansia sobre todo impreso, aun sobre los periódicos del año pasado y los calendarios antiguos. La lectura habla llegado a ser para él un hábito enfermizo, casi una anomalía.

En su casa, por la noche, solía leer en la cama hasta el amanecer.



III

Una mañana de otoño, con el cuello del gabán levantado, se dirigía por las calles fangosas a casa de algún vecino a quien tenía que prestarle algún servicio. Iba de mal humor, como, por lo demás, solía estar siempre por la mañana. En cierta callejuela se cruzó con dos presos cargados de cadenas y conducidos por cuatro soldados.

A menudo se encontraba Iván con prisioneros, y siempre sentía una profunda compasión hacia ellos; pero esta vez la impresión fué mucho más intensa y dolorosa. Y se dijo que él mismo podría un día ser conducido así, entre grillos, hasta la cárcel, por entre el fango de las calles.

Cuando hubo despachado lo que tenía que hacer, de vuelta a su casa, tropezó, junto a la oficina de correos, con un oficial de policía conocido suyo. Este lo saludó y lo fué acompañando un rato. El caso preocupó mucho a Iván Dimitrievich. Todo el día estuvo pensando en presos y en soldados carceleros. Poco a poco, una vaga angustia se fué apoderando de su ánimo, y ni siquiera podía entregarse a la lectura.

Por la noche no encendió la lámpara. No pudo conciliar el sueño en toda la noche, y estuvo pensando en que a él también le podrían arrestar, encadenar, encarcelar. De sobra sabía él que no había cometido crimen alguno, y estaba seguro de no cometerlo en su vida; pero, ¿acaso estaba a salvo de incurrir en alguna ilegalidad, aun sin querer, por un azar desgraciado? Finalmente, podía ser víctima de una calumnia o un error judicial cualquiera. En el estado actual de las leyes, los errores judiciales son siempre probables. Jueces, policías, médicos, juristas, todos, en virtud del hábito profesional, se van volviendo imposibles, y a menudo se inclinan a ver crímenes donde no los hay. Así, inconscientemente, se vuelven crueles, como el carnicero habituado a matar reses, que ni se acuerda de los sufrimientos que puede ocasionarles. En tales condiciones, condenar a un inocente, hacerlo arrestar, enviarlo a presidio, resulta sumamente fácil, y todo es cuestión de contar con el tiempo indispensable para llenar las formalidades del caso. Cumplidas las formalidades, se acabó todo, y sobre todo aquí, en esta miserable ciudad, perdida en el campo, a más de 200 verstas del ferrocarril. Aquí no hay medio de probar que se es inocente; no hay esperanzas de que la verdad triunfe y se imponga. Además, en esta sociedad perversa y corrompida, que considera la violencia como una necesidad absoluta, y que se indigna y subleva cuando los jueces pronuncian un veredicto absolutorio, ¿quién piensa en la justicia?

A la mañana siguiente, Gromov se levantó horrorizado, sudando frío, absolutamente convencido de que a cada paso lo podrían arrestar. El hecho de que estos pensamientos no lo abandonasen—se decía—, prueba que había en ellos un presentimiento de la verdad. No le habían de haber ocurrido sin alguna causa.

En este preciso momento, pasó frente a su ventana, lentamente, un agente de policía. Gromov se estremeció. ¿Qué significaba esto? Poco después, dos hombres se detuvieron frente a su casa, silenciosos. ¿Por qué callarían así?

A partir de ese día, Gromov vivió en una angustia mortal. Todo el que pasaba por la calle, o entrada al patio de su casa, le parecía un espía o un agente de la secreta. A mediodía pasaba, invariablemente, el jefe de policía, en coche, camino de su despacho; pero, ahora, a Gromov le parecía notar en aquel hombre cierta inquietud, y una expresión singular en su rostro. Probablemente, al jefe de policía se le hace tarde para comunicar que ha descubierto en el pueblo a un criminal importante.

Cada vez que la campanilla sonaba, Gromov temblaba; toda cara nueva que veía en casa le inspiraba desconfianza y temor. Cuando, por la calle, se encontraba con guardias o gendarmes, fingía sonreír, se ponía a silbar, como para dar a entender que no tenía razón de temerles. Por la noche padecía insomnios, esperando que vinieran a arrestarlo de un momento a otro; pero, por temor de que el ama de la casa se diera cuenta, hacía como que roncaba y lanzaba profundos suspiros, simulando un sueño profundo. ¡No fueran a figurarse que tenia remordimientos de conciencia que le quitaban el sueño, y sospecharan de él!

Trataba de tranquilizarse, de convencerse de que sus temores eran infundados, que aquello era absurdo, que, aun cuando lo arrestaran, la cosa no sería tan terrible mientras realmente estuviera limpia su conciencia; pero el razonar consigo mismo, sólo le servía para angustiarse más y más. Finalmente, viendo que sus reflexiones eran inútiles, se resignó, y ya no se opuso más a sus pensamientos funestos.

Comenzó a evitar el trato y a buscar la soledad. La servidumbre, que de tiempo atrás le disgustaba, ahora se le había hecho de todo punto insoportable, Siempre estaba temiendo que sus compañeros de trabajo le jugaran una mala pasada: meterle dinero en el bolsillo para después acusarlo de cohecho; además, él mismo podía equivocarse al hacer una copia, y esto producir fatales consecuencias.

Nunca había trabajado más su pobre imaginación. Inventaba mil dificultades y obstáculos contra su libertad y aun contra su vida. Y, por otra parte, ya había perdido todo interés por las cosas del mundo interior, incluso la lectura y los libros. Su memoria comenzó a traicionarlo: se le olvidaban las cosas más sencillas.

A principios de la primavera, pasado el deshielo, se encontraron en una barranca, junto al cementerio, dos cadáveres en vías de descomposición: una vieja y un niño. Al parecer, se trataba de un asesinato. En el pueblo no se hablaba más que del crimen misterioso y de los asesinos ocultos.

A fin de que no sospecharan de él, Gromov paseaba por las calles, sonreía, y procuraba tener aire de hombre de conciencia tranquila. Pero, en cuanto daba con algún conocido, palidecía, se sonrojaba después, y se ponía a decir que no hay crimen más abominable que asesinar a los débiles.

Pronto se sintió fatigado de estos esfuerzos, y entonces se le ocurrió que lo mejor sería esconderse en los sótanos de la casa. En efecto, se pasó un día entero en el sótano, después la noche entera, y, además, todo el día siguiente, y por la noche, temblando de frío, se escurrió como un solapado ladrón hasta su cuarto, y allí permaneció inmóvil, atento a los rumores más insignificantes. Por la mañana, muy temprano, entraron obreros en la casa. Gromov no ignoraba que venían a arreglar el horno de la cocina; pero el terror le hacia imaginar en ellos a los temidos agentes disfrazados.

Lentamente, de puntillas, se salió de la casa, y, presa de pánico, sin sombrero, en mangas de camisa, se echó a correr por la calle. Los perros le seguían ladrando; los transeúntes, asombrados, le gritaban; el viento silbaba en sus oídos. Y él seguía corriendo, corriendo, enloquecido, espantado. Le parecía que toda la violencia del mundo venía tras él dándole caza furiosamente.

No sin trabajo lograron apoderarse de él y volverle por fuerza a casa. El médico, llamado al efecto, le prescribió un calmante, movió tristemente la cabeza y se marchó, tras de haber declarado al ama que no volvería, porque no hay medio de evitar que los hombres se vuelvan locos.

Como Gromov no tenía recursos bastantes para ser atendido a domicilio, lo llevaron al hospital municipal y lo instalaron en la sala de los enfermos venéreos. Pero no dormía por la noche, y era tan excitable y caprichoso, que molestaba mucho a los enfermos. El doctor Andrés Efimich ordenó entonces que lo trasladaran a la sala núm. 6.

Un año después, ya nadie se acuerda de Ivan Dimitrievich; sus libros, arrumbados en el desván por el ama, son ahora juguetes de los muchachos.
IV

El vecino de la derecha de Gromov es un mujik de cara redonda, mirada estúpida e insensata. Bestia de extremada voracidad y de no menor suciedad, había perdido, hacía mucho tiempo, el don de pensar y de sentir. De su cuerpo se exhala un olor repugnante. Nikita le pega con redoblada crueldad, lo abofetea de lo lindo, y lo peor es que la víctima no reacciona ni hace un solo gesto, ni expresa cólera o indignación; se limita a mover la cabeza tras de cada golpe recibido, como un tonel que recibe un puntapié.

El quinto y último habitante de la sala número 6 es un pobre hombre flaco, rubio, de mansa expresión, que había sido, en salud, empleado de correos. A juzgar por sus ojos tranquilos e inteligentes, que tienen siempre un fulgor malicioso, posee un secreto que esconde cuidadosamente a las indiscreciones del mundo. Bajo su almohada, bajo su colchón, guarda algo que no quiere mostrar a nadie, no por miedo del robo, sino más bien por pudor. A veces se acerca a la ventana, y, de espaldas a sus camaradas, oprime algo sobre su pecho, y después lo contempla un rato, cabizbajo. Si se le acerca alguien, se pone confuso y oculta el objeto al instante. Pero, con todo, no es difícil adivinar de qué se trata.

—Ya puede usted felicitarme—suele decirle a Gromov—. Me han dado la cruz de Estanislao de segundo grado, con estrella. Esta condecoración sólo se concede a los extranjeros; pero, para mí, se ha hecho una excepción. Si he de decirle a usted la verdad, es un favor que no me esperaba.

Sonríe lleno de satisfacción, y espera que Gromov le dé la enhorabuena. Pero éste contesta tristemente:.

—Yo no entiendo de eso.

—¿Sabe usted—continúa el antiguo empleado de correos—, sabe usted cuáles son mis aspiraciones?—Y guiñando maliciosamente los ojos, añade:—¡Aspiro a la orden de la Estrella Polar! La cosa vale la pena; es una orden muy rara: cruz blanca y banda negra. Hermosísima. Ya verá usted, ya verá usted cómo me salgo con la mía.

La vida en aquella casa es muy monótona. Por la mañana, todos los enfermos, con excepción del mujik, se lavan en el vestíbulo, en un tonel lleno de agua, y se enjugan la cara con los extremos de la bata. Después beben el té que les dan en tazas de plomo. Sólo hay derecho a una taza. A mediodía, comen una sopa de col y un plato de cereales. Por la noche, cenan los restos de la comida. Y en los intervalos, los enfermos están acostados, se duermen, se ponen a ver por las ventanas o se pasean de un rincón a otro de la sala.

Así transcurren todos los días. El antiguo empleado de correos habla siempre de las mismas condecoraciones.

Raro es ver caras nuevas en la sala número 6. El doctor no recibe ya más locos, y las visitas son muy de tarde en tarde: no abundan los aficionados a las casas de locos. Dos veces al mes viene el peluquero Simeón Lazarich. Nikita le ayuda a cortar el pelo a los huéspedes de la número 6, y los pobres reciben entonces tan malos tratos, que su aparición provoca un pánico indescriptible.

Aparte del peluquero, no viene nadie al manicomio; los enfermos están condenados a no ver más cara que la de Nikita todos los días. El doctor, tampoco viene casi nunca.

Pero he aquí que de pronto circula por el hospital un rumor inusitado: el doctor ha dado en frecuentar la sala número 6.



V

En efecto; la noticia era extraña, casi extraordinaria.

El doctor Andrés Efimich Ragin no es un hombre ordinario. Cuentan que en su juventud había sido muy devoto, y que se preparaba para la carrera eclesiástica. Después de alcanzar el bachillerato, en 1883, quiso entrar en el seminario para hacerse cura; pero su padre, médico también, se opuso resueltamente, y le declaró que lo desconocería si se empeñaba en seguir la carrera del sacerdocio. Andrés Efimich confesaba no sentir la menor vocación por la medicina ni por ninguna otra ciencia especial. Pero el destino había decidido que fuera médico.
Tenía un aspecto rudo y tosco de mujik o de tabernero. Su rostro era severo; los ojuelos, pequeños; la nariz, roja. Era muy fuerte y corpulento, de brazos muy sólidos. Parecía capaz de derribar a un hombre de un golpe. Y, sin embargo, era tímido; andaba con suavidad, casi de puntillas. Cuando, en un paso estrecho, se encontraba con alguien, se apartaba invariablemente, y con una voz fina, casi femenina, decía: «¡Perdón!» Tenía en el cuello un tumorcillo que le impedía usar camisas muy almidonadas; siempre llevaba camisas blandas. Se vestía con cierto descuido; casi no cambiaba de traje, y cuando se ponía un traje nuevo, se diría que era usado. Con el mismo traje recibía a sus enfermos, comía, visitaba a sus amistades, y no por avaricia, sino por abandono de las cosas externas.

Cuando llegó al pueblo en calidad de médico municipal, el hospital se encontraba en un estado lamentable. En las salas, corredores y patio, había un olor imposible. Los criados, las hermanas de la caridad y los niños, dormían en la misma sala de los enfermos. Verdaderos ejércitos de ratas y chinches hacían intolerable la vida. No había instrumentos quirúrgicos ni termómetros. Las patatas las guardaban en las bañeras. El personal se enriquecía robando a los tristes enfermos. El predecesor de Andrés Efimich, a creer los rumores, vendía por trasmano el alcohol del hospital, y mantenía relaciones muy estrechas con las hermanas enfermeras, y aun con las enfermas.

En el pueblo estaban al tanto de estos desórdenes; pero la opinión pública no parecía hacer caso de ello. Para tranquilidad de conciencia, los vecinos se decían que, a fin de cuentas, el hospital está poblado de gente pobre acostumbrada a vivir mal, y que puede aguantar cualesquiera condiciones de vida.

¡Cómo ha de ser! ¡No podemos alimentarnos con perdices!

Después de su primera visita, el nuevo doctor se dijo que aquel era un establecimiento inmoral, sumamente dañoso para la salud de los vecinos. A su modo de ver, lo mejor hubiera sido dejar a los enfermos en libertad y cerrar la casa; pero no se le ocultaba que carecía de poder para obrar así. Además, sin duda los mismos vecinos desearían conservar su hospital, que por algo lo habían construido. Claro que esto no pasaba de ser un prejuicio; pero los mismos prejuicios, y otras sandeces que hace la gente, pueden algún día servir para algo, como sirve el estiércol para abonar la tierra. Todas las cosas buenas del mundo tienen, en su origen, algo repugnante.

Con estas filosofías, Andrés Efimich entró en sus nuevas funciones decidido a dejarlo todo tal como estaba. Desde el primer día manifestó la mayor indiferencia por cuanto ocurriera en el hospital. Se limitó a pedir a los criados y a las hermanas que no durmieran en la sala de los enfermos, e hizo comprar un par de armarios con instrumentos. En cuanto al personal, no vió la necesidad de renovarlo. En suma; todo siguió como antes.

El doctor aprecia en mucho la inteligencia y la honradez; pero carece de la voluntad que hace falta para obligar a los que le rodean a vivir de un modo inteligente y honrado. No sabe mandar, ordenar, prohibir, insistir. Se diría que ha hecho voto de no alzar nunca la voz, de no emplear jamás el imperativo. Le cuesta mucho trabajo resolverse a decir: «Dénme eso, tráiganme aquello.» Cuando tiene apetito, se dirige tímidamente a su cocinera y le dice:

—Si fuera posible, me gustaría comer un poco.

Sabe muy bien que el administrador del hospital es un ladrón y que merecía que lo hubieran echado a la calle hace mucho tiempo; pero no se siente capaz de hacerlo, le es de todo punto imposible. Cuando lo engañan y le presentan a firma, por ejemplo, una factura tramposa, se sonroja hasta los cabellos, como si él fuera el autor del fraude; pero, con todo, firma. Cuando los enfermos se quejan de hambre o de los malos tratos que reciben del personal, se pone mortificadísimo y balbucea muy confuso:

—Bueno, bueno, yo lo arreglaré... Creo que habrá sido un error.

Al principio, el doctor trabajaba con mucho celo; todos los días recibía a los enfermos desde por la mañana hasta la hora de comer, operaba y asistía a los partos. Así adquirió pronto en el pueblo reputación de buen médico. Las señoras decían que era muy atento y excelente para el diagnóstico, sobre todo en efermedades de señoritas y niños.

Pero, poco a poco, empezó a cansarse de la monotonía y evidente inutilidad de todo esto. Hoy son treinta enfermos, mañana serán treinta y cinco, y pasado mañana cuarenta; y así, de día en día, de año en año, los enfermos van aumentando, y la mortalidad está lejos de disminuir. ¿De qué sirven, pues, tantos esfuerzos? Aparte de que, cuando en el término de unas cuantas horas se reciben a cuarenta enfermos, es físicamente imposible atenderlos y cuidarlos debidamente, de modo que el médico se ve obligado a defraudar a veces las esperanzas de su clientela. Según la estadística del hospital, el año pasado el doctor recibió unos doce mil dolientes; es decir, que hubo doce mil engañados. La mayoría deberían haber ingresado en el hospital, aun para recibir los cuidados más indispensables, pero era imposible; sin contar con que las condiciones higiénicas del hospital no se prestan en manera alguna para cuidar a un enfermo; está muy sucio, la alimentación es mala el aire está corrompido. «Puesto que no tengo fuerzas para cambiarlo todo—se decía el doctor—más vale no ocuparse de ello.»

Además, ¿para qué empeñarse en impedir que la gente se muera, siendo la muerte el fin natural de todos? ¿Vale verdaderamente la pena de prolongarle la vida por cinco o diez años a este comerciante, a aquel empleado? Cierto es que otros piden a la medicina consuelos para el sufrimiento. Pero, ¿debe uno proporcionar tales consuelos? Según los filósofos, el sufrimiento conduce a los hombres a la perfección; y ademas, si los hombres llegan realmente a descubrir el medio de aplacar sus padecimientos con píldoras y especialidades farmacéuticas, descuidarán la religión y la filosofía, que era hasta ahora, no sólo una fuente de consuelos, sino de felicidad. Amén de que los hombres más eminentes han sufrido muchos males. Puchkin, por ejemplo, pasó unas horas terribles antes de morir; el pobre Heine estuvo paralitico muchos años. ¿Por qué, pues, empeñarse en ahorrarle sufrimientos a un triste empleado o a una burguesa cualquiera, cuya vida, desprovista de padecimientos, sería monótona e insípida, como la de un organismo primitivo?

A fuerza de razonar así, el doctor comenzó a abandonar sus deberes, y sólo se preocupaba del hospital dos o tres veces por semana.



VI

La vida del doctor es muy aburrida.

Se levanta a eso de las ocho, se viste, toma el té, lee después un poco en su gabinete y, a veces, visita el hospital. Allí, en el estrecho y oscuro corredor le están esperando los enfermos. Frente a ellos pasan continuamente, golpeando el suelo con los zuecos, los guardianes y los enfermos internos. A veces también conducen por el corredor a los muertos, hacia la sala mortuoria. Se oyen gemidos de los dolientes, se oyen llantos de niños, y el viento circula, libremente por el corredor, produciendo fuertes corrientes.

El doctor sabe bien que todo eso produce una impresión dolorosa sobre los enfermos, pero nada hace para evitarlo.

En el vestíbulo sale a recibirlo el enfermero Sergio Sergeyevich, un hombrón de cara afeitada e inflada, de maneras corteses, cuidadosamente vestido y con más aspecto de senador que de enfermero. En la ciudad cuenta con numerosa clientela; usa corbata blanca, y se cree más sabio en medicina que el doctor, que ya casi no tiene clientes.

En un rincón de la sala de recibir hay un enorme icono. En los muros se ven retratos de obispos, una fotografía de un convento y coronas de florecillas marchitas. Es el enfermero quien se ha preocupado de decorar así la estancia. Es hombre muy religioso, y todos los domingos hace decir una misa en el hospital.

Aunque hay muchos enfermos, el doctor tiene su tiempo limitado; se reduce, pues, a preguntar a cada uno qué le duele, y después le prescribe aceite de ricino, o algo que no pueda hacerle bien ni mal. Sentado junto a su mesa, la cabeza apoyada en la mano, el doctor parece sumido en hondas reflexiones, y va preguntando sin saber lo que dice. El enfermero, a su lado, se frota las manos, y de tiempo en tiempo hace algunas observaciones.

—Padecemos y enfermamos—suele decir a los pacientes—porque no sabemos rogar a Dios tanto como debiéramos.

Evita las operaciones; ha perdido la costumbre, desde hace mucho, y la sola vista de la sangre lo pone nervioso. Cuando tiene que abrirle la boca a un niño enfermo, y el niño se opone y llora, el doctor padece verdaderos vértigos, quisiera taparse las orejas y huir y se apresura a recomendar cualquier remedio, hacendó señas de que se lleven achico.

Pronto el aspecto tímido y estúpido de los enfermos le fatiga; la presencia del enfermero, los retratos de los obispos, las preguntas mismas que está dirigiendo a los enfermos desde hace veinte años, todo le cansa, y a los cinco o seis enfermos se despide, dejando el resto a cargo del enfermero.

Con el dulce pensamiento de que ya en el pueblo no le quedan clientes que lo molesten, vuelve a su departamento, se sienta en su gabinete, y helo otra vez leyendo. Lee mucho, y siempre con mucho interés. La mitad del sueldo se lo gasta en libros. De las seis habitaciones de que dispone, tres están repletas de libros y de viejas revistas. Tiene preferencia por las obras de historia y filosofía; en materia de medicina sólo recibe una revista, El Médico, que lee siempre comenzando por el final.

Y así se pasa las horas muertas leyendo sin moverse de un sitio y sin dar señales de fatiga. Lee muy lentamente, sin tragarse las páginas como antaño su enfermo Gromov, y deteniéndose en lo que no encuentra claro o le resulta agradable. Junto al libro hay siempre una garrafa de vodka y una manzana o un pepino con sal, puestos directamente sobre el tapete de la mesa, sin plato. De tiempo en tiempo se sirve un vasito de vodka, y, sin quitar los ojos de la lectura, busca a tanteos el pepino y da un mordisco.

Hacia las tres se acerca con mucha suavidad a la puerta de la cocina, tose y dice a la cocinera:

—Daría, siento ya un gusanillo... Si fuera posible, quisiera comer.

Después de comer una comida muy mediana y muy mal servida, pasea mucho tiempo, los brazos cruzados sobre el pecho, por todas las habitaciones, y medita. El reloj da las cuatro, el reloj da las cinco, y él continúa rumiando sus meditaciones. De tiempo en tiempo la puerta de la cocina se abre con un rechinido, y se ve pasar a la cocinera con su cabeza rojiza y somnolienta.

—Andrés Efimich, creo que ya es hora de la cerveza—dice con cierta inquietud.

—No, todavía no—responde éste—. Voy a esperar otra media horita.

Por la noche viene a verlo casi siempre el director de correos, Mijail Averianich, único habitante de la ciudad, cuya compañía parece soportable al doctor.

Mijail Averianich había sido en otro tiempo rico propietario y oficial de caballería; arruinado, tuvo que entrar como empleado en la oficina de correos. Es apuesto, usa unas hermosas patillas blancas; tiene modales muy distinguidos y voz sonora y agradable. Posee una envidiable salud, es hombre de corazón muy sensible, aunque algo nervioso e iracundo. Cuando, en la oficina de correos, alguna persona del público protesta o simplemente exige algo, Mijail Averianich se pone rojo de ira, todo el cuerpo le tiembla y grita a voz en cuello:

—¡Ya se está usted callando! ¡Aquí no manda nadie más que yo!

Gracias a esto, el correo ha adquirido desde hace tiempo una sólida reputación de lugar desagradable y expuesto a escándalos.

Mijail Averianich estima y quiere bien al doctor, a quien considera como hombre instruído y de noble corazón; pero a los demás vecinos los trata con desprecio y los considera como a súbditos suyos.

—Aquí estoy—dice al llegar a casa del doctor—, ¿Qué tal, querido amigo? Ya estará usted de mis visitas hasta aquí, ¿verdad?

—Al contrario, hombre, me dan muchísimo gusto—le responde el doctor—. Siempre es usted bienvenido en esta casa.

Y los dos amigos se sientan sobre el canapé del gabinete. Un buen rato se lo pasan fumando sin decir nada. Después el doctor llama a la cocinera:

—Daría, ¿quiere usted hacer el favor de darnos cerveza?

Daría trae la cerveza.

La primera botella se agota en silencio; el doctor, siempre entregado a sus reflexiones, y Mijail Averianich con aire alegre y animado, como hombre que tiene muy buenas cosas que contar.

El doctor comienza siempre la conversación.

—Lástima—dice hablando con parsimonia y tristeza sin mirar a los ojos de su interlocutor—que no haya en este lugar gente aficionada a la buena conversación y capaz de sostener una charla interesante. Para nosotros resulta una dura privación. Ya ve, usted, aquí, ni los intelectuales sobresalen del bajo nivel de las capas inferiores del pueblo.

—Tiene usted razón que le sobra. Lo mismo digo.

—Ya sabe usted bien—continúa el doctor—que en este mundo todo es insignificante y carece de interés, si se exceptúan las manifestaciones superiores del entendimiento. Sólo el entendimiento traza una línea divisoria entre el hombre y la bestia, e indica el origen divino de aquél, y, en cierto grado, reemplaza para él el precioso don de la inmortalidad, que no existe. Según esto, el espíritu puede considerarse como la única fuente verdadera de felicidad. Pero nosotros, que no vemos en nuestro radio ninguna manifestación del espíritu, no podemos disfrutar de esa felicidad. Cierto es que tenemos nuestros libros, pero no es lo mismo, ni la lectura puede sustituir del todo los agrados de la conversación y el cambio de ideas. Si usted me permite que use de una comparación algo atrevida, le diré a usted qué el libro es la nota y la conversación es el canto.

—Dice usted muy bien.

Y aquí hay un silencio. Entra entonces la cocinera, y con expresión curiosa se detiene casi en la puerta para oír lo que hablan los señores.

—En esta época ya no hay ingenio—declara Mijail Averianich.
Y se pone a recordar los buenos tiempos, cuando la vida valía la pena y era sana y gozosa, y habla de los intelectuales de hace treinte años, tan enamorados de su honra y tan devotos de la amistad. Entonces se prestaba uno dinero sin necesidad de prenda ni garantía, y todos se ayudaban mutuamente de una manera caballeresca. La vida estaba preñada de aventuras y de cautivadoras sorpresas. ¡Qué camaradas los de entonces! ¡Qué mujeres aquéllas!

Y después se enfrasca con entusiasmo en una descripción del Cáucaso, ese país de bienandanza.

—Figúrese usted que la mujer de un teniente coronel, una mujer de lo que hay poco, se vestía con traje de oficial, y, por la noche, emprendía largas excursiones a la montaña, sola y sin guía. Decían que tenía quién sabe qué misteriosa novela con un príncipe de Georgia...

—¡Virgen santísima!—exclama la cocinera.

—¡Ah, en aquel tiempo se sabía comer y beber! La gente tenía ideas atrevidas. El doctor, aunque ha estado escuchando, parece que no ha entendido bien; parece que piensa en otra cosa. Después, a pequeños sorbos, sigue apurando su cerveza. Y de pronto, inesperadamente, interrumpiendo a su amigo, dice:

—A veces, en sueños, me parece que estoy entre personas inteligentes y metido en conversaciones amenísimas. Mi padre me dió una buena instrucción; pero cometió el error de obligarme a la carrera de médico. Yo creo que, si lo hubiera desobedecido, a estas horas viviría en el corazón de la vida intelectual. Tal vez me habrían ya hecho miembro del consejo de la Universidad. Claro es que también el espíritu es cosa pasajera, pero es lo mejor que hay es nuestra vida. En suma: que la vida es cómo una trampa sin escape, en la que, más tarde o más temprano, todos los hombres que piensan tienen que ir cayendo. El hombre viene al mundo contra su voluntad; sale de la nada gracias al juego de unas fuerzas misteriosas que él no comprende, y cuando pretende averiguar el objeto o el sentido de su existencia, o nadie le contesta, o le contestan estupideces. También la muerte sobreviene contra la voluntad del hombre. Y en esta prisión que llamamos vida, los hombres reunidos por una desgracia común, experimentan cierto alivio cuando pueden juntarse a cambiar ideas libres y atrevidas. Por eso en este bajo mundo él espíritu es muestro único placer y consuelo.

—¡Muy bien dicho, muy bien dicho!

El doctor, sin mirar a su interlocutor, continúa hablando lentamente, con largas pausas, del espíritu y de los hombres inteligentes. Mijail Averianich lo sigue con mucha atención, y exclama de tiempo en tiempo:

—¡Tiene usted muchísima razón!

Después pregunta de pronto:

—¿Usted no cree en la inmortalidad del alma?

—No, honorable Mijail Averianich, no creo en la inmortalidad del alma, ni tengo razón alguna para creer en ella.
—Francamente, le diré a usted que yo también tengo mis dudas. Sin embargo, a veces siento la seguridad de que no he de morir. Otras, me digo: «Pronto, pronto vas a reventar, triste vejete.» Pero al instante oigo que una voz interior murmura a mi oído: «No lo creas, tú no morirás.»

Después de las nueve, Mijail Averianich se despide. Al ponerse el gabán, ya en el vestíbulo, exclama:

—¡Vaya un agujero en que nos ha metido este negro destino! Y lo peor es que aquí hemos de morimos!



VII

Después de acompañar a su amigo hasta la puerta, el doctor se acomoda en la butaca y se pone a leer otra vez. Ningún ruido turba la absoluta tranquilidad de la noche. El tiempo se ha detenido. Al doctor le parece que nada existe, fuera de su libro y su lámpara de verde pantalla. Poco a poco su vulgar carota de mujik parece iluminarse con una sonrisa de admiración o de entusiasmo ante el genio humano. ¿Por qué no ha de ser el hombre inmortal?—se pregunta—. ¿Para qué sirve entonces el cerebro con su admirable mecanismo, para qué la vista, el don de la palabra, los sentimientos, el genio, si todo ha de estar predestinado a mezclarse con la tierra y dar vueltas después, durante millones de años y sin ningún objeto preciso, alrededor del sol? Para eso no valía la pena de sacar al hombre de la nada—al hombre con su espíritu elevado y casi divino—, si después se le había de transformar, como en burla, en un miserable puñado de tierra. Por miedo a la muerte, muchos buscan un sustitutivo de la inmortalidad, y se consuelan pensando que su cuerpo se perpetuará en una planta, en una roca, y hasta en una rana: ¡triste consuelo que equivale a decirle a la caja de un violón roto que le espera un porvenir envidiable!

De tiempo en tiempo, cuando el reloj da las horas, el doctor se hunde en la butaca y cierra los ojos para entregarse a sus reflexiones. Piensa en su pasado, en su vida actual. Su pasado es poco seductor, y prefiere olvidarlo; pero tampoco el presente le parece más grato. El sabe que en aquel mismo instante, no lejos de su casa, en el hospital, hay unos enfermos que padecen y que se encuentran en condiciones higiénicas insoportables. Muchos tienen insomnios, y se pasan la noche luchando con las chinches y otros parásitos. Probablemente otros están jugando a las cartas con las hermanas o bebiendo vodka. El año pasado desfilaron por el hospital 12.000 enfermos: 12.000 víctimas del engaño. Porque la vida misma del hospital está fundada en el robo, las intrigas, el fraude, y no es más que un Instituto inmoral y dañoso para la salud de los vecinos. El sabe bien que en la sala número 6 hay un Nikita que les pega a los locos, y que el judío Moisés sale a la calle todos los días a pedir limosna.

Por otra parte, tampoco ignoraba que, durante los últimos veinticinco años, en la medicina se habían operado progresos maravillosos. Tales progresos le admiraban y le entusiasmaban. ¡Una verdadera revolución! Gracias a la asepsia, se hacían ahora operaciones que antes nadie se hubiera atrevido ni a soñar. Enfermedades tenidas por incurables se curan hoy con éxito y en muy poco tiempo. La teoría de la herencia, el hipnotismo, los descubrimientos de Pasteur y de Koch, todo esto abre a la medicina amplias e insospechadas perspectivas. La revolución afectaba también el campo del alienismo. Ya nadie les echa a los locos agua fría en la cabeza, no se les ponen camisas de fuerza, se les trata bien, y aun se les dan espectáculos y conciertos.

El doctor comprende muy bien que, en el actual estado de la psiquiatría, un antro tan abominable como la sala número 6, sólo es comprensible a 200 verstas del ferrocarril, en un poblacho cuyo alcalde y consejeros apenas saben leer y tienen una confianza ilimitada en el médico, y aun aceptaría que éste les echara plomo derretido en la boca a los enfermos. En cualquier lugar civilizado, la sala número 6 habría provocado la indignación general.

—Y con todo—medita el doctor—, la antiséptica, las invenciones de Pasteur y de Koch, nada cambian al fondo de la cuestión. Nada de eso basta para desterrar las enfermedades y la muerte. A los locos les darán espectáculos y conciertos, pero el número de locos no disminuye, y no es posible dejarlos nunca en libertad. Todo eso, en el fondo, son ilusiones, no hay verdadera diferencia entre la mejor de las clínicas y la sala número 6.

Pero tales reflexiones no logran consolarle, se siente abatido, se siente muy fatigado, apoya la cabeza en la mano y sigue reflexionando:

«—Estoy sirviendo a una causa injusta, y vivo de lo que me pagan por engañar: no soy, pues, un hombre honrado. Pero yo, personalmente, no soy nada, no soy más que una partícula ínfima del indispensable mal social. Todos los empleados del Estado o del Municipio son gente perjudicial, y también se les paga injustamente. No, no soy yo el culpable, sino la época en que me ha tocado vivir. A haber vivido dentro de doscientos años, yo sería otro.»

A las tres de la mañana apaga la lámpara y se dispone a dormir, aunque no tiene ni pizca de sueño.



VIII

Hará unos dos años, la municipalidad votó un crédito suplementario de trescientos rublos anuales para aumentos en el personal médico del hospital. Para facilitarle la tarea al doctor Ragin, inventaron a otro médico: Eugenio Fedorich Jobotov.

Es un joven de unos treinta años. Es alto, moreno, de anchos pómulos y ojos muy pequeños. Había llegado al pueblo sin un céntimo en el bolsillo, con una maletita usada, acompañado de una mujer feísima a la que hacía pasar por su cocinera. La mujer tiene un nenito.

Jobotov lleva siempre una boina y botas altas. Pronto se ha hecho amigo del enfermero general y del administrador; a los demás miembros del personal los trata desdeñosamente de «aristócratas» y no se les acerca. El único libro que hay en su casa es cierto Manual de Medicina, publicado en 1881. Siempre que va a ver a un enfermo, lleva el Manual consigo. Por la noche, en el club, juega al billar, pero detesta las cartas.

Va al hospital dos veces por semana, visita todas las salas y recibe a los enfermos. La absoluta falta de condiciones antisépticas y de higiene, le tienen escandalizado, pero por no lastimar al doctor Ragin, no se atreve a introducir reformas.

Jobotov está convencido de que su colega es un viejo canalla, que se aprovecha astutamente de la situación, y que ha amasado ya una fortuna. Y por cierto que le gustaría estar en su lugar.



IX

Una noche de primavera, a fines de marzo, cuando ya no se ve nieve por ninguna parte, cuándo ya los pájaros comienzan a aparecer en el jardín del hospital, el doctor Ragin salió acompañando a su grande amigo el director de Correos. En aquel preciso instante entraba en el patio el loco Moisés, de vuelta de sus habituales paseos por el pueblo. Venía descalzo, con la cabeza descubierta, y llevaba en la mano un saquito donde guardaba lo que le habían dado.

—¡Dame un copeck!—dijo dirigiéndose al doctor, temblando de frío, y sonriendo humildemente.

El doctor, hombre incapaz de decir que no, le dio una pieza de diez copecks. Después, viendo los pies descalzos del pobre loco, se sintió lleno de remordimiento. «El suelo todavía está muy frío— se dijo—, puede por lo menos coger un catarro.» Y, llevado de su piedad, entró por el vestíbulo del pabellón en que se encontraba la sala número 6. Al verlo, Nikita saltó de entre los escombros donde estaba tumbado, y lo saludó.

—Buenos días, Nikita—dijo el doctor con mucha amabilidad—. ¿No sería posible darle a este hombre un par de botas? ¡No vaya a acatarrarse!

—A la orden del señor doctor; se lo diré al administrador.

—Sí, ten la bondad de decírselo; dile que vas de mi parte.

La puerta de la sala que da al vestíbulo estaba abierta. Gromov, que estaba acostado, se incorporó Y se puso a escuchar. Pronto reconoció al doctor. Y entonces, rojo de cólera, temblando, con los ojos relampagueantes, saltó de la cama y gritó con una risilla sardónica.

—¡Por fin, señores, ya ha venido el doctor. Sea enhorabuena: el doctor se digna al fin visitarnos!

Y, sin poder contenerse, añade:
—¡Canalla, más que canalla, porque eso es mucho para él! ¡Merecería que lo mataran, que lo ahogaran en el retrete!

El doctor, que ha oído estas palabras, se acerca a la puerta de la sala y, asomándose, pregunta con su suave voz:

—¿Por qué?

—¿Por qué?—Le grita Gromov acercándose a él con aire amenazador—, ¿Y se atreve usted a preguntarlo? Porque es usted un ladrón, un impostor, un verdugo.

—Vamos, cálmese usted—dice el doctor afectando una difícil sonrisa—. Le aseguro a usted que nunca he robado nada. Y en cuanto a las otras acusaciones, creo que exagera usted. Ya veo que está usted disgustado conmigo. Cálmese, cálmese, se lo ruego, y respóndame con toda franqueza: ¿por qué está usted tan disgustado?

—¿Y por qué me tiene usted aquí metido?

— Porque está usted enfermo.

— Bien, admitámoslo. Pero hay cientos y miles de locos que se pasean con toda libertad, por la sencilla razón de que es usted demasiado ignorante para acertar a distinguirlos de los cuerdos. ¿Por qué, pues, sólo a mí y a estos desdichados han de tenernos aquí en calidad de chivos expiatorios? Usted, su enfermero, su administrador, y toda esa canalla,, todos ustedes son, desde el punto de vista moral, infinitamente inferiores a nosotros, y, sin embargo, somos nosotros y no ustedes los condenados al encierro perpetuo. ¿Es lógico esto?
—Nada tienen que hacer aquí la moral ni la lógica. Es el azar el que decide. El que ha sido encerrado aquí, aquí se queda; y los otros siguen en libertad. El hecho de que el médico sea yo, y el enfermo usted, nada tiene que ver con la moral ni la lógica: no es más que un azar.

—Yo no entiendo esas necedades—dijo Gromov con voz sorda.

Y se sentó otra vez en la cama.

Moisés, a quien Nikita no se había atrevido a despojar en presencia del doctor, comenzó a poner en su cama trozos de pan, pedazos de papel, huesos; y, siempre temblando de frió, se soltó hablando en hebreo muy presurosamente; acaso se imaginaba ser dueño de una tienda.

—¡Déjeme usted en libertad!— dijo Gromov con voz temblorosa.

—No puedo.

—Pero, ¿por qué, por qué?

—Porque no depende de mí. Supongamos que lo pongo a usted en libertad: no le aprovecharía a usted gran cosa. Al instante, los vecinos del pueblo o la policía, lo volverían a arrestar y me lo traerían aquí otra vez.

—Sí, es verdad.

Y Gromov se daba en la frente, como tratando de descubrir una solución.

—¡Qué horrible situación! Entonces, dígame usted, ¿qué hacer?.

Y su voz, su expresión inteligente, conmovieron y sedujeron al doctor. Sintió un gran deseo de consolar al pobre joven y darle algunas muestras de simpatía. Sentóse en la cama, junto a Gromov, y dijo:

—Me pregunta usted qué podemos hacer. En la situación de usted, lo mejor parece que sería escaparse. Pero es inútil, por desgracia; lo arrestarían a usted al instante. Cuando la sociedad se defiende contra los criminales, los locos, y toda clase de hombres que no le convienen, es inflexible. No le queda a usted más que convencerse a sí mismo de que su permanencia aquí es inevitable.

—¡Pero si mi permanencia aquí no le sirve a nadie para nada!

—Una vez que hay prisiones y manicomios, es fuerza que estén habitados. Día llegará en que no existan. Entonces no habrá rejas en las ventanas ni cadenas. Yo le aseguro a usted que, tarde o temprano, ese día llegará.

Gromov sonrió amargamente.

—Usted se está burlando de mí, señor mío. A usted, a su Nikita y a toda la demás canalla, les importa poco que lleguen o no esos tiempos anhelados. Pero puede usted estar seguro de que llegarán, llegarán tiempos mejores. Tal vez hallará usted ridículas mis palabras, pero oiga usted lo que le digo: la aurora de un día mejor alumbrará la tierra, la verdad triunfará, y los humildes y los perseguidos disfrutarán de la felicidad que merecen. Tal vez para entonces yo no existiré, pero ¡qué más dá! Me regocijo pensando en la felicidad de las generaciones futuras, las saludo con todo mi corazón: ¡Adelante! ¡Qué Dios os ayude, amigos míos, amigos desconocidos del porvenir remoto!

Gromov se levantó de la cama, con los ojos encendidos, alargó los brazos hacia la ventana y exclamó con voz conmovida:

—¡A través de estas malditas rejas, yo os bendigo! Me regocijo con vosotros y por vosotros. ¡Viva la verdad!

—No veo que haya mucha razón para alegrarse—dijo el doctor, a quien aquel ademán de Gromov, aunque algo teatral, no le resultó desagradable—. En ese porvenir que tanto le entusiasma a usted, no habrá manicomios ni prisiones, ni rejas ni cadenas; en suma, como usted dice, triunfará la verdad. Pero... las leyes de la naturaleza seguirán su camino invariable, y las cosas no cambiarán en el fondo. Los hombres padecerán enfermedades, se envejecerán y pararán, lo mismo que hoy, en la muerte. La aurora que alumbra la vida podrá ser muy hermosa, pero eso no impedirá que se meta a los hombres en la caja, y la caja se meta en la fosa.

—¿Y la inmortalidad?

—¡Tontería!

—¿No cree usted en la inmortalidad? Yo sí. Dostoyevski o Voltaire, no me acuerdo bien cuál de los dos, ha dicho que si no existiera Dios habría que inventarlo. Si la inmortalidad no existe, estoy seguro de que, tarde o temprano, el genio del hombre acabará por inventarla.

—¡Muy bien dicho!—aprobó el doctor con tina sonrisa de satisfacción—. Hace usted bien en creer. Con una fe tan grande, hasta en la prisión se puede encontrar felicidad. Permítame usted una pregunta: ¿Dónde ha hecho usted sus estudios?

—En la Universidad, pero no los terminé.

—Usted es un hombre que sabe pensar. Usted podrá encontrar siempre algún consuelo en sí mismo, cualesquiera que sean las condiciones de su vida. El pensamiento libre de trabas que trata de comprender el sentido de la existencia, y el desprecio absoluto por todo lo que sucede en este bajo mundo, son los dos bienes supremos. Usted puede ser dueño de ellos, aun encerrado tras de estas rejas. Diógenes vivía en un tonel, pero eso no le impedía ser más dichoso que todos los reyes de la tierra.

—El tal Diógenes era un imbécil— dijo Gromov con voz opaca—. ¿Para qué me habla usted de Diógenes y de felicidades fantásticas? Y de pronto, sobreexcitado, añadió: ¡Yo amo la vida, la amo apasionadamente! Tengo la manía de la persecución, estoy poseído de un terror constante, pero por momentos tengo una sed tan inmensa de la vida que temo volverme loco rematado. ¡Dios mío! Lo que yo quiero es vivir, ¿me entiende usted? Vivir una vida completa, íntegra.

Muy conmovido, dio algunos pasos por la sala. Después, más tranquilo, añadió:

—A veces, en sueños, veo que me rodean unas sombras. Veo, en mi imaginación, unas gentes, oigo unas voces, música, y me parece que me paseo a través de campos y bosques, junto al mar... Y siempre, siempre, un deseo ardiente de moverme, de manifestar una actividad febril... Dígame, ¿qué hay de nuevo por allá, en el mundo?

—¿En el pueblo quiere usted decir?

—Cuénteme usted primero lo que pasa en el pueblo, y después lo demás.

—Pues mire usted: la vida en el pueblo es muy aburrida. Casi no hay nadie con quien cambiar unas palabras. ¡Si, al menos, viniera gente nueva! Verdad es que últimamente ha venido un joven médico, el señor Jobotov.

—Ya lo sé: un imbécil.

—Si, un hombre de muy escasa cultura. Es increíble: yo me imagino que en Petersburgo, en Moscou, la vida intelectual es intensísima, que todo está allá efervescente, y que todo se agita en torno a los grandes problemas de actualidad; y, sin embargo, nos llega de allá cada tipo tan insulso, tan poco interesante. ¡No; nuestro pobre pueblo no tiene suerte!

—¡Es verdad, pobre pueblo!

Gromov calló un instante, y después:

—Y en las revistas, en los periódicos, ¿qué hay de nuevo? La sala estaba ya por completo sumergida en tinieblas. El doctor se puso en pie, y empezó a contar lo que decía la Prensa, y lo que había del movimiento intelectual en Rusia y en el extranjero.

Gromov lo escuchaba con notable atención, preguntaba algo y parecía muy interesado. Pero, de pronto, como si hubiera recordado algo terrible, se llevó las manos a la cabeza, se echó en la cama y volvió al doctor las espaldas.
—¿Qué le pasa a usted?— preguntóle éste.

— Es inútil: no me oirá usted pronunciar una sola palabra más—dijo Gromov ásperamente—. ¡Largúese de aquí!

—Pero, ¿por qué?

—¡Déjeme en paz, le digo, con cien mil demonios!

El doctor se encogió de hombros, suspiró y salió. Al pasar por el vestíbulo, dijo:

—Oye, Nikita: convendría limpiar un poco esto. Huele muy mal.

—¡A la orden del señor doctor!

—Pobre muchacho— pensaba el doctor al volver a sus habitaciones—. Desde que estoy aquí, es el primero con quien he podido hablar de cosas interesantes. Sabe razonar, y se preocupa de cosas que sólo preocupan a los hombres de ingenio.

Mientras leía en su gabinete, y después ya metido en cama, no dejaba de pensar en Gromov. Al día siguiente, en cuanto se despertó, recordó que acababa de descubrir a un hombre interesante, y se prometió ir de nuevo a visitar a Gromov a la primera oportunidad.



X

Gromov estaba en la misma posición de la víspera, con las manos en la cabeza y la cara contra la pared.

—Buenos días, amigo mío—dijo el doctor—. ¿No duerme usted?

—Ante todo, yo no soy amigo de usted— dijo Gromov sin volver la cara y como hablando con la pared—. Y, después, sepa usted que todos sus esfuerzos por reanudar la conversación serán inútiles: no despegaré los labios.

—¡Qué cosa más rara!— balbuceó confuso el doctor—. Ayer hemos estado hablando tan tranquilamente, y de pronto usted se ha disgustado e interrumpe la charla... Tal vez he usado sin querer alguna palabra inoportuna, o habré sostenido alguna idea que a usted le molesta...

Gromov se volvió a medias, e incorporándose un poco, se quedó mirando al doctor irónicamente:

—Sépase usted que no creo una sola sílaba de lo que usted me cuenta. Sé muy bien lo que usted se propone: usted viene aquí como un espía, para descubrir mis intenciones y mis opiniones. Ayer lo he comprendido.

—¡Vaya una ocurrencia!—dijo el doctor asombrado—, ¿Se figura usted que soy un espía?

—Sí, señor. Un espía y un médico que procede al examen de las capacidades de su enfermo, son una misma cosa.

—Dispénseme usted, pero es usted realmente... original.

Se sentó en una silla, junto a la cama, y movió la cabeza en ademán de reproche.

—Admitamos que tiene usted razón— dijo—. Admitamos que examino cada una de las palabras de usted para denunciarlo después a la policía. Que lo van a arrestar a usted, a juzgar. ¿Acaso seria usted más infeliz en ninguna cárcel de lo que ya es aquí?. Aun cuando lo enviaran a usted a Siberia, ¿acaso sería peor que quedarse en esta casa de locos? Creo que no, verdaderamente. Entonces, ¿qué puede usted temer?

Estas palabras produjeron un efecto visible. Gromov, tranquilizado, se sentó en la cama.

Eran las cuatro y media de la tarde, la hora en que la cocinera solía preguntarle al doctor si no era ya tiempo de la cerveza. Afuera, el día estaba claro y hermoso.

—He salido a pasear un poco después de la comida—dijo el doctor—, y quiero verlo a usted. Estamos en plena primavera.

—¿En qué mes? ¿Marzo?—preguntó Gromov.

—Sí, a fines de marzo.

—Las calles estarán llenas de fango, ¿verdad?

—No mucho. Algunas están secas.

—¡Ay qué hermoso poder dar un paseito en coche por la ciudad, y volver después al gabinetito muy bien instalado!... Consultar a un buen médico para el mal de cabeza... Hace mucho que no hago vida de hombre civilizado. ¡Aquí todo es sucio, desagradable, repugnante!

Tras la excitación de la víspera, parecía cansado, y hacía esfuerzos para hablar. Le temblaban las manos, y por la expresión de su cara se comprendía que tenía jaqueca.

—Entre un gabinete bien instalado y esta sala—dijo el doctor—, no hay ninguna diferencia. El hombre extrae de sí mismo su felicidad y su tranquilidad, y no de las cosas exteriores.
—¿Cómo dice usted?

—Quiero decir que un hombre ordinario ve el bien y el mal como cosa externa, en un buen gabinete o en un coche confortable; mientras que el hombre dotado de pensamiento los busca dentro de sí mismo.

—Vaya usted con esas filosofías a Grecia, donde el tiempo siempre es encantador y el aire está embalsamado con el perfume de las flores. Aquí el clima no se presta a esa propaganda. Creo que fué con usted con quien hablaba yo de Diógenes, ¿no es verdad?

—Sí, ayer, conmigo.

—Pues mire usted: Diógenes no necesitaba un buen gabinete ni habitaciones bien calentadas, porque en Grecia hace bastante calor. Allá puede uno aguantar días y noches en un tonel, sin comer más que naranjas y aceitunas. Pero si su Diógenes hubiera vivido en Rusia, tenga usted por seguro que se habría metido en casita, no sólo en diciembre, sino hasta en mayo. De lo contrario, el pobre filósofo se hubiera helado con toda su filosofía.

—No lo creo así. Se puede no sentir el frío, como cualquier otro sentimiento desagradable. Marco Aurelio ha dicho: «El dolor no es más que un pensamiento muy vivo del dolor. Basta hacer un esfuerzo para transformar ese pensamiento, no hacerle caso, no gemir ni quejarse, y el dolor desaparecerá.» Es muy justo. El sabio, o cualquiera que piense un poco, desprecia el sufrimiento; siempre está contento, y nada logra impresionarle.
—Según eso, yo debo de ser un idiota, puesto que sufro, estoy a disgusto y experimento una dolorosa sorpresa ante el espectáculo de la humana cobardía.

—En todo caso, se equivoca usted mientras más piense usted en ello, mas se convencerá de que todo lo que nos inquieta y nos apasiona es indigno de nuestra atención. La verdadera felicidad consiste en la comprensión del sentido de la vida.

—Comprensión... felicidad interior—y Gromov hizo una mueca—. Perdóneme usted; pero no lo entiendo. Yo solo sé una cosa: Dios me ha hecho de carne y hueso, me ha dado nervios y sangre caliente, soy un organismo vivo y, como tal, reacciono necesariamente ante toda irritación exterior. Reacciono, y no puedo menos de hacerlo. Cuando me hacen mal, grito y lloro; ante una cobardía, me sublevo; ante una mala acción, siento asco. Esto es lo que llamamos la vida, según mi entender. A organismo menos perfeccionado, reacción menor. Y al contrario, los organismos superiores son más accesibles a los sentimientos de dolor, de alegría, etc., y reaccionan más enérgicamente a todo lo que pasa en el exterior. Me parece que ésta es una verdad elemental. Y me asombra que todo un médico, como usted, ignore semejantes cosas. Para despreciar el sufrimiento, estar siempre contento y no asombrarse de nada, hay que haber caído muy abajo, haber llegado a un estado de brutalidad como el de ese, por ejemplo...

Y Gromov señaló al mujik embrutecido que estaba junto a ellos sumergido en su somnolencia habitual.

—O bien—continuó—hay que habituarse al sufrimiento hasta perder toda sensibilidad; es decir, dejar de vivir. No, no: todo eso son necedades que yo no entiendo. Por lo demás, yo no sé razonar.

—Al contrario, razona usted muy bien.

—Los estoicos, a quienes usted quiere imitar, eran hombres notables, pero su filosofía ha muerto hace dos mil años, y no hay probabilidades de que renazca, porque no es práctica ni vital. Nunca pudo seducir sino a una minoría selecta, que no tenía mejor ocupación que el dedicarse a tales extravagancias; en cuanto a la mayoría, ni entendió nunca ni podía entender a los estoicos. La gran mayoría humana es inaccesible a la propaganda del desprecio y la indiferencia por la riqueza y la comodidad, por lo mismo que no las posee. Además, esta mayoría no puede desdeñar el sufrimiento, porque toda la vida humana está hecha de sufrimientos, de sensaciones de hambre, frío, rebeldía y miedo a la muerte. Sí, lo repito: la filosofía de los estoicos no está llamada a propagarse. Lo único que puede progresar y desarrollarse es la lucha contra las imperfecciones de la vida, la lucha por la propia existencia y la propia felicidad...

Gromov iba a decir algo más, pero perdió el hilo de sus ideas y se detuvo de pronto, dándose una palmada en la frente.

—Iba yo a decir algo importante, pero se me fué... ¡Ah, ya caigo! Un estoico se vendió una vez como esclavo para comprar la libertad de otro esclavo. Esto prueba que era sensible a los sufrimientos, al menos a los ajenos. Para sacrificarse de este modo debió de sublevarse, indignarse contra la injusticia social, al punto de querer libertar a una de sus víctimas. Y, en fin, vea usted el caso de Jesucristo: era sumamente sensible a la vida real, y reaccionaba ante ella como los simples mortales; lloraba, sonreía, se entristecía, se encolerizaba. Al aproximarse a su espantosa muerte, no iba precisamente sonriendo: al contrario, en el jardín de Getsemaní pidió a Dios que le ahorrara tan amargo trance.

Gromov se detuvo un instante.

—Supongamos que tiene usted razón en el fondo; que la tranquilidad y la dicha no se encuentran afuera, sino en el corazón del hombre. Aun así, no entiendo que usted predique semejante doctrina. ¿Acaso es usted filósofo, o es usted sabio?

—No; ni sabio ni filósofo; pero creo que todos tenemos derecho de predicar la verdad.

—Pero ¿con qué derecho se atribuye usted competencia para tratar de los sufrimientos humanos? ¿Acaso ha sufrido usted alguna vez? ¿Tiene usted noción de lo que es sufrir? Permítame que le haga una pregunta: ¿Le han pegado a usted de niño?

—No; mis padres no aprobaban ese procedimiento pedagógico.

— Pues a mí mi padre me pegaba de un modo cruel. Era un hombre severo; padecía hemorroides; tenía una enorme nariz y un cuello amarillo. No hablemos de usted: a usted nadie lo ha tocado con la punta del dedo; usted no ha tenido nada que temer; usted goza de una salud perfecta; nunca conoció usted la miseria, ni durante la infancia
 
Marcelo_Arrizabalaga,21.11.2019
http://es.m.wikisource.o...
 
rhcastro,22.11.2019
¡Qué bien! Eso de no robar jajajja.

Marcelo, tendré que bajar ''La sala número seis'' en definitiva me atrae.
 
Marcelo_Arrizabalaga,22.11.2019
Me alegro, Leticia. Compartir material de lectura es una buena experiencia.
Recuerdo el día en que mi amigo "El Chorlo" me dijo:
-Compré este libro hace unos años en una tienda de usados. De tapa dura y papel de seda. Creo que te va a gustar.

Eran las obras completas de Chejov.
 
Clorinda,23.11.2019
Tengo un libro de Chejov como el que describe Marcelo de tapa dura color bordeau. Dice "Obras inmortales" - Chejov, en el lomo, en letras doradas y un laurel grabado en la tapa. Son 35 cuentos y contiene "La sala número 6" , y otras. (no sé si son todas). Es una joyita! ¡Qué coincidencia!
 
Marcelo_Arrizabalaga,23.11.2019
Tal vez mi memoria me traiciona, y haya sido ese libro que mencionas, Clorinda. Hace como treinta años de la anécdota que menciono.
Siento una gran conexión por éste escritor ruso.
Escribió mucho, desde muy joven. Fue médico rural y viajó ejerciendo su profesión durante muchos años por toda Rusia.
Lo considero un gran escritor, pero mucho mejor observador . La forma en que describe la vida de los pobres de su país es impresionante. Recuerdo un cuento llamado "El samovar" que me impactó.
En el otro extremo de la escala social también encontró ricas historias que contar en forma de cuentos y obras de teatro.
De todo lo que podría decirse de él, me quedo con su mirada profunda del ser humano.
 
Marcelo_Arrizabalaga,23.11.2019
http://ibb.co/wsNMGdj

http://ibb.co/L0hthYD

Consulté con mi amigo y sí, era el mismo.
 
Clorinda,24.11.2019
Si!!! Es el mismo!!! Era de mi mamá. Lo tengo muy cuidadito, como muchos otros que me dejó. Ella era rusa, fue solamente hasta tercer grado pero adoraba leer. Muchos son volúmenes que da miedo empezar, pero estos cuentos son una delicia. Volveré a leerlos.
 
Morirse,25.11.2019



Un día perfecto para el pez plátano

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.

No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad. Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y —ya era la cuarta o quinta llamada— levantó el auricular del teléfono.

—Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.

—Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.

—Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.

A través del auricular llegó una voz de mujer:

—¿Muriel? ¿Eres tú?

La chica alejó un poco el auricular del oído.

—Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.

—He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?

—Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han…

—¿Estás bien, Muriel?

La chica separó un poco más el auricular de su oreja.

—Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde…

—¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada…

—Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después…

—Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que… ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.

—Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.

—¿Cuándo llegaron?

—No sé… el miércoles, de madrugada.

—¿Quién condujo?

—Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.

—¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que…

—Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, esa es la verdad.

—¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?

—Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles… se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el carro?

—Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, solo para…

—Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para…

—Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el auto y demás…

—Muy bien—dijo la chica.

—¿Sigue llamándote con ese horroroso…?

—No. Ahora tiene uno nuevo.

—¿Cuál?

—Mamá… ¿qué importancia tiene?

—Muriel, insisto en saberlo. Tu padre…

—Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948 —dijo la chica, con una risita.

—No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo…

—Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza…

—Lo tienes tú.

—¿Estás segura?—dijo la chica.

—Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la… ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?

—No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el carro. Me preguntó si lo había leído.

—¡Pero está en alemán!

—Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia —dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma… nada menos…

—Espantoso. Espantoso. Es realmente triste… Ya decía tu padre anoche…

—Un segundo, mamá —dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá? —dijo, echando una bocanada de humo.

—Muriel, mira, escúchame.

—Te estoy escuchando.

—Tu padre habló con el doctor Sivetski.

—¿Sí? —dijo la chica.

—Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas… ¡Todo!

—¿Y…? —dijo la chica.

—En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.

—Aquí, en el hotel, hay un siquiatra —dijo la chica.

—¿Quién? ¿Cómo se llama?

—No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un siquiatra muy bueno.

—Nunca lo he oído nombrar.

—De todos modos, dicen que es muy bueno.

—Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que… anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa…

—Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma.

—Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la…

—Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí —dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.

—¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está…

—Lo usé. Pero me quemé lo mismo.

—¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?

—Me he quemado toda, mamá, toda.

—¡Qué horror!

—No me voy a morir.

—Dime, ¿has hablado con ese siquiatra?

—Bueno… sí… más o menos… —dijo la chica.

—¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?

—En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.

—Bueno, ¿qué dijo?

—¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar! Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije…

—¿Por que te hizo esa pregunta?

—No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé —dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo…

—¿El verde?

—Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas…! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison… la mercería…

—Pero ¿qué dijo él? El médico.

—Ah, sí… Bueno… en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.

—Sí, pero… ¿le… le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?

—No, mamá. No entré en detalles —dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.

—¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse… ya sabes, raro, o algo así? ¿De que pudiera hacerte algo?

—En realidad, no —dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno… todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.

—En fin. ¿Y tu abrigo azul?

—Bien. Le subí un poco las hombreras.

—¿Cómo es la ropa este año?

—Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.

—¿Y tu habitación?

—Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra —dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.

—Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?

—Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.

—Muriel, te lo voy a preguntar una vez más… ¿En serio, va todo bien?

—Sí, mamá —dijo la chica—. Por enésima vez.

—¿Y no quieres volver a casa?

—No, mamá.

—Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos…

—No, gracias —dijo la chica, y descruzó las piernas—. Mamá, esta llamada va a costar una for…

—Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra… quiero decir, cuando una piensa en esas esposas alocadas que…

—Mamá —dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.

—¿Dónde está?

—En la playa.

—¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?

—Mamá —dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.

—No he dicho nada de eso, Muriel.

—Bueno, esa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita la bata.

—¿Que no se quita la bata? ¿Por qué no?

—No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.

—Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?

—Lo conoces muy bien —dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.

—¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?

—No, mamá. No, querida —dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.

—Muriel, hazme caso.

—Sí, mamá —dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.

—Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro… ya me entiendes. ¿Me oyes?

—Mamá, no le tengo miedo a Seymour.

—Muriel, quiero que me lo prometas.

—Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá —dijo la chica—. Besos a papá —y colgó.

*

—Ver más vidrio—dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio?

—Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estate quieta, por favor.

La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.

—No era más que un simple pañuelo de seda… una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo —dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.

—Por lo que dice, debía de ser precioso —asintió la señora Carpenter.

—Estate quieta, Sybil, cariño…

—¿Viste más vidrio? —dijo Sybil.

La señora Carpenter suspiró.

—Muy bien —dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.

Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.

—¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.

El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas de la bata. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.

—¡Ah! Hola, Sybil.

—¿Vas a ir al agua?

—Te esperaba —dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?

—¿Qué? —dijo Sybil.

—¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?

—Mi papá llega mañana en un avión —dijo Sybil, tirándole arena con el pie.

—No me tires arena a la cara, niña —dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.

—¿Dónde está la señora? —dijo Sybil.

—¿La señora? —el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.

Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.

—Pregúntame algo más, Sybil —dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.

Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.

—Es amarillo —dijo—. Es amarillo.

—¿En serio? Acércate un poco más.

Sybil dio un paso adelante.

—Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.

—¿Vas a ir al agua? —dijo Sybil.

—Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.

Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.

—Necesita aire —dijo.

—Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir —retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil —dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti —estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?

—Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano —dijo Sybil.

—¿Sharon Lipschutz dijo eso?

Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.

—Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?

—Sí que podías.

—Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?

—¿Qué?

—Me imaginé que eras tú.

Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.

—Vayamos al agua —dijo.

—Bueno —replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.

—La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.

—¿Que eche a quién?

—A Sharon Lipschutz.

—Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos —de repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil —dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.

—¿Un qué?

—Un pez plátano—dijo, y desanudó el cinturón de su bata.

Se la quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó la bata, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima la bata plegada. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.

—Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano —dijo el joven.

Sybil negó con la cabeza.

—¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?

—No sé —dijo Sybil.

—Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y solo tiene tres años y medio.

Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.

—Whirly Wood, Connecticut —dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.

—Whirly Wood, Connecticut —dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?

Sybil lo miró:

—Ahí es donde vivo —dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.

Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.

—No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.

Sybil soltó el pie:

—¿Has leído El negrito Sambo? —dijo.

—Es gracioso que me preguntes eso —dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche —se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció?

—¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?

—Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.

—No eran más que seis —dijo Sybil.

—¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?

—¿Te gusta la cera? —preguntó Sybil.

—¿Si me gusta qué?

—La cera.

—Mucho. ¿A ti no?

Sybil asintió con la cabeza:

—¿Te gustan las aceitunas? —preguntó.

—¿Las aceitunas?… Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.

—¿Te gusta Sharon Lipschutz? —preguntó Sybil.

—Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.

Sybil no dijo nada.

—Me gusta masticar velas —dijo ella por último.

—Ah, ¿y a quién no? —dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está! —dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.

Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.

—¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso? —preguntó él.

—No me sueltes —dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?

—Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo —dijo el joven—. Ocúpate solo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.

—No veo ninguno —dijo Sybil.

—Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.

Siguió empujando el flotador. El agua le llegaba al pecho.

—Llevan una vida triste —dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?

Ella negó con la cabeza.

—Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos —empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.

—No vayamos tan lejos —dijo Sybil—. ¿Y qué pasa después con ellos?

—¿Qué pasa con quiénes?

—Con los peces plátano.

—Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?

—Sí —dijo Sybil.

—Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.

—¿Por qué? —preguntó Sybil.

—Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.

—Ahí viene una ola —dijo Sybil nerviosa.

—No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia —dijo el joven—, como dos engreídos.

Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.

Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:

—Acabo de ver uno.

—¿Un qué, amor mío?

—Un pez plátano.

—¡No, por Dios! —dijo el joven—. ¿Tenía algún plátano en la boca?

—Sí —dijo Sybil—. Seis.

De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.

—¡Eh! —dijo la propietaria del pie, volviéndose.

—¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?

—¡No!

—Lo siento —dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo.

—Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.

El joven se puso la bata, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.

En el primer nivel de la planta baja del hotel —que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.

—Veo que me está mirando los pies —dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.

—¿Cómo dice? —dijo la mujer.

—Dije que veo que me está mirando los pies.

—Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la mujer, y se volvió hacia las puertas del ascensor.

—Si quiere mirarme los pies, dígalo —dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.

—Déjeme salir, por favor —dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.

Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.

—Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos —dijo el joven—. Quinto piso, por favor.

Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su bata.

Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.

Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7.65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.


J. D. Salinger


 
godiva,08.01.2020

Perdiendo Velocidad

Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
Tardó en sacar la vista de los huevos.
—Estoy preocupado —dijo—, creo que estoy perdiendo velocidad.
Movió el brazo a un lado y al otro, de una forma lenta y exasperante, supongo que a propósito, y se quedó mirándome, como esperando mi veredicto.
—No tengo la menor idea de qué estás hablando —dije—, todavía estoy demasiado dormido.
—¿No viste lo que tardo en atender el teléfono? En atender la puerta, en tomar un vaso de agua, en cepillarme los dientes… Es un calvario.
Hubo un tiempo en que Tego volaba a cuarenta kilómetros por hora. El circo era el cielo; yo arrastraba el cañón hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al público, pero escuchábamos el clamor. Las cortinas aterciopeladas se abrían y Tego aparecía con su casco plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. Su traje rojo brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él trepaba y metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran los paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los fósforos. Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja pequeña pero tan brillante que podía verse desde el último escalón de las gradas. La abría, sacaba un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la caja. En ese momento todas las miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido surgía el fuego. Encendía la soga. El sonido de las chispas se expandía hacia todos lados. Yo daba algunos pasos actorales hacia atrás, dando a entender que algo terrible pasaría —el público atento a la mecha que se consumía—, y de pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía disparado a toda velocidad.
Tego hizo a un lado los huevos y se levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo, y estaba viejo. Respiraba con un ronquido pesado, porque la columna le apretaba no sé qué cosa de los pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la mesada para ayudarse, parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces simplemente suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina, y se detuvo.
—Yo sí creo que estoy perdiendo velocidad —dijo.
Miró los huevos.
—Creo que me estoy por morir.
Arrimé el plato a mi lado de la mesa, nomás para hacerlo rabiar.
—Eso pasa cuando uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer —dijo—. Eso estuve pensando, que uno se muere.
Probé los huevos pero ya estaban fríos. Fue la última conversación que tuvimos, después de eso dio tres pasos torpes hacia el living, y cayó muerto en el piso.
Una periodista de un diario local viene a entrevistarme unos días después. Le firmo una fotografía para la nota, en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el casco y su traje rojo, yo de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica queda encantada. Quiere saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que yo quiera decir sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso, y no se me ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar.
—¿Café? —pregunto.
—¡Claro! —dice ella. Parece estar dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo un fósforo contra mi caja de plata, para encender el fuego, varias veces, y nada sucede.

Samantha Schweblin
 
Marcelo_Arrizabalaga,08.01.2020
Me gustó.
 
ataleia,09.01.2020
El padre (Raymond Carver)

El padre

El bebé estaba en una canasta al lado de la cama, y llevaba puesto un pelele y un gorro blanco. La canasta de mimbre estaba recién pintada, acolchada con pequeños edredones azules y sujeta con cintas de color azul claro. Las tres hermanitas y la madre, que se acababa de levantar de la cama y aún no se había despertado del todo, y la abuela rodeaban todas al bebé y observaban cómo miraba con fijeza y de cuando en cuando se llevaba el puño a la boca. No sonreía ni reía, pero a veces parpadeaba y movía la lengua entre los labios cuando una de las niñas le pasaba la mano por la barbilla.

El padre estaba en la cocina y les oía jugar con el bebé.

—¿A quién quieres tú, pequeñín? —dijo Phyllis, y le hizo cosquillas en la barbilla.

—Nos quiere a todos —dijo Phyllis—, pero al que quiere de veras es a papá, ¡porque papá también es chico!

La abuela se sentó en el borde de la cama y dijo:

—¡Mirad su bracito! Tan gordo. ¡Y esos deditos! Igualitos que los de su madre.

—¿No es una preciosidad? —dijo la madre—. Tan sano, mi niñito. —Se inclinó sobre la cuna, besó al bebé en la frente y tocó la colcha que le tapaba el brazo—. Nosotros también le queremos.

—¿Pero a quién se parece, a quién se parece? —exclamó Alice, y todas ellas se acercaron a la canasta para ver a quién se parecía.

—Tiene los ojos bonitos —dijo Carol.

—Todos los bebés tienen los ojos bonitos —dijo Phyllis.

—Tiene los labios del abuelo —dijo la abuela—. Fijaos en esos labios.

—No sé… —dijo la madre—. No sabría decir.

—¡La nariz! ¡La nariz! —gritó Alice.

—¿Qué pasa con su nariz? —preguntó la madre.

—En la nariz se parece a alguien —dijo la niña.

—No, no sé… —dijo la madre—. No creo.

—Esos labios… —dijo entre dientes la abuela—. Esos deditos… —dijo, destapando la mano del bebé y extendiéndole los menudos dedos.

—¿A quién se parece este niño?

—No se parece a nadie —dijo Phyllis. Y todas se acercaron aún más a la canasta.

—¡Ya sé! ¡Ya sé! —dijo Carol—. ¡Se parece a papá! —Todas miraron al bebé de muy cerca.

—¿Pero a quién se parece su papá? —preguntó Phyllis.

—¿A quién se parece papá? —repitió Alice, y entonces todas ellas miraron a la vez hacia la cocina, donde el padre estaba en la mesa, de espaldas a ellas.

—¡Vaya, a nadie! —dijo Phyllis, y se puso a lloriquear un poco.

—Calla —dijo la abuela, apartando la mirada. Luego volvió a mirar al bebé.

—¡Papá no se parece a nadie! —dijo Alice.

—Pero tendrá que parecerse a alguien —dijo Phyllis, secándose los ojos con una de las cintas. Y todas salvo la abuela miraron al padre, que seguía sentado en la cocina.

Se había dado la vuelta en su silla y tenía la cara pálida y sin expresión.

 
rhcastro,11.01.2020
¡Ops!
 



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