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Comencé a sentir como si estuviera en una especie de cuna, como si me estuvieran meciendo de un lado a otro. Todo era calma, calor y comodidad. Mi cuerpo reposaba de lado sobre algo blando y cálido, y se mecía suavemente.
Poco a poco comencé a entrar en conciencia. Comencé a cuestionarme sobre mi aparente comodidad y sobre dónde podría encontrarme ahora. El último recuerdo era aquella terrible lluvia que quemaba y Marcel aparentemente muerto o muy cerca de estarlo. Luego, clama y comodidad —¿Estaré muerto? —Me preguntaba. Pero todo se parecía más a una de esas mañanas de domingo en las que simplemente es imposible levantarse de cama.
Por fin me decidí a abrir los ojos cuando comencé a sentir un aire frío. Veía cruzar unas lámparas a unos metros de mí. Aprecian desde arriba y desaparecían hacia abajo, dejando una estela a su paso —Quizás más bien soy yo el que se mueve, no las lámparas —pensé. Y traté de mirar hacia otra parte. En ese momento me percaté que lo que sentía antes como calor, en realidad era dolor; y un dolor intenso.
Dejé salir un quejido de dolor pero no lo escuché. Entonces me di cuenta de otra cosa. Al parecer no escuchaba nada. Traté de hablar. y entonces las lámparas que bajaban frente a mi se detuvieron y entendí que lo que miraba era el techo de una especie de túnel. La cabeza de una persona forrada con tela y unos enormes lentes obscuros apareció por la derecha y me miró. Al parecer decía algo, por que la tela sobre su boca se movía y hasta podía sentir en mi cara su aliento cálido. Lo único que se me ocurrió fue tratar de decir (sin escuchar lo que yo decía) «no escucho nada, creo que estoy sordo». Pero al parecer la persona (que hasta ese momento no se distinguía entre hombre o mujer), no entendía lo que trataba de decirle, por que se me quedó mirando y luego miro hacia otro lugar a dónde no podía yo ver. Otra persona igualmente cubierta con telas se asomó por arriba de mi cabeza y me miró tras sus lentes (parecían alpinistas de alta montaña o algo así). Se quitó los lentes y dejó descubiertos unos grandes ojos claros, parecían amarillos, brillantes e intensos.
Luego se descubrió parte del rostro y entendí que era una mujer de piel amarillenta. Dijo algo dirigiéndose hacia mí y luego miró a la otra persona que también se quitó los lentes, parecía que también era una mujer. Sus ojos parecían negros. Mi miraron.
Entendí entonces que esas mujeres me habían sacado de la lluvia. Y con suerte también a Marcel. También comencé a percatarme de la camilla en la que me encontraba y que ahora estaba al nivel del piso. No podía mover la cabeza, quizás estaba entablillada.
Una tercera cabeza asomó desde abajo y me miró aún con lentes. Pude ver que se quitó un guante y luego acercó la mano a mi cuello. Presionó sobre algo que tenía pegado en el traje y luego me sentí más relajado. La camilla volvió a elevarse y las luces siguieron su camino frente a mi.
Pasaron algunos minutos y continuábamos movimendonos, en ocasiones podía ver como pasábamos bajo alguna especie de rejas que daba hacia el cielo. Posiblemente nos encontrábamos en las alcantarillas. Todo parecía muy húmedo. Dimos algunas vueltas y comencé a quedar medio dormido, divagando entre sueño y realidad.
Entre la vela del sueño pude ver que llegamos a una especie de habitación más grande, con más luz, más cálida y parecía estar más limpia (al menos el techo que podía ver lo aparentaba). Se detuvo la camilla y de nuevo una de las mujeres forradas con tela comenzó a hacer algo en la camilla, entonces pude moverme, ella hizo una señal para que me tranquilizara, hice caso y me quedé quieto.
Durante algunos minutos, que me parecieron horas, pude enterarme de vista (y una vista realmente limitada) que habían varias personas allí. Que al parecer eran amistosas y estaban cuidándome; y seguro que no solamente a mi, parecía que no era el único, así que tal vez Marcel estuviera allí.
Había una especie de brazo mecánico con una linea de luz azul, como si fuera un rayo láser, que pasaba sobre mi de vez en cuando y luego una clase de robot tenía una caja metálica hacia mi lado izquierdo, de dónde salían múltiples «tentáculos», en forma de hilos metálicos muy delgados, me daban pequeños piquetes en distintas partes del cuerpo, era una sensación extraña pero no dolorosa (una vez más, fui testigo de mi inmovilidad). Con uno de los piquetes de los «hilos» hubo un tronido en mis oídos y comencé a escuchar, mal al principio, cómo un zumbido y luego cómo si estuviera bajo el agua. Pero en unos momentos estaba ya casi sin dolor y escuchando bien. Podía escuchar voces hablando en un idioma que no entendía.
Hubo un movimiento y luego un hombre sin cabello, con unos ojos de un azul que centellaba, se asomó por un costado. Pude voltear, por fin, la cabeza y mirarlo. Dijo algo en un idioma que no entendí, —¿Qué? yo hablo español —Le dije. El me miró y luego dijo «hola», en inglés. Yo le respondí.
—¿Como se siente? —me preguntó —Creo que bien, ¿me puedo levantar? —dije; —¿Puede? — Y me miró alzando las cejas. Así que traté de incorporarme. Lo logré, pero no fácilmente, era cómo si hubiese estado sin moverme durante una vida entera. Estábamos en una especie de bodega de concreto y metal. Había unas diez personas por allí, algunas mirando unos monitores y otras más mirándome a mi o a otras personas tendidas en otras mesas como en la que yo me encontraba, también estaban siendo piqueteados por los robots-médicos.
—¿Dónde estamos? —fue lo único que me vino a la mente —No puedo contestarle eso, y aún así no entendería. Pero puede estar seguro en que está entre amigos. —¿Quién es usted? ¿Qué pasó conmigo? ¿está mi amigo con vida? ¿Sabe? desde que me descongelaron no entiendo casi nada de lo que pasa, ni siquiera sé en que año estamos —El hombre me miraba levantando las cejas —Son muchas preguntas a la vez. Y yo también tengo algunas para usted. Aquí no usamos las mismas maquinas y computadoras que usan en sus laboratorios. Pero en fin, al menos sabemos ya su nombre y algunos datos poco útiles sobre usted.
En cuanto a sus preguntas... Bien, yo me llamo Kdameh Graphus; —(al parecer ahora todos tienen nombres impronunciables y extraños) — y no hay mucho que decir sobre mí ahora, más tarde comenzará a saber más sobre cada uno de nosotros. A usted lo encontramos afuera de un contenedor de agua potable, mientras estábamos tratando de extraer un poco de ésta, cuando se avecinó una tormenta ácida. Estaban usted y otros tres hombres por allí, además de los hombres de azul que lo atacaron, de quienes también sabrá más después; de los tres hombres que estaban cerca de usted y recogimos, uno murió y otro más está en peligro de morir, pero estamos tratando de evitarlo. No sé a quién se refiere usted como su amigo, el que murió tiene el nombre de Kenji Tsumono, el qué está en riesgo se llama Marcel Abaléa, pero la información que nos muestra la computadora es bastante confusa; el otro, es un tal George Burton.
Y bueno, con eso del presente no puedo ser muy concreto. Pero algo que sí puedo asegurarle, es que no estamos ya en ningún año «cristiano», eso fue hace ya mucho tiempo, actualmente hay muchas formas de medir el tiempo, y no estoy seguro de que año sería el equivalente en ese calendario.
—Me quedé mirando el rostro de Kdameh, quien me miraba expectativo. No tenía nada más que preguntar por ahora, aunque tenía más dudas ahora sobre Marcel.
Me puse de pie, y Kdameh se apartó. Dí unos cuantos pasos con la ayuda de una mujer joven que me pareció bastante linda, con la excepción de que uno de sus ojos parecía una canica azul translucida —quizás un ojos de vidrio de última moda —pensé. Me llevaron hasta un ascensor, que era aparentemente normal, con el pequeño detalle de que subía como si flotase en el aire, y no con cables o aire o alguna energía visible. Llegamos al segundo piso y allí un hombre alto me saludo afectuosamente. La joven con el ojo de cristal volvió hacia el ascensor.
El hombre se llamaba algo así como Uphal, y él era quien me había encontrado junto a la pileta de agua. Me mostró un poco las instalaciones de lo que él llamaba «cuartel», aunque no encontré mucho de militar, más parecía un centro humanitario. Me sentía cansado, y me llevaron hasta mi habitación, una pequeña puerta gelatinosa en la pared de un pasillo, entré, la gelatina se recojío y me dejó pasar con mi acompañante quien me dijo que por la mañana servían desayuno, que ya me enteraría. La habitación es más grande de lo que parece, uno entra y de alguna manera hay un cubo alargado blanco, con unas salientes negras en la superficie, lo que supuse sería una cama; en espacio para poder estar de pié y una mesa de cristal como las que había en varios lugares, suponía que era una computadora.
Sobre la cama estaba mi mochila, busque el diario en ella. Estaba bien, de hecho la mochila no tenía un rasguño. Sin embargo la ropa que tengo ahora puesta no era la misma que se me quemó con la lluvia. Ahora tengo una especie de traje café, parecido al anterior. Al menos mi cuerpo sigue siendo el mismo. Veremos Mañana que sucede.

Texto agregado el 25-03-2008, y leído por 176 visitantes. (0 votos)


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