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Inicio / Cuenteros Locales / Cuatro / La flor del destino

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(Traducción de un cuento en lenguaje astral al terrenal)
Cuenta la historia, de 10 niños que jugaban alegremente de la mano haciendo una ronda alrededor de una solitaria flor, la que se alegraba cada vez que ese grupo de niños iba a jugar allí. Ni la lluvia, el frío, la nieve, el viento ni el intenso calor impedían que esos niños jugaran todos los días por un motivo distinto, claro que de vez en cuando se repetían. Un día, de agradecimientos por tener al sol, otro día por estar vivos, otros por estar juntos, otros por el sólo hecho de ser, a veces por santos, cumpleaños o simple aburrimiento. Para ocasiones especiales llevaban cositas para picar y tomar, llevaban un mantel, servicios de plástico, vasos y platos, se sentaban alrededor de la flor para comer y mirarla. Ella no entendía por qué estaban allí pero se sentía acompañada y contenta. Al principio los miraba un poquito recelosa, con algo de miedo, pero al pasar el tiempo fue comprendiendo que ellos no querían hacerle daño, y es más, hasta la cuidaban, le brindaban cariño. Por ejemplo en los días de mucho viento la rodeaban con un murito artesanal para que no se volara o en los días que el sol picaba muy fuerte, la refrescaban con una botellita de agua. Pasaron días y días y la pequeña flor no creció más de los quince centímetros, pero sí se tornaba cada vez más bella, sus colores más intensos y su aroma más fresco, que hasta el Principito deseó tenerla cuando la vio mientras domesticaba a un zorro.
Como en todo grupo de personas, sean niños o adultos, hay una heterogeneidad, una diversidad de pensamientos e ideología, y aquí, lo único que todos tenían en común era la alegría y las ganas de estar en ese lugar. Para ellos era el paraíso, era el momento de relajo que tenían en el día. Y también sabían que pertenecían a ese campo, sabían, que al igual que esa flor, sus raíces estaban ancladas a ese terreno y que si alguien se iba, moría. Y exactamente así sucedió justo en el día de cumpleaños de la muchacha más linda del grupo, ese día la flor lloró porque sabía que todo lo vivido estaba peligrando, y como era habitual en el grupo cada vez que alguien estaba de cumpleaños, todos le llevaban un regalo, unos, sonrisas dibujadas, otros, tarjetas con mensajes de cumpleaños y así mil cosas ingeniosas. Como ese día la niña cumplía sus 10 años, la familia de la chica quería celebrarlo en casa, por lo que no la dejaron salir. Así que sus amigos fueron a visitarla. Estuvieron alrededor de una hora con ella, dejaron los regalos sobre la mesa de centro y se fueron. Ya en la noche, cuando la chica se iba a acostar se encontró con que la madre le había dejado todos los paquetes sobre la cama. Y entre ellos había uno cafecito y alargado como una bolsa de papel, lo que resultaba extraño era que ese regalo estaba apartado de todos los demás, descansando sobre la almohada, y además era el único con diferente envoltorio. Lo tomó y vio caer una nota, la abrió y leyó: “di la vida por regalarte esto”. Cada vez más extrañada, abre y el paquete y ve que era la flor del jardín. Al tenerla entre sus manos, una sensación nunca antes vivida le recorrió por las yemas de los dedos, pasando por las manos, brazos, hombros, cabeza y todo el tronco bajando luego por las piernas hasta llegar al talón, y justo en ese momento se desploma sin más ni más sobre la cama. Al rato llega la mamá y piensa pobrecita, está muerta de sueño, así que la acostó y le dejó los regalos a los pies de la cama.
Esa noche fue helada e incluso cayeron algunas gotitas como si el cielo supiera lo que aconteciera en la tierra y para hacer causa común regaba la tierra a la que ahora le faltaba una flor. Y como diría García Márquez observando la situación puede que ella sea una flor más para el mundo, pero para esos niños, la flor era el mundo. Y así continuó lloviendo toda la noche, sin truenos ni relámpagos ni diluvios como debería ser en estos casos, sólo una lluvia fina, lenta pero insistente que mayor daño no hizo, de hecho al otro día con los primeros rayos del sol, se evaporó sin mucho esfuerzo. Y junto a él, se iban levantando cada uno de ese grupo de niños... pero ese día fue distinto, porque al jardín sólo llegaron ocho, y cada uno en su llegada se unía a un silente llanto interno colectivo mirando atónitos aquel espacio vacío escarbado y húmedo justo al centro del círculo de huellas que sus pasos dejaban cuando jugaban a la ronda. No hubo necesidad de decir una palabra para comprender lo sucedido, todos habían visto ese maldito paquete café y alargado, pero nadie se imaginó entonces que pudiera ser esa flor, su flor, la que nadie plantó pero todos se sentían dueño. En fin, así el día fue cambiando sus colores hasta llegar al sol anaranjado que ilumina por última vez en el día ese punto del planeta, y conforme la tarde iba cayendo, los niños avanzaban como legionarios en busca de su destino, sólo que para los ocho niños, el destino era la casa del chico que faltaba. Cuando llegaron a la casa, las luces ya estaban encendidas y al tocar el timbre, por la puerta se asomó la silueta de una mujer que se notaba demacrada, con los ojos rojos de tanto llorar y el negro del rimel que cada lágrima iba dejando a su paso al caer. La mujer vestida completamente de negro los invitó a pasar y vieron un féretro blanco, y adentro, su amigo, vestido y maquillado para la ocasión, y aunque todos a su alrededor lloraban, él sonreía. Los ocho niños dieron el último adiós al cadáver, abrazaron a la mamá y se fueron de la casa ahora con otro rumbo, volvieron a pasar por la colina, ésta vez con el cielo estrellado de fondo y una luna en cuarto creciente que los seguía a cada paso que daban en dirección a la casa de la chica. La luna se quedó afuera y ellos entraron, fue el padre quien les informó que su hija no se había levantado en todo el día, que estaba en un estado casi agonizante y que adivinando el balbuceo de la pequeña, supe que debía entregarles esa flor, les dijo el padre al tiempo que sacaba del escritorio más cercano la flor que tanto cuidaran y que todavía, a pesar de llevar casi un día fuera de su tierra seguía expeliendo el mismo fresco aroma de antaño. Alguien la tomó, no se supo quien, y fueron a plantarla nuevamente el cerrito con la vaga esperanza infantil de que la flor volviera a ser tan bella y fresca como lo era hace no muchas horas. Tuvieron que hacer un ritual cortito y rápido porque ya se estaba haciendo cada vez más tarde y en sus casas los retaban si no cumplían con la hora máxima para estar en la calle, según decían los padres a sus hijos antes de salir en la mañana. Y sin que muchos pudieran cerrar un ojo durante la noche, nuevamente el sol comenzaba a cubrir todo a su paso, aunque había cinco grandes nubes que a ratos opacaba el rito del sol. Y así como el sol cumple con su función todos los días sin descanso, los niños cumplían también con el rito de encontrarse cada mañana en ese jardín en el punto más alto de la colina. Esa mañana sólo llegaron cinco niños, y la flor, que parecía haberse repuesto un poquito, había amanecido con tres pétalos menos. Aburrido y cansado de todo, el niño más agresivo alzó la voz y mirando fría y secamente a la flor vociferó: “ Si he de morir por una maldita flor, mejor la destrozo ahora”. Ese “ahora” lo dijo con tal rabia, que pareciese que las cinco letras lo empujaron por los aires con el único fin de hacer desaparecer la flor. Pero sus amigos se dieron cuenta de su intención y se abalanzaron sobre él antes que llegara a tocarle un pétalo y rodando colina abajo llegó hasta el río la sexta víctima. La corriente lo llevó como llevara antes tantas pelotas que cayeron en las tardes deportivas, o tantas ramas caídas de los árboles cercanos y hasta la misma basura que a veces volaba, y aunque la diferencia de peso entre un niño y una papel, una rama o una pelota es considerable, la corriente tenía tal fuerza que hubiera sido capaz de arrastrar un árbol completo. En fin, ahora no eran más que cuatro niños y una flor media marchita... Al caer la tarde, ya eran tres, a la noche dos y a la mañana siguiente quedó una solo, él, el único diferente casi al 100% del grupo, el más tranquilo, el más pensativo, el que tenía un cariño más que especial a esa flor y al jardín en general, ese niño y ningún otro fue el que ya moribundo, recostado sobre la hierba y con una mano agarrando la flor con todas sus fuerzas gritó: “ Si hay alguien allí arriba, por favor perdona al que ha hecho daño por ignorancia cortando la flor y a todos los que por culpa de él y su misma rabia han expirado con los dientes apretados”. Al terminar la frase cerró los ojos y no supo más hasta que se encontró nuevamente en el mismo lugar, pero ahora de pie, cantando y riendo como lo hiciera antes junto a sus nueve amigos, todos juntos, tomados de la mano dando vueltas alrededor de la flor, como si nada hubiera pasado cuando nota algo extraño en las caras y los cuerpos de sus amigos, al instante en que la chica dice “todos nosotros hemos muerto, y ahora tenemos las alas de la libertad” y volando se fueron convertidos en ángeles, menos el niño en la tierra que se convirtió en Dios.

Texto agregado el 06-11-2003, y leído por 261 visitantes. (0 votos)


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